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Las Jutbas de los Andalusíes 18

Jutba dieciocho

21/03/2000 - Autor: Universidad Averroes de Córdoba
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Hemos oído que, cuando algo entendemos que está mal, lo adecuado es que lo rectifiquemos: si no podemos hacerlo, por lo menos que lo avisemos: y si tampoco podemos hablar, por lo menos que lo rechacemos y nos apartemos de ello en nuestro corazón; y se nos dice que esto es lo mínimo que conlleva el imân.

Vemos, en efecto, que el imân no es una opinión que uno tiene sobre un asunto teórico. No, el imân es una actitud vital, del corazón, que termina aflorando en todo nuestro ser: en lo que pensamos, en lo que decimos, en lo que hacemos...

Pero el imân tampoco es algo que se agote en nosotros mismos.

Por un lado, sabemos que el imân es proyectarnos al infinito de Allah. La conciencia y sospecha de nuestra potencialidad infinita nos arrastra a ese abismo vertiginoso que se abre en el fondo de nuestro corazón.

Pero el imân es también dejarnos arrebatar por los malâika, por estos seres de luz que a los hombres nos desvelan la belleza y la majestuosidad del mundo que el Rahman nos regala.

El imân es también abrirnos confiadamente a los kutub, a los mensajes decretados a todos los tipos de seres, en todos los momentos, en todos los estados de ánimo, en todos los lugares: siempre hay un mensaje dirigido a nuestro corazón y al que debemos estar atentos

Y también es el imân esta apertura confiada a los rusul, a los canales por los cuales nos llegan estos mensajes. La rahma infinita del Rahmân es una llovizna constante que le habla siempre a cada criatura, le da el ser y la plenitud. Si no nos dejamos empapar por Su rahma, sólo nos queda el desierto de la ignorancia y la rigidez.

La rahma de Allah abarca a todas Sus criaturas, y sólo un loco podría establecer diferencias entre unos canales y otros de Su rahma. Lâ mufarriqu baina ahadin min rusuli-hi: No establecemos diferencias entre ninguno de Sus Mensajes. Sólo la arrogancia humana puede llevarnos a ponerle condiciones a Allah cuando reparte Su rahma.

Pidámosle que nos acoja en Su rahma, y que nos disculpe con su gufrân a todas Sus criaturas. Allah es Poder Puro, y el que sabe mejor.

Al-hamdu li-llah, que nos disculpa cuando nos orientamos hacia Él con el corazón henchido de sinceridad.

Esto es el imân dirigido a Allah, a sus malâika, a sus kutub, y a sus rusul –nadie es capaz de ponerle límites a la rahman de Allah.

Nadie conoce lo que hay realmente en el corazón de otra persona; nuestra confianza tiene su objeto natural de reposo en Allah. Cuando juzgamos el corazón de una persona, o de un grupo de personas, en nuestra arrogancia nos estamos atribuyendo un conocimiento que sólo pertenece a Allah. Cuando alguno de nosotros juzga el corazón de otra persona, conocida o desconocida, estamos endiosándonos, idolatrándonos, estamos haciendo shirk -el musulmán busca el conocimiento; y si no sabe decir nada bueno de alguien debe callarse. Si, por el contrario, es testigo del daño que hace alguien, debe mostrar sus pruebas. Si no lo hace y sólo habla, está sembrando la fitna, está provocando un daño mayor que robar la vida.

El saber y la prudencia son, por lo tanto, tesoros gemelos que el musulmán debe cultivar.

Y debe cultivarlos porque el imân nos lleva a ir abriéndonos a la realidad última y definitiva del mundo: al–yaum al-âjir –el día último. Pero esa realidad última y definitiva del mundo, de las cosas, de las personas, no es algo que conozcamos ya: no debemos dejarnos llevar por las apariencias, el duniâ: debemos buscar el conocimiento de nosotros mismos, del mundo y de Allah, de la realidad de todo, y de cómo Allah decreta cada cosa. Sea cual sea el aspecto con que se nos presenta la realidad, sea cual sea el juicio que vayamos emitiendo en nuestra ignorancia precipitada, o en la aparente serenidad de nuestra presunta sabiduría , el camino se extiende, en definitiva, por las mismas llanuras que nos abren a Allah. A Allah , que nos baña con Su rahma en cada acto de darnos de su ser.

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