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Tawhid

22/03/2000 - Autor: Abderrahmán Muhámmad Maanán
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Marrakech (Foto: freepik)
Marrakech (Foto: freepik)

El Tawhid es la esencia misma del Islam y su clave.

Es una palabra que designa el sentido que tiene el musulmán
de la Unidad y Unicidad de su Señor.
Tiene un trasfondo radical: sólo Allah es relevante,
Y lo que no es Él es una quimera fugaz.

Tawhid (Tawhid) viene de la palabra Wahid, que significa Uno, y así se dice: Allah Wahid, Allah (es) Uno. Es un nombre de acción que de­signa el acto de ‘hacer que algo sea uno’, ‘reducir a una unidad estricta’, ‘reunificar’. Tawhid quiere decir, por lo tanto, Unidad y Reunificación.
El término Tawhid se usa en dos sentidos:

1. En primer lugar, sirve de nombre para la enseñanza fundamen­tal del Islam expresada en una fórmu­la básica que afirma que ‘no hay más Verdad que Allah’ (la ilaha illa llah).Es decir, sólo en manos de Allah está el ser, el sentido y el destino de cada criatura y del universo entero.

2. En segundo lugar, el Tawhid es la senda que sigue el musulmán para comprender lo que significa realmente esa enseñanza básica. No se trata de una simple doctrina, sino que es necesario verificarla. Todo el Islam es la orientación del ser humano hacia esa meta, Tawhid consiste, por tanto, en el descubrimiento progresivo de la Unidad y Unicidad de Allah en un proceso constante de demolición de ídolos. El musulmán va ‘reunificando’ a Allah en su conciencia hasta contemplarlo como radicalmente Uno, sin asociación alguna a esa Unidad real y excluyente. Y a la vez, en el seno de ese mismo proceso, el musulmán se va reunificando a si mismo ante su Señor Verdadero. Se trata de alcanzar la cumbre en la que el hombre es uno frente a su Creador Único.

El Tawhid tiene dos conse­cuencias, una a un nivel superficial y otra que afecta al musulmán en lo más profundo de sí mismo; ahora bien am­bos resultados son complementarios y simultáneos.

1. En el primer nivel, se trata de la comprensión intelectual de lo que significa la fórmula la ilaha illa llah, no hay más Verdad que Allah. Es decir, no hay fuerza ni poder más que en Allá, sólo Allah es efectivo. Y esta certeza genera una acción que es la del rechazo a todos los ídolos que el ser humano sea capaz de concebir. A este nivel, el Tawhid transforma el mundo del musulmán. El musulmán deposita totalmente su confianza en lo que le da la vida y se la mantiene en cada instante, en su Señor interior que lo sostiene y rige de forma misteriosa, equilibrada y eficaz. Esta confianza implica un rechazo inmediato a toda forma de idolatría, culto a las imáge­nes o a las personas, relativización del poder, abandono de la superstición, negación a todo intento de institucio­nalizar la espiritualidad, desacraliza­ción del universo (que no implica que las cosas sean intrascendentes: lo son porque traducen a Allah y por ello están impregnadas de espiritualidad o báraka, pero en si sólo son reflejos cuya fuerza está en lo que Allah hace con ellas, y no en sí mismas), etc.

2. En un segundo nivel, el ta­whid implica lo más hondo del propio ser humano, su universo interior, pues exige de una transformación absoluta. Ir reconociendo lo que significa que Allah es Uno en toda la extensión de la palabra impone al hombre la reuni­ficación de su propio ser que se extin­gue ante la emergencia de la sabiduría que le va mostrando el sentido último de esa afirmación. El ser humano re­nace de esa muerte en Allah converti­do en una realidad universal y a la vez singular que, al eliminar la idolatría, hace infinitos sus horizontes al desa­parecer ante él todos los limites que antes lo encerraban y encerraban lo que le rodeaba en la mentira de una supuesta autonomía y aislamiento de los seres. El todo es reunificado en la Unidad de Allah y relanzado hacia el infinito.

El término Tawhid, por tanto, tiene dos significados, uno exterior y otro interior, y cada uno de esos signi­ficados desencadena acciones, que a su vez son interiores o exteriores. En el primer caso designa una enseñanza formal que exige un entendimiento razonado que es traducido en una ac­ción desidolatrizante. En el segundo caso, es una actitud espiritual que so­licita la intervención del corazón para integrarlo en la Unidad de su Señor.

Traducir Tawhíd por mono­teísmo, como se hace habitualmente, es traicionar descaradamente su signi­ficado y reducirlo a los pobres recur­sos de una mentalidad que jamás es­capa del dualismo y la consiguiente visión idolátrica de cuanto existe. El monoteísmo consiste en el reconoci­miento de la existencia objetiva de un dios aislado entre criaturas definitivas, y en ese dato se consumen todas sus expectativas, exigiendo la asistencia de la fe para mantener esa afirmación siempre injustificada, mientras que el Tawhid es pura acción transformante cuyo objeto es la comprensión y saboreo de lo que significa la Unidad que sostiene a cuanto existe. En realidad, Tawhid y monoteísmo se excluyen por sus principios y sus resultados. Mien­tras que el Tawhid hace -del abismo que abre ante el ser humano la posibi­lidad de una ahondamiento en la Ver­dad, el monoteísmo busca repuestas supuestamente satisfactorias para pre­guntas artificiales (los tópicos ¿qué somos?¿de dónde venimos?¿a dónde vamos?) y encerrando las posibilida­des del ser humano en los círculos viciosos que genera ese discurso ino­perante. Dios es una explicación y Allah es un desafío.

El monoteísmo nace de un ex­traño maridaje entre la mente raciona­lista de los griegos y las espiritualida­des semíticas con el puente cristiano que se ampara del mundo grecolatino sin poder renunciar del todo a sus orígenes. Estos dos mundos se entremez­clan y se excluyen de modo confuso dando lugar a una nueva visión de la existencia en la que existen grandes lagunas por lo conflictivo de ese en­cuentro acrítico. La historia dará pri­macía a algunos de esos mundos, el griego racional o el oriental semítico, dependiendo de diversas circunstan­cias, y nos encontramos fluctuando con la mística o el materialismo como extremos irreconciliables. Es más, por la evolución y hegemonía actual de Occidente se pretende dar a esos valo­res un carácter universal del que care­cen en realidad, aumentando la confusión al analizar desde ellos otras culturas y otras espiritualidades.

Lo Absoluto en el Tawhid, Allah, es un reto lanzado al carácter abismal del espíritu humano, y ese desafío reclama la confluencia de to­dos los aspectos de la personalidad. En lugar de intentar colmarlo, al musul­mán se le exige aceptar el reto que le lanza su propio ser, y por ello el Islam ofrece como meta la profundidad sin fondo de todo lo que puede ser imagi­nado en un constante acto de desidola­trización. En lugar de detener ese pro­ceso en ningún dios, invita al musulmán a aceptar la radicalidad de su propia exigencia es espiritual que no se sacia nunca definitivamente en nada. Eso es el Tawhid.

A la senda que se sigue en esa peregrinación se la llama Islam, que consiste en una incondicionada rendi­ción ante Allah. No es sumisión a una voluntad exterior sino una actitud existencial por la que el ser humano orienta hacia la Verdad esencial todo lo que es y se sabe insuficiente para asimilarla y apoderarse de ella: su actitud es la de vivirla. Por ello, el musulmán se entrega a Allah rendido, es decir, como múslim. No se trata de dos polos que se oponen sino de la constatación y vivencia del propio ser como algo que trasciende necesaria­mente todos los límites que quisiéra­mos imponerle. Con ello empieza el Islam que nos invita a sumergirnos en intuiciones ancestrales del hombre.

Desde la primera Revelación, el Wahy, hasta la Hégira, la Hiyra, transcurrieron trece años. Durante ese extenso periodo, la Generación por excelencia del Islam, el Sálaf, fue conformada por Rasulullah s.a.s.) en un sólo tema: el Tawhid. Durante todo ese tiempo, e! Corán fue asentando las bases del Islam sobre la firmeza de la concepción unitaria de la existencia. Que Allah no es uno no era presentado como una doctrina, no era un dato, era algo que había que asumir, algo en lo que había que templar la personalidad de los primeros musulma­nes, los Sahaba. El Tawhid, la Unidad de Allah, debía pasar a formar parte de sus naturalezas, ser parte de sus percepcio­nes biológicas, como si fuera la recupe­ración de una capacidad implícita en los genes.

A esta empresa el Islam dedicó sus primeros trece años, y sólo a partir de entonces acometió el proyecto de la creación de una Nación. Sólo una vez derrotada la idolatría en los corazones de los primeros musulmanes, éstos podrían desarrollar una nueva civilización. Sólo así fueron capaces de intuir nuevos vínculos con el universo y con los seres, y fueron capaces de imaginar un mundo sin ídolos.

En esos tiempos, las regiones más fértiles de la Península árabe estaban en manos de extranjeros: al norte, los bizantinos ocupaban amplias zonas y dominaban las rutas comerciales; al sur, el Yemen estaba en manos de los persas o de los abisinios. No quedaban para los árabes más que los desiertos del Hiyaç, Tihama y el Nayd.

Con su indiscutible genio político, nada hubiera resultado más fácil a Muham­mad (s.a.s.) que el unir bajo su mando a las desperdigadas tribus árabes y lanzarlas contra los ocupadores. No hubiese tenido que enfrentarse con su gente ni soportar humillaciones. Fácil hubiese sido aprovechar la simiente del descontento ‘nacionalista’ árabe. Con ello hubiera podido crear una nación ‘árabe’ Y sin duda así hubiese sido de ser ésa su ambición. Incluso hablando de tácticas, podría haber preferido tener, en primer lugar, unificados a los árabes, haberlos sometido a su poder e impo­nerles luego sus creencias. Pero a pesar de sus inconveniencias, prefirió enseñar a su pueblo que el poder reside exclusi­vamente en Allah: la ilaha illallah.

Por otro lado, el Islam apareció en una sociedad que no conocía la justicia. Sólo una pequeña minoría, en efecto, tenía en sus manos las finanzas y el comercio y practicaba la usura que multiplicaba sus ganancias. A su lado la gran mayoría se debatía en la necesidad y el hambre, siendo los que tenían que trabajar. Naturalmente, los que poseían las riquezas eran también los que detentaban el poder: eran comerciantes y aristócratas mientras que los pobres ni tenían fortuna ni honor.

Muhammad (s.a.s.) hubiera podido aprovechar ese desequilibrio para pro­vocar una especie de revolución social. Con su habilidad, de la que nadie duda, habría dividido en dos la sociedad árabe, enfrentando a ricos y pobres, a débiles y poderosos; sin duda, su gente hubiera entendido mejor un reclamo como éste. Tácticamente, le hubiera convenido ganarse primero a la mayo­ría, y más tarde, imponer sin dificultades sus opiniones una vez obtenido el po­der. O bien, dejarse sobornar por los poderosos cuando éstos temieran su influencia sobre la mayoría y negociar con ellos hasta lograr algunas concesio­nes para sus puntos de vista. Pero en lugar de ser tan sensato prefirió enseñar a su pueblo que la riqueza pertenece exclusivamente a Allah: la ilaha illallah.

Finalmente, el Islam aparece en Arabia cuando el país atravesaba una total de­cadencia moral. La ignorancia y la bar­barie eran causa de toda suerte de crí­menes y atropellos.

Rasulullah (s.a.s.) hubiera podido aprovechar la fama de su integridad para librar un combate reformador para puri­ficar la sociedad y establecer su moral y sus costumbres. Sin duda, había en la Península árabe almas rectas hostiles a esa degradación a la que se habían so­metido sus conciudadanos. Hubieran sostenido la acción purificadora de Muhammad, logrando así un eco favo­rable que hubiera despejado favorable­mente el terreno para, al final, imponer también sus opiniones. Pero en lugar de aprovechar su autoridad moral, prefirió enseñar que el saber y la rectitud sólo están en Allah: la ilaha illallah.

Habibullah (s.a.s.) enseñó que había que transformarse. No le servían los criterios comunes ni vendió su mensaje a nin­guna estrategia. Puso toda su confianza en Allah y se encauzó por los caminos que El le señalaba sin importarle los prejuicios de sus contemporáneos, sin someterse a la ‘prudencia’ de sus razo­namientos, sin venderse nunca. No se acomodó’ a su tiempo ni a su espacio. Pero nunca dejó de ser ‘realista’: esen­cialmente, era sabio. Su sabiduría no emergía del asentimiento a lo que se aceptaba, sino de una conciencia pro­funda que abarcaba los datos y aspiraba siempre a Allah encontrando su espacio natural en la grandeza de la Existencia, en la Unidad de Allah


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