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Sobre la Muerte

A modo de Torrente Amoroso

15/06/2000 - Autor: Jadicha Candela - Fuente: Verde Islam 14
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“Todos, sí, encontraréis la Muerte a la que odiáis de forma inevitable”
 (Corán)
Todavía evoco tu muerte, Sabora, con lágrimas en los ojos, seguidas de un estado de confortamiento, que llega al extasiamiento y a la visión de la santidad en el martirio. Te veo en un delicioso Jardín rodeada de todas las plantas que tanto nos alegraron, con su sombra, con sus destiladas medicinas. Reclinada en un diván sombreado, por debajo del cual fluyen arroyos.
Todavía hoy, un año después, la evocación es rápidamente respondida con un transportarme a otro estado, un estado de ensimismamiento y profundo abandono. A pesar de los suspiros profundos que no puedo controlar, vuelvo a repasar esos momentos con avaricia; los visiono una y otra vez; con avidez voy saboreando la sabiduría y la plenitud que destila tal remembranza. En cada nueva evocación, aumenta mi conocimiento de la Rahma del Dios. Cada vez se me ofrecen tesoros más y más profundos en su significado. Vuelvo una y otra vez a tu recuerdo, a la visión de tu cuerpo destrozado y al gúsul que te ofrecimos tus amigas. Ralentizo cada movimiento y cada imagen, cada sonido y cada olor. Me detengo en cada uno de los sentimientos y de las emociones de todos y cada uno de los presentes, pero sobre todo, evoco el momento en que fuiste llamada y te vi separarte para siempre de nosotros, de la gente a quien amabas en esta tierra, mi querida Sabora...
Sentí primero un dolor que me ahogaba, un dolor ante lo inconcebiblemente irremisible. Después sentí un consuelo profundo que me llevó a la serenidad, a la limpieza de pensamientos, como una voz clara y suave, que me mostraba un estado lejanísimo, de paz, de logro, de jardín; Tuve la sensación de estar conectándome con un fenómeno espiritual radiante; percibí de forma nítida la existencia de esa ‘barrera infranqueable’, de la que hablamos tú y yo, como la esencia de nuestro mejor pacto como seres humanos. Percibí que esta barrera era la esencia de nuestra existencia. Una barrera que se erigía entre el Ser y nuestro ser, y que era la única explicación para las insatisfacciones que padece nuestra alma en este mundo.
El dolor que se experimenta al percibir esa barrera proviene del dolor que el alma experimenta al verse separada, pues su ansia es volver al Uno.
Alma que estás ya en el Jardín, —te reprochaba— tú no necesitas comprender porque sólo te ocupas de escuchar la palabra paz. Nosotros, para realizar la vuelta que nos lleve al Uno, estamos obligados a no conocer.
Alma que has percibido la santidad del martirio —escuché decir a tu delicada pero nítida voz—, estamos obligados a confiar; la obligación de confiar produce un terrible dolor para el recipiente de la identidad individual, el yo racional.
La barrera sólo se percibe cuando el amor licúa en llanto al alma y ella lo advierte, la vislumbra como una sombra furtiva detrás de una gran cascada, apenas distinguible, rapidísima, más que el pensamiento. El alma ya sabe, ya conoce, porque así lo ha dispuesto el Dios creador.
Antes de dividirse y antes de formar parte de un cuerpo de arcilla que pasó a ser ‘arcilla sonora’, fue advertida: “¿Acaso no soy Yo tu Señor?”. El alma deseaba conocer sus límites, ansiaba soltarse de su Señor, y pasar del Ser al ser. Así fue decretado para que pudiera realizarse la libertad de Dios.
Este ansia que el alma siente se forjó en su ignorancia de la intención de su Señor y se engañó, porque sintió una opresión que estaba provocada por el Dios mismo, Quien la liberó por un instante de Su puño. Así realizó Dios Su decreto sobre el alma del ser. Entonces el alma imaginó sentir, durante un instante tan corto que no tenía tiempo, un estado diferente a la identificación con el Uno. En su ignorancia, el alma tomó este estado como un estado de libertad y lo deseó como su estado, por su ambición de actualizar la esencia del Uno: la libertad, su voluntad libre; la única voluntad libre que es posible.
La ignorancia y su consecuencia, la soberbia, precipitaron al alma en los planes del Dios: se le representó su estado como oprimida, pero el alma estaba en el estado de libertad total del Uno. Sintiéndose oprimida en su libertad, el alma del ser respondió a la petición del Dios y dijo: “Acepto Tu decreto”. Entonces el Dios le preguntó al ser “¿Reconoces que soy tu Señor?”, y el alma, sintiéndose oprimida en la libertad, quiso liberarse en la prisión del Dios y dijo: “¡Tú, Señor, eres el único Dios y yo soy tu siervo!”. De esta manera aceptó —esa alma loca de amor por sí misma— librarse de la vasta libertad del Dios y oprimirse en su cuerpo.
El Dios exclamó: “¡Verdaderamente el hombre es la criatura más ignorante de toda mi creación!”, así dijo el Dios, y pronunció el kun faya kun: “¡Sea y es!”. Fue hecho el pacto, pues su libertad se basa en lo contrario de la ciencia y por ello es su máxima ciencia. La libertad está basada —y sólo florece— en la ignorancia amorosa que intuye el deseo del corazón de los creyentes, por eso fue hecho el pacto en la cima de la creación con la criatura más ignorante y ambiciosa de todas ellas.
Las diferentes escalas de la vida se asombraron ante el pacto de lo Más y lo menos, el pacto entre el Ser y el ser. El ser no preguntó a su Señor, sino que se lanzó en pos de su deseo locamente, ciego por ser el Ser: afrontó una prueba imposible, la prueba de la unión de la materia y la no-materia, la unión del individuo con el Todo, la unión del uno y el Uno.
Cuando las montañas salieron de su asombro, sucedió que callaron avergonzadas. Ellas respondieron: “¡Gloria a Ti! Si aceptáramos la ámana, si aceptáramos este Nombre Tuyo “El que es libre y libera” caeríamos fulminadas”. Y cuando los ángeles (malaika) y los espíritus perfectos oyeron el pacto que el Dios les proponía, dijeron: “Alhamdulillah, nosotros contemplamos la perfección del Uno y nuestro único deseo es servirlo y obedecerlo. ¿Cómo vamos a descender hacia el estado de la duda y mezclarnos con lo indeterminado?. Sólo conocemos la contemplación de la majestad del Señor; somos, sin duda, sus siervos.”
El conocimiento y la inteligencia, no pudieron aceptar el pacto. Pero el deseo del hombre pudo decidir en su ignorancia —por su total impotencia de dejar de amar— ser el Uno con Él.
Este loco deseo del yo conmovió al Dios, y ellos —el uno y el Uno— se amaron eternamente. Y para experimentar ese autoamor, el Dios propuso al yo (el alma del hombre mas el alma de la mujer) encerrar su secreto en una única persona, o ser completo (al Adam):
“Hombres, recordad a vuestro Señor que os creó de una sola nafs” 
(Corán 4.1)
Y luego, como un amante loco de amor, le propuso a su amada —el alma enamorada del Dios, de sí misma— separarse por un tiempo para amarse aún más en la imposibilidad de unirse, para desearse hasta lo extremo en la separación, para exaltar su ardor por la Unión con la promesa de una muerte cierta y de una incierta unión.
El juego amoroso entre el Ser Uno y el ser uno no fue comprendido por las Luces de la Belleza y de la Razón. No es comprensible que el Dios y su criatura se amaran y se entrelazaran. No es comprensible que el Ser y el ser se comprometan, el Uno con el uno, para realizar la libertad, en el ‘mundo prisión’ que es al dunia, nuestro mundo, un lugar de una belleza tan arrebatadoramente atractiva —que eso significa en árabe dunia— que nos hace olvidarnos de nuestro pacto de vuelta a nosotros mismos.
El hecho que estaba realizándose se situaba fuera de los parámetros de la razón, era extraño y aparentaba sustraerse a las leyes de la perfección y de la armonía, expresión de una Belleza que el Dios ya había creado, seres de luz separados de su dzat (esencia).
Rebelión
Algunos de estos seres sublimes (Luzbel), armados con la perfección de la razón y del número, llevaron a cabo una rebelión. Preguntaron al Dios: “¿Cómo puedes pactar con lo incompleto, con lo imperfecto, con la criatura hecha de cristales y agua?”.
El Dios les advirtió, porque la realización de la libertad requiere el aviso a la razón para que ésta pueda elegir entre el sí y el no. El Dios les respondió: “Yo sé lo que vosotros no sabéis”, pero la razón, la belleza y la perfección de algunos de los malaika no comprendieron la locura amorosa del Ser por Él mismo: el hombre. Cuando el Dios les ordenó postrarse ante Adán, un ser de barro, se negaron. Entonces fue creado el ‘no’. Así actúa el Dios. Todo lo que planea se cumple.
Algunos de los bellos eligieron el ‘no’ y se convirtieron en la parte oscura de la creación, sin por ello dejar de ser bellos en su destructividad, para que el pequeño ser individual de barro pudiera ser libre y, en esa libertad, amar hasta su autodestrucción al Todo, al Uno, a Sí mismo.
Lo que la belleza de Iblis no percibió fue que el Dios se agachó un instante y en ese instante sostuvo la vasija de la criatura de barro —adn— cerca de su boca —grabador— y dijo unas palabras —programa— para establecer el orden futuro en los cristales —chips de carbono biológico, genes— que se movían indeterminados en un líquido, que no estaban enlazados entre sí, que flotaban en agua para poder desplazarse y recolocarse sin ningún orden preestablecido, y por eso se llaman imperfectos, no acabados.
Libertad y Amor de Dios
La imperfección de Adán repugnaba a Luzbel, pero este no sabía que en esa indeterminación radica la única posibilidad de toda la creación, la posibilidad, el único átomo libre del Uno. Ese átomo libre es el centro de toda la Creación. Representa, entre el sí y el no, una única posibilidad decidida entre el Alma y el alma para elegirse eternamente en la ignorancia del imán, y para realizar eterna y continuamente el ‘sí, quiero’ que el Dios se dijo a sí mismo cuando decidió crear la creación.
El primer estadio en los amores entre el Creador y su criatura nace de ese instante amoroso del ‘sí, quiero’ que no conoce, que no puede predecir, ese instante de entrega confiada, ese primer instante de abandono, ignorante y libre.
Pero el pacto tenía que ir más allá. El Señor de los Mundos encomendó al corazón del creyente reproducir su propio enamoramiento. Entonces el ser enamorado, el rey de la creación, la gema de la corona, que ya había accedido a elegir eternamente entre el sí y el no, volvió a caer enamorada del Uno, y quiso representar lo que habían sido sus amores y sus deseos en el escenario de la creación, de forma permanente en el tiempo y en el espacio, con su cuerpo y no sólo con el fondo de su alma.
El alma del ser volvió a pactar con su Señor, esta vez de un modo sensible, corporal. Entonces, el Dios separó el alma de la única persona en dos almas —xx-xy— y las encerró en dos cuerpos contrarios a ellas, haciendo luego surgir el deseo en los cuerpos, que comenzaron a buscar la unión para reproducir el amor del alma por el Dios y del Dios por el alma.
Hizo el Dios otro cofre secreto en el corazón de la mujer y le arrancó una parte de su programa —adn: xx— para construir un ser aún más incompleto que aquel al que vieron los ángeles: el ser adámico unificado y sin sexo. Porque el Dios dijo:
“Yo Soy un tesoro oculto, mi deseo mayor es ser descubierto por mis siervos creyentes.”
Y cuando estaba dormida, desconectada de su conciencia, la dividió en otro ser, y la hizo amar a este ser a pesar de su imperfección. La mujer actuó como los ángeles habían actuado, se sintió confundida ante lo que su razón percibía como falta, por ser distinta de ella, del nuevo ser — xy— como la diferencia con respecto a la perfección de Adán confundió a Iblis.
Creyó la mujer que el ser varón —xy— era más imperfecto que ella —xx— porque este ser, el varón, no podía reproducirse a sí mismo, aunque ignoraba que el Dios había confiado a este nuevo ser “las palabras huecas de su código genético” y que corresponden a la libertad en el mundo de las dimensiones que llamamos dunia y que es una prisión para los que no saben hacer de él alam.
Por esto el varón, recreado de la locura por el autoamor del Dios, tiene más capacidad de amar, y de desear, para llegar a estar completo, para llegar a ser el sí mismo. Esta supercualidad de autoamarse está basada en su imposibilidad de reproducirse.
Precisamente esa imposibilidad fisiológica hace que en él se den reduplicadas las ansias de perdurar por sus obras como compensación creadora no física, y así su autoamor es infinito como infinita es su impotencia para realizarlo, por ello también el Dios ha provisto, al ser su amante, un caudal infinito de amor por él, para que pueda elegir entre Él, su Unión, y toda la creación, cuya fórmula o programa —en su totalidad— Dios vertió en la vasija de la mujer cuando puso el sonido: “El hombre es como una vasija de barro sonora”.
Segunda Creación
Después, en la segunda creación amorosa del Profeta Adán y las Evas, Lilith y Tanith, el Dios vertió estos ‘sonidos articulados’ (es decir, con su propio programa para ejecutar) en el pacto con sus siervos creyentes, aquellos que han dicho sí a la libertad del ser, y han dicho sí al deseo de la libertad, sin conocimiento.
A éstos y a éstas, el Dios les ha dotado con la posibilidad completa de elegir y les ha proclamado califas de la Creación: son aquéllos que pueden ejecutar, en las dimensiones donde se actualice el ser de nuevo, la creación, y sólo por deseo de ser Uno con el Uno, y por complacer Su deseo más ardiente: ser descubierto por Sus siervos creyentes.
Esos dos seres separados son la posibilidad de la que ha dotado el Dios al Mundo de las dimensiones materiales de invertir el sentido de sus leyes de separación y volver a ser Uno con el Dios. El Ser vuelve a ser Uno con las almas liberadas de sus creyentes, y la mujer, Eva y Lilith, vuelven a ser Uno con la aceptación del Adán en el pacto del género. Representan un segundo escalón, con el pacto con el Profeta como individuo. Estos individuos amantes del Dios, son los destinados por Él para cumplir la paradoja del Secreto:
“Nada en la Creación puede contenerme, pero me contiene me realiza el corazón de mi siervo creyente.”
El alma individual, depurada, produce el ardiente deseo de ser Uno con el Uno, y así desea la muerte como un visado obligatorio para la Unión. 
La libertad, que es su razón de ser como existencia individual, la lleva a la incertidumbre, pues mientras se produce su disolución como parte, también se determina el lugar donde se reubicará su esencia: el lugar del sí o el lugar del no; la creación o la destrucción; la luz o la oscuridad. Ello ocurrirá porque, en ese momento, se reunirán en dos columnas, como el debe y el haber, sus propias opciones individuales entre el sí y el no, durante el tiempo que haya sido programada su existencia en el mundo de las dimensiones. Y esa orden se le hará visible por sus recuerdos, de forma automática, y sólo su conciencia de ser individual comparecerá como testigo.
Hacia la Acción Real
El resultado de esas cuentas lanza al ser a la Existencia Real, en el lugar donde el ser individual ha ensayado en este Mundo (Dunia), aunque el Rahmán se ha reservado como de ‘Su competencia exclusiva’ la última decisión: El Dios hace lo que quiere, Él es el que más sabe; a Él le corresponde ejecutar el Juicio, por eso escogió para Sí el nombre ‘el Compasivo’; Sus promesas se cumplen, lo que nos ha prometido es cierto: el Dios diseñó al hombre, a la mujer y a su mutuo amor como un programa en miniatura de Su historia de amor con el alma humana. Ese programa contiene todas las locuras propias de las relaciones de los amantes.
Contempló el Dios Su creación y se enamoró de Él mismo. Ese enamoramiento perfecto no tenía otro testigo que su Ipsiedad. Por eso Su autodeseo Le hizo crear Su propia imagen amorosa, para que, desde Su centro de conocimiento y libertad, oculto en un microchip viviente, se realizará ante Sus ojos, el Amor del Dios por Él Mismo. Además quiso el Dios que este juego tuviera un testigo igual de loco y enamorado que Él, por la parte que había creado, de forma que hizo la pareja de creyentes amantes como “La Joya de la Creación” los preservadores, Jalifas, de la Gran Obra.
Después de la muerte, el recuerdo de estas uniones, las uniones que han vencido todas las barreras y todas las leyes de la materia y de las dimensiones, las uniones de las almas amantes, los recuerdos de esas uniones amorosas, que se repiten una y otra vez purificadas. ¿Acaso no son el paraíso prometido por el Dios a sus siervos creyentes? ¿Acaso no es el jardín donde se alojarán los amantes del Dios, sus allegados, sus amigos? Esta es la recompensa prometida por Él para sus Siervos escogidos. Los escogidos para realizar su Descubrimiento: La unión amorosa que se realiza a través de la imposibilidad cierta de Unión en estas dimensiones, donde nos encontramos navegando en lágrimas de impotencia, tras arder en el fuego de la conciencia, en la separación, después del conocimiento de la Unión.
Todo esto ha venido a mi conciencia tal como lo transcribo con tu evocación, mi querida shahida. La tuya fue la más hermosa de las recompensas de este mundo, pero tu recompensa en el otro mundo ha sido mejor: El Jardín, donde ha desembocado tu torrente de amor, imparable para la misma Muerte.
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