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La estirpe de los cazadores

13/04/2000 - Autor: Saleh Paladini
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La paciencia tiene un límite y este mundo de las formas, dónde tenemos que vivir sin remedio, es un coto de caza.

Llegar hasta Mauritania no fue fácil.
Desiertos verdaderamente secos,
llenos de objetos y gente,
pero ausente de mí,
tuve que cruzar.

Aunque en mis escritos se perfile una visión lírica –positiva- de los aconteceres, me acompañan circunstancias que me las como yo solo. Las digiero como puedo. A veces trago piedras, igual que hacen las aves para triturar lo que muelen en el buche.

De lo que ingiero, una parte lo vomito, otra se evacua y las últimas, las buenas, son las que asimilo. Son éstas, sobre las que escribo.

Y siempre el linde de la paciencia, es el postigo de la Misericordia. Y de llegar a la violencia, será para arribar a la compasión. Una buena bofetada a tiempo, en ocasiones, es la mejor de las terapias.

No merece la pena explicar cuándo he tenido que dar un buen soplamocos. Más bien prefiero contar una bella historia del yerno del Profeta, Alí, cuando en una de las batallas se disponía a dar un golpe con su cimitarra en el cuello de un enemigo, para seccionarle la cabeza.

Aquel hombre, ya perdido para el mundo de los vivos, le escupió a la cara y Alí arrojó de inmediato la espada al suelo, quedando indefenso.

El oponente cogió el arma y le dijo:

- “Ahora soy yo quien puede matarte. ¿Por qué no lo hiciste tú?”

- “Yo lucho por Allah y no por mis deseos. Al escupirme, tocaste mi orgullo, y en ese instante fui obligado a desprenderme del sable.”

Y aquel hombre abrazó el Islam.

Y Bilal, el jefe de Cáritas en Tifundé, salió de misión por las aldeas para supervisar la construcción de unos dispensarios de salud. Regresó muy alterado, diciéndome:

“He descubierto una gente de la que oí hablar, pero que nunca había visto hasta hoy. Son cazadores. Una tribu que no tienen más que perros. No hay otros animales con ellos. Viven bajo los árboles sin jaimas. Se alimentan casi exclusivamente de lo que cazan. Incluso comen chacales y fagoceros.

Son “los nemadi”, así se denominan así mismos. Mañana podremos ir a verlos. InchaAllah. Están cerca de Yumán Yeré a 30 Kmts de la Base. Pero yo no bajaré del coche, pues no me gustan los perros. Son impuros y nada de fiar.”

Nemadi es una palabra incorporada al hassaniya a partir del latín, de nomad, nomadis, que a su vez deriva del griego “nèmos”, “úlcera devorante”.

Al día siguiente, algo antes de la puesta de sol, nos fuimos con Bilal a visitar un campamento de estos acechadores de presas.

Y me explica “mi enemigo el comisario” que los nemadis son la tribu de los excluidos.

Antes, cuando algún miembro de una tribu cometía una depravación, o bien se fugaba, o bien se exilaba de la comunidad. Ocurrió que alguno de estos solitarios forajidos comenzó a cazar para subsistir, amaestrando un perro como rastreador. Otros se iniciaron en el arte también y se fueron agrupando, constituyendo esta casta de los sin clan. Los apátridas de los que no tienen el concepto patria en sus mentes. Un grupo aparte. El límite de un límite que no conoce el vocablo frontera.

Cerrados en su propio cerco, excluidos del mundo que se distancia del orden internacional, los nemadis rechazan el pastoreo porque es un signo de debilidad y de renuncia al abandono en el destino. Se mueven entre Malí y Mauritania y tras la gran sequía del 72 van en detrimento. Sólo los fuertes sobreviven.

Las mujeres son muy hermosas, pues en su mayoría son frutos de raptos y evasiones convenidas con recelos. Conocen el dolor, pero también la lucidez del exilio. Y miran a los hombres desde lejos. ¡Y son negros! Negros, porque el sol quiere darles ese tinte.Y así proteger sus secretos.

Porque el negro, encierra y oculta lo clandestino. El blanco, es demasiado transparente para ellos. Y esta es la razón del verdadero racismo.

El blanco, para librarse de sus fechorías, transfiere sus actos a quien –¡quizás!– no los comete.

Y el sol se puso.

- “¡Bilal! ¿Podríamos rezar aquí con los cazadores?”

- “¡No! Este lugar no es puro. Mejor nos vamos con el coche a la aldea y entramos en la Mezquita con otra gente.”

En Tifundé, me dejo conducir siempre por Bilal. Si tengo algo que decirle, lo hago en privado, cuando nadie nos oye. Entiendo que hay que respetar su autoridad en el terreno, además de confiar mucho en él.

Y así partimos a uno de los poblados, el más cercano, recostado en la orilla del Río.

Descendimos del vehículo delante de un cercado, que no era otra cosa que la Mezquita del pueblo. Y pensé:

“¡Y yo! ¡Que voy por estas tierras con el razonamiento de que en mi ciudad no hay una Mezquita! ¡Mejor si cierro mi boca! ¡Ahora comprendo! No existe templo mejor, que la interna cavidad. ¡La cueva del corazón
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