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Irán : ¿el reto de una segunda revolucion?

08/11/2000 - Autor: Javier Martín Rodríguez* - Fuente: Alharaca
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Irán es el país más importante en lo que a recursos y población se refiere. La Revolución islámica en Irán supuso una alternativa para el islamismo, que tras la caida de la Unión Soviética vino a sustituir a la amenaza comunista. Irán entra en el siglo XXI con aires de reforma pero también es percibido con desconfianza por los EE.UU que ha creado una cultura de enfrentamiento con el régimen de Teherán.

Documentos secretos de la CIA revelados recientemente por el New York Times, reconocen que los servicios de Inteligencia estadounidenses consiguieron un éxito sin precedentes en la operación iraní de 1953 que derrocó al gobierno del entonces primer ministro del país, Mohamed Mossadegh, y restableció en su reinado a un "joven y vacilante Sha", al que su despreocupación y falta de interés político habían relegado a ser una mera marioneta manejada por los intereses de las grandes multinacionales del petróleo.

Detrás de la operación estadounidense, la Inteligencia británica desempeñó un papel igualmente activo en busca, no ya de arbitrar la política iraní, si no de recuperar los intereses que la compañía de petróleo "Anglo-Irania" tenía en el país desde que en 1901, el Sha Palhevi concediera a este floreciente emporio la prospección y explotación del oro negro descubierto en sus campos. Modessagh, político de corte musulmán, adscrito a las ideas socialistas que se extendían desde la cercana Unión Soviética en los albores de la Guerra Fría, había visto en la revolución egipcia de los Oficiales Libres y en Gamal Abdel Nasser un espejo en el que reflejar las inquietudes de una sociedad divida entre su pertenencia histórica al mundo islámico conservador y la llegada tumultuosa y prepotente de las concepciones sociales y los estilos de vida occidentales. Convencido por el ejemplo mexicano, amparado por un sólido apoyo interno y subestimando los contactos exteriores del Sha, Mossadegh se lanzó a la aventura de nacionalizar los recursos y las instituciones del país, y convertir a Irán en un Estado independiente enraizado en un estilo tradicional de raíces islámicas. Su tentativa fracasó, pero sirvió de ejemplo a otros líderes árabes de su tiempo que, desde entonces, se cuidaron mucho de no cometer sus mismos errores.

Estas dos coordenadas - la injerencia extranjera en los asuntos de política interior iraní y la apropiación, distribución y control de sus recursos naturales, principalmente los petrolíferos -, han sostenido la historia política de Irán a lo largo del siglo XX y se proyectan como un fantasma todavía vivo y presente en su futuro más inmediato. Los sucesos registrados en los tres últimos años, y en especial los que vienen sacudiendo al país durante el primer semestre de 2000, han obligado a diversos analistas a preguntarse hacía donde se encamina el país islámico más influyente, poblado y mejor dotado en recursos naturales de la conflictiva región de Oriente Medio. Reforma o tradicionalismo, evolución o continuidad, aparecen como disyuntivas fundamentales. ¿Está Irán preparado para una segunda revolución?

Sin querer caer en el manido error de considerar la historia desde su aspecto más puramente marxista, las posibilidades de que Irán se asome a nueva revolución cruenta que acabe de forma definitiva, o mantenga por más años, el régimen clerical islámico que rige el país desde 1979, dependen, en gran medida, del éxito y la incidencia que tengan sobre el pueblo las reformas económicas emprendidas por la corriente aperturista patrocinada por el actual presidente del país, Mohamed Jatami. Aunque el apego a la religión y el intervencionismo extranjero desempeñen también un papel primordial en la evolución de la sociedad islámica iraní, el balance poblacional y la forma en que lleguen los cambios a la sociedad será determinante ya que, en la actualidad, casi el 60 por ciento de la población del país está compuesta por mujeres y menores de 30 años, dos de los sectores más desprotegidos de su pirámide social y los principales demandantes de que se realicen las reformas.

La economía iraní se encuentra actualmente en un período de transición después de haber superado una prolongada fase de recesión y crisis durante los ochenta. El triunfo de la revolución islámica y el largo conflicto fronterizo librado contra Irak acabó con la mayor parte de las infraestructuras petroleras, obligó a reducir las exportaciones y a gastar los dividendos en armamento. Irán desapareció de la escena internacional y quedó sumida en un hermetismo forzado por las pérdidas, el embargo económico y la política estadounidense.

Como el resto de los países coloniales que aprovecharon la debilidad europea emanada del conflicto mundial, y aceptaron la "mano amiga" americana en su lucha por la libertad y la democracia, Iran se vio presa en la segunda mitad del siglo XX de la política de intervencionismo, imperialismo y lucha anticomunista adoptada por EEUU en los años cincuenta. Como muy bien afirma Alain Duret en su pequeño pero atinado estudio sobre la política contemporánea de Oriente Medio, la línea maestra de la acción estadounidense en la zona ha sido, ya desde el principio, evitar que las mayores reservas de petróleo del mundo cayeran en manos de un único gestor, o que quedasen fuera de su administración y control. Siguiendo su razonamiento, el ejemplo más claro es la rápida y efectiva intervención norteamericana encaminada a evitar la invasión de Kuwait, ocupación que hubiera proporcionado a Irak el control del mercado mundial de crudo, al ser amo y señor de los recursos energéticos kuwatíes, saudíes y emiratíes.

Un impulso parecido al de Sadam Husein - el de querer gestionar sus propios recursos -, llevó a los ulemas iraníes a provocar la revolución que encumbró a Jomeini e instaló un régimen clerical islámico en el país. Pero el golpe de los mulá no sólo varió el rumbo de la sociedad y la economía persa, si no que afectó al sistema mundial y a la sociedad de la región. La llegada el ayatolá a Teherán desató la segunda crisis petrolera en menos de seis años. La inestabilidad del país hizo que este recortara sus exportaciones, se redujera la cantidad de barriles en el mercado y los precios se dispararan de nuevo.

Sin embargo, Arabia Saudí y el resto de los países del golfo Pérsico vieron en la filosofía islámica iraní más un peligro que un movimiento religioso afín, por lo que le volvieron la espalada e incrementaron su producción para sostener el mercado. Cuando en 1979 el país reanuda sus exportaciones, el precio por unidad de crudo se había triplicado y había desaparecido el precio de referencia que hasta aquel momento encorsetaba las fluctuaciones del mercado.

No obstante, el motivo fundamental que debilitó la economía iraní no fue la disminución de sus exportaciones de crudo hacia occidente, ni el proteccionismo y aislamientos impuesto por el régimen ultraconservador de los mulá, si no la continua destrucción de equipamientos industriales e instalaciones petroleras que sufrió el país durante sus ocho años de conflicto con Irak. No es revelar ningún secreto que el enfrentamiento irano-iraquí (1980-1988) diezmó las posibilidades de ambos países de alcanzar un desarrollo continuado, como tampoco lo es descubrir que la guerra fue alentada y patrocinada por Francia y Estados Unidos, dos países que tenían intereses diferentes, pero convergentes, en la región. Como ya se ha mencionado anteriormente, el carácter religioso chií de la revolución jomeinista asustaba a Arabia Saudí, pero también a Washington y París. Francia no sólo proporcionó armas a Sadam Hussein, si no que distribuyó su propaganda e hizo de intermediario y portavoz del resto de potencias europeas.

Estados Unidos, por su parte, proyectó en el conflicto persa-mesopotámico un capítulo más en su guerra santa contra el comunismo. Al igual que en el enfrentamiento de Afganistan, Washington intervino suministrando armas y apoyo logístico al bando antirrojo a través de sus canales pérsicos de venta de armas, dirigidos por estrechos colaboradores locales como el conocido activista saudí, Osama Bin Laden, convertido años después en el terrorista más buscado por la CIA.

Sin embargo, y a pesar del desgaste pecuniario que supuso para las arcas iraníes la guerra por la jerarquía en el Pérsico y la región de Chott al Arab, Irán fue capaz también de racionalizar sus divisas e invertir en programas de desarrollo que ayudaron posteriormente al país a salir paulatinamente de la crisis.

A la muerte del gran ayatolá en 1989, los sectores eclesiásticos más moderados del régimen, encabezados por el presidente electo Hasemi Rafsanyani, admitieron la necesidad de promover un programa de reformas y liberalizar mínimamente la economía. A lo largo de su mandato (1989-1997), Irán entró en una nueva fase de transición en la que se deja atrás el inmovilismo para adentrarse en la evolución del sistema. La Revolución pasa de ser un movimiento esencialmente ideológico a convertirse en uno de carácter más pragmático.

Durante este periodo, dos corrientes ideológicas se disputan la primacía en la escena política del país. Por el flanco más conservador del régimen aparece la denominada ruhaniyat, pensamiento sostenido por los dos principales órganos de poder iraníes, el Consejo de Guardianes y el liderazgo Supremo de la Revolución, obstentado desde entonces por el ayatolá Ali Jamenei. La ruhaniyat, dominante en el bazar teheraní, uno de los mayores centros de poder político y económico en el país, y extendida entre los principales comités religiosos, defiende los conceptos fundamentales de la Revolución, pero sus partidarios no están interesados en exportarla, si no en convertirla en un instrospección educativa que sirva para fortalecer los cimientos internos del país. La total adhesión al concepto jomeinista de la Velayat-e-Faqih (concentración de todos los poderes religiosos y temporales en la figura del líder supremo) es su característica más relevante.

Frente a la ruhaniyat se oponen los ruhaniyoun, de carácter más aperturisrta y promotores de una transformación económica cuyo objetivo es conseguir la justicia social, la reforma agrícola y la industrialización y el desarrollo de las infraestructuras nacionales. Considerados una izquierda socialista inserta en la Revolución, pretenden exportarla al exterior e impulsar así las relaciones internacionales.

Entre ambas corrientes, se sitúan los koragozan, ideología de perfecta característica centrista en la que se refugian aquellos conservadores partidarios del inmovilismo y el control, pero cuyas ambiciones económicas se superponen a su inmutable fidelidad y obediencia religiosa. Los koragozan gobernaron el país hasta 1997, pero su tenue atisbo de reforma económica no sólo no pudo neutralizar el latente deseo de cambio soterrado en el interior de las generaciones más jóvenes, si no que ayudó a que floreciese un fuerte movimiento pro reformista emanado de aquel citado socialismo de los ruhaniyoun.

Esta corriente aperturista obtuvo su primer gran éxito en 1997 con el contundente triunfo de Mohamed Jatamí en los comicios presidenciales. El programa de reformas fue respaldado por más de la mitad de la población, constituida en gran parte por estudiantes y mujeres. Ambos sectores, los menos favorecidos de la pirámide social iraní, vieron en el ideario de Jatamí una salida al paro y a la carencia de oportunidades sociales. Educados en los valores de la Revolución islámica, su apego a la misma era menor, ya que ninguno de ellos ha participado activamente en ella, y ni siquiera tienen referencias de la maldecida época de la monarquía, cuyos símbolos fueron literalmente borrados por el celo inquisidor de los mulá.

Así, y al igual que le ocurriese a Jomeini en 1979, el movimiento estudiantil devino en el principal apoyo de la discreta revolución emprendida por los nuevos legisladores. El trabajo, arduo al controlar uno sólo de los centros de poder iraníes, prendió con fuerza en los jóvenes hasta el punto de atemorizar a los sectores más conservadores del régimen clerical, que iniciaron una campaña judicial encaminada a recortar la influencia reformista.

Dentro de esa campaña, la medida más polémica fue la orden de cierre del diario por reformista Salam - principal responsable de la victoria de Jatamí -, acusado de injuriar a Islám.

El veto al rotativo provocó pacíficas protestas estudiantiles en Teherán, que el 8 de julio devinieron en una auténtica batalla campal al intervenir la policía y reprimir violentamente a los manifestantes. Fuerzas antidisturbios entraron en la residencia de los universitarios, donde tras los choques murió al menos una persona y cientos de ellas resultaron heridas. Los disturbios, considerados los peores en Irán desde el triunfo de la revolución, se extendieron a las principales ciudades iraníes e hicieron temer a la comunidad internacional que un nuevo enfrentamiento bélico se desatara en el país. Sin embargo, la llamada a la calma del presidente Jatamí, que se alineó junto al líder Supremo de la Revolución, mitigó el ánimo de los jóvenes, imbuidos de un sentimiento de impaciencia ante la lentitud con la que se llevan a cabo las reformas.

Pero la tensión entre ambas corrientes volvió a dispararse meses atrás cuando la corriente aperturista patrocinada por Jatamí, alcanzó una victoria apabullante en los comicios parlamentarios del pasado 18 de febrero. La reforma consiguió el respaldo de más del 60 por ciento del electorado, obteniendo el control de dos tercios de la Cámara. En distritos relevantes como el de Teherán, los conservadores se quedaron sin representantes, y sólo a última hora el Consejo de Guardianes concedió, tras varias reclamaciones y recursos, el escaño postremo, el 30, al ex presidente Rafsanyani, que se presentó como independiente.

Tras la derrota, los sectores conservadores han recrudecido su campaña contra los medios de comunicación y han encarcelado a varios destacados políticos reformistas. Quince las dieciséis publicaciones adscritas a esta corriente fueron cerradas en dos días, acusadas de insultar al Islám y atacar los valores de la Revolución. Periodistas y legisladores como el hermano del Jatamí, Mohamed Reza Jatamí, han sido llevados ante los tribunales islámicos, controlados directamente por los tradicionalistas. El Consejo de Guardianes, último órgano responsable en materia electoral, ha intentado minimizar la derrota de los conservadores y ha anulado los resultados electorales en más de 10 circunscripciones. Todo ello ha provocado la indignación social y una nueva escalada de violencia ha sacudido el país en las últimas semanas. Los estudiantes volvieron a las calles y los grupos radicales retomaron de nuevo las armas. El periodista reformista Saed Hayarian, editor del crítico diario Sobh Ermuz y uno de los principales arquitectos de las reformas, fue tiroteado a bocajarro por dos motoristas a la salida de su domicilio en Teherán. Semanas después, cuando salió del coma y pudo hablar, las autoridades judiciales lo reclamaron para clausurar, por injurias, su diario.

Ante este panorama, la ambición presidencial de establecer una sociedad civil dentro de un marco puramente islámico, parece tambalearse y siembra dudas en una comunidad internacional que está casi tan interesada como en Irán en que las reformas prendan. El programa de Jatamí y su ejecutivo coincide con las principales reclamaciones de la sociedad estudiantil : mayores oportunidades de trabajo, reformas económicas, mayor libertad de expresión, disminución de la interferencia en materia electoral y apertura hacia occidente, en especial hacia los Estados Unidos y Europa. Sin embargo, ya han aflorado algunas diferencias importantes. El presidente ha reiterado que su programa se inserta dentro de un entorno islámico revolucionario que pretende respetar. Los estudiantes, por su parte, afectados por la frustración y la impaciencia, demandan reformas más profundas, y desde diferentes sectores se ha comenzado a cuestionar el control clerical y valores fundamentales como el de la Velayet-e-faqih.

En esta tesitura, el programa reformista queda atrapado entre dos aguas pantanosas. La decisión de inclinarse hacia uno de los dos caminos inevitablemente enardecerá los ánimos de un país que, además, mantiene tensas relaciones con sus vecinos y al que Estados Unidos está presionando con un doble juego de atracción y rechazo. Expertos y analistas de la zona aseguran que el único camino para lograr la estabilidad en todo el área de Oriente Medio pasa por alcanzar una imbricación de todos los países en un sistema global de cooperación económica, social y militar. El reto de Jatamí, la verdadera segunda revolución iraní será lograr el equilibrio interno de la sociedad e integrar al país en el sistema común regional al que debe tender Oriente Medio si quiere disipar los fantasmas de la guerra.

Desde que a finales del pasado siglo y principios del presente comenzaran las explotaciones masivas de petróleo en Oriente Medio, la economía de la zona ha dependido casi exclusivamente de la industria petrolera. Las grandes compañías norteamericanas y europeas se han esforzado y competido por la explotación de las grandes vetas de gas y crudo. El valor que esos yacimientos poseían fue incrementando a medida que los conflictos bélicos y el desarrollo tecnológico invadían la sociedad capitalista y comunista que ha marcado el siglo XX hasta convertirse en el elemento más preciado para las sociedades modernas.


*Javier Martín Rodriguez es Licenciado en Filología semítica por la U. Complutense e investigador en la Universidad de Salamanc
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