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Los lujos del turbante blanco

23/10/2000 - Autor: Saleh Paladini
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Trarza, Mauritania

La tarde que Abdullah Gibril vino a buscarnos a la Casa Blanca para avisarnos que el Cheij al Hajji deseaba hablar con nosotros, fijamos con él la reserva de cuatro plazas en su furgoneta, pensando que acudiríamos todos a la cita de Kaulack.

Sin embargo, ciertamente que el paradero de la enhorabuena es el que muestra la antesala más amplia, pues debimos golpear su aldaba, ya que nos quedamos esperando sin respuesta.

¡Simplemente, Abdullah se olvidó de nosotros! Partió a Senegal y nos dejó en Nouakchott. Mohamed Al Amín y yo comenzamos entonces, a indagar otras alternativas. Que si taxi-brousse, que si alquilábamos un coche…

Pero…

…“Cuando Allah quiere algo, crea las condiciones para que ocurra” – Me dijo Mohamed -. “Tú sólo tienes que purificar la intención de tus acciones. Vive el momento y no te dejes atrapar por él. La Creación entera está en constante movimiento, y lo que hoy es, mañana lo verás de otra manera”.

Mientras tanto, Lua se embaucaba en un culebrón brasileiro de extensas discusiones con “la vieja” y “la niña”. Y por las mañanas, Lua amanecía presta a venir a Kaulack, a media día se lo pensaba, por la tarde rehusaba incluso oír el nombre de la ciudad y ya de noche, se disponía a hacer las maletas para volver a Brasil.

“¡Si hay dos universos paralelos, esos son el hombre y la mujer!”. –recapacité -

Ahmed en cambio, con su cara de señorita de Avignón, no tenía más remedio que aguantarse en Nouakchott, quieto y tranquilo, porprescripción facultativa.

Y el día anterior al previsto para la salida, se me acercó Mohamed al Amín y me aseguró:

“Si estás listo, nos vamos enseguida a Senegal. Acabo de dejar en la puerta a un pariente que hacía muchos años no veía. He pasado toda la mañana conversando con él y con un tremendo Land Croiser VX se traslada a nuestro destino, dispuesto a llevarnos consigo”.

En ese instante, estaba inmerso en los envíos cibernéticos. Miré el reloj y calculé que en una hora tendría todo despejado. Sabiendo que podía ocurrir cualquier cosa, no quería dejar el ciberespacio vacío de mensajes. Y lo logré. Lo abarqué bien con el capítulo “El Cheij nos llama”.

Y seguía dando vueltas en mi cabeza a la historia de Mohamed al Hafiz de Bareina, y en su sigilo de tres años. En el ocultamiento del hombre que fue la puerta del sufísmo Tiyani en el Africa del Oeste y aún más allá, hasta Nigeria.

Y llegó el increíble todoterreno, de las mismas características que el de Julián, el bombero y buzo, que aún está en nuestro garaje y que no podemos disfrutar hasta resolver ciertos papeles con la Aduana Mauritana.

A la cabeza de la comitiva, se sentó dignamente un alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores del país, que durante todo el viaje observó voto de silencio, salvo cuando enseñaba el pasaporte diplomático en los controles de policía para obtener paso franco.

Y le pregunté a Mohamed al Amín:

“¿Por qué se ha adelantado el viaje? ¿No es mañana la Noche de Poder en Senegal, mientras que hoy es en Mauritania?”

Y me responde:

- “Hemos tenido mucha suerte. Vamos a llegar en el crepúsculo a un emplazamiento muy especial. Nos desviamos al Este en lugar de buscar Rosso en el Sur. Seguiremos por la Ruta del Espoir hasta Boutilimit y cruzando el poblado, penetraremos en las dunas hasta un punto que no te vas a creer”.

- “¿Cuál, Mohamed?”

- “¿Te acuerdas de la historia que nos contó El Hajji sobre el Cheij que conservó el secreto por tres años?”.

- “¡Claro que me acuerdo! El Hafiz de Bareina ¿Qué tiene que ver eso ahora?”.

- “Pues que vamos directos a visitar su tumba”.

Y caímos en la noche. Una noche como la penumbra negra del rincón de una mazmorra. Una noche en el declive de un mes lunar. Una noche sin luna. Con la luna llena, Al Qamar, el desierto es un espejo de luz selenita que tiñe de blanco las tinieblas y convierte la madrugada en la lona de una jaima universal.

Pero en las noches sin luna, el espacio yermo arenoso no es sino otro negro de la sombra con un filo de azabache que lo corta en el horizonte.

¡Y ese negro, es un negro que duele en las pupilas y reverbera en cada uno de sus conos y bastones!

Descendimos del vehículo

en un campamento de jaimas

semejantes a pirámides suspendidas,

tan dulces, que rompen sus aristas

para mostrarse con formas redondeadas,

flotando sobre cubos casi de papel,

igual que faroles chinos,

con una o dos velas en su interior. 


¡La jaima!

Ese refugio del nómada,

que confunde su silueta

con las crestas de las dunas.


La penumbra rota por mariposas de luz sujetas a los pabilos de la cera,

en las velas clavadas en la arena del interior de las tiendas, revelaba

la elegancia de los mauritanos, en esa tenuidad.


¡Hombres y mujeres, en la parábola de una buena muerte!


¡No estamos vivos! –pensé- ¡Somos ya como espíritus puros! En esta

desolación, recostados sobre alfombras, abrigados por el colorido de las telas en el interior de las jaimas, me siento como dentro de un sueño.

Arropado por las palabras de alabanza que difunden las voces humanas.


Y me dijo Mohamed al Amín:

“Cada año, cuando llegan las lluvias, se establece en este lugar, al menos por seis meses, un hermano de mi madre que vive en Arkís, entre Maata Maulana y Rosso. Hoy está aquí toda su familia. Fue él quien practicó un pozo en este paraje, que vierte agua en el vaso de té que estás bebiendo. Porque el santo Al Hafiz, está enterrado en un entorno donde no hay absolutamente nada, como si él mismo hubiera elegido esparcir a la eternidad su silencio y su existencia, que no su secreto”.

Y cuando llegó la hora de la oración, brillaron los lujos del límite de la belleza. Aquella jaima se transformó en una mezquita. Y el hombre de tez morena con la cabeza gobernada de canas, soberanas de una vida, dirigió los rezos.

Dormimos escasas horas y antes de emprender el viaje de nuevo, le rogué a Mohamed al Amín que me condujera al reposo del Cheij Mohamed al Hafiz.

En la opacidad de la atmósfera, casi tan densa como la arena, perfecta refracción del viso nocturno, interpelé a mi compañero si distinguía el camino.

- “¿No ves aquel hombre de blanco con un gran turbante? ¡Allí es!”

- “Dáme la mano, Mohamed, y guíame porque voy como un ciego”.

Y cuando llegamos a la sepultura, no pudimos sino vislumbrar un grupo de negros pular sentados en el suelo, en trono a la nada de un vacío, con ropas oscuras. El turbante blanco había desaparecido. Intuí que el Cheij El Hafiz me otorgaba su permiso para escribir y que nos acogía en su Casa. Y se me expandió el corazón en la caja del torax


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