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03/10/2000 - Autor: Webislam
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Se dice en el Corán al-Karím: "Quien desee encontrar a su Señor, que actúe con nobleza y no haga nada partícipe en la adoración de su Señor". El Profeta (s) dijo en un hadiz: "El valor del acto depende de su intención, y a cada hombre le concierne su intención".

Según Ma’rúf al-Darjí, quien actúa para obtener un beneficio pertenece al número de los comerciantes, quien actúa por temor a un castigo, pertenece al número de los esclavos, quien actúa únicamente por Allah es contado entre los libres y los nobles.

La conciencia sincera

Abu Hámid al-Ghaççáli, en su Ihyá, relata la siguiente fábula en la que ejemplifica el Ijlás, la conciencia sincera del Tawhid: "A los oídos de un hombre eminente y sabio que vivía retirado en una vida de contemplación y estudio, llegó la noticia de que en un pueblo cercano las gentes se dedicaban a la adoración de un árbol. Tomando la firme resolución de ir a cortarlo de raíz, cogió su hacha y se encaminó hacia el árbol.

En su camino se encontró con Iblís, la personificación del Shaytán, que le dijo: "No cortes ese árbol, si lo hicieses el pueblo no tardará en buscar otro al que adorar". El hombre sabio repuso: "Necesariamente tendré que cortar ese árbol y que después suceda lo que tenga que suceder". Iblís intentó apartarle por la fuerza, lucharon violentamente pero al final el hombre venció. Cuando estaba a punto de iniciar el derribo del árbol, Iblís volvió a decirle: "Tú ya eres viejo y pobre, difícilmente te mantienes. Si dejas en paz al árbol yo te prometo que cada mañana encontrarás bajo tu almohada dos dinares. Vuelve a tu tranquilo retiro y yo me encargaré de que nunca vuelvas a sentir privaciones. En el árbol no hay mal alguno mientras no te dediques tú a su adoración. Si Allah lo hubiese deseado, Él habría enviado un mensajero con la misión de arrancarlo de cuajo. Olvídate de la cuestión, y retorna a tu retiro". Tentado, el hombre aceptó la propuesta de Iblís. Al amanecer del día siguiente, encontró los dos dinares, pero no al consecutivo. Irritado por el engaño de Iblís, volvió a cargar con su hacha dispuesto a talar el árbol. Volvió a encontrárselo en el camino y de nuevo lucharon pero esta vez Iblís lo derrotó con gran facilidad. El hombre, sorprendido le preguntó: "¿Cómo pude vencerte la primera vez y hoy tú me has vencido con tanta rapidez?". Iblís le respondió: "Porque ese día estabas airado a causa de Allah y esta vez la causa de tu ira son los dos dinares". Dumiri, en su obra "La vida de los animales", narra esta otra fábula con el mismo propósito: "Cuando Adam (s) salió del Jardín y vagaba por la tierra fue visitado por los animales del desierto con el deseo de saludarlo y darle la paz.

En cierta ocasión se presentó ante él una manada de gacelas. Adam (s), agradecido, invocó a Allah mientras les acariciaba el lomo. Desde entonces, las gacelas segregan almizcle, el exquisito perfume. Otros animales se encontraron más tarde con las gacelas y les preguntaron por la causa del maravilloso perfume que emanaba de ellas. Les dijeron: "Hemos visitado a Adam para desearle la paz, él ha invocado a Allah y nos ha acariciado".

La sabiduría de Adam

También esos animales, deseosos de ese preciado don, se dirigieron a donde estaba Adam (s) y lo saludaron. Adam (s) respondió a su saludo y repitió lo que había realizado con las gacelas, pero el almizcle no apareció. Cuando volvieron a encontrarse con las gacelas preguntaron: "Hemos realizado lo que vosotras pero de nosotros no surge el almizcle, ¿por qué habéis sido favorecidas?". Ellas respondieron: "Nosotras visitamos a Adam por Allah, mientras que vosotros buscabais sólo el almizcle". El almizcle era el perfume preferido del Profeta (s) que lo aconsejó a sus compañeros. Según médicos musulmanes es muy saludable y mezclado con otras sustancias llega a ser medicinal sobre todo para los dolores de cabeza, la debilidad de la vista y los estados de cansancio.

Relato de un sufí

Un sufí contó: "Tuve que repetir de nuevo el salat de treinta años que había hecho siempre en la primera fila de la mezquita pues sucedió que un día me retrasé y al llegar a la mezquita tuve que establecer el salat en la segunda fila. Entonces advertí que me daba vergüenza el que la gente no me viera donde me había colocado siempre. Me dí cuenta, pues, que durante esos treinta años estuve haciendo el salat por la gente y no por Allah". Dzun-Nun al-Misrí dijo: "Uno de los signos del Ijlás, la verdadera sinceridad, es que para tí se igualen la alabanza de los demás como su censura".

Dijo al-Fadíl: "Abandonar la acción a causa de la gente es soberbia, actuar por la gente es shirk: Ijlás es que Allah te libre de ambas conductas".

Dijo Sulaymán ad-Daráni: "Feliz aquel que al menos haya dado un paso en su vida sinceramente por Allah". Otra anécdota relatada por al-‘Alai es la siguiente: "Un nómada entró en la mezquita del Profeta (s) e hizo un salat muy breve y ligero. Al verlo, ‘Ali (s) se levantó hacia él con un bastón en la mano, y le dijo: "Vuelve a repetir el salat". El árabe lo repitió esta vez con más tranquilidad y reposo. Al final le preguntó el imán (s): "Ahora, díme, ¿cuál ha sido mejor? ¿ésta o la primera?". El beduino respondió a ‘Ali (s): "Sin duda, la primera porque fue un salat que hice por Allah, mientras que el segundo lo hice por temor a tu bastón".

Se cuenta que un día el emir Sharwán salió de caza. Al medio día se apoderó de él la sed, y vio un huerto muy frondoso y se acercó a él. En el jardín había un joven y le pidió agua. El joven le dijo: "No tenemos agua". "Entrégame al menos una granada para que me refresque y calme mi sed". El muchacho se la entregó y el emir la encontró excepcionalmente dulce y apetitosa, y por su cabeza cruzó la idea de apoderarse del jardín que daba frutos tan excelentes. Pidió otra granada pero esta vez la encontró muy amarga. Dijo: "¿No es ésta del mismo árbol que la anterior? ¿Por qué su sabor es tan diferente?". El joven encargado del huerto le dijo: "Tal vez sea la intención del emir la que haya sufrido un cambio". Comprendiendo sus palabras el emir se dio cuenta de que efectivamente había pensado en cometer una injusticia y rectificando desechó esa idea. No obstante, pidió otra granada y el joven se la entregó. Esa vez, la granada era más sabrosa incluso que la de la primera vez: "¿Cómo es posible que ésta sea aún mucho mejor que la anterior?". Le respondió el muchacho: "Tal vez la conciencia del emir sea ahora irreprochable".

Se contó a Yunaid que Abul-Hasán az-Zawri padecía tal pobreza que se veía obligado a mendigar. Yunaid se resolvió a ayudarlo y le pesó cien dírhams. Finalmente, cogió otro puñado y sin pensarlo lo añadió al total contado. Envió a alguien con el dinero diciéndole: "Dale todo a Abul-Hásan". Cuando recibió la cantidad, Abul-Hásan lo volvió a pesar y separando los cien dírhams se los devolvió a Yunaid quedándose tan solo con el resto, el puñado que había echado de más. Preguntando por la anécdota, Yunaid la explicó: "Abul-Hásan ha preferido quedarse con lo que yo le había dado por Allah, y me ha devuelto lo que yo le he dado por él mismo".

Dijo el Profeta (s): "Gentes, preservaos de esa forma del shirk porque es más leve que el rumor de las hormigas", sus compañeros le preguntaron: "Y, ¿cómo podemos guardarnos de él cuando es más leve que el rumor de las hormigas?", y él (s) les respondió: "Pedídselo a Allah diciendo: "Alláhuma, en Tí nos refugiamos contra el shirk que distinguimos y te pedimos que nos excuses por el que no distinguimos".

Alláhuma inna na’údzu bíka min an nushrika bíka shay-an na’lamuh wa nastaghfíruka limá la ná’lamuh.

En el conocimiento de Allah, el Ijlás, la pureza sincera de la conciencia, está descrita en una sura: "Dí: Allah es Uno, Allah es Suficiente, no ha engendrado ni ha sido engendrado y no hay nada que se le asemeje".

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