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Yoga Vâsishtha

14/10/2000 - Autor: CDPI
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Descripción de la mente

Naturaleza de avidyâ o la ignorancia

Naturaleza del ser o âtman

Diferencia entre el âtman y el ego

Los grados o escalones del conocimiento


El tratado titulado Yoga Vâshishtha es una de las más importantes obras del Vedânta Advaita. Se conocen tres obras con este título: el Brihad Yoga Vâsishtha, el Laghu Yoga Vâsishtha y el Yoga Vâsishtha Sara, de muy diferente extensión. La primera obra que da lugar a esta familia de textos se atribuye al mítico Vâlmîki, autor del Râmâyana, y narra la instrucción del sabio Vâsishtha al príncipe Râma para confirmar su liberación. Pretende ser una ampliación o apéndice del gran Purâna expuesto por Vâlmîki a su discípulo Bharadvâja. Extraemos los siguientes fragmentos de la traducción castellana de Ernesto Ballesteros Arranz publicada por la editorial Etnos, con la colaboración de la "Sociedad de Estudios Índicos y Orientales", Madrid, 1995. Tratan de la descripción de la mente, de la naturaleza de la ignorancia, de la naturaleza del ser o âtman, de la diferencia entre éste y el ego y de los grados del conocimiento. 


Descripción de la mente

La mente oculta la naturaleza real del ser y crea una apariencia ilusoria con todos los elementos adecuados. ¡Destruye esa ilusión con la sabiduría, querido Râma, y permanece en paz!

En el principio, surge una división primordial en el ser supremo o conciencia infinita, y se transforma aparentemente en dos: el observador y lo observado, el sujeto y el objeto. Cuando el observador quiere coger o comprender lo observado, se produce la mezcla del sujeto y el objeto, y la confusión de la realidad con la apariencia. A causa de esta confusión, brota en la conciencia infinita el concepto de limitación.

La mente limitada produce en su interior todo tipo de ideas que la debilitan conduciéndola al sufrimiento. Esas ideas y esas experiencias dejan su huella en la mente, dando lugar a las impresiones o vâsanâs que en su mayor parte permanecen dormidas e inconscientes. Cuando la mente se libra de ellas, cae el velo de la ignorancia, como la bruma despejada por el sol, y se desvanecen todos los pesares. La mente juega con todos nosotros como los niños juegan y se burlan de sus hermanos pequeños.

La mente impura ve un fantasma donde sólo hay un poste, y deforma todas sus relaciones, creando sospechas entre hermanos y enfrentándolos como enemigos, igual que un borracho cree que el mundo da vueltas en torno suyo.

La mente impura, cargada de tendencias latentes, es la causa de todas las ilusiones, manías y fobias. Debemos esforzamos por desarraigar todo esto y librarnos de ellas. ¿Qué es el hombre sino su mente? El cuerpo es inerte e inconsciente. Pero no podemos decir lo mismo de la mente, que es una mezcla o nudo de conciencia e inconsciencia. Llamamos acción a lo que hace la mente y renunciación o inhibición a lo que ella deja de hacer.

La mente es el mundo entero, la atmósfera, el cielo, la tierra y el viento, todo lo que hay, en suma. Sólo llamamos loco al que tiene perturbada la mente: cuando el cuerpo pierde su inteligencia, por ejemplo cuando muere, no decimos que está loco, sino que ha muerto.

La mente ve y los ojos aparecen, la mente oye y surgen los oídos. Lo mismo ocurre con los demás sentidos: la mente los crea a todos.

La mente también decide lo que es dulce y lo que es amargo, quién es el amigo y quién el enemigo. Y decide la duración del tiempo: el rey Lavana sintió media vida en un periodo menor de una hora. La mente decide lo que es el cielo y el infierno. Por lo tanto cuando dominamos la mente, dominamos todas las cosas.

¿Hay algo más incomprensible, Râma, que el que la mente sea capaz de ocultar la omnipresente, pura e infinita conciencia, haciendo que la confundas con tu cuerpo? La mente misma aparece como el viento en las cosas que se mueven, como el brillo en las que resplandecen, como la solidez en la tierra y como el vacío en el espacio.

Cuando la mente está en otra parte, no sentimos el gusto de los alimentos masticados y uno no puede ver lo que está delante de sus ojos. Los sentidos han surgido de la mente, y no al revés, pues no son nada sin ella.

Sólo un loco puede decir que el cuerpo y la mente son dos cosas completamente distintas; no son diferentes de hecho, porque sólo son mente. ¡Bienaventurados los sabios que comprenden esta gran verdad!

El conocedor de la verdad no se siente perturbado aunque su cuerpo esté abrazando a una mujer, que para él es como un objeto de madera que está en contacto con su cuerpo. Aunque le corten los brazos no siente dolor alguno, y es capaz de convertir en felicidad cualquier sufrimiento.

Como un actor es capaz de representar el carácter de distintos personajes, la mente es capaz de crear diferentes estados de conciencia, como la vigilia o el sueño onírico. ¡Qué misterioso poder el de la mente que hizo creer al rey Lavana que era un hombre de una tribu primitiva! La mente experimenta lo que ella misma construye, por la acción electiva y sintetizadora del pensamiento. Si comprendes esto, puedes hacer lo que quieras.

A causa de un pensamiento insistente, la mente cree que ha nacido y más tarde que ha muerto. Aunque no tiene forma alguna, piensa que es un jîva que posee un cuerpo y todo lo demás. Solo a causa de los pensamientos se asume el nacimiento y se sufre o se disfruta la pena y la alegría, que residen en la mente como el aceite en la semilla.

El que no permite a su mente merodear entre los objetos de placer, es capaz de dominarla. Igual que el que está atado a una columna no puede moverse, la mente del hombre noble no se mueve de lo real: sólo él puede considerarse un ser humano, los otros son gusanos. El hombre noble alcanza el ser supremo por la meditación constante y obstinada.

La victoria sobre el fantasma conocido como mente se consigue cuando alcanzamos el autoconocimiento y abandonamos el deseo de lo que la mente estima placentero y deseable. Cultivando una actitud correcta, podemos alcanzar esto sin gran esfuerzo. Desgraciado el que no puede dominar sus deseos, pues ésta es la única forma de conseguir el fin supremo. Primero tenemos que vencer a la mente con un esfuerzo muy intenso; luego, cuando su individualidad ha sido liquidada, la conciencia individualizada o mente se absorbe en la conciencia infinita sin el menor esfuerzo. Eso ya es fácil de conseguir. Los que se sienten incapaces de hacer esto sólo son buitres con forma humana.

El único camino para conseguir la liberación es el control de la propia mente, que significa el esfuerzo decidido por abandonar sus deseos, que no son realmente nuestros. Toma la firme resolución de liquidar tu mente, y no dudes ni por un momento de que puedes conseguirlo. Si uno no abandona los deseos de la mente, las enseñanzas del preceptor, el estudio de las escrituras, la recitación de mantras y cosas por el estilo, tienen el mismo valor que la paja aventada por el viento. Sólo cuando uno corta las verdaderas raíces de la mente con la espada de la no-conceptualización, puede alcanzar el verdadero Brahman que está en todas partes, la paz suprema. La conceptualización o imaginación produce errores y sufrimiento, pero puede ser fácilmente eliminada por el autoconocimiento. ¿Por qué hemos de considerarlo tan difícil?

Abandona tu dependencia del destino o de los dioses imaginados por la gente ignorante, y consigue una mente sin mente por el esfuerzo de la investigación del yo. Deja que la conciencia infinita se trague a la mente finita y llegarás más allá de todas las cosas. Con tu mente unida al supremo, conocerás el ser imperecedero.

Si conquistas tu mente y la mantienes completamente inmóvil, la conquista de los tres mundos será para ti una bagatela. Para eso no se necesita estudiar las escrituras, ni subir ni bajar a ninguna parte; no se necesita nada más que el autoconocimiento. ¿Crees que eso es tan difícil? Más difícil es vivir en este mundo sin el verdadero conocimiento de sí mismo.

El que conoce la naturaleza inmortal del ser no teme a la muerte ni resulta afectado por la pérdida de amigos o parientes queridos. Los sentimientos "Éste soy yo" y "Esto es mío" sólo son mente; cuando son superados, la mente deja de existir y perdemos todo temor. Las flechas y las espadas producen miedo, pero la flecha que destruye el ego, el dardo de la sabiduría, produce un insospechado valor.

La mente se dirige rápidamente hacia cualquier objeto que considera meta de sus anhelos. La causa de su movimiento nos resulta a veces incomprensible, como las olas en la superficie del mar aparecen unas veces aquí y otras allá sin que sepamos claramente su causa. Este incansable movimiento es consubstancial a la mente, como el frío es inseparable del hielo.

Râma preguntó:

¿Cómo podemos entonces detener este continuo movimiento de la mente por el esfuerzo personal, sin provocar una conmoción antinatural en el jîva?

Vasishtha respondió gravemente:

Puedes estar seguro de que sin esa conmoción, no hay mente; la inquietud o conmoción interior es la verdadera naturaleza de la mente. El resultado de esta conmoción mental que se produce en la conciencia infinita es lo que aparece como mundo: en eso consiste precisamente el poder de la mente. Pero cuando la mente es despojada de todo movimiento, podemos considerarla una mente muerta; y esa es la penitencia o tapasya de la que hablan las escrituras y la liberación misma que conocemos por moksha.

Naturaleza de avidyâ o la ignorancia

Cuando la mente se absorbe en la conciencia infinita, se produce una paz suprema; mientras la mente está sumergida en los pensamientos reina un gran dolor. La inquietud de la mente es conocida por avidyâ o ignorancia, la base de todas las tendencias y condicionamientos mentales. Libérate de esta inquietud mental por medio de la investigación llamada vichâra o por el decidido abandono de los objetos sensibles o vairâgya.

La mente, querido Râma, oscila como un péndulo entre la realidad y la ilusión, entre la conciencia y la materia. Cuando contempla los objetos inertes durante mucho tiempo, asume la característica de la inercia. Pero cuando se dedica con tenacidad a la investigación y a la sabiduría, abandona todo condicionamiento y recupera su naturaleza original de conciencia pura. La mente toma la forma de lo que contempla; si contemplas con decisión el estado que está más allá del sufrimiento, te sentirás libre de toda duda. La mente tiene que controlarse a sí misma: nadie es capaz de hacerlo en su lugar.

Los hombres sabios expulsan de su mente las manifestaciones de las tendencias latentes a medida que van surgiendo; de este modo la ignorancia queda totalmente superada. Lo primero que debes destruir son los condicionamientos mentales provocados por los deseos, y luego debes superar los mismos conceptos de esclavitud y liberación. Pero todo esto tienes que hacerlo con tu propia mente. Las tendencias psicológicas y condicionamientos mentales, como la visión de dos lunas que contempla la persona aquejada de diplopía, son irreales. El producto de la ignorancia sólo es real para las personas ignorantes; para el sabio sólo son expresiones verbales sin contenido substancial posible, como el hijo de una mujer estéril.

Si sólo existe el uno, ¿quién es el que actúa y qué puede hacer? Si tú no eres realmente el agente, ¿por qué asumes esa actividad? Pero tampoco permanezcas inactivo, porque ¿qué se consigue sin hacer nada? Lo que tiene que hacerse, debe ser hecho. Por tanto, si permaneces desapegado de los frutos de la acción mientras realizas tus acciones naturales, realmente no actúas; si ni siquiera te sientes apegado a la inacción misma, entonces es cuando te conviertes realmente en el verdadero agente, el ser, que todo lo hace, sin hacer nada en absoluto. Si todo este mundo es como el truco de un mago, ¿qué se puede conseguir o qué hay que rechazar?

La semilla de este mundo ilusorio es avidyâ, la ignorancia. Pero cuando no vemos las cosas como tales cosas, es decir, cuando no las determinamos como objetos, esa ignorancia es idéntica a la verdad. El poder que crea este mundo ilusorio y lo conserva en movimiento, como la rueda del alfarero sigue dando vueltas impulsada por el propio alfarero, son las tendencias psicológicas o vâsanâs. Este mundo está hueco y sin substancia, como una caña de bambú. Si prescindimos de Brahman, no puede ser comprendido como mundo. Aunque es percibido por sus efectos, no nos permite contemplar directamente su propia verdad. Se ve en todas partes, aunque no puede decirse que se halle en ningún lugar. Sutil y suave, aparentemente agradable, pero tan peligroso como la espada más afilada y cortante.

Si bien tienen una apariencia intelectual, las tendencias mentales no son manifestaciones del entendimiento. Aunque están en continuo cambio, provocan en el sujeto una ilusión de permanencia. A causa de su semejanza con la conciencia infinita, parecen activas, pero cuando se realiza la conciencia, estas vâsanâs desaparecen por completo. Sólo persisten mientras son alimentadas por el apego hacia los objetos, pero incluso después de superar ese apego, continúan en la mente en estado latente.

Estas vâsanâs o tendencias mentales se producen en el hombre espontáneamente y le proporcionan un placer aparente, pero en realidad son las responsables del dolor y la muerte. Sólo crean una ilusión de placer por la completa ocultación del autoconocimiento, que también llamamos avidyâ o ignorancia. Así fue posible que el rey Lavana experimentara en menos de una hora los acontecimientos de tantos años.

Igual que una mujer pintada en un cuadro no puede realizar el trabajo de una mujer viva, las tendencias mentales, aunque parecen activas como la mujer reflejada, son incapaces de actuar por sí mismas. No pueden engañar a un hombre sabio, pero producen consternación en el estúpido, como un exótico espejismo o una temible pesadilla.

Estas tendencias mentales sólo tienen una existencia momentánea, pero parecen permanentes porque fluyen sin cesar como un río. Parecen reales porque son capaces de ocultar la verdadera realidad. Cuando intentas sujetarlas, te das cuenta de que no son nada. Adquieren fuerza y solidez a causa de sus ilusorias cualidades, como las débiles fibras de una cuerda consiguen una gran firmeza cuando están debidamente entrelazadas. Cuando intentas captarlas y detenerlas, se desvanecen como el extremo de una llama. Nacen como la segunda luna de la diplopía, existen como los objetos soñados y producen una gran confusión, como a la gente que va sentada en un barco le parece que es la orilla la que se mueve. Esta ignorancia de las tendencias mentales es la única responsable de la percepción de la dualidad sujeto-objetiva, porque ella es quien imagina la errónea división de la percepción en estos dos términos.

Cuando dominamos estas tendencias mentales y nos damos cuenta de su irrealidad, la mente deja de actuar, igual que un río se seca cuando el agua deja de correr.

Râma preguntó entonces:

Señor, el río que vemos en un espejismo nunca llega a ninguna parte. ¡Es verdaderamente asombroso que esta ilusión, pese a su naturaleza irreal, pueda confundir a todo el mundo! Me parece que la ignorancia se alimenta de las fuerzas hermanas del amor y del odio. Te ruego que me enseñes el mejor camino para libramos de ella.

Vasishtha respondió con paciencia:

Querido Râma, igual que la obscuridad desaparece cuando nos aproximamos a la luz, la ignorancia desaparece cuando nos acercamos a la luz del ser. Mientras no surja en nosotros la sincera añoranza del autoconocimiento, estas vâsanâs seguirán alimentando una corriente ininterrumpida de ilusiones objetivas. Igual que una sombra se desvanece cuando acercas una luz para verla, la ignorancia se esfuma cuando vuelves tu atención hacia el autoconocimiento.

Râma, la tendencia mental de la ignorancia sólo es el deseo de percibir objetivamente, y poner fin a ese deseo es la liberación. Eso sucede cuando en la mente no existe ningún movimiento del pensamiento, pero decir que los pensamientos no se mueven es como decir que no hay mente.

Naturaleza del ser o âtman

Râma preguntó:

Dices que la desaparición de la ignorancia es el conocimiento del ser. ¿Pero qué es el ser?

Vasishtha contestó:

Todo lo que existe, desde el creador Brahmâ hasta una hoja de hierba, es el ser; la ignorancia también es ser o, en caso contrario, es irreal e inexistente. No hay ni siquiera una segunda cosa que podamos llamar mente. En el mismo ser se encuentra el velo o môha, que crea la polarización del sujeto y el objeto, y en ese momento la conciencia infinita aparece como mente. Ese velo es un pensamiento, una intención, una idea en la conciencia infinita, pero también es el ser, pues en caso contrario no podría producir ningún efecto. La mente nace de este deseo de pensar objetivamente y sólo puede desaparecer con la ayuda del pensamiento contrario que pone fin a aquella idea de pensar.

La firme convicción de que no somos Brahman ciega nuestra mente y sólo puede superarse por la no menos firme convicción de que todo es Brahman. Los pensamientos producen la esclavitud y su superación es lo que llamamos moksha o liberación. En consecuencia, líbrate de ellos y haz todo lo que tienes que hacer sin premeditación alguna.

La mente ve el mundo como si fuera real del mismo modo que ve el cielo de color azul. Pero el cielo no es de color azul; la incapacidad de la visión para ver más allá de cierto límite nos hace verlo de ese color. Sólo la limitación del pensamiento nos hace percibir este mundo ilusorio como si fuera real. La apariencia objetiva es una ilusión, querido Râma; ¡no permitas que el menor pensamiento brote en tu mente!

Pensando que estamos perdidos, nos dirigimos hacia la perdición, y pensando que estamos liberados, vamos hacia la felicidad, que es la conciencia, Chit.

Cuando la mente se entretiene continuamente en pensamientos estúpidos e ilusorios, se autoengaña, y cuando se sumerge en pensamientos iluminados y grandiosos, queda iluminada. Cuando la idea de ignorancia se mantiene en la mente, la ignorancia se consolida y aumenta; pero cuando se realiza el ser, la ignorancia se disuelve.

En consecuencia, el que no permite que su mente se detenga en pensamientos vanos y se esfuerza por ser consciente del ser, disfruta de la paz. Lo que no existía en el principio, tampoco puede existir ahora. Lo que existía entonces y existe ahora, es Brahman absoluto; su contemplación proporciona la paz porque este Brahman es paz. En ningún momento y en ningún lugar deberíamos ver otra cosa. Con el mayor esfuerzo y toda nuestra inteligencia deberíamos desarraigar la vana esperanza de disfrutar placeres sensibles.

La ignorancia es la única causa de la vejez y de la muerte. Las esperanzas y los apegos se multiplican a causa de las tendencias mentales. Esa multiplicación toma la forma de ideas sobre nuestra felicidad o nuestra desgracia, pero en este cuerpo físico vacío, ¿dónde está eso que llamamos yo? En realidad, términos como yo, mío, etc... no tienen ninguna existencia; la verdad eterna sólo es el ser.

Sólo en el estado de ignorancia se puede ver una serpiente en una cuerda; en el estado de iluminación es imposible caer en este error. Del mismo modo, en la visión iluminada sólo existe la conciencia, y nada más que la conciencia. ¡No seas un hombre ignorante, querido Râma, sino un intrépido sabio! ¡Destruye las tendencias mentales que producen este mundo ilusorio! ¿Por qué consideras, como los ignorantes, que este cuerpo es tu ser y te sientes miserable? Aunque cuerpo y âtman parecen existir juntos, no son inseparables; cuando el cuerpo muere, âtman no muere.

¿No es sorprendente, Râma, que la gente olvide la verdad del absoluto Brahman, lo único real, y esté plenamente convencida de la existencia de este mundo ilusorio? No permitas que arraigue en ti la idea de la existencia independiente del mundo. Cuando la conciencia está contaminada, a pesar de su irrealidad, nos arrastra a un sufrimiento real. La ilusión existe como un espejismo a causa de la ignorancia, y nos hace ver alucinaciones, como nos hace experimentar el cielo y el infierno. No te dejes atar por esas tendencias mentales que son las únicas responsables de la percepción de la dualidad del sujeto y el objeto, y permanece totalmente incondicionado. ¡A partir de ahí, conseguirás el verdadero dominio sobre todas las cosas!

Después de unos instantes de profunda meditación, Râma preguntó:

Sabio sagrado, es verdaderamente increíble que una ilusión como ésta sea capaz de producir tal creencia en un mundo creado. Te ruego que me expliques con más detalle cómo puede ocurrir. Por favor, dime por qué sufrió el rey Lavana aquellas terribles alucinaciones sin dudar de ellas en absoluto. Dime también, te lo ruego, quién es el que siente toda esa pesadumbre.

Diferencia entre el âtman y el ego

Vasishtha replicó:

En realidad, querido Râma, no es cierto que la conciencia esté unida al cuerpo. El cuerpo sólo es imaginado por la conciencia como en un sueño. Cuando la conciencia se reviste, como si dijéramos, de su propia energía, se limita a sí misma y se considera un individuo que, alimentado sin descanso por dicha energía, se contempla a sí mismo inmerso en el mundo.

El ser encarnado que sufre o disfruta los efectos de las acciones pasadas se conoce como ego, mente o jîva. Ni el cuerpo ni el âtman experimentan sufrimiento: la única que sufre es la mente ignorante. Sólo en el estado de ignorancia, un estado parecido al sueño profundo, la mente sueña un mundo ilusorio, pero cuando despierta de ese sueño y queda iluminada, no lo siente así. Por tanto, el cuerpo encarnado que experimenta el sufrimiento puede denominarse mente, ignorancia, jîva o vâsanâs, o, si lo prefieres, conciencia individualizada.

El cuerpo es inconsciente y por tanto no puede gozar ni sufrir. La ignorancia produce la falta de atención hacia el ser o âtman, y por tanto la ausencia de Sabiduría; por consiguiente, la única que sufre y goza es esta misma ignorancia. Sólo la mente nace, se lamenta, se mueve y abusa de los demás, y no el cuerpo. Todas las experiencias de gozo y de sufrimiento, como las alucinaciones y las pesadillas en el cielo o en el infierno, sólo son obra de la mente y sólo ella las experimenta como en un sueño: ¡el hombre es la mente!

Ahora te explicaré la causa de los sufrimientos del rey Lavana. Este rey, descendiente del gran Harischandra, pensaba:

Mi abuelo llevó a cabo grandes ritos religiosos y se convirtió en un gran rey. Practicaré los mismos ritos.

Reunió todo lo necesario, buscó a los hombres religiosos capaces de llevarlo a cabo, y practicó mentalmente esos ritos durante un año entero, mientras permanecía sentado en su jardín.

Puesto que había completado los ritos mentalmente, tenía derecho a gozar de sus frutos. La mente es la única responsable de todas las acciones o karmas, y también la que experimenta los resultados de gozo o sufrimiento que éstas originan.

Yo fui testigo de la escena que te he contado en la corte del rey Lavana, y cuando todos querían saber quién era el mago que desapareció repentinamente, yo sabía su identidad por medio de mi visión sutil: no era más que un mensajero de los dioses. Dice la tradición que Indra envía todo tipo de penalidades para probar la fortaleza de ánimo de los que emprenden ritos como el que Lavana había practicado mentalmente. Las alucinaciones que tuvo sólo eran el resultado de esta prueba. El rito es realizado por la mente y las alucinaciones sólo son sufridas por la propia mente. Cuando esa mente está completamente purificada, se despoja de la dualidad que ella misma ha creado.

Ya te he contado, Râma, el proceso de la creación cíclica del mundo después de cada disolución cósmica, y la forma con la que mantenemos las ideas de yo y lo mío. El que asciende los siete escalones de la perfección yóguica equipado con la sabiduría, alcanza la liberación final.

Los grados o escalones del conocimiento

Râma preguntó de nuevo:

Sagrado señor, ¿a qué siete escalones te refieres?

Vasishtha contestó:

Hay siete escalones que descienden al nivel de la ignorancia; y otros siete que suben a la plataforma de la sabiduría. Te los describiré con detalle. Permanecer fijo en el autoconociruiento es nirvâna o la emancipación. Cuando esto no se logra, aparece el ego y la esclavitud al sufrimiento, que es lo que conocemos por bandha. El estado de autoconocimiento es aquel en el que no existe ninguna agitación mental, ni distracción, ni egoísmo, ni percepción de la diversidad.

La ilusión que oculta este autoconocimiento tiene siete niveles: el estado germinal del despertar, el despertar mismo, el gran despertar, el soñar despierto, el soñar, el despertar del sueño y el sueño profundo. El estado germinal del despertar es cuando la mente y el jîva sólo existen en la conciencia pura como nombres. Llamamos despertar al estado en que las ideas de yo y esto, es decir, de sujeto y objeto, surgen en la mente como conceptos. Cuando esas ideas se consolidan por la memoria de anteriores encarnaciones, se produce el gran despertar o despertar efectivo. Entendemos por soñar despierto el estado en el que la mente está totalmente atenta a sus propias fantasías y se siente satisfecha con ellas. Conocemos por sueño onírico el estado en el que las falsas ideas se toman como reales. En el siguiente nivel, llamado el despertar del sueño, volvemos a recordar las experiencias pasadas como si siguieran siendo reales. En el estado de sueño profundo, nos sumergimos en una obscuridad total y las ideas desaparecen por completo. Estos siete niveles tienen a su vez innumerables subdivisiones.

Ahora te describiré, querido Râma, los siete niveles o planos de la sabiduría, para que no caigas nunca más en la ilusión. El primero es el puro deseo o intención de conocer, el segundo la investigación, el tercero es cuando la mente se purifica por completo, el cuarto el establecimiento en la verdad, el quinto la total liberación de los apegos y de la esclavitud, el sexto la cesación de la objetividad, y el séptimo está más allá de todos estos

El deseo de conocer que he nombrado en el primer nivel es cuando uno piensa: "¿Por qué debo continuar siendo un loco? Buscaré hombres santos y escrituras y cultivaré el desapego del mundo objetivo". Después, uno se compromete en la práctica de la investigación del propio yo. De todo esto brota el desapego y la mente se vuelve sutil y transparente: éste es el tercer nivel. Después de practicar estos tres, surge en el buscador un rechazo natural hacia los placeres sensibles y ese es el establecimiento en la verdad, que es el cuarto estado o nivel.

Cuando todos estos han sido cubiertos, se produce un desapego total, y, al mismo tiempo, la convicción en la naturaleza de la verdad, que es el quinto nivel. En ese punto, uno se introvierte en el propio ser y cesa la percepción de la diversidad objetiva, y todos los esfuerzos que se hacen proporcionan una experiencia espiritual inmediata.

Después de esto ya no existe el soporte individual subjetivo, no hay diversidad objetiva y el autoconocimiento se produce de modo natural e ininterrumpido: éste es el séptimo nivel trascendental. Es el estado de los que están liberados en vida o jîvan mukta. Más allá de esto, está el nivel del que ya ha trascendido el cuerpo o videha mukta.

Los hombres superiores que ascienden estos siete planos de la sabiduría son los santos. Están liberados y no caen en el lodo de la felicidad y el sufrimiento, ya actúen o permanezcan inactivos. Están introvertidos en el ser y no necesitan de nadie para ser felices.

El más elevado estado de conciencia, que es turîya, puede ser alcanzado por todos los hombres y también por los animales, tanto si tienen un cuerpo como si se trata de seres desencarnados, porque ese nivel sólo supone la posesión de la sabiduría y no tiene nada que ver con el cuerpo al que parezca estar unido.

Los que han alcanzado los planos más elevados de conciencia son llamados, con todo derecho, mahâtmas o grandes hombres. Son dignos de adoración; un emperador es una miserable hoja de hierba comparado con ellos, porque ellos están liberados aquí mismo
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