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Munaya: la invocacion de Ibn ‘Atallah Assakandari

Primera Parte

13/04/2000 - Autor: CDPI
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Allah
Allah

 

 

 

 

 

 

Iláhi, ana l-faqíru fi ghináia

fakáifa la akúnu faqíran fi fáqri.

Iláhi, ana l-yáhilu fi ‘ílmi

fakáifa la akúnu yahúlan fi yáhli.

¡Ilahi!, yo soy pobre en mi riqueza

¿cómo no habría de ser pobre en mi pobreza?.

¡Ilahi!, yo soy ignorante en mi ciencia

¿cómo no habría de ser ignorante en mi ignorancia?.


El sufi, en la soledad de su noche, pronuncia esta Munaya o invocación en la confidencia de la intimidad con Allah. La Munaya de Ibn ‘Atállah de Alejandría es una de las más célebres: se trata de expresiones que recogen el saber de los sufis acerca del Sendero que conduce hacia Allah. Pronunciadas a modo de invocación o Du’á, la Munaya es la reproducción en palabras de convicciones internas que permiten el acceso a la Presencia de la Unidad. Se trata de enunciados desveladores, es decir, retiran de la percepción del musulmán todo lo que le impide asomarse a la grandeza e inmensidad de Allah. Su repetición, al igual que el Dzikr, precipita en el ánimo aquello que es significado por sus términos.

Comienza esta Munaya con el reconocimiento de la propia insuficiencia ante Allah. Se deja todo en sus manos renunciando a lo que el ser humano acumula a lo largo de su vida: saberes y riqueza. El murid, el que se inicia en el Camino antiguo de los sufis, abandona todas sus seguridades y certezas ofreciéndose vacío al que lo ha creado, de modo que sólo El lo llene con la riqueza verdadera y el saber verdadero. Deja atrás todos sus prejuicios, todos sus reparos, y se lanza con valor a los valles de Allah, esperando sólo de El. Se dice entonces que se afianza en su verdadera condición: la ‘Ubudía, la dependencia absoluta de Allah. Su pobreza-faqr y su ignorancia-yahl son su Nada ante la Existencia de Allah-Uno, que espera de la Rahma de su Señor la plenitud que sólo El comunica. La Rahma es Vida, el acto con el que Allah lo posibilita todo.

La riqueza-ghina y el saber-’ilm anteriores a la Tawba, el momento en que el ser humano se vuelve definitivamente hacia Allah, eran obstáculos que él interponía al conformarse con los logros del Nafs, el Ego, olvidando las exigencias del Ruh, la dimensión universal del hombre. El Nafs había creado para él pequeñas riquezas y conocimientos con los que confundía a la verdadera aspiración o himma que no es otra que Allah mismo en toda su Majestad. Al despertar, la himma del hombre se reactiva y busca su objeto verdadero, y ya no se satisface en la mediocridad del Nafs y se lanza a los espacios ilimitados de horizontes inalcanzables del Ruh.

Situarse en el faqr y el yahl, la pobreza y la ignorancia, son el paso primero hacia Allah, a la vez que es indicio de Adab o Cortesía necesaria para llamar a la Puerta de Allah. El Adab no es un acto formal sino la expresión de un saber inherente a la naturaleza humana: es reconocimiento con el cual se aclara lo que debe ser aclarado para poder avanzar hacia el objeto de la aspiración-himma. La himma no es sólo un deseo abstracto: en realidad toma cuerpo, se convierte en la flecha que se lanza hacia adelante, que arranca del arco del anhelo para avanzar y abrir caminos. Así, las primeras palabras de la Munaya van tensando la cuerda del arco. Son la puerta de la jaula que comienza a abrirse. Desde los barrotes, el Ruh contemplaba los espacios infinitos del cielo de Allah, y ahora ha encontrado una llave.

Renunciar al ghina y al ‘ilm implica abrirse definitivamente a Allah, estar atento a las revelaciones que va a hacer al Corazón, su confidente. A partir de ese abandono a Allah, todo lo que el hombre reciba lo interpretará en su clave verdadera, en su sentido trascendente. Todo para él se volverá de pronto de otro color, tal como enseñan los maestros en el arte de los sufis. Ese nuevo color es la huella de Allah; es así como su Presencia será siempre detectada de modo inmediato.

Según un Hadiz Qudsi, Allah ha dicho: “¡Hijo de Adán!, entrégate a mi conocimiento y llenaré de riqueza tu pecho liberándote de la pobreza; si no lo hicieras, te fatigarás sin encontrar lo que satisfaga tus necesidades”.

Iláhi, ínna jtiláfa tadbírika

wa súr’ata hulúli maqádirika

mana’á ‘ibádaka l-’árifina bika

‘áni s-sukúni ila ‘atáin

wa l-yási minka fi balá.

¡Ilahi!, la sucesión de tus actos

y la rapidez con la que se cumplen tus decisiones

impiden a tus siervos que te conocen

calmarse en tu don

y desesperar de ti en la desgracia.


Los que conocen a Allah son los ‘árifin billah, es decir, los que reconocen la existencia a través de Allah. Para ellos, todos los fenómenos no son más que expresión del Poder (Qudra) de Allah. El universo entero es el Acto de Allah, su acción con la que se da a conocer a sí mismo. A los Awliyá, a los que han intimado con Allah hasta haberse acercado a El convirtiéndose en ‘árifin billah, todo los guía irremediablemente a Allah. Para ellos, rádia Allahu ‘ánhum, la Existencia es una alusión (Ishara) que no deja de referirse a su Señor Verdadero que la rige y sostiene (Huwa l-Háiu l-Qaiúm, El es el Viviente, el Subsistente). Ninguna realidad los confunde, nada los entretiene: con una mirada aguda atraviesan las formas para descubrir en sus entrañas la Presencia de Allah.

A diferencia del común de los hombres, el sabio-‘árif billah no encuentra reposo en lo que Allah ofrece al mundo. No es su don (‘atá) lo que ellos buscan. Tampoco los repele la prueba con la que templa lo creado (balá): no es eso lo que ellos temen. Reciben los dones y sufren las desgracias sin apego a nada. Su himma aspira sólo a Allah, es El lo que ellos desean: el verdadero don es encontrarlo, y la verdadera calamidad es perderlo. Esas son sus esperanzas y sus temores. Nada puede confundirlos.

El ‘árif sabe que nada de lo que no es Allah permanece. Todo se diluye en su Acto. Sólo es eterna la Faz de Allah, y sólo en ella pueden complacerse. El torbellino de la existencia así se lo ha demostrado: la vida no es más que una continua sucesión de actos de Allah cuyas decisiones son realizadas en el instante. No es en lo que siempre está desapareciendo en lo que el wali se satisface. Su sed, la sed de todo ser humano, sólo puede satisfacerla el que ha creado esa sed. De ese manantial es de donde desea beber, y no de ninguna otra fuente. Las demás fuentes se agotan, y la sed es permanente: sólo el manantial de Allah no deja de fluir nunca.

El wali, el que se ha acercado a Allah, no conoce ni el sosiego (sukún) ni la desesperación (yas) de los hombres corrientes. Estos encuentran calma en lo que ofrece Allah a través del mundo, así como los inquieta lo que les es arrebatado. El Sukún y el Yas del wali es exclusivamente en Allah, en el origen mismo de todo. Han contemplado el ritmo del universo (Ijtilaf at-Tadbír) con el que Allah lo rige todo, y han contemplado la inmediatez con lo que se cumple la Decisión (Hulul al-Maqádir) calmándose en la Acción de Allah para poder mirar hacia la Unicidad que gobierna el mundo, y ahí han descubierto el objeto de sus anhelos. Se dice de ellos que se han vuelto definitivamente hacia Allah. Su existencia es un continuo desentrañar signos de Allah, como existencia realizada en el apego absoluto a la Verdad, y es la cualidad de los sabios verdaderos, los ‘árifin billah, los awliyá.

Iláhi, mínni ma yalíqu bilú-mi

wa minka ma yalíqu bikáramik

¡Ilahi!, de mí procede lo que debe ser censurado

y de ti surge lo que corresponde a tu nobleza.


Se llama bajeza (lu-m), es decir, lo que debe ser censurado, a la acción del Nafs, el Ego: sus tendencias e inclinaciones que apartan al hombre de todo lo noble para hundirlo en las miserias y mentiras del individualismo. El Nafs acompaña necesariamente al ser humano confiriéndole entidad pero a la vez tiende a aislarlo. De este aislamiento nace la acción que debe ser censurada, porque es esencialmente destructiva al tener su fundamento en el miedo, la codicia y la insolidaridad. El Nafs encierra al ser humano en su círculo vicioso y le impide conocer a Allah, es decir, universalizarse con el Ruh, la vida del Corazón.

Por el contrario, la Acción de Allah es en el Káram, la nobleza y la generosidad. Del Káram sólo surgen esplendor y exhuberancia, Rahma y Báraka. La Nobleza de Allah es el manantial de toda abundancia, salud y vida. Por el Káram Allah disculpa al ser humano, y el sufi recurre a ese cobijo para ser aceptado ante Allah. Acude al Káram para que lo que en él es censurado se disipe en la magnanimidad de Allah. Con el Káram, Allah alza al hombre por encima de las bajezas del Nafs rescatando al Ruh que lleva en sus adentros.

La falsa riqueza y la falsa ciencia eran patrimonio del Nafs; con el Káram de Allah se transforman en verdaderas y se hacen abundantes y generosas. Al reconocerlas como lo que son en realidad, pobreza e ignorancia, el sufi abre en sí mismo la posibilidad de convertirlas en tesoros infinitos. Dijo el Shayj al-Akbar: “Quien ignora su propia realidad, hace que sus estandartes sean abatidos y sus sueños se convierten en estupidez”. Y así, el sufi avanza por los espacios de Allah, afianzándo sus pasos al advertir la medida de las realidades. Tiene una balanza justa y un criterio equilibrado al no hacer de la arrogancia y la pretensión sus guías por la vida. Se dice de él que se ha sincerado.

Con las palabras de la Munaya, el sufi se ha sentado ante su Señor sobre la Alfombra de la Cortesía, el Bisát al-Ádab: es el Ádab el que abre las puertas de las alacenas de Allah, ésa es la clave. Quien carece de Cortesía carece de ciencia, y la ignorancia es un paso en falso. Ahora sabe de donde proceden sus miserias, y también sabe dónde superarlas, y así, se encamina hacia Allah con certeza y aspiración.

También se dice que las puertas de la Má’rifa, el verdadero conocimiento, a punto están de serle abiertas de par en par. La Má’rifa no es un cúmulo de datos, sino clarividencia. La clarividencia es sensatez absoluta, y se trata de un sendero. Por ello se ha dicho que el saber es conocimiento del camino, es el método y el guía.

En este instante, en estas palabras, el sufi se ha hecho diferenciador. Un hombre arrogante dijo a uno de los profetas antiguos: “Constantemente desobedezco a Allah; nada de lo que El ha ordenado lo he cumplido; y todo aquello que ha prohibido lo he cometido; y jamás he visto descender sobre mí su castigo.” Y Allah ordenó a su emisario responder: “”¡Que sepa, pues, quién soy Yo y que sepa quién es él!.”

Iláhi, wasafta náfsaka bil-lútfi wa r-rá-fati qábla wuyúdi dá’fi

a fatamná’uni mínhuma bá’da wuyúdi dá’fi

¡Ilahi!, te revestiste de amabilidad y amor hacia mí antes de que existiera mi debilidad,

¿me privarás de ellos ahora que existe mi debilidad?.


El Káram guió la Voluntad de Allah al desear crear al ser humano. Se le llama entonces Lutf, amabilidad, sutilidad, y también se le llama Rá-fa, amor, delicadeza. El Lutf y la Rá-fa son las presencias de Allah en el origen del hombre. Todo su ser así lo testimonia. Antes de que el ser humano existiera, Allah ya quiso el bien del hombre: dispuso el mundo para recogerle, lo conformó para que sirviera a su criatura, lo hizo un lugar amable y receptáculo ideal para lecho en el que reposara un cuerpo en el que también dispuso fuerzas y energías, lo hizo capaz de elevarse por encima de todo lo creado hasta alcanzar el conocimiento supremo. Creó a ese ser con todo el cuidado y atención del mayor de los amores: nada hay en el hombre que no sea signo de ese Lutf, esa sutilidad que lo equilibra y prepara todo para el más alto de los destinos. Y lo miró con el ojo de la Rá-fa que todo lo disculpa y lo tolera, como la madre que ama a pesar de los defectos del hijo. Allah para el hombre es Latíf y Raúf, incluso antes de que existiera como ser soberano, es decir, antes de que existiera su debilidad (da’f) que es el Nafs que le da independencia.

El sufi, con estas palabras de la Munaya, se retrotrae a ese instante anterior a la existencia del tiempo y el espacio en el que Allah lo quiso y lo imaginó en su Lutf y en su Rá-fa, se sitúa ahí ante El, ante el Latíf-Raúf y excusa su debilidad como necesaria compañera que Allah le dio, y en esa Presencia en la que está todo, él tal como es y Allah tal como es, pide continuar siendo el objeto de todas las grandezas de Allah. Se hace absolutamente receptivo ante su Señor: comprende que en realidad nunca ha dejado de ser sostenido por Allah, sólo una parte de él mismo se ha alejado de la fuente de todo bien y ahora se vuelve con ella hacia Allah para ser colmado. Si el Lutf y la Rá-fa de Allah lo hubieran abandonado un sólo segundo, su existencia entera habría sido pulverizada en la Nada. Allah es un permanente desbordamiento: vuelve hacia El su conciencia, se reconcilia consigo mismo. Ahora, presente en él la calma que confiere tal conocimiento, se sabe capaz de avanzar hacia su Señor donde sólo lo espera la grandeza.

Allah Latíf-Raúf acompaña ahora al ser humano como fuerza interior que lo dirige de vuelta hacia su propia fuente unitaria derramando sobre él las riquezas y sabidurías del que es Uno por encima de todo lo que pueda imaginar el hombre, abundancia real opuesta a la pobreza e ignorancia del Nafs.

Iláhi, in dáharati l-mahásinu mínni fabifádlikawa laka l-mínnatu ‘aláia,

wa in dáhariti l-masáwi fabi’ádlika

wa laka l-húyyatu ‘aláia.

¡Ilahi!, si a partir de mí aparecen cosas bellas es gracias a ti

y tuyo es el mérito,

y si aparecen maldades es a causa de tu justicia

y tuyo es el argumento contra mí.


Las cosas bellas (mahásin) son el resultado de haberse vuelto hacia Allah (es la ‘Ibada): son los frutos de lo que Allah aconseja al hombre, los Ajláq o conductas nobles, la limpieza de corazón y toda acción elogiable. Hacia todo ello es hacia lo que Allah conduce. Siguiendo la senda del Islam, el ser humano se embellece, se adorna con los Mahásin, se hace resplandeciente en la sinceridad. Es revestido por Allah, está en el Favor de Allah (Fadl), es decir, en él se realiza el Káram. Es el resultado de haberse acercado a Allah que realiza en el hombre sus plenitudes, por tanto es mérito de Allah (Minna), es cosa de Allah.

Si por el contrario se aleja, si desatiende a Allah y a sus mensajeros, si se deja guiar por lo desviado del Nafs que lo aísla de todo lo bueno, de él solo podrán surgir maldades (masáwi) que afean lo que Allah ha creado para ser bello. Se dirige por ese camino hacia la destrucción. Y Allah es Justo, y hace que todo tenga su cumplimiento. Esa Justicia de Allah (‘Adl) es la que está presente en ruina del hombre. Acercarse a Allah es recurrir a su Fadl; alejarse es adentrarse en el ‘Adl. En la Justicia, Allah tiene el Argumento (huyya), es decir, se cumple aquello contra lo que ha advertido a través de sus emisarios. Con estas palabras, el sufi se sienta sobre la Alfombra de la Proximidad (Bisát al-Qurb), esperando de Aquél que está íntimamente cerca de todos los seres que El ha creado mientras los hombres se dispersan en la vanidad de sus ilusiones y temores


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