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El Libro de la Certeza

Capítulos IX y XII: Las Aguas, El Sol y la Luna

28/09/2013 - Autor: Martin Lings - Fuente: Verde Islam 14
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Agua verde

Las Aguas

Y Él es el que creó los cielos y la tierra en seis días, y su Trono estaba sobre el agua

(Corán, XI, 7)

Se puede decir que la fuente del centro del Paraíso representa la sustancia original pura por la cual el Paraíso llegó a existir y de la cual continúa tomando su existencia. Pero si se considera la sustancia pura en sí misma, como era antes de que el Paraíso fuese creado, no será representada como una fuente que fluye en medio de objetos ya creados, sino por el agua en la forma de un mar que contiene en sí mismo las semillas indiferenciadas del mundo en cuestión.

Si esta distinción se transpone al nivel de la esencia misma, que está por encima de todas las fases de la creación permaneciendo eternamente como es, uno puede decir que las fuentes son reflexiones de la Esencia en tanto es la fuente de todas las cosas, mientras que el mar la refleja en su infinidad (al-kamal) y en su eterna autosuficiencia (as-samadiyah). De las aguas terrestres es especialmente el océano el que refleja este aspecto de la Verdad, y en árabe al océano se le llama ‘el que todo lo abarca’ (al-muhid) porque es sobre todo un recuerdo de Aquel que es en realidad el que todo lo abarca.

Con respecto al versículo del comienzo, sin embargo, no es el agua sino el Trono el que debe ser identificado con el que todo lo abarca, o al menos con ese aspecto que abarca todas las cosas creadas; el agua referida aquí es la sustancia original pura de la creación que contenía en su indivisa unidad las semillas de los tres mundos creados y todo lo que contienen.

Esta misma agua se menciona también en el Antiguo Testamento donde se dice, en el relato de la creación: “El Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas”. Más tarde se dice: “Y Él dividió las aguas”.

Similarmente en el Corán se dice:

¿Es que no han visto los infieles que los cielos y la tierra formaban un todo homogéneo y después los separamos y que sacamos del agua a todo ser viviente?

(Corán, XXI,30)

Esta división es el origen de los dos mares de los que ya se ha hablado, tan frecuentemente mencionados en el Corán. El mar dulce de los cielos es el mundo de la dominación, el mundo del espíritu. A estas aguas superiores las simbolizan especialmente las nubes de lluvia que dejan caer su contenido dador de vida sobre la tierra porque el mundo del espíritu, que ellas reflejan deja caer sus bendiciones sobre este mundo.

Por este simbolismo se cita el poder de la lluvia como recordatorio en la Sura del Criterio:

Hacemos bajar del cielo agua pura para vivificar con ella un país muerto y dar de beber, entre lo que hemos creado, a la multitud de rebaños y seres humanos, y la hemos distribuido entre ellos para que recuerden

(Corán, XXV, 48-50)

El mar salado es este mundo, es decir, el mundo del dominio, en el que está incluido el mundo del reino, o, con respecto al microcosmos, el mundo del alma en el que está incluido el cuerpo, y por eso se dice que la sustancia pura, original del hombre era el agua:1

Y Él es quien creó al hombre del agua

(Corán, XXV, 54)

Por esto en los ritos de ablución el elemento agua, con el que se identifica el que lo realiza, se puede tomar para representar la pureza original de la naturaleza humana como fue creada, de modo que el rito es un recordatorio del estado de perfección humana. Al mismo tiempo representa la identificación con la bendición pura que es la esencia del mar dulce de las aguas superiores. Por encima de esto representa la identificación con la sustancia de todo el Universo creado; y por encima de todo representa la Identidad Suprema, el ahogarse o extinguirse del ser en las aguas de la Infinita Unicidad de la Verdad.

Estas son ciertamente las aguas reales, y el elemento terrestre es una sombra remota del agua. Además, no debe pensarse que el elemento fue elegido por el hombre para simbolizar lo que simboliza porque purifica y apaga la sed; la verdad es lo inverso de esto, es decir, que apaga la sed y purifica porque, independientemente de cualquier elección humana, es y siempre ha sido un símbolo de la Esencia Pura que satisface eternamente la sed de todos los deseos. Como tal, el elemento tiene en sí mismo el poder activo de un recordatorio para el hombre, hasta cierto punto incluso sin intención consciente de su parte.

El Sol y la Luna

Él es el que ha hecho del sol un resplandor y de la luna una luz.”

(Corán, X, 5)

Una de las parejas que más figura en la enseñanza tradicional es la del sol y la luna. El creciente ya se ha mencionado como símbolo del santo, con un aspecto pasivo de capacidad receptiva y un aspecto activo de reinado. Pero como parte de una pareja con relación al sol, la luna es enteramente receptiva y pasiva, de modo que, de los dos, es el sol el que simboliza la perfección de la Majestad, y la luna la perfección de la Belleza.

Puesto que la luz en general es una manifestación del conocimiento divino, el día es un símbolo del siguiente mundo, que es el mundo del conocimiento, y la noche es un símbolo de este mundo, que es el mundo de la ignorancia. El sol con que el día se ilumina corresponde al espíritu que ilumina el siguiente mundo, y la luna corresponde al hombre verdadero2, que es la luz de este mundo. Pero si, en vez del macrocosmos, se considera el microcosmos, esto es, el alma, que es también simbolizada por la noche, entonces la luna representará el ojo de la certeza, que es la luz del alma verdadera.

La luz directa del sol o más particularmente el rayo de luz que conecta la luna con el sol, es así un símbolo del intelecto, mientras que los rayos que la luna envía en la noche representan las intuiciones intelectuales que actúan como mediadores entre la luna del corazón y la oscuridad del alma; y del mismo modo que los rayos de luz de luna dan sobre diversos objetos materiales que los reflejan según su aptitud, las intuiciones dan sobre las facultades de la mente que si han recibido debidamente la doctrina reflejarán inmediatamente una luz de reconocimiento; y esta luz significa que una comprensión puramente mental de la enseñanza doctrinal se ha transmutado en la sabiduría de la certeza.

Se verá por esto que aunque el mundo exterior cambia hasta cierto punto de mejor a peor según la degeneración general en el alma del hombre a través de las distintas eras, no cambia fundamentalmente: incluso hoy la naturaleza todavía continúa correspondiéndose en sus leyes esenciales con el hombre verdadero, en quien el sol del espíritu ilumina la luna del corazón, que a su vez ilumina la oscuridad del alma.

Aquí hay otra ilustración del ya citado proverbio, “lo mejor cuando se corrompe se convierte en lo peor”: porque en la jerarquía de la existencia el macrocosmos tiene un rango más bajo que el microcosmos, y por tanto sus posibilidades de degeneración son menores. Ciertamente, el viajero debe tratar la naturaleza del mundo exterior como sagrada debido a su relativa incorruptibilidad, pues aunque el espíritu y el corazón le estén velados, quedan el sol y la luna como recordatorios. Estos son dos de los “signos sobre los horizontes” mostrados al hombre para conducirlo hacia la Verdad:

Les mostraremos nuestros signos sobre los horizontes y en ellos mismos, hasta que se les haga claro que Él es la Verdad

(Corán, XLI, 53)

Es significativo que los signos del macrocosmos se mencionen primero y, en efecto, para el viajero aparecen antes que los correspondientes signos del microcosmos, pues el reconocimiento de los signos sobre los horizontes es parte de la sabiduría de la certeza, mientras que el reconocimiento de los signos en uno mismo significa la realización de grados mucho más altos de certeza.

Se puede preguntar, con respecto al hombre caído, cómo es posible que adquiera la luz de luna de la sabiduría de la certeza si no tiene primero la luna del ojo de la certeza. Ciertamente, es verdad, como muestra el simbolismo de la luz así como el del agua, que la sabiduría nunca puede ser independiente del ojo, y es imposible para el hombre poseer cualquier certeza del grado de la sabiduría si no tiene también, por intuición, alguna certeza de un grado más alto, incluso aunque el ojo mismo le esté velado.

El hombre profano, para quien el intelecto no arroja ninguna luz en absoluto sobre los objetos ‘conocidos y habituales’, toma estos objetos como realidades independientes del mundo siguiente, y esta ausencia completa de la sabiduría de la certeza corresponde a la más oscura de las noches que no recibe ni siquiera una débil luz del cielo. Por otra parte la presencia completa de la sabiduría presupone la completa presencia desnublada de la luna interior. Pero entre estos dos extremos hay innumerables grados de la sabiduría de la certeza que dependen del conocimiento intuitivo simbolizado por la luz que viene de la luna justo antes de levantarse, o cuando está tras las nubes.

Se debe recordar que la correspondencia del simbolismo es analógica; en otras palabras, no es entre dos cosas de la misma clase, sino entre dos cosas que están en distintos niveles en la jerarquía de la existencia. Como consecuencia a veces parece que hay una ruptura en la correspondencia, particularmente cuando el símbolo y lo que simboliza pertenecen a dos mundos completamente distintos que están sujetos a condiciones diferentes. No es así en el caso de la luz de la luna como símbolo de la sabiduría de la certeza, porque la diferencia aquí es entre las condiciones del mundo material, al que pertenece la luz de la luna, y las del mundo del alma, al que pertenece la sabiduría. Ahora bien, esta diferencia es relativamente pequeña, puesto que estos dos mundos componen un mundo en el sentido ordinario, es decir, este mundo, de modo que el símbolo y lo que simboliza están sujetos los dos a las condiciones generales que gobiernan este mundo.

Una de estas condiciones es la del tiempo, de modo que no sólo la luz de la luna sino también la sabiduría de la certeza está sujeta al tiempo. Por tanto la sabiduría aumenta en la mente con el tiempo, y esto es simbolizado por una gradual disminución de la oscuridad de la noche cuando la luna, antes de su salida, se acerca al horizonte oriental. Pero aquí aparece una ruptura en la correspondencia; porque al considerar ahora la luna misma y el ojo de la certeza, se verá que el símbolo y lo que simboliza están sujetos a muy distintas condiciones: la luna, siendo de este mundo, está sujeta al tiempo, mientras que el ojo de la certeza, que es del mundo siguiente, no está sujeto al tiempo en absoluto, al estar por encima y más allá de él.

Por lo tanto, aunque la salida de la luna es un símbolo de la adquisición del ojo de la certeza, el lento ascenso de la luna sobre el horizonte y su consecuente aumento de luminosidad no se puede tomar como una ilustración exacta de la aparición del ojo de la certeza en el centro del alma. Hay un lapso de continuidad entre la sabiduría y el ojo; en realidad no se puede decir que el primero lleve directamente al segundo. La obtención del ojo implica trascender el tiempo y las otras condiciones generales que gobiernan este mundo, siendo estas condiciones los “límites de la tierra” que se citan en el Capítulo del Misericordioso:

¡Compañía de genios y de hombres!¡Si podéis atravesar los límites de los cielos y la tierra, atravesadlos! Pero no podréis si no tenéis la autoridad.

(Corán, LV, 33)

Puesto que el viajero no tiene en sí mismo los medios para pasar siquiera más allá de los límites de la tierra, aparte de los cielos, se puede preguntar cuál es la autoridad que le permitirá pasar o, en otras palabras ¿Qué es lo que puede causar que el ojo de la certeza se abra en su corazón?

La apertura del ojo es un misterio y un milagro: sólo se puede conseguir por la misericordia del Misericordioso (ar-rahmatu r-rahimiyyah) de la que se dice que interviene sólo donde hay la suficiente inclinación hacia ella3. Esto depende hasta cierto punto de los esfuerzos del viajero, pero por sí mismos estos esfuerzos nunca podrían conseguir el cambio, ya que la inclinación que ayudan a producir es completamente pasiva con respecto a la misericordia. Es significativo que, en el Corán, Su nombre ‘el Misericordioso’ (ar-rahim) se sitúa con frecuencia inmediatamente después de su nombre ‘el Que Perdona’ (al-gafur); por la operación del perdón, los deseos celestes errantes pueden volver a su lugar correcto en el alma del viajero, siendo su presencia en el centro lo que cuenta, sobre todo para preparar la inclinación necesaria; y después, mediante la operación de la misericordia del Misericordioso, el viajero puede pasar más allá de los límites de la tierra.

La retirada instantánea del viajero de las condiciones de este mundo no es otra que la ‘muerte’ a través de la cual se dice que el alma del hombre caído debe pasar para que pueda nacer una nueva alma en su lugar. Tal es el significado de la muerte y el renacimiento que se dice distinguen al hombre santo de los otros hombres:

El que estaba muerto y que luego hemos resucitado dándole una luz con la cual anda entre la gente ¿es igual que el que está entre tinieblas sin poder salir?

(Corán, VI, 122)

Esta muerte, por medio de la cual el viajero obtiene la posesión de la luna interna, es lo que los sufis llaman ‘extinción’ (faná); esta primera extinción anticipa otras más grandes que llevan a bendiciones todavía más altas. Tres extinciones, que corresponden a tres diferentes grados de certeza obtenidos por Abraham, se mencionan en el Corán:

Y así mostramos a Abraham el dominio de los cielos y de la tierra, para que fuese de los que poseen certeza. Cuando cerró la noche sobre él vio un planeta y dijo. ‘¡Este es mi Señor!’. Pero, cuando se puso, dijo: ‘No amo a los que se ponen’.

(Corán, VI, 75-76)

La conciencia de la oscuridad de la noche es, relativamente hablando, una iluminación cuando se compara con la inconciencia previa, y denota el comienzo de la sabiduría de la certeza. La visión del planeta que, como la luna, recibe luz directamente del sol, marca una experiencia parcial del ojo de la certeza. Esta experiencia parcial, aunque trae por el momento conocimiento espiritual directo, es sólo fragmentaria y no dura, siendo llamada en árabe un hal (estado) a diferencia de un maqam (estación), que es la realización completa de un grado espiritual y que no se puede perder excepto por la extinción en grados más altos. La oscuridad que sigue a la puesta del planeta denota la primera extinción, la muerte que es seguida por un renacimiento en el primer maqam, el del corazón. El pasaje continúa:

Y cuando vio la luna que salía, dijo: ‘Este es mi Señor’. Después, cuando se puso, dijo: ‘Si no me dirige mi Señor, voy a ser, ciertamente, de los extraviados’. Y cuando vio al sol que salía, dijo: ‘Éste es mi Señor. Este es más grande’. Pero cuando se puso, dijo: ‘¡Pueblo! soy inocente de lo que Le asociáis’.”

(Corán, VI, 77-78)

Y se dice en el Capítulo de Ya Sin:

Y el sol corre a su lugar de descanso por decreto del Poderoso, el Omnisciente.”

(Corán, XXXVI, 38)

El comentario es como sigue:

“El sol del espíritu corre a su lugar de descanso; y esta es la estación de la verdad al final del viaje del espíritu. Por decreto del Poderoso. Que impide que cualquier cosa llegue a la presencia de su unidad, el Victorioso sobre todo, constriñendo y extinguiendo, el Omnisciente que conoce el límite de la perfección de todo viajero y el final de su viaje”.

Notas
1.- También se dice: “Creó al hombre de arcilla” (Corán, LV, 14). El elemento tierra, en tanto que simboliza la pureza elemental, es paralelo al agua. En efecto, en los ritos de ablución, el agua puede a veces ser sustituida por tierra. En cuanto a las diferencias de significado entre estos dos elementos, se puede decir que la tierra deriva su firmeza y solidez de aspecto de eternidad en la esencia, mientras que el agua se remite más bien al aspecto de intimidad.
2.- La luna simboliza al hombre verdadero no sólo por ser guía de otros sino también por su pureza: y aquí se encuentra una interpretación del nombre Ta Ha que se puede tomar como refiriéndose especialmente a estos dos aspectos del Profeta como luna del mundo, en que la letra Ta de acuerdo al comentario, significa At-Tahir, el Puro, mientras que Ha significa Al-Hadi, el Guía. Además el valor numérico de estas dos letras, 9 y 5, suma 14, que es el número de la luna llena.
3.- Por otra parte se dice que la misericordia del Misericordioso (ar-rahmatu r-rahmiyyah) abraza el universo entero sin ninguna manifestación particular en absoluto.
Publicado en Old Webislam el 15/06/2000

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