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La Rebeldía Diabólica

Desde la Perspectiva del Tawhid

15/03/2000 - Autor: Ali González - Fuente: Verde islam 13
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El objetivo de estas breves líneas, que deben dejar de leer todos aquellos que no estén protegidos por el secreto de Allah, aquellos que no formen parte del sirr de Allah, es exponer cómo para la existencia de la Creación es fundamental la del Conocimiento; para la existencia del Conocimiento, la del Hombre; para la existencia del Hombre, la de Iblis; y para la de Iblis, la de Allah.
Para que nos entendamos —en principio y con carácter previo a una explicación esotérica de lo que suponen estas imágenes propuestas por el Corán— partimos de que Iblis es aquél que se negó a rendirse ante el hombre cuando éste fue creado, el Shaytán es el que le causó la expulsión de la Yannah, y los shaytanes son las manifestaciones destructivas con las que nos encontramos en la cotidianeidad.
Iblis
Comencemos hablando de Iblis. Según nos cuenta una tradición islámica —basada en el Corán— Iblis es la creación secreta de Allah. Desde un punto de vista esotérico puede decirse que Iblis es lo que hace posible toda la Creación, y —en lo que nos afecta— al hombre; Iblis es esa invención de Allah que permite que lo específico de una creación suya —como es el hombre— sea considerarse separada del Todo. Iblis produce con su negativa a rendirse ante el hombre un extrañamiento en la Creación. Hasta ese momento, en el proceso creador todo ha sido armónico, todo ha obedecido a Allah, pero de pronto surge una aparente desarmonía en el seno de la Creación: Iblis se niega a obedecer a Allah. En realidad, trataremos de explicar que tal desarmonía no es auténtica... ¡Es tan sólo que el Uno está dejando paso a la existencia de cosas opuestas en su seno!
La clave para comprender este pasaje nos la da el propio Corán. Queriendo amortiguar el impacto de la verdad desnuda hemos dicho: “Iblis, con su negativa a rendirse ante el hombre”, y otros maquillan el concepto aún más traduciendo: “a servir al hombre”; pero realmente el Corán dice: “con su negativa a postrarse en adoración” (usyudu), con su negativa a hacer suyud ante el hombre (Sura 2, 30-39). 
El texto sagrado nos presenta una doble cuestión —dos puntos aparentemente oscuros— que precisa de una explicación más profunda. Primero: Allah, que todo lo puede, que todo lo sabe, y que no concedió libertad a otro ser más que —en todo caso y según algunos filósofos— al hombre, crea un ser como Iblis, arrogante en esencia, y le ordena que haga lo que no está en su naturaleza hacer: postrarse. Y segundo y más importante: Allah ordena a toda la Creación, incluido a ese ser incapaz de postrarse llamado Iblis, que haga suyud —que sólo a Él le es debido, pues lo contrario es shirk— ante el hombre. Allah ordena algo que más tarde va a constituir el único ‘pecado’ del musulmán: el suyud ante un ser que no sea Él.
Muchos de los comentadores, desasosegados, tratan de esquivar este verbo irreemplazable y terrible, usyudu, núcleo terrible de un ayat para el que apenas estábamos preparados: “Allah les ordenó que hicieran suyud ante el hombre”; y hablan de que, como obra suya que era el hombre, postrarse ante la obra era como postrarse ante Quien la hizo. 
Sabemos con certeza que sólo Allah debe ser objeto de suyud. En una lectura superficial, lo que hizo Iblis fue desobedecer a Allah. En una lectura más profunda, Iblis fue sólo esa parte de la Creación que no pudo soportar hacer suyud ante algo que no lo merecía. El hombre creyó que era digno del suyud de la Creación1, pero un ser se negó a aceptar la naturalidad de este hecho. Esa negativa es esencial para el hombre: si Iblis se hubiera postrado ante Adam, el hombre habría sido confundido por Allah. Sin cuestionamiento alguno a su poder, se habría creído el mismísimo Dios.
Es, pues, lo que recibe Iblis, más que una orden para ser cumplida, una orden para ser desobedecida, como si se le ordenara al agua que incendiara un leño. Ya veremos por qué a Iblis, más que ordenarle que se prosternara, se le pidió que exhibiera su incapacidad de hacerlo... ¿Para qué? Hasta donde podemos comprender, para que el hombre reaccionara ante esa escena.
Desde aquel instante —entiéndase este modo historicista de hablar— entre las criaturas ha habido siempre una que ha sido su perpetuo enigma, algo que intuye que no puede controlar, pues —piensa el hombre en su simpleza— no lo pudo hacer ni el propio Allah; cree que ni siquiera abandonándose a Allah puede controlar esa realidad oscura que desobedeció al propio Allah. 
La naturaleza interna de ese ser que nunca se le ha sometido, que no se sometió a Allah, es un reto a su orgullo que desearía tener poder por sí mismo como lo tiene ese extraño ser, y un desafío a su inteligencia que querría conocerlo todo. Para el sufi, este ser abyecto que es Iblis —como aquel líder mundial del Anarquismo de El hombre que fue jueves de Chesterton— acabará siendo el Jefe de la Policía Mundial encargado en desactivar el Anarquismo. Por la existencia de Iblis el hombre encontrará a Allah, lo único que no puede ser sometido al poder de ser ninguno.
En ese suyud de todo lo creado ante Adam tiene su origen la idea del hombre de ser algo diferente del resto. Pero Iblis, por voluntad de Allah, le salvó... le salvó de creérselo completamente, permitiéndosele volver a la fitra cuando comprendiera la homogeneidad ontológica de la manifestación del tawhid. 
Véase el asunto desde este punto de vista: Iblis al cuestionar este valor omnímodo que el hombre se da a sí mismo, fue el último reducto de la Creación de orden y sentido común. ¡E1 hombre no merece el suyud! Las razones que da Iblis, a su vez, tienen su propia interpretación, pero quedémonos por ahora sólo en su acción: no se postra ante el hombre.
Consideremos, por otra parte, que Allah no pidió a las criaturas que se postrasen: se lo ordenó; sabemos que la orden de Allah es creadora de existencia. ¿Es este caso una excepción? Consideremos por un momento el absurdo de que la negativa de Iblis, su voluntad, valga tanto o más, en términos ontológicos, que la orden de Allah, puesto que la negativa de Iblis prevalece a la orden de Allah... 
¿Tendría esto el menor sentido de no ser porque Iblis no es más que una imaginación creada por Allah, un recurso para hacer posible que lo Uno Único, sin partes ni determinación, se manifieste? Realmente, ni Iblis desobedeció, ni existió ni existe. Sólo existe Allah: sólo Allah es real. Iblis fue esa primera ficción de desobediencia de un ser a Él, que Allah puso en escena ante un único espectador: el hombre. Sólo hay que observar que hasta que no es creado el hombre, Iblis no aparece en el relato del Libro. En adelante, Iblis habría de vivir tan sólo en el corazón del hombre. No es, nunca fue, un ser aparte, corno el resto de los vivientes. 
El hombre debía ser como es, una criatura que cree que puede ser real algo que no sea Allah, y para ello debía de asistir a un espectáculo absurdo y extraño, a saber, que una de las criaturas de Allah con su propio poder se enfrentara al poder Omnipotente de Allah y lograra no sometérsele. Esto no tiene el menor sentido, si se piensa bien.
Con esa impresión, con ese mazazo en el corazón del hombre —causado por una simulación de desgajamiento en el seno de lo Uno, por una apariencia de discordia— se corrió un velo entre Allah y el hombre, y se hizo posible el Conocimiento en el Cosmos, haciendo que el hombre sintiera que había seres que de verdad existían individualmente, con voluntad autónoma (de Allah), que podía haber contrarios conformando todo el mundo de la manifestación, y de este modo quisiera conocer no sólo a todos aquellos seres que no formaban con él una unidad, sino también a sí mismo. 
Si sólo fuera Allah no habría Creación, pero tampoco existiría el Conocimiento. Por eso, la Creación es esencial para el Creador, porque es fundamentalmente un acto gnoseológico de Allah para consigo mismo (de una naturaleza tal que no acertamos a concebir). En un conocido hadiz qudsi dice Allah: “Yo era un tesoro escondido, para ser conocido creé el mundo”. En la acción de descorrer velos, es Allah —y sólo Él— el que sabe de Sí mismo.
Con el artificio de Iblis, Allah plantea al hombre una prueba: primero le da cuenta de su dignidad, no igualada por la de ser vivo alguno de la Creación ni potencia celeste, haciendo que todos se le sometan, excepto uno de ellos que no se le prosternará: en esta distinción que hizo Allah de Adam al crearlo tiene su fundamento la idea del hombre de considerarse substancialmente diferente —y mejor, en términos absolutos— que el resto de la Creación. Más tarde, en la Yannah, el hombre prueba a desobedecer a Allah como viera hacer a Iblis, con ese poder de no reconocer a Allah que ha visto en Iblis, y definitivamente eso le situará fuera de la fitra, de la naturaleza original. 
Sin embargo, frente al planteamiento cristiano, el Corán no se ceba en esta actuación inicialmente desafortunada del hombre, porque si Iblis fue fiel a la naturaleza arrogante con la que había sido concebido, el hombre fue fiel a la naturaleza ignorante con la que había sido dado a luz. Su desobediencia fue sencillamente una prueba de que el velo había sido —manifiestamente ya— extendido sobre lo creado: la desobediencia del hombre no es culpable porque se basa en su ignorancia, y la razón de su ignorancia es su conciencia de ser diferente del resto, su verse a si mismo como criatura y no como parte indivisible de un Todo: pero será justamente esta conciencia de criatura la que exigirá de él nada menos que la búsqueda del Conocimiento, razón última de la Creación.
El hecho de la salida del hombre del Paraíso, sombra protectora, tiene una significación particular desde el esoterismo islámico: Cuando Adam sale del Paraíso sabe del día y la noche, sabe de las criaturas (dicen las tradiciones más antiguas que han llegado hasta nosotros), porque en el Paraíso no había más que sombra que posibilita la vida a resguardo de la luz cegadora del exterior2. La salida del Paraíso es el nacimiento del hombre, la hominización, la salida del útero, como su muerte es la vuelta a Allah.
Tras ese acto de desobediencia de Iblis a Allah, cuyo objeto es hacer que el hombre perciba el mundo como pares de opuestos (tras los que nunca ha dejado de estar la Unidad), vuelve a ser Iblis —a través del Shaytán— el que logra con sus tramas dar a la especie humana los límites naturales con los que la conocernos: el hombre ya había sido creado por Allah, pero no como es el hombre, sino como “desconocedor del bien y del mal”, es decir, sin conciencia de sí, y por tanto no era más que materia de hombre.
Lo específico del hombre es justamente su conciencia de estar separado del resto de la Creación, ser diferente del Todo, y, por tanto, poder pensarlo; y esta conciencia surge desde ese otro “acto de desobediencia a Allah” que es el comer del fruto prohibido. El nacimiento del hombre, del hombre de verdad, es lo que significa el acto de ser sacado de la protección del Paraíso en donde se era sin conciencia de ser. El hombre, tal y como es, es a partir de que sale del Paraíso; ergo Allah ha utilizado a Iblis-Shaytán para que el hombre sea. La naturaleza verdadera de Adam, del hombre, no era la que tenía en la luz de Allah, ni en la sombra dulce del Paraíso, sino la que tiene a partir de que deja de estar revestido de luz (en la nuraniyya) y se viste de ‘piel’ (Âdam) a partir de ‘barro’ (Adim).
Sobre esta cuestión, el barro con que se hace el cuerpo de Adam, convendría decir algo más, pues es el motivo que da Iblis para no sometérsele. Iblis argumenta que él está hecho de fuego —que es luz que ya no crea existencia sino que la destruye— mientras que en Adam sólo ve el barro de que está compuesto. No puede ver la luz que alberga su corazón. Por eso, porque se mueve dentro de lo fenoménico tomado como realidad absoluta, no se postra. Porque hace ver al hombre que los fenómenos son la realidad, no se postra. Es Iblis el que hace que el hombre que no sepa ver más allá de los fenómenos no se postre. Esa es su herencia; ése es su legado al hombre: “El mundo es lo que parece”. Frente al legado de lblis, el Corán nos recuerda: “Allah es el Evidente y el Oculto”. Ni Sólo el Oculto, ni sólo el Evidente.
Trascendamos, pues, la idea de la que partimos de Iblis como un ser cuyo poder en el principio se enfrentó al de Allah, y dejemos de lado la idea del Shaytán como lo que indujo al hombre en la Yannah a repetir la rebeldía contra Allah que vio en Iblis, y comprendamos ambas figuras como lo que son, un mizal, un símbolo que nos propone el Corán para ‘golpearnos’ con él, un símbolo de eso que dentro del corazón humano tiende en cada instante a no postrarse ante su Creador. Porque, se llame Iblis o Shaytán, no es otra cosa en realidad que ese espacio de nuestro corazón que no quiere someterse a lo que ordena Allah: Iblis está dentro de nosotros, de alguna forma —ya veremos cómo— separándonos de Allah, ciertamente, pero también nos hace ser lo que somos, esa especie animal que tiene la responsabilidad del Conocimiento. No importa cuánto pretenda Iblis separarnos de Allah, cuánto luche porque no lo adoremos, mientras a diario nos postremos, también físicamente, ante Allah, mientras nos comportemos como siervos; de ahí la importancia de no descuidar la ibada). Iblis no tiene poder sobre el hombre, más que el poder que el hombre le conceda sobre sí mismo. Su trabajo es hacer que aparezca dividido lo que realmente está unido. Si a Allah no lo cubriera el velo, si lo viviéramos en su unicidad, si sintiéramos a Allah tal y como es, desapareceríamos. Lo que nos hace posible es que nos creamos separados: justamente Iblis es eso por lo que consideramos que Allah es algo frente a nosotros que podemos obedecer o dejar de obedecer.
Iblis es lo que hace que creamos que somos diferentes a lo que adoramos. No sería posible ser ‘abd sin considerarse diferente al rabb ante el que uno se postra. Y, en este sentido, Iblis es nuestra protección, porque sin ese velo entre nosotros y Alláh no existiríamos. Por tanto, Iblis, que es un susurro permanente en el corazón humano que te hace pensarte distinto del Todo, no es algo que te impida la vuelta a Allah, mientras tú no te postres ante Iblis. 
No es un Señor del Mal, sino una pieza más del mecanismo de la Vida. La razón de su existencia es hacer que te pienses como algo diferente del objeto de tu búsqueda, como algo diferente del objeto de tu Conocimiento, y por tanto está puesto ahí por Allah para servirle del modo en que lo hace. Sirve a Allah con su naturaleza separadora de la realidad. De verdad, realmente, hemos visto que Iblis “no separa nada”, pues no tiene poder alguno y ni siquiera es; sólo es eso que en nuestro corazon es afectado por la ilusión de la separación para que sea posible el mundo. Cada ser del mundo es posible porque preserva su parcela de ‘yo’ frente al resto. Eso es Iblis. Y, en ese sentido, el nafs es la organización básica del cosmos, sin lo que el cosmos sería un continuum. y por tanto no sería mundo, sería Allah. 
¡Iblis es el velo de Allah, gracias al que el mundo es! Sin Iblis, no se podría concebir otra cosa que la Unicidad absoluta y reductora de todo a sí mismo que es Allah. No habría mundo, puesto que no puede haber nada junto a Allah. Lo que hace posible el mundo —la apariencia de existencia de las cosas— es que Allah esté velado. Pero este velo no es nada radicalmente diferente de lo velado. Allah es lo velado y es el velo. El velo es el modo en que Allah hace posible que exista el mundo. Evidentemente, si sólo Allah es al-Haqq, Lo Verdadero, si sólo Él es real, el velo es parte de Allah, y por tanto Iblis forma parte de Allah.
Somos conscientes de lo incómodo que puede ser lo que estamos diciendo para quien no esté preparado para comprender lo que significa hasta sus últimas consecuencias el tawhid de la Creación: supone que Iblis no es algo opuesto a Allah, más bien al contrario, es algo con lo que Allah crea el mundo y, en concreto, al hombre. Iblis es necesario para que el hombre exista y es necesario que exista el hombre para que, en su intención de vuelta a Allah, Allah se conozca a Sí mismo. 
No es que Allah “necesite de Iblis” para crear al hombre, ni “necesite del hombre” para crear el Conocimiento, porque ni la necesidad ni la contingencia son categorías aplicables a Allah sino a lo manifestado: no hay nada frente ni junto a Allah. Es más bien que Iblis es el mecanismo de Allah con que Allah crea al hombre, y el hombre, con su vuelta a Allah, es ese recurso creado por Él para conocerse a Sí mismo. El hombre, al considerarse distinto del resto, al no saberse en la fitra (naturaleza primordial), a causa de Iblis, tiene una necesidad de conocerse que no tiene el resto de lo creado; y puesto que, desconectado de su Creador, el ser humano no se comprende a sí mismo, al conocerse el hombre, conoce a su Señor. Pero ahí no queda la cosa: lo más tremendo, lo que nos hace temblar, es que al conocer a su Señor, su Señor se conoce a Sí mismo.
Alguien puede plantearse que estoy negando la materialidad —corporalidad, exterioridad— de lo shaytánico, remitiéndolo al fondo de la conciencia. Nada más lejos de mi intención. Afirmo con rotundidad que lo shaytánico adopta formas, más efímeras o más estables, actuando destructivamente sin dar lugar a la menor duda acerca de su presencia efectiva y terrible en la Creación. 
Desgraciadamente, no es sólo una posibilidad de la conciencia humana, es una realidad histórica, social, política, económica, intelectual... No basta con ignorarlo para hacerlo desaparecer, porque “está ahí fuera”, en el mundo, haciendo Historia —los más execrables capítulos de la Historia—produciendo hambrunas, torturas, talas masivas, contaminación, asesinatos, guerras, enfermedades, masacres...
Iblis el Shaytán está dentro del corazón, sugiriendo la distinción entre lo real, y los shaytanes estan fuera, son encarnaciones puntuales de Iblis el Shaytán, cuyo resultado es destructivo para el hombre; lo shaytánico es todo aquello que trata intencional y gratuitamente de destruir al hombre. Es Iblis el Shaytán el “príncipe de los shayatín”. Éstos adquieren unas formas u otras del cosmos, del cual Iblis el Shaytán es un principio elemental. Ya sabemos que lo propio de lo shaytánico es el placer de la destrucción de “lo otro”, pues bien, sin Iblis el Shaytán nada de la Creación sentiría placer en la destrucción de nada. Lo shaytánico es posible siempre que haya quien se crea separado del resto para destruir algo que no considera que tenga nada que ver consigo mismo: ésta es la obra de lblis el Shaytán.
El mundo en que se mueven los shaytanes, ¡al hamdulillah!, nos es extraño y ajeno; pero intuimos que obedece a dictados secretos del Señor de los Mundos, que normalmente no acertamos a comprender. Sabemos poco de este mundo de la manifestación shaytánica en la cotidianeidad. Constatamos, por ejemplo, que aquellos seres humanos que han sido desposeidos de su nafs —o los que aún no lo han construido— no entran en el campo habitual de la destructividad humana: los locos, los niños, los santos (awliyá), los que abandonan por completo su nafs —como norma general— están protegidos, porque esa ausencia de nafs que muestran desarma nuestra capacidad de destruir. Eso nos da claves para una perspectiva esotérica acerca de lo shaytánico. Si no planteamos el mundo shaytánico lejos de nosotros, encarnado en criaturas abominables, que también las hay, sino en nuestro propio interior, en nuestras acciones, nos daremos cuenta de que cualquiera de nosotros puede ejecutar una acción shaytánica, destructiva de lo humano. 
Aparte de acciones puntuales por las que los shaytanes intentan destruir la luz de algunos seres —cuyo efecto último es, paradójicamente, la multiplicación de la luz, en cuyas acciones los shaytanes son usados para que la luz se difunda— habitualmente el objeto de las invectivas del shaytán que hay en nosotros mismos es el nafs: resulta que un shaytán trata de destruir todo aquello que no se ha abandonado plenamente a Allah, todo aquello que da más realidad a su nafs que a Allah. 
Es, pues, un shaytán, con su permanente llamada de atención al universo en guerra en que nos sitúa dar realidad al nafs, un siervo que sirve a Allah. El que se considere algo frente al Todo actúa a veces como shaytán, destruyendo a otros ‘nufus’ que entiende que le hacen más o menos dificultosa la existencia: “tu muerte es mi vida” que decían los latinos. A su vez, el que se considere algo frente al Todo está pintándose a sí mismo una diana en el corazón hacia la que los otros ‘nufus’ tenderán sus arcos. No hay nafs que soporte la existencia de otros ‘nufus’. 
El nafs tiende a expandirse hasta ser el único nafs; decía Hobbes: “Yo tengo por naturaleza derecho a todo”, y Max Stimer: “Yo, el Único y mi propiedad”. Y lo cierto es que ese principio en la Naturaleza, por el que el nafs tiende a abarcar todo lo que pueda, es ilâhico: al final del proceso de una verdadera expansión del nafs —y no de una destrucción del mismo a base de destruir su exterior3— cuando sólo exista tu ‘yo’, sólo entonces podrás decir ‘Yo’, pero será Allah el que lo diga y no tú, como decía un sabio sufi: “No digas ‘yo’ hasta estar inmerso en Allah”.
En resumen, sin Iblis el Shaytán sería tan inconcebible separar al hombre de la fitra y enfrentarlo a los demás hombres —haciéndolos actuar como shaytanes—, como su misma aparición en la escena de la Creación y la adquisición definitiva de la naturaleza que es la propia de su especie. Porque el hombre es esencialmente eso: la pulsión dentro de la Creación de no considerarse parte de esa Creación. El musulmán está convencido de que todo lo creado sirve a Allah; tanto Iblis como los shaytanes están al servicio de Allah, aunque no siempre comprendamos el servicio que hacen a su Creador. Pero los musulmanes no juzgamos la Creación. Nos abandonamos a ella con la completa seguridad de que nada ¡nada ni nadie! escapa al poder de Allah. 
Los shaytanes hacen lo que hacen —son consecuentes con las naturalezas con las que han sido creados— por voluntad de Allah, Creador de todo tal y como es, y al que no se sustrae el ser de nada de lo que existe. “Yo sé lo que vosotros ignoráis”, contestó Allah a los malaika que cuestionaban la necesidad de que fuese creado el hombre. Allah sabe la necesidad que el cosmos tiene de la existencia del hombre, aunque los malaika piensen que sólo sea algo “que crea el desorden”, porque el desorden es el fruto del nafs pero sin el nafs que nos crea la ilusión de ser algo diferente del resto no sería posible el Conocimiento; Allah sabe de la necesidad de la existencia de los shaytanes, que destruyen la vida para que la vida sea posible como ocurre con las células de nuestro cuerpo, que podemos regenerarlas porque mueren las anteriores. Los shaytanes son una invitación permanente a dejar de considerar real al nafs y a que nos abandonemos de una vez en Allah, y sobre todo una invitación continua a dejar de juzgar lo creado —que no es al fin y al cabo sino un juicio sobre su Autor— y Allah sabe de la necesidad de la existencia de Iblis el Shaytán, auténtico velo de Allah entre Él y esa criatura que buscando conocerlo Le hace conocerse.
Pero sólo Allah sabe.
Notas.
1. La orden literal fue dirigida a los malaika, al malakut, entendiendo por éste el espíritu de todas las cosas, sobre las que al hombre se le concedió tasrif (potestad).
2. Nótese que el verbo yanna significa ‘oscurecerse’, y el término yunna ‘escudo’, lo cual nos lleva a entender ese yanna como un jardín con todas las características de un oasis en medio del desierto.
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