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Treinta Pájaros

15/03/2000 - Autor: José Manuel Martín Portales - Fuente: Verde islam 13
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A Irene y José Manuel

Aprovechando la tradición islámica, que prefiere entender el alma como un pájaro, M. Attar de Nishapur, sufi persa del siglo XII, escribió un complejo tratado sobre la vida espiritual, jugando poéticamente con la palabra Simurg, que significa ‘Dios’ en aquel idioma, si bien, como se sabe, también significa “Treinta (si) Pájaros (murg)”.

Sobrecogido por la sorpresa que tal palabra encierra, Attar compuso El lenguaje de los pájaros, pero la potencia de esta metáfora excede las culturas. En la psicología de Jung, por ejemplo, el Simurg vendría a significar, de alguna forma, el Sí Mismo, y la extraordinaria aventura de los pájaros resuelta por el místico persa vendría a coincidir con el proyecto vital que ese mismo concepto significa.

Tal vez entre lo trascendente y lo inmanente quepa la mediación de lo poético, esa especie de coincidencia misteriosa de la unidad de lo real propia de la contemplación que a veces se hace presente en el lenguaje.

Cuentan que la abubilla convocó
a todos los pájaros del mundo.
Tal vez desde una cueva les habló,
con la enigmática palabra de un maestro,
del inconcebible proyecto,
de la urgencia de hallar la identidad.

Miles fueron las aves que allí mismo murieron
sobrecogidas, quizá, de tan imposible deseo,
y cuenta Attar que se formó gran hoguera
con todos aquellos corazones calcinados
por la desproporción de esa aventura.

Parece que después, en el camino, 
fueron muriendo otros por diversas razones:
el vértigo de las altas montañas,
el zarpazo final de alimañas ocultas,
la misma envergadura de la luz acercándose,
las feroces tormentas,
la propia inmadurez o la casualidad.

Para el persa era lógico
que sólo treinta cumpliesen el camino previsto,
pues en aquel lenguaje Simurg era la cifra
y es sabido que las simbologías
resumen en un dato las ingentes cuestiones,
como si un solo espejo pudiese reflejar
las infinitas formas.

Que de alguna manera también ocurra eso en el poema
no es fácil de explicar. 
Muchas palabras se queman en el silencio
y otras muchas van cayendo después
sobre la tumba sagrada del corazón,
limbo de la ternura.

Las que siguen, salvadas por la pasión, 
recompondrán, a su modo, un sentido.

Si queda la canción, por inútil que sea,
en ella habita Dios.

Gravitan en el albur.

Desde el páramo de montañas bifrontes
se adivinan,
informes de timidez,
más allá de la potencia de la mirada,
tras de su paroxismo.

Obedecen a un sueño
antiguo como las piedras de Anatolia,
como las piedras de Irán o las de Siria,
antiguo como la escarcha del Eúfrates.

Vuelven sobre sí.

Esencial travesía. Devenir inocente
por las regiones cóncavas y oscuras
de volcanes hambrientos.

Su multitud es un número que significa soledad.

Su silencio profundo adensa el corazón
de quien los vio partir,
de quien definitivamente se ha perdido en el mundo.

Entre senos y sepulcros vuelan en círculo.

Noche, día,
resplandor de cavernas,
arcoiris.

Muchos son los enigmas que esconde una palabra.

Figuraciones líquidas,
océanos en suspenso,
la manifestación del equilibrio de múltiples ausencias,
la levedad del símbolo de la materia viva.

Una alegría se expande por el hueco del ojo
que presiente la luz tras el bosque incendiado.

Por la ruina del templo pasean tres niños huérfanos
Tras la huella de su madre adolescente.

Y es circular la ruina,
y hay un hombre dormido,
y en el sueño del hombre mana leche purísima.

Echan de menos algo.
Sólo la ausencia rige la esperanza.

Antes de desatarse hubo un fragor de nadas
circunscritas, latentes.
Una especie de mundo sin mundo todavía.
Horror en las serenas madrugadas sin nombre,
sorpresa de que nadie se hiciese una pregunta,
lentísimo equilibrio de ciclos sin proyecto.

Mas la vida guardaba un delirio en la sombra,
y el delirio una duda y la duda una fiesta
de dolor recién hecho,
sentir una mirada, la inminencia de un gesto.

Sólo de esa pasión inconforme y arcaica
surgió la realidad, lo que los diferencia.
Al fin uno y lo otro, al fin de frente a algo.
El asombro inaudito.

Y la urgencia de hallar el signo de la angustia.
¿Compareció en el tiempo la libertad de serse?

Al menos una herida con la que dialogar.

Ponen al lenguaje en estado de emergencia.

Su propia ingravidez manifiesta una densa
vinculación al mundo.
Se alejan adentrándose,
se consumen naciendo,
se liberan atándose a una obediencia antigua.

En la desproporción de su armonía el equilibrio estalla
y configura un reino de inminencias.
Profanan lo sagrado,
dan culto a la memoria secular de la materia,
en el olvido instauran un encuentro,
acceden a presencia como quien se despide,
pues su camino es largo
como de dentro a fuera de un espejo,
y han de estar preparados para lo inconcebible.

Dentro de lo innombrable hay signos que atraviesan
el pecho del que contempla,
convirtiendo el silencio en una larga fiesta
donde las fieras danzan impasibles, hiriéndose.

La palabra que quiera nombrar lo que acontece
sufrirá soledad, será escandalizada,
condenada en un juicio, escupida en los ojos,
coronada de escarnio, expuesta sobre el Gólgota,
sepultada a la espera de su hora.
Mas la verdad que diga tras la penosa muerte
Será que la inocencia habita en el misterio.
Y el lenguaje que asista a esa revelación
Volverá cabizbajo a sus viejos afanes,
Sin haberlo entendido.

O aceptará la leve redención de algún poema.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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