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La cultura europea y su deuda semita

14/10/2000 - Autor: Joaquín Lomba - Fuente: Revista ENCUENTRO
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Cada vez es más clara la conciencia de que Europa debe al Islam aportes determinantes en casi todos los campos del saberi. Como dice el autor de este trabajo: “Europa es o debe mucho más a lo semita de lo que ella cree”. Sus filósofos y sus matemáticos, entre otros, sentaron las bases para las ciencias humanas y las ciencias exactas en Europa. Lo cierto es que en cualquier campo del saber Europa lleva una profunda huella semita. España en particular alojó a los sabios de toda Europa que acudían a las fuentes árabes para adiestrarse en la terminología aplicada a los evolutivos estudios de astronomía, matemáticas, álgebra, botánica, física y química, los extraordinarios adelantos en medicina, anatomía, cirugía y oftalmología con delicadas operaciones de cataratas. No sin razón el pensador Ernesto Renan que, dicho sea de paso, era todo menos un forofo de los Árabes y el Islam, pudo decir “que la introducción de los textos árabes en los estudios occidentales divide la historia científica y filosófica de la Edad Media en dos épocas perfectamente distintas”. Toledo en el siglo XII con la Escuela del Arzobispo don Raimundo y, en el siglo XIII, con la de Alfonso X el Sabio, fue el taller cultural que permitió el trasvase a Occidente de la milenaria cultura oriental, griega y árabe, dotando a Europa de todas las levaduras para su renacimiento científico, filosófico y humanoii.

Todo ello queda espléndidamente señalado en este trabajo del Profesor Joaquín Lomba Fuentes, Doctor en filosofía y Licenciado en Filología Semítica por las Universidades de Madrid y de Granada y actualmente Catedrático de filosofía en la Universidad de Zaragoza. Gran especialista de la filosofía islámica española y, en particular, de la Marca Superior y de su capital, Zaragoza. Actualmente está dedicado por completo a reconstruir el pensamiento y ciencia del siglo IX al XII de esta parte de al-Andalus, tanto en su versión musulmana como judía. ENCUENTRO se honra con este estudio cualificado y valiente para proclamar estas evidencias en estos tiempos un tanto confusos de esta Europa de mercaderes, al par que le agradece su generosa colaboración. 


UN MITO GRIEGO

LA SOBERANÍA EUROCENTRISTA

EL OTRO QUE HAY QUE ELIMINAR

EL CONCEPTO DE EDAD MEDIA

EL CONCEPTO DE INVASIÓN

LEGISLACIÓN MÁS TOLERANTE

NADA DE SIMPLES TRANSMISORES

TÉCNICAS NUEVAS

CAMBIO DE ESTRUCTURAS MENTALES

APARICIÓN DEL RACIONALISMO FILOSÓFICO

VISIÓN NUEVA DEL HOMBRE

ACEPTACIÓN DE SU CARÁCTER DE MESTIZA

NOTAS
 


Hablar de la cultura europea u occidental, por extensión, parece a simple vista algo obvio. Sin embargo, si se piensa dos veces no tiene nada de evidente. En efecto, la variedad sincrónica y diacrónica de las múltiples culturas que existen en el espacio geográfico de lo que llamamos Europa es tal que difícilmente podemos encontrar algo que pueda denominarse cultura europea de una manera unívoca y común a todos los países que la integran: lenguas, estilos, formas de vida, historias, guerras, etnias hacen imposible hablar de una cultura única y común que pueda denominarse, sin ambigüedad, cultura europea.

Se han hecho muchos y diversos intentos de explicar la idiosincrasia de eso que llamamos cultura europea, como es el de Rémy Bragueiii para quien la característica de ésta es la heredada del espíritu romano, a saber: el de recibir de una cultura superior un determinado acervo, en este caso, el legado por Grecia y el Cristianismo, para luego transmitirlo a una cultura inferior. También se ha dado como denominador común de la cultura europea, la racionalidad que ha introducido en la vida, ciencia, tecnología, economía, política e incluso en la religión. Zubiri añadió a esta visión grecorromana de nuestro ser el elemento bíblico de nuestra cultura, como característica común de toda ella.iv.

Por mi parte, quisiera insistir aquí en otra dimensión del problema, a saber: en el elemento semita como ingrediente y conformador fundamental de nuestra cultura, incluso como configurador de ese elemento racionalista al que acabo de aludir. Europa es o debe mucho más a lo semita de lo que ella cree. Y ello por varios motivos que trataré de exponer muy someramentev. Probablemente su antisemitismo tantas veces y de tantas formas manifestado sea un síntoma del rechazo que tiene en reconocer esta deuda e, incluso en algunos aspectos, esté su propio ser semita. Y entendiendo por semita tanto lo árabe-musulmán como lo judío....

UN MITO GRIEGO

Y para empezar con esta descripción del semitismo europeo quisiera echar mano de un mito griego, el de la diosa Europa de la que tomó nombre nuestro continente. Porque la función de los mitos en Grecia era la de exponer ideas y verdades extraordinariamente vividas y reales en forma de historias que llegaban muy directamente a la conciencia de quienes las contaban y oían. Los mitos se remontaban a los orígenes ignotos, lejanos y desconocidos por la multitud de determinadas cosas esenciales para la vida, como podía ser el rotar de las estaciones, el origen de los montes y los mares, el nacimiento de determinadas ciudades. Así, la leyenda que atañe a lo que llamaban Europa es la siguiente: Agénor, egipcio aunque de origen griego, se instala en el territorio semita que luego se llamará Fenicia donde contrae matrimonio con una mujer, la semita-fenicia Telefasa, saliendo de este matrimonio tres hijos: Fénix, el epónimo de Fenicia, Cilix, epónimo de Cilicia, ambas regiones en plena Asia Menor, y Europa que será raptada por Zeus para ser trasladada a Grecia, a lo que luego se llamará Europa. De este modo, el origen mismo de este nuestro continente, hunde sus raíces en el Medio Oriente no sabiendo, en absoluto, ya desde su origen, de la división actual y artificial entre Europa y Asia, entre Occidente y Oriente. Más aún, la tan proclamada filosofía y ciencia griegas, supuesto fundamento de nuestra civilización, no nacieron en la Península Helénica, en Europa, sino en Mileto, Samos, Halicarnaso, Lesbos, ciudades todas engastadas en las antiguas culturas persa, egipcia, semita y asiática en general. Esta mezcla del elemento oriental y occidental hará de Europa lo que ya desde ahora podemos llamar la mestiza orgullosa, porque, además de este origen, recibirá luego múltiples influjos, incluso asiáticos, muchos de ellos fundamentales para su historia como veremos, cuyo origen negará o ignorará conscientemente o inconscientemente, atribuyéndose el mérito a sí misma y a Grecia y Roma que son parte suya negando, a la vez, y contraponiendo lo europeo a lo semita, lo occidental a lo oriental. Europa, para los propios europeos, se hizo a sí misma sobre las bases de Grecia y Roma y, desde ahí, tras el decurso de los tiempos y gracias a sus propios esfuerzos y desarrollos científicos, tecnológicos, filosóficos, construyó su propio mundo, el cual constituye una atalaya desde la que contemplar, juzgar y dominar al mundo entero, ignorando otros orígenes tal vez más importantes o, al menos, iguales que Grecia y Roma. Como dice el historiador Djaït:

“Nunca ninguna otra civilización se dejó penetrar menos conscientemente por influencias externas: no bastan las baratijas chinas, ni el arte negro, ni la influencia de las estampas japonesas sobre el impresionismo, para abogar en defensa de un auténtico sincretismo bajo la bandera del espíritu europeo. Sin duda, la Europa medieval o renacentista tomó prestados más elementos del mundo exterior -Islam, China, o la Antigüedad- aun cuando esta Europa estaba en contacto menos directo o menos familiar con esos mundos”vi.

No sólo eso sino que se identificará en el terreno de la cultura europeo y occidental cosa que geográficamente no es así: Australia, por ejemplo, tiene una cultura europea y por tanto occidental siendo así que no es en absoluto Europa.

LA SOBERANÍA EUROCENTRISTA

Este eurocentrismo ha llevado a que Europa se erija desde esa soberbia atalaya en juez absoluto de lo que es cultura, civilización en todo el mundo y de cómo se ha de hacer historia. Por ejemplo, ha dividido a ésta en Edad Antigua, Media, Moderna y Contemporánea siendo así que ni América, ni Asia, ni África han conocido un clasicismo griego, un medievo entre la Antigüedad y el Renacimiento, un Humanismo-Renacimiento ni todo lo que viene después. Del mismo modo habla la historia Europea de un descubrimiento de América, de una invasión musulmana de España y de una reconquista posterior cristiana, términos todos que muy difícilmente utilizaría un historiador americano o musulmán y que, en todo caso son hoy día, en los finales del siglo XX, científicamente de muy dudosa utilización, por no decir que en muchos casos errónea, aparte de pertenecer al vocabulario de la cultura que se cree vencedora, porque la historia, por desgracia, casi siempre está escrita por los vencedores.

EL OTRO QUE HAY QUE ELIMINAR

Es que, por otro lado, el mundo semita ha tenido un papel conformador de la cultura europea de una manera muy peculiar. A saber, precisamente por ese orgullo del mestizazgo europeo en cuanto que negando el contacto, influjo y proximidad de esa área semita, la ha considerado como lo otro que hay que eliminar porque se le considera enemigo o, al menos, estorbo. Eso otro ha cambiado el Mare nostrum, de Roma, de Europa, en Mediterráneo en el mar común que está entre las dos tierras, entre las dos culturas, cosa que Europa todavía no ha perdonado. Agustín de Hipona se considera de la cultura europea, romana en concreto, a pesar de que era natural de la actual Argelia, es decir, africano. En cambio Ibn Jaldún del mismo Túnez y otros tantos intelectuales del Magreb son expulsados de nuestro ámbito intelectual europeo. Las ruinas romanas de Walili, o Volubilis, las vemos como un recuerdo glorioso de nuestro dominio europeo y romano sobre el corazón de Marruecos. Por el contrario, una mezquita, antigua o contemporánea se ve como lo otro que un día vencimos o arrasamos (mezquita de Córdoba) o como algo que como sumo se tolera hoy en nuestras calles si no es que las boicoteamos y quemamos.

Como he dicho antes, el frecuente antisemitismo europeo es posible que tenga aquí una de sus raíces. China, Japón, la India no son lo otro que hay que eliminar porque no nos discuten nuestro territorio económico, político, cultural: están demasiado lejos geográficamente, con excesivas culturas, estepas, lagos, cordilleras, desiertos, mares por en medio y muy distintos como para que pensemos que nos hayan influido en algo y nos hayan constituido como europeos con sus aportaciones. Estas culturas son sencillamente diferentes y se les ha confinado en lo que Europa ha decidido llamar Lejano Oriente, al cual, por añadidura, para subrayar la distancia y su diferencia, lo ha aureolado con un halo de misterio y exotismo. Por el contrario, el Próximo Oriente u Oriente Medio y los que a su cultura pertenecen es lo otro contra lo que hay que luchar. Ahí están las llamadas Cruzadas, Reconquistas, colonizaciones, las eternas luchas contra Oriente Medio, las expulsiones de musulmanes y judíos del interior del suelo europeo, los grandes pogroms, el rechazo a las minorías semitas (musulmanas y judías) que jalonan toda la gloriosa historia europea y que todavía estamos hoy viviendo con vergüenza en el corazón mismo de una Europa que llamamos civilizada, a nivel social, religioso y político. Por eso, y por desgracia, tal vez esta eterna lucha contra lo otro es uno de los elementos conformadores de nuestra historia y cultura europeas.

Centrándonos en la Edad Media, que es donde con más fuerza se fraguó esta situación, dice el historiador Djaït:

“De esa edad, la Europa moderna fue la hija y el Islam el padre. La cristiandad medieval, más que particularidad en relación a Bizancio o reminiscencia imperial, fue la expresión movilizadora de Europa frente al Islam, una expresión que culminó con las Cruzadas: contraataque, extroversión, derroche de energía, escuela de civilización del mundo para Europa. La Península Ibérica, que dio el primer paso en la servidumbre del mundo a Europa, sólo existió y se definió en la larga aventura de la Reconquista con su duelo con el Islam. Generalmente, se insiste sobre las influencias técnicas y culturales; nos parece mucho más importante esa dialéctica política del yo y del mundo por la cual Europa adquirió conciencia de su entidad, lo que vuelve a plantear el problema de la propia génesis de Europa .... El Islam era a la vez potencia militar que amenazaba a Europa y modelo económico dinámico; del mismo modo, más tarde, fue enemigo ideológico y modelo filosófico. En resumen, el nacimiento de Europa en la historia se realizó, y no podía ser de otra manera, por mediación del Islam: en un primer momento con el repliegue defensivo, después con su expansión ofensiva”vii.

EL CONCEPTO DE EDAD MEDIA

Y el concepto de Edad Media, aparte de ser un invento exclusivo de la historiografía europea, es de dudosa interpretación, por su artificialidad y falta de contenido concreto y preciso. Dice Curtis:

“Antigüedad, Edad Media, Edad Moderna son nombres que designan tres épocas de la historia europea, nombres que desde el punto de vista científico son absurdos, como ha dicho Alfred Dove, pero que para el intercambio práctico de ideas son indispensables. El concepto que menos sentido tiene es el de Edad Media, creación del humanismo italiano, explicable sólo desde su perspectiva particular. Mucho se ha discutido sobre la delimitación de estas épocas, y en general sobre el problema de la división en periodos; pero todas estas discusiones han sido fértiles y han iluminado ciertas etapas escasamente exploradas”viii.

Sea como fuere, lo que ocurrió cultural, social y políticamente en el Medievo repercute hasta el mismo día de hoy y lo que venga del ya próximo siglo XXI. Dice Genicot:

“La Edad Media no muere por completo. Llega a los tiempos modernos y contemporáneos una herencia de la cual aún hoy podemos apreciar en nosotros y en torno nuestro todo su valor e importancia”ix.

Y añade Gilson, en la misma línea:

“Para todo el pensamiento occidental, ignorar su Edad Media es ignorarse a sí mismo. Es poco decir que el siglo XIII está cerca de nosotros, está en nosotros, y no nos desembarazaremos de nuestra historia renegando de ella, del mismo modo que un hombre no se deshace de su vida anterior por el hecho de olvidar su pasado”x.

Y es en este periodo histórico cuando se da la aparición del Islam y el gran protagonismo del mismo y del pueblo judío en la vida cultural europea. Y esa aparición, Europa la ve como una invasión o intromisión en lo que es más romano y griego nuestro. Como mucho, se concede a musulmanes y judíos el que hayan hecho de meros transmisores de esa cultura que se nos ha antojado exclusivamente nuestra, más aún, que nos constituye a nosotros mismo como europeos: la griega. Pero vayamos por partes.

EL CONCEPTO DE INVASIÓN

Ante todo el concepto de invasión del Islam en Europa, más concretamente en la Península Ibéricaxi, como he dicho, tiene un contenido por completo sesgado y partidista. Los musulmanes que saltaron el Estrecho de Gibraltar en el 711, aparte de las oscuras razones que les movieron (entre las que se encuentra incluso la posible llamada de los propios cristianos para poner orden en la revuelta y mal gobernada España Visigoda) no pasaron de unos trece mil, añadiéndose el año siguiente unos dieciocho mil en su inmensa mayoría beréberes nada culturizados y a duras penas islamizados. Resulta, por tanto, absurdo que este total de treinta y un mil soldados se apoderase en apenas cuatro años de la totalidad de la Península ocupada entonces por una población de unos seis millones de habitantes. Por otro lado, se sabe con certeza que en esta entrada de los musulmanes sólo se llevó a cabo una guerra, la del primer choque con el rey Don Rodrigo. El resto de la población peninsular, sus ciudades y sus villas, se rindieron por pacto y voluntariamente. Digamos que hubo un traspaso de poder político y estructuras sociales visigóticas al gobierno y Estado musulmán, una progresiva sustitución de la cultura cristiana por la musulmana y una paulatina pero eficaz implantación de la única lengua oficial y popular, el árabe, a lo cual ayudó fundamentalmente una masiva conversión de los cristianos al Islam, adoptando así la condición de muladíes, seducidos por una religión radicalmente monoteísta, al igual que la cristiana dividida entonces entre arrianos y católicos de Roma. Aquellos que no se quisieron convertir, que fueron pocos o emigraron a los montes astures (los mozárabes) adquirieron la condición de dimmíes o protegidos. Éstos, aunque no aceptaron la fe musulmana pero decidieron quedarse en territorio musulmán, sin embargo se comprometieron a acatar la nueva autoridad, integrándose en el Estado musulmán y respetando sus leyes políticas. Simultáneamente, podían ejercer libremente su religión, ya fuera cristiana o judía. Todo ello, a cambio de pagar un impuesto especial, claro está. Estas minorías, por tanto, dentro del Estado musulmán peninsular o al-Andalus, estaban protegidas por la ley musulmana ya que según el corán “No cabe coacción en religión”xii.

Ante estos hechos hay que subrayar dos cosas: en primer lugar, que los que hoy somos españoles, que quienes actualmente estamos inscritos en una cultura llamada europea, de raigambre cristiana y latina, esos mismos, durante siete siglos fuimos musulmanes convencidos y estuvimos profundamente arabizados. De tal modo que aquellos que fueron expulsados de España por Felipe III se sintieron arrojados de su verdadera patria y lamentaron la pérdida de España. Igual que los judíos sefarditas expulsados en 1492 añoran actualmente todavía su antigua patria, Sefarad, España. Es curioso que muchas de las grandes figuras del pensamiento y cultura de al-Andalus fueron muladíes o de familias muladíes. Es el caso, entre otros, del gran místico Ibn Masarra y del enciclopédico Ibn Hazam, ambos de Córdoba.

La Península Ibérica, por tanto, salvo los pequeños focos de resistencia en los montes astures y Pirineos, se islamizó y arabizóxiii, de lo cual son buen testimonio numeroso topónimos que llegan hasta las faldas del Pirineo Aragonés. Pero, en cierto modo también se arabizaron determinadas cortes cristianasxiv que utilizaron el árabe en sus documentos, al igual que el reino de Sicilia que adquirió las costumbres, modas y lengua árabe, sobre todo en el reinado de Federico II. La cultura árabe era vista como de un nivel superior al que había que imitar, aunque se tratase de una imitación desde el ámbito cristiano.

LEGISLACIÓN MÁS TOLERANTE

En segundo término, también hay que notar que nosotros, cuando fuimos musulmanes, tuvimos una legislación mucho más tolerante que la que luego practicamos cuando fuimos cristianos, incluido nuestro mundo actual de finales de siglo. Siendo musulmanes, admitimos con pleno derecho y total legalidad la presencia de los que no eran como nosotros, los cristianos y judíos, de los que los musulmanes se sentían como hermanos llamándoles a ellos y a sí mismos gente del Libro, es decir, gente que cree en el único libro que Dios reveló sucesivamente a los judíos en forma de Biblia, a los cristianos en forma de Evangelio y a los musulmanes por el Corán. Siendo cristianos, europeos, en cambio, se toleraba a musulmanes y judíos, según conviniera o no, política y económicamente a la corona correspondiente. De hecho, los Reyes Católicos expulsaron de España a los judíos en 1492 y Felipe III, en 1609, a los musulmanes que quedaban (moriscos y mudéjares). Y no es preciso ir a siglos pasados para ver esta labor selectiva de admisión o expulsión de musulmanes y judíos según convenga política o económicamente a los países europeos: hoy mismo se da ese hecho, lo cual no es preciso especificar con ejemplos, por ser demasiado obvio el tema.

NADA DE SIMPLES TRANSMISORES

He dicho más arriba que Europa, lo más que concede al mundo y cultura musulmana es el haber hecho de meros transmisores de lo que consideramos más nuestro: la conciencia y pensamiento griegos. Sin embargo, teniendo en cuenta los estudios e investigaciones más modernos y avanzados sobre el mundo musulmán y judío, nada más lejos de la realidad.

En efecto, ante todo, y en primer lugar, tanto los musulmanes como los judíos insertos en la cultura árabe jamás tuvieron conciencia de transmitir nada sino de crear ellos mismos su propia ciencia (medicina, matemáticas, astronomía), yendo mucho más allá de las altas cotas que habían marcado sus predecesores griegos. El imperativo coránico de dedicarse al saber, la tradición según la cual el Profeta Mahoma dijo que “vale más la tinta del sabio que la sangre del mártir”, la obligación de conocer el mundo en todas sus dimensiones dado que éste no es sino un signo de Dios, la innata inclinación de los musulmanes desde el primer momento hacia la ciencia tanto abstracta y teórica como aplicada, las técnicas que la nueva y exquisita forma de vida exigían, la necesidad de orientar escrupulosamente las mezquitas hacia la Ka’ba (lo cual exigía unos conocimientos muy exactos y apurado de las matemáticas y la astronomía) hicieron que las ciencias, en primer lugar, tuviesen un tratamiento muy especial en el mundo islámico y, tras ellas, la filosofía. De ahí que se tradujeran del siríaco y griego al árabe en Bagdad bajo la protección del califa abbasí, al-Ma’mun, en la llamada Casa de la Sabiduría, la práctica totalidad de las obras de Ptolomeo, Euclides, Hipócrates, Aristóteles, Platón y de otros muchos científicos y filósofos griegos, para desarrollar luego desde estas versiones una ciencia y filosofía propias y singulares superiores a todas las anteriores.

Lugar aparte merecen mencionarse todas las colecciones de cuentos, sentencias, apotegmas morales provenientes de la India, Persia, Arabia preislámica y Grecia que, traducidas al árabe, junto con las obras de ciencia y filosofía, en la misma Casa de la Sabiduría de Bagdad, corrieron por todo el mundo musulmán y judío terminando, traducidas al latín en la Europa cristiana donde se emplearon, con una abundancia inusitada en sermonarios y libros de moral, en colecciones de cuentos populares, en obras literarias, como el Sendebar, Calila e Dimma y otras muchas másxv.

Por tanto, si de todos estos materiales hubo transmisión del saber griego fue porque los europeos, fascinados por la altura y nunca vista riqueza científica y filosófica practicada por los musulmanes, se lanzaron a verter del árabe al latín cuanto encontraron en la Península Ibérica y en Italia, sobre todo. No ha lugar, por consiguiente, a poner en un plano secundario y de meros intermediarios a intelectuales que en su momento fueron la cabeza del mundo cultural y civilizado. Y, de entre estos intelectuales, aparte de los que hoy llamamos medio orientales, había muchos, muchísimos que eran tan peninsulares como nosotros: Avempace de Zaragoza, Averroes de Córdoba y tantos otros cuyo listado no ha lugar en este breve resumen. Valga lo dicho, de paso, para responder a quienes se empeñan en afirmar que la religión es lo que ha retrasado el progreso cultural del mundo islámico, cerrando los ojos a otros factores extraños y ajenos con mucha frecuencia al Islam. Un análisis de este asunto bien merecería la pena ponerlo a discusión en cuyo caso Occidente, Europa, no saldría muy bien parada. Pero no es el momento de entrar en ello.

En segundo lugar, si bien es verdad que, en la misma Casa de la Sabiduría se tradujo al árabe todo el acervo científico y filosófico griego, también es cierto que se vertieron al árabe innumerables textos hindúes, chinos y persas que ayudaron a que los grandes astrónomos y matemáticos árabes diesen un vuelco total a las correspondientes ciencias griegas. El sistema decimal, por ejemplo, el valor posicional de las cifras, la introducción del cero, de los astros y de las estrellas y muchísimos más elementos científicos, médicos, farmacológicos y de todo tipo no los hubieran podido incorporar a la ciencia los musulmanes con las solas obras griegas. Era imposible. Fue necesario el gran esfuerzo intelectual y el genio árabe para unir lo griego y lo extremo oriental imponiendo en todo ello su propia aportación totalmente novedosa y personal de investigación, observación y pensamiento para que se pudiera llegar a esta cota tan elevada de ciencia, a partir de la cual la Europa cristiana pudo empezar a caminar y a abrirse a la modernidad. Pero Europa se niega a admitir que no fue sólo Grecia la que fue traducida; se empeña en afirmar que el mundo árabe debe en exclusiva toda su prosperidad a Grecia, que es lo mismo que decir, a Europa. Por eso el Islam es lo otro que nos ha arrebatado lo nuestro y al que hay que combatir.

Por otro lado, hay que reconocer que Europa, antes de la entrada de la gran ciencia y pensamiento árabe, estaba sumida en una medio barbarie cultural o, al menos, en un pensamiento y ciencia mediocres y anclados en la vieja latinidad decadente, muchos fueron los esfuerzos de Carlomagno y de otros en dar un impulso decisivo a la cultura, pero los medios de que se disponía eran sumamente escasos. Por poner unos ejemplos: de Aristóteles sólo se conocía una pequeña parte de la lógica, mientras que en el mundo árabe se conocía toda su obra a excepción de la Política; Carlos V (1337-1338), rey de Francia se le llamó el Sabio porque tenía una biblioteca con novecientos libros, mientras que cuatro siglos antes, Bagdad gozaba de cien bibliotecas públicas, la principal de las cuales contenía un millón de volúmenes, la de El Cairo un millón seiscientos mil y la de Córdoba quinientos mil; y en el terreno del arte, dentro del mundo cristiano los balbucientes templos de San Pedro de la Nave, del siglo VII, Santa María del Naranco, del IX, y todos los monumentos europeos prerrománicos son posteriores en el tiempo a un arte musulmán ya plenamente maduro y desarrollado, pues, por ejemplo, la mezquita de Damasco se termina en 715, la de Córdoba en 785, la de Ibn Tulün de El Cairo, en 879.

TÉCNICAS NUEVAS

Acabo de indicar algunos pequeños ejemplos de las grandes aportaciones científicas del mundo árabe a Europa. Pero a todo ello hay que añadir multitud de técnicas nuevas que aportaron los árabes. Y ya no se trata sólo de nuevas máquinas e instrumentos, sino del fundamento que las sustenta. En efecto, uno de los grandes legados que dejan a Europa es el de la constitución de una ciencia y física aplicadas: en Grecia y en la Europa anterior a la aparición del Islam, la invención de máquinas y aparatos era una cuestión casi de traumaturgia, de tanteos, de pura casualidad o de simple ingenio, nunca de la puesta en práctica de un principio físico, químico o matemático. La teoría científica y la práctica estaban por completo desvinculadas quedando aquella reducida a pura especulación abstracta con la que se trataba de interpretar el mundo. De este modo, sofisticados aparatos de medición de terrenos, de observación de los cielos (el astrolabio, por ejemplo), de instrumentos médicos, de sistemas de conducción de aguas y de riego, de navegación, de fabricación de nuevos productos (seda, papel, especias, tintes, perfumes y otros) hicieron su aparición en el mundo cristiano, preparando así el camino del surgimiento de la sociedad industrial moderna europea.

CAMBIO DE ESTRUCTURAS MENTALES

Finalmente, la aparición de la filosofía griega revisada, comentada, transformada y superada por filósofos como al-Fârâbî, Avicena, Avempace, Averroes, hicieron cambiar las estructuras mentales de la filosofía europea. En primer lugar, independizándola de la teología. A partir de la aparición de la filosofía musulmana, en el cristianismo la filosofía ya no será la ancilla theologiae, la sierva de la teología, sino que discurrirá paralela a ella, independiente y con sus propios fines y métodos, distintos a los de la teología, aunque, sin duda pueden ayudarse la una a la otra, aunque no necesariamente. Es la tesis de Santo Tomás de Aquino. A partir de este momento, la filosofía toma carta de ciudadanía y se hace independiente de la religión en Europa hasta el momento actual. Por otra parte, en el nivel más técnico de la filosofía, conceptos como el de nada, distinción entre esencia y existencia y otros muchísimos más que sería prolijo y fuera de lugar enumerar aquí, los debe la Escolástica cristiana medieval a la aportación musulmana y no a Grecia, en absoluto, si bien hay que reconocer que la Escolástica y la filosofía europea posterior actuó de igual forma que el pensamiento musulmán. Y lo mismo se diga de la ciencia. Pero lo importante es subrayar que ese despertar cultural europeo se debió al mundo semita que superó a Grecia. Que Europa haya hecho lo propio, es lo normal en la dinámica histórica. Enseguida volveré a las consecuencias que trajo este racionalismo científico y filosófico en Europa: su implantación en el continente no fue nada fácil.

Este cúmulo de saberes nuevos imponía una profunda reforma de las estructuras docentes en Europa, hasta entonces limitadas a las escuelas monacales y episcopales. La nueva ciencia y filosofía exigían una institución nueva, de mayor envergadura, y unos profesores formados y reciclados en los recién llegados saberes. Y es entonces cuando Europa dice inventar en los siglos XII la Universidad. Y digo que dice inventar porque esa entidad ya existía desde muy antiguo en el mundo musulmán y aun antes, con idénticas estructuras tanto de profesores como de alumnos, facultades, cargos académicos y títulos que se expedían. Baste recordar el Museum de Alejandría, aunque anterior a la venida del Islam, la Universidad de al-Azhar fundada en El Cairo en el siglo X, la madrasa (centro de enseñanza superior) Nizamiyya de Bagdad creada en 1092, aparte de multitud de otras madrasas y de centros docentes que se crearon en todo el mundo islámico. Coincidencia de planteamientos o copia de estos esquemas docentes. Pero en ningún caso Europa hace alusión a estos hechos atribuyéndose en exclusiva el invento de esta institución.

APARICIÓN DEL RACIONALISMO FILOSÓFICO

Un elemento particularmente de importancia, ligado a cuento vengo diciendo es la aparición del racionalismo científico y filosófico extraído de la filosofía de Aristóteles en especial, a través de los comentarios del cordobés Averroes. Ya lo he anunciado líneas más arriba: la introducción de esta ciencia y filosofía racionalistas en Europa no fue nada fácil y estuvo, al principio, ligada a múltiples recelos y positivas resistencias. En efecto, en Europa sólo se conocía a Platón y a los neoplatónicos que eran más fáciles de acomodar a la teología cristiana. La aparición de Aristóteles y de Averroes suponía el polo opuesto de la tradición pues con su racionalismo y lógica científica se creía peligrar seriamente la ortodoxia al uso en Europa. De ahí que nada más aparecer los libros de Aristóteles y de Averroes en las Universidades de París, Toulouse, Oxford y otras, lloviesen las más duras condenas papales (algunas de ellas armadas con penas de excomunión), sobre todo de 1210 en que se dio la primera, hasta 1227, la última de todas, algunas de las cuales salpicaron al propio Santo Tomás de Aquino. Pero el racionalismo triunfó al fin y se incorporó a la teología, al derecho, a la filosofía, a la ciencia y a toda cultura europea en general. Hasta el punto de que una de las características que se atribuyen esta cultura europea y occidental, como dije al comienzo de estas líneas es el uso integral que se hace de la razón, configurando así un modelo de hombre que se define esencialmente como animal racional. Es esa razón que, partiendo de la lógica aristotélica y árabe, culmina en nuestros días con el mundo de la informática, la racionalización de la economía, de la política, de toda la vida en general. Es esa razón que antes que Europa la practicó en ciencia y en filosofía el mundo musulmán.

Pero esa razón, heredada de Grecia a través de los árabes es un arma de doble filo. Porque aparte de su evidente gran utilidad, en primer lugar, trunca al hombre y lo limita, amputándole otras zonas de su personalidad probablemente más importantes que la expresada por ese animal racional. Queda fuera de todo el mundo de los sentimientos, intuiciones, emociones y otros mecanismos inmensamente profundos y poderosos con que el hombre se maneja en su vida. El Islam se dio cuenta de los peligros de esta enorme mutilación y pronto abandonó esta vía por inhumana. Nadie siguió ni a al-Fârâbî ni a Avicena en Oriente, ni a Averroes en el Islam andalusí. Por el contrario, el legado lo absorbió íntegramente Europa. Y no sólo eso sino que se lo apropió atribuyendo el mérito a sí misma y a su pretendido fundamento greco-romano. Un ejemplo, entre otros muchos: la estética de Averroes, expresada en sus comentarios a la Poética y Retórica de Aristóteles ni fue expresión del alma del arte musulmán ni tuvo ningún influjo posterior en éste. En cambio sí lo tuvo, y mucho, en la Europa cristiana incluido el Renacimiento. La explicación está en que la estética musulmana, en su más íntima esencia, da un gran importancia a la imaginación aunque sin dejar de lado la razón sobre todo matemática y abstracta, a la cual pone al servicio de la imaginación. Averroes, por el contrario, abandona el papel fundamental de ésta para dárselo casi en exclusiva a la razón, a la lógica, al papel de la verdad racional.

Y, en segundo lugar, la razón es poder porque con su método analítico desguaza la realidad tanto física como humana para mejor dominarla y transformarla. De ahí que se haya operado el triste efecto boomerang de que esa racionalidad recibida de los árabes se haya vuelto luego contra ellos al dominarlos y reducirlos a meras colonias dependientes de Europa, manejadas y manipuladas por ella y como campo de un neomisionalismo por el que pretenden los europeos imponer sus modos, costumbres, valores e ideales.

VISIÓN NUEVA DEL HOMBRE

Pero hay otro elemento semita que ha conformado profundamente la cultura europea y que Europa se ha encargado de hacer suyo como si de nadie lo hubiera recibido. Se trata del Judaísmo y Cristianismo, con todo el orden de valores, creencias, actitudes ante la vida que comportan y que, evidentemente, han configurado una ética y visión del hombre y del universo muy concretos, al margen de que quienes las sustentan sean creyentes o no en el nivel religioso. No es preciso extenderse en la explicación de este punto por obvio y evidente. Incluso las modernas declaraciones de derechos humanos tienen como raíz una visión de la dignidad del hombre emanada en gran medida de la Biblia y el Evangelio, con sus posteriores desarrollos teológicos y filosóficos.

Sin embargo, en ambos casos, en el de la Biblia y el Evangelio, Europa ha ejercido su eurocentrismo de una manera abierta. La Biblia, en primer lugar, fue inmediatamente traducida al latín, con lo cual se occidentalizó y romanizó. Lo mismo ocurrió con el Evangelio cuyo original arameo curiosamente se perdió, perdurando sólo la versión griega y luego la latina y las de otras lenguas vernáculas. Y este hecho no sería demasiado grave si sólo se hubiera tratado del simple paso de una lengua a otra. Pero es que en este caso, el cambio se ha efectuado a niveles mucho más profundos: se ha pasado de una mentalidad a otra radicalmente distinta, a saber: de unas lenguas, como el hebreo, el arameo y el árabe, esencialmente intuitivas, sugerentes, imaginativas, simbólicas, alusivas, con múltiples polisemias en su vocabularios y semántica, a otras como el griego y el latín profundamente racionalizadas, dotadas de múltiples significados unívocos, provistas de un vocabulario mucho más restringido, con un sistema de construcción gramatical por completo distinto del semita. No se trata, pues, de dos simples grupos de idiomas sino de dos mentalidades y de dos lógicas totalmente diferentes. Baste aludir a dos ejemplos, entre otros muchos que se podrían dar: uno, al hecho de que las lenguas semitas carecen de vocales frente a las vocalizadas indoeuropeas; otro, a que aquellas carecen del verbo ser frente a éstas que lo tienen como una de las estructuras fundamentales de la gramática, semántica y lógica. Un caso muy concreto es el de saber qué quiso decir Dios en realidad a Moisés cuando según la traducción latina del texto afirmó “Yo soy el que soy”, siendo así que en hebreo no existe el verbo ser. Y el tema es tanto más grave cuanto que sobre esta base se ha montado la que se ha venido en llamar Metafísica del Sinaí en la que a Dios se le califica como el Ser por excelencia olvidando de nuevo que el ser en cuanto tal no existe en hebreo. Probablemente el sentido de esta afirmación divina sea totalmente distinto, más profundo y de mayores repercusiones religiosas. Más aún: Grecia y Europa han podido hacer una metafísica del ser y del ente, gracias a que en su vocabulario existe tal verbo. Pero si los musulmanes y judíos (al-Fârâbî), Avicena, Averroes, Maimónides y otros) leyeron, interpretaron, comentaron y prosiguieron la metafísica de Aristóteles basada en el ser y el ente, careciendo ellos de tal verbo, los resultados tuvieron que ser de una importancia y originalidad extraordinarias. Tan extraordinarias que pasaron a la Europa cristiana medieval y fueron asimiladas por la teología y filosofía, tras los avatares a que he aludido arriba. Y esos resultados, ciertamente, no eran griegos ni romanosxvi.

Y en cuanto a la europeización del Evangelio, se le ha vaciado en muchas ocasiones de su contenido fundamentalmente sapiencial para encasillarlo en un armazón de leyes, de derecho romano, de casuismo moral. El resultado ha sido la institucionalización de una Iglesia Romana como portadora de la única Verdad. Y en el interior de esa cultura romanizada los que han querido volver a la prístina esencia del cristianismo eliminando lo institucional y legal oficiales han sido vistos como rebeldes, inconformistas y, en consecuencia, generalmente rechazados. Y en cuanto a los judíos, han sido vistos como lo otro dentro de esta Europa cristiana-romana-occidental, a los cuales hay que marginar, perseguir, expulsar, y aun eliminar.

ACEPTACIÓN DE SU CARÁCTER DE MESTIZA

Ante esta situación, Europa, en estos finales de siglo y comienzos del que viene, ahora que se quiere constituir en una unidad monetaria y que se intenta promover nuevos movimientos culturales debería empezar por abandonar esa actitud de orgullo en su mestizazgo, de considerarse el centro cultural, étnico, histórico del mundo y aceptar y asumir su profundo carácter de mestiza. Que todos, de Este a Oeste, de Norte a Sur, hemos sido helenizados, romanos, bárbaros, musulmanes, judíos, o, al menos hemos recibido unos influjos tan grandes de estas áreas, en particular las semitas, que sin ellas no seríamos ni griegos ni romanos. Este es el único medio para saberse codear Europa de tú a tú con las demás culturas, tanto externas como interiores a ella, tan valiosas como la pretendida solamente suya o aún más en ocasiones y de las cuales habrá de aprender muchas cosas que le faltan. No es cuestión de solemnes proclamas políticas ni leyes antirracistas, sino de que el hombre europeo asuma su pluralidad interna, esencial y radical. Porque de nada sirven las leyes si no hay hombres que las cumplan.

Y de todas, la primera cultura que ha de respetar profundamente es la semita, la árabe y judía, porque no sólo conformaron su cultura en gran parte desde dentro del propio territorio europeo, sino porque los europeos, concretamente los españoles, fuimos durante varios siglos musulmanes. Quien en el nivel personal amputa una parte de su vida negándola, acaba cayendo en una neurosis tanto más profunda cuanto más radical y enfurecido sea su olvido. Igual ocurre con las culturas, las civilizaciones, los pueblos.

Por otro lado, Europa, que presume de haber instituido los derechos humanos, de haber puesto en primer lugar el valor del ser del hombre, que ha erigido como tarea primordial la de enseñar y ayudar a los países que lo necesitan ¿por qué se niega a echar una mano al mundo musulmán, por ejemplo, ayudándoles a resolver los complejos y difíciles problemas que tiene para vivir en un mundo tan tecnificado política, social y económicamente como es el que ha construido Europa y Occidente? No deja de ser un fariseísmo el ayudar con víveres, medicinas y vestidos a los países que lo necesitan y negar eso otro mucho más profundamente humano que acabo de indicar.

No sólo eso, sino que esa Europa mestiza orgullosa tiene mucho que aprender del mundo árabe y judío: el valor de la familia, de la honestidad, de la generosidad, de la fidelidad, de la religiosidad. Poseen una visión del mundo y del hombre que muy bien podría ayudarnos a construir un nuevo tipo de sociedad y de ser humano, porque los actuales inventados por Europa, ciertamente que a muchos les ahogan y oprimen con su organicismo tecnológico, consumismo desaforado, economicismo implacable. Ahí están las innumerables minorías marginadas por inconformes, los brotes de sectas y religiones variopintas que tratan de llenar los huecos que el progreso actual ha creado. En fin, hora es de que Europa corone su grandeza poniéndose en pie de igualdad con el resto del universo cultural aprendiendo de él muchas cosas que todavía ignora y que le servirían para ofrecer al mundo un nuevo modelo de hombre con el que seamos más felices en el futuro.

NOTAS

i Ver J. VERNET Lo que Europa debe al Islam de España, Barcelona 1999.
ii Simón HAYEK, “Escuela de Traductores. Toledo, despensa cultural de Occidente”, en Encuentro Islamo-Cristiano, nº 219-220, Julio-Agosto 1990, 26 pp.
iii BRAGUE, R., Europa: la vía romana, Gredos, Madrid, 1993
iv Este artículo fue publicado por el Seminario de Investigación para la Paz, en el volumen Europa en la encrucijada. Zaragoza, 1997, pp. 315-327. Aquí se ha reproducido con diversas modificaciones y añadidos a petición del Director de esta Revista, D. Emilio GALINDO AGUILAR, y con la autorización expresa del director de dicho Seminario de Investigación para la Paz, D. Jesús María ALEMANY.
v Ver mi La raíz semítica de lo europeo: Islam y judaismo medievales. Akal, Madrid, 1997.
vi DJAÏT, H., Europa y el Islam, Ediciones Libertarias, Madrid, 1990, p.144.
vii DJAÏT, H., op.cit.pp.151-152
viii CURTIUS, Ernst Robert, Literatura europea y Edad Media latina, Fondo de Cultura Económica, México, 1955, p.41.
ix GENICOT,L. El espíritu de la Edad Media, Noguer, Barcelona, 1990, p.2.
x GILSON, E., El espíritu de la filosofía medieval, Rialp, Madrid, 1981, p.704.
xi Me resisto a hablar de España musulmana. Si es España, no es musulmana y si es musulmana habrá que hablar de un conjunto de Estados y territorios independientes llamados: al-Andalus en el caso de la zona de la Península en que el Estado es musulmán, o Reinos de Castilla, León, Navarra, Aragón, que serían los territorios cristianos. Ver MARAVALL, J:A:, El concepto de España en la Edad Media, Madrid, 1981; CANTARINO, V., Entre monjes y musulmanes. El conflicto que fue España, Madrid, 1986, y RON BARKAI, Cristianos y musulmanes en la España Medieval. El enemigo en el espejo, Madrid, 1984.
xii Cor. 2,256.
xiii Conviene distinguir entre islamización y arabización. Por islamización se entiende el hecho de que una comunidad, país o región acepte el Islam como religión propia. Arabización, en cambio, es el aceptar la lengua, costumbres, hábitos sociales e individuales árabes. Así, determinadas zonas de la India se islamizaron pero no se arabizaron pues conservaron el idioma y los rasgos propios..
xiv Es en el caso inverso al anterior: dichas cortes: puede haber una arabización mayor o menor sin necesidad de aceptar la fe musulmana.
xv Ver, entre otros, Dichos y narraciones de tres sabios judíos editada por mí en Mira Editores, Zaragoza, 1998.
xvi Sobre la interpretación del ser en el mundo occidental, a partir de Parménides, en contraste con otras lenguas semitas, como el árabe y el hebreo, ver mi Oráculo de Narciso, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 1986
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