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Islam y dependencia económica

14/10/2000 - Autor: Abdullah Fiol
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La construcción de cualquier modelo islámico en el mundo actual choca indefectiblemente con la realidad estructural de la dependencia económica. Parece a menudo que los movimientos sociales y políticos de la Umma obvien esta cuestión tan fundamental y se centren en actitudes puramente voluntaristas. El simple rechazo a la fijación en el Dunia es una manera tan general como falsa de cerrar una problemática profunda que no acepta visiones simplistas ni soluciones de consigna. 

Antes que nada debemos plantearnos diversas cuestiones: la situación socioeconómica que atrapa al mundo islámico, ¿es privativa de los musulmanes o alcanza también al resto de lo que denominamos como Tercer Mundo? ¿Qué características propias y diferenciadas presenta con relación a éste? ¿Cuáles son algunas de las causas de la situación presente? Y por último, ¿es viable y sobre todo aceptable el modelo tecnológico-productivo imperante en Europa, Norteamérica o Japón?

Sería una vana pretensión abordar estas cuestiones tal como merecen en la extensión de un artículo pero al menos, unas breves pinceladas nos pueden servir de referencia para una reflexión. Desde la caída del bloque del Este los voceros del sistema no han parado de repetir y apuntalar la creencia indiscutible en un solo modelo, antaño conocido como capitalismo y actualmente con el eufemismo de “economía de libre mercado”. Incluso una izquierda política que ha perdido su norte no se atreve más que a denunciar los “excesos” neoliberales sin constatarlos como secuelas inherentes a la lógica estructural.

La impresión que causan las reflexiones más recientes en el seno del pensamiento islámico es que adolecen del mismo mal. De una forma manifiesta nos congratulamos de la desaparición de la Unión Soviética pero, puede que inconscientemente, nos añadimos a esa extraña lógica del darwinismo social para subir al carro de los vencedores. Aquello que ha triunfado sobre su pretendido oponente ideológico aparece como lo intrínsecamente positivo. Olvidamos que sin una intervención divina directa o especial lo que suele imponerse es lo negativo y la historia de los profetas resulta particularmente ejemplar al respecto.

Cabe decir como inicio que una mirada panorámica al conjunto de la Umma, la sitúa de pleno en el conjunto de los llamados “países en vías de desarrollo”, aunque en diferentes grados. Tenemos ciertos estados que a través de políticas de fuerte intervencionismo público han desarrollado un sector industrial nada despreciable. Tal es el caso de Turquía, candidata teórica a la entrada en la Unión Europea. También están los herederos de pasadas semi-planificaciones (Siria, Irak antes de la Guerra del Golfo, Argelia o Libia) lubricadas por las extracciones petrolíferas y algunos emergentes Tigres del Sudeste asiático, al estilo de Malasia o Indonesia. Otros combinan una agricultura de subsistencia o mínima exportación junto a la terciarización turística. Por otro lado tenemos a los pobres de solemnidad envueltos en sempiternos conflictos bélicos. No podemos en la ojeada descuidar a las minorías islámicas diseminadas por diversas regiones y condicionadas por su situación con relación al poder mayoritario (comparemos las situaciones post-bélicas de Bosnia o Kosovo a la preponderancia de los musulmanes hausas en Nigeria). Y por último, los petrodólares del Golfo crean bajo la gestión e inversión externa de monarquías patriarcales la extraña paradoja de un rico subdesarrollo.
Algo característico y común a situaciones tan dispares es la ausencia de ámbitos económicos propios, -tanto en el plano decisorio político, como comercial o productivo- que sobrepasen los límites fronterizos. Los intentos -incluso en espacios y con objetivos modestos- como las uniones aduaneras de los países del Magreb o la de los nuevos Estados centroasiáticos nacidos de la desintegración de la URSS, han terminado en vías muertas. Por otra parte, las dinámicas más aparentemente productivas en el Extremo Oriente evidencian su condición de espejismo cuando constatamos que el capital invertido no pretende ser sino un recurso norteamericano para frenar la competencia nipona.

Hecho este análisis a vista de pájaro, ¿cuál debiera ser la meta a alcanzar en el marco de una voluntad y referencia islámicas? La respuesta enunciada de forma simple sería la independencia económica.

La definición de ésta como la capacidad de explotación, comercialización y control propios de los recursos naturales, así como de los bienes manufacturados y servicios actualmente en manos de multinacionales y oligopolios de capital ajeno, nos hace comprender su importancia fundamental. Sin autodeterminación ni autogestión comunitarias en este campo resulta inimaginable la aplicación de la Sha’ria respecto al usufructo y reparto de la tierra, de las riquezas minerales, el control de los márgenes de beneficios o la básica cuestión de la usura y el sistema bancario especulativo que engendra.

Hay que partir de la constatación primera y evidente de la necesidad que los musulmanes tenemos de conseguir marcos de intercambio material cada vez más amplios. La realidad del subdesarrollo hace más apremiante un ámbito extenso donde los diversos productos y mercancías circulen entre una cantidad de potenciales compradores suficiente, sin trabas ni encarecimientos fiscales fronterizos. La totalidad de la Umma islámica con sus múltiples pueblos y territorios es la respuesta del Califato, pero desde la derrota otomana en la Primera Guerra Mundial no es ésta una opción viable en un horizonte previsible. Sin embargo existen espacios físicos y culturales más reducidos y por tanto más sencillos de coordinar que recordarían las dimensiones de la Unión Europea. Ahí se situaría una reedición -bajo presupuestos del Din- de la Unión del Magreb Árabe, el proyecto de Turania, conjunto de países islámicos caucásicos y centroasiáticos de raíces turcas, junto a un Mercado Común musulmán en el sudeste de Asia o en el Sahel africano.

Estas agrupaciones deberían convertir a la -hasta ahora inoperante Organización de la Conferencia Islámica- en un foro coordinador que creara su propia institución financiera halal, el Banco Islámico de Desarrollo, proveído de fondos originados por la exportación de materias primas y encargado de impulsar proyectos concretos productivos. Su control tendría que depender de un consejo formado por representantes de toda la Conferencia para impedir al máximo imposiciones dirigistas o intentos de manipulación externa. Ésa sería la única vía para poder asumir la medida de obediencia a Allah y su Mensajero más radical y auténtica contra el actual Orden Mundial: la denuncia de la Deuda Externa con sus intereses y la ruptura con el Fondo Monetario Internacional y la Organización de Comercio.

Las imposiciones de ésta última en cuestiones de desprotección arancelaria nos lleva a otras consideraciones ineludibles. La brecha técnica abierta entre el Primer y el Tercer Mundo es tan abismal que intentar abrir mercados mutuamente sitúa al segundo bloque en una insalvable desventaja. La importación de tecnología es también un recurso inútil ya que la que se adquiera siempre resultará de segunda categoría respecto a la puntera. Es necesario en consecuencia el despliegue de un proteccionismo que salvaguarde la producción autóctona. Este proyecto autárquico no puede concretarse en ninguno de los estrechos marcos estatales fijados por el trazo colonial, pero sí sería el deseable y realizable en coordinaciones como las anteriormente expuestas.

Aquí llega el momento de preguntarnos como musulmanes cuál es el modelo económico coherente con nuestra visión de la existencia. Se da normalmente por supuesto que la aspiración colectiva es la de salir del “atraso” y encaminarnos por la misma senda que han marcado las potencias del Kufr desde la Revolución Industrial. Aparece así el factor económico como algo neutro y nadie se cuestiona si las relaciones laborales, productivas y de consumo tienen un efecto en el alma humana y su comunicación con el Creador y la Creación. El espíritu que emana de la Revelación coránica y el ejemplo del Profeta y su comunidad en Medina nos sugiere que nuestra tendencia debe ser hacia una austeridad digna. La restauración sociopolítica de instituciones como “Beit-ul-Mal” y el Zakat permite la cobertura de necesidades básicas para el conjunto de la sociedad, sin generar grandes desigualdades ni promover un materialismo centrado en el consumo.

Así pues la prioridad en temas como sanidad, cultura o vivienda debe dirigir la intervención del poder público y su presencia en la vida económica. Desde fuentes islámicas no podemos aceptar la dogmática y su autorregulación. Como botón de muestra se halla la cuestión ecológica: la conciencia generada ha llevado en Europa a instaurar severas legislaciones que conducen a las industrias contaminantes para -siguiendo la lógica del máximo beneficio- instalarlas en los países pobres donde no sufren cortapisa alguna. Cabe decir que la gravedad del tema y la posición de gobernadores de las criaturas en que Allah nos ha puesto, tampoco ha estimulado una respuesta suficiente en el seno del movimiento islámico.

Una idea importante queda para el final. El Din y el orden de justicia que establece incumben a todos los seres humanos, tanto a los que lo siguen y aceptan, los musulmanes, como al resto de la Humanidad. Allah Ta’ala no restringe su Rahma cuando hace brillar el sol sobre las cabezas de todos o esparce la lluvia. La defensa de los débiles y oprimidos de la Tierra es un deber para nosotros, sean éstos musulmanes o no. Esto es motivo de reflexión especialmente para quienes vivimos como minoría en sociedades de tradición no islámica, pero donde aparte de defender nuestros derechos, debemos implicarnos en las causas y luchas que converjan con nuestro sentido de justicia.

También -en el plano mundial- encontramos a los pueblos y naciones latinoamericanos, subsaharianos o asiáticos en los mismos cuadros de dependencia tercermundista que nosotros. Es deber moral y única alternativa viable presentar con ellos un frente unido ante los poderes y potencias explotadores del planeta, siempre tan prestos a fomentar las confrontaciones entre sus víctimas. En septiembre del pasado año se dio una interesante experiencia de respuesta conjunta con motivo de la ronda GATT (Organización fijadora de sanciones para quien se salte la dictadura del liberalismo económico). En la ciudad norteamericana de Seattle se reunieron grupos indígenas del continente, minorías étnicas de Estados Unidos, sindicalistas, ecologistas, libertarios europeos y también en una toma de postura y participación casi inéditas, diferentes colectivos musulmanes.

Esperemos In sha’Allah que esta actitud no resulte excepcional sino que se transforme en una visión clara extendida y sin prejuicios de nuestra actitud en el conjunto de la Humanidad
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