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Historia del Alma

En el umbral del noroeste chino

02/03/2000 - Autor: Zhang Chengzhi*
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Presentamos a continuación el texto del escritor chino Zhang Chengzhi (Beijing, 1948), valioso testimonio de un intelectual a quien determinadas circunstancias llevan a descubrir la compleja realidad cultural de su patria, realidad que su obra narrativa ofrece a los lectores. Parte de la misma ha sido traducida al inglés y al francés. Sobre su última novela, Historia del alma (Beijing, Ed. Hua Cheng, 1991), ha escrito Liu Chengiun, investigadora adjunta del Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias Sociales de China:

"¿Las reflexiones metafísicas son privilegio de las personas acomodadas, como decía Schopenhauer? ¿La religión es de veras el opio de los pobres? ¿Será el espíritu algo obsoleto en el mundo actual? ¿Cómo se armonizan el ser, el actuar y el crear de un poeta? ¿Puede haber una buena literatura apegada a y a la vez distanciada de la realidad? ¿Cómo fue y cómo será la transformación de las culturas foráneas al llegar a China? ¿Cuáles son las características de la literatura y la cultura populares"

Historia del alma nos plantea estas preguntas y nos ayuda a encontrar las respuestas. De este libro se tiraron 7500 ejemplares en China, en 1991, los cuales se agotaron en poco tiempo. Se ha suspendido la reedición, muy demandada, y ha surgido una edición no oficial. La han comprado con mucho entusiasmo los Jahriya y gentes de otras tariqas, los musulmanes y los no musulmanes, los intelectuales y los campesinos, incluso los que no saben leer y escribir guardan el libro para sus hijos.

Estoy en la encrucijada de mi propia vida. Tal vez ésta sea la última alternativa frente a la cual tengo que decidir. Siento el cuerpo y el alma rasgados por el dolor. La inspiración me llega como una marea. La tibia oscuridad me protege, pegada a la piel. Callado, me esfuerzo por contener la emoción y el desasosiego en este deslinde. Sin embargo, tengo que considerar que ustedes ya están reuniéndose, están esperando inquietos la partida, y que ya se ha abierto la puerta del majestuoso y desolado Altiplano Loess del Noroeste.

Sofocado por la inspiración y la pasión, me siento muy pequeño para lo que este vasto mundo me está exigiendo. Se ha revelado completamente el secreto, dejándome ver la esencia como un gran oleaje que súbitamente nos sorprende. Historias y personajes innumerables están fundiéndose para solidificarse luego en un bosque de rocas. Estoy entusiasmado a la vez que aterrorizado, sintiendo en carne propia mi insignificancia. Sólo quiero integrarme a ellos a toda costa, convirtiéndome en una espuma de aquella marea, en un ángulo de aquellas rocas. Sin embargo, la misión que me incumbe es describirlos. ¿Cómo será esto posible?

Es incorpóreo el hierro en el crisol, e incorpórea la gente en aquella gran escena: un gran contingente se lanza desde el monte bramando y levantando una tierra amarilla que oscurece el cielo. Es incorpóreo todo esto que tengo que describir: el estado de ánimo, el carácter, la voluntad y el deseo de sacrificio.

Además, es imposible expresar todo esto mediante las formas clásicas. Ni siquiera mediante la estructura de esos cuentos donde aparecen varios hombres y una mujer, ni con la estructura de mis novelas anteriores, La choza de barro amarillo o Investigación sobre el asesinato en el Oeste. Todo esto no alcanza el tamaño de lo que siento. ¿Debería escribir en forma de poesía?

En el último periodo de mi creación literaria di rienda suelta a mi inclinación lírica, dejando fluir con toda libertad mi conciencia para reforzar lo que realmente me gusta. Pero lo que el Noroeste me encarga ahora es describir un proceso complicado, único fundamento sobre el que puedo escribir líricamente tratando de contar con sencillez esta historia intrincada desde el comienzo hasta el final, lo cual también implica la desaparición de mi discurso personal. Quizá lo que persiga sea precisamente este desaparecer.

Desde hace mucho tiempo he combatido en varios campos de batalla como un soldado solitario. Ahora, poco a poco, está creciendo en mi corazón un sentimiento extraño, el sentir propio del soldado o del hombre que desea ser convertido, conquistado y asilado por algo generoso. Y lo he encontrado. Ansío poder describirlo para ustedes, mis lectores. No deberá ser, pues, sólo una experiencia privada; espero que lo comprendan, por lo menos que comprendan a ese Noroeste donde me perdí en los últimos años.

Tampoco debe ser una historia de intelectuales cursis. La llamada historia se había desvanecido desde hacía mucho tiempo en el Noroeste por la miseria de esta región y el analfabetismo de sus protagonistas. Detesto a aquellos que al descubrir una hoja, en seguida deducen que había un bosque. El Noroeste es profundo, callado, soporta una sequía y un desastre inimaginables, y a pesar de ello siempre espera la oportunidad de abrir su corazón.

En pleno invierno de 1984, y absolutamente por un designio de Dios, me adentré en el Noroeste. Apenas es posible recordar las peripecias extrañas y las experiencias que he tenido durante seis años enteros, desde aquel invierno hasta hoy, y recordar la conversión total que he experimentado durante este periodo.

El Noroeste cubre un territorio extenso; Ganzu y Ningxia, dos de sus cinco provincias, son inmensas, por no hablar de toda la región. Vacilé mucho tiempo pensando en un lugar que me pudiera satisfacer, y decidí finalmente ir a Xihaigu. Xihaigu, un nombre sonoro para mí, es la abreviatura de Xiji, Haiyuan y Guyuan, tres distritos situados en el sur de Ningxia, y es ahora el nombre que se usa para nombrar a la zona montañosa habitada por el pueblo hui, en el extremo sureste del Altiplano Loess.

Hace seis años, como una partícula en el viento, caí, inesperadamente, sin darme cuenta, en Xihaigu, y lo que es más importante, caí en su corazón: Shagou. Allí conocí al auténtico amigo de mi vida, que creía que me había esperado por designio de Dios. Él es un campesino de etnia hui que conoció la miseria desde muy pequeño. No tenía dinero para ir a la escuela, pero con gran esfuerzo logró leer y escribir a duras penas, y leyó sufriendo A la orilla de las aguas; se llama Ma Zhiwen.

Nunca voy a olvidar y siempre le agradeceré a este campesino hui de Shagou su ayuda por haberme iluminado. Comienzo a escribir este libro sabiendo desde ahora mismo que él va a estar en una inquieta expectativa. Siento verdaderamente su mirada que, como algo tangible, me está quemando esta mano derecha que aprieta la pluma. Desde ahora hasta terminar este libro, Ma Zhiwen estará más tenso y serio que yo. Sé que cuando yo discuta sobre mis manuscritos del libro con los señores de la editorial, él y su mujer estarán cosechando el lánguido trigo madurado por el seco viento proveniente de las desoladas montañas de alrededor. En los días despejados, si uno mira a lo lejos desde estas montañas, los picos y los pliegues de Xihaigu parecen un inmenso mar de tierra amarilla.

¿Cómo describir a personas de tanta hombría de bien como él? Ningún medio literario tradicional serviría para describirlos. Cavilo mucho sobre qué tipo de escritores y obras estarán esperando Ma Zhiwen y sus paisanos. No leen historias ni novelas tradicionales, incluso se oponen a aprender a leer y escribir; y sin embargo, personas como ellos son los que están esperando mi libro. No puedo expresar todo lo que siento.

Gracias al conocimiento de este campesino hui, estoy acercándome paso a paso a la Jahriya, tal y como lo describo en este libro. Jahriya es una tariqa dentro del pueblo hui chino, un grupo que ha sufrido una terrible represión y que se ha sacrificado mucho por sus creencias y por defender la justicia humana. La Jahriya, que es parte del pueblo hui, integra a unos siete millones de personas en China. ‘Jahriya’ es palabra árabe que significa "oración en voz alta".

Los siete millones de personas que forman el pueblo hui son descendientes de los musulmanes que se han integrado al pueblo chino a lo largo de la historia. Desde la dinastía Tang (618-907) hasta la dinastía Yuan (1206-1368) hubo una continua inmigración, voluntaria o forzada, de comerciantes, artesanos y militares musulmanes procedentes del Asia occidental, del Africa septentrional y del Asia central que llegaban a China. Algunos venían en clanes completos, otros llegaban en flotas mercantiles (si el puerto de Guangzhou y el puerto de Quanzhou fueron los puertos internacionales más importantes en la Edad Media, fue precisamente por las relaciones comerciales y migratorias que los musulmanes habían iniciado con China. Así, el nombre del río Perla se debió al hecho de que el río se había tragado las perlas en los naufragios de los barcos de los comerciantes árabes de joyas). Debido a que los gobernadores fueron dirigentes musulmanes durante la dinastía Yuan, la provincia de Yunnan se quedó desde entonces dentro del territorio chino y sigue siendo una de las zonas más habitadas por el pueblo hui en China.

Posteriormente, el pueblo hui se estableció en todos los rincones de China. Algunos se casaron con las mujeres del lugar y sus descendientes eran físicamente parecidos a los chinos, de modo que resultaba cada vez más dificil distinguirlos. Una o dos generaciones más tarde, la fuerte asimilación de la civilización han les hizo olvidar sus propias lenguas: el árabe, el persa y otros idiomas del Asia Central. Desarraigándose de la tierra natal y de la lengua materna, se convirtieron en un tipo de chinos creyentes.

Poco a poco, a la gente común empezó a extrañarle el hecho de que estos hui, sin ninguna diferencia de idioma ni de vestido con los han, tenían la rareza de no comer carne de cerdo. Los chinos tienden a ver las cosas de una manera ambigua. A medida que ha ido pasando el tiempo, la comprensión de los chinos hacia el pueblo hui se ha hecho cada vez más confusa. El serio sistema monoteísta y el principio del ayuno, de origen judío, han sido malentendidos entre la broma y la ignorancia.

Para los chinos, la creencia religiosa es algo difícil de comprender, a pesar de que en China siempre hay gente que pide algo mientras está quemando incienso, templos majestuosos por todas partes, incontables estatuas e imágenes de dioses.

Rodeados por el mar de la civilización han, estos foráneos hui fueron perdiendo su creencia después de haber perdido su tierra natal y la lengua materna. Tal vez entre los siete millones de personas que integran el pueblo hui, los que mantienen hoy su creencia sean apenas la mitad. Jahriya es el núcleo de estos creyentes. Oscilan entre las cuatrocientas mil y las seiscientas mil personas.

Tal como sucede en el judaísmo o el cristianismo, todas las religiones importantes de carácter universal tienen en su seno muchos grupos y tariqas; este es el caso de los hui, uno de cuyos grupos es Jahriya.

Cuando di a luz mi novela titulada El pastizal dorado, se celebró una pequeña reunión festiva entre amigos. En la reunión, presenté al campesino de Shagou, Ma Zhiwen, como el huésped más importante y distinguido a los invitados, entre quienes se encontraban Wang Meng, entonces ministro de Cultura, y Bao Boyi, la señora del entonces embajador norteamericano en China. Bronceado y serio, Ma Zhiwen permaneció allí sentado sin moverse desde el comienzo hasta el fin. No quiso probar ni un bocado de carnero asado, ni un sorbo de refresco, como si estuviera pasando una severa prueba. Los amigos mongoles estaban cantando frenéticamente, los amigos kazakos estaban bailando con gran entusiasmo, mientras que Ma Zhiwen estaba como una montaña, callado e inmóvil, con su gorra blanca.

Él solo equilibró mi mundo. Estaba esperando que me despidiera de todo esto, me alejara de todo esto y regresara con él a casa. Cuando estaba solo, siempre miraba absorto frente a una perspectiva confusa. A medida que pasaba el tiempo, tuve la ambición de captar la imagen de Jahriya. Desde que conocí a Ma Zhiwen, en el momento en que estaba terminando todo lo relacionado con El pastizal dorado, milagrosamente, mis escritos empezaban a tomar su apellido de creyente y su nombre empezaba a conducir mis textos.

Yo había viajado mucho por el inmenso norte de China. Más tarde, abandonando el empleo y el salario, viajé por aquel norte que tiene por centro a las montañas desoladas de Xihaigu. Dejé una vez más que el áspero y seco viento del Noroeste rozara mi piel, con el corazón siempre lleno de emociones. Por el oeste llegué a Yili, al lugar donde una mujer de Jahriya se sacrificó hace doscientos años por su fe, a la orilla del río Yili. Por fin, junto a estas personas, me prosterné por primera vez en mi vida: aquel día llegué a sentirme consolado. Por el este llegué al río Songhua experimentando en carne propia el sufrimiento de los exiliados. Visité más de veinte tariqas y grupos religiosos, y aprendí de muchos grandes maestros ocultos entre el pueblo. Tuve el placer de sentir mi propia conversión: el yo renacido es firme y callado.

Alrededor de la qubba (o sea, tumba de los santos, que son respetados por Jahriya y muchas otras tariqas quienes consideran que los santos son el agente entre el pueblo y Allah), conocí a más hui de Jahriya. Después de que Ma Zhiwen me presentó a ellos, se peleaban por contarme sus historias: una cara áspera y bronceada se convirtió en innumerables caras diferentes. Estos rostros me atraían, me absorbían y me encantaban. Pero cuando aquel momento de un nuevo comienzo me llegó, yo no tenía ninguna conciencia, ni me di cuenta de que había llegado el instante del viraje radical de mi vida, predispuesto por el todopoderoso Señor de la Creación.

Me sumergí en este mar. Me hice uno de ellos. El encanto era grande. Escuchaba sus cuentos, los relatos de cómo no menos de quinientos mil chinos se atrevieron a sacrificarse durante un período de doscientos años con el fin de defender la pureza del alma. Entre los chinos, que se conforman con cualquier forma de subsistencia, pude conocer a un grupo de mártires. La gran sorpresa que este descubrimiento me produjo me sacudió todo el cuerpo. Ellos resplandecían como fantasmas frente a mis ojos, me sostenían como las olas al barco. Son gentes sencillas y rectas, dinámicas y vivas, de modo que sólo pensar en ellas ya es de por sí un gozo. Su nombre colectivo en Jahriya es dustan, plural de dust (amigo), palabra que se usa mucho entre los hui chinos. Para mí, dustan es el pueblo llano que se atreve a sacrificarse por la fe.

¿Acaso es posible describir resumidamente a dustan? Cada uno de ellos puede ser fuerte y brillante por formar parte de este grupo de centenares de miles de personas. Estas personas podían llevar una vida heroica sólo por estar perseverando en una actitud espiritual. Lo que puedo hacer es tratar de considerar a este espíritu como protagonista de esta obra, la más importante de mi vida.

La literatura, el arte, el conocimiento y la inteligencia. Cuando retrotraigo solo estos conceptos a su origen, cuando insisto en preguntarme por su sentido original, me emociono por mí mismo. Ir por este camino es como entrar en un túnel oscuro; si se lograra encontrar el rumbo, se sentiría un deslumbramiento como la sensación de quien acaba de salir de la cárcel. Decidí someter mis escritos al profundo tabú, elevar mi sinceridad a la altura de la fe, actuar como los dustan. Por ello no pude contener mi emoción.

Así tomé la última decisión. Si cabe aquí una palabra encontrada intuitivamente, puedo decir que me encaminaba hacia mi "viaje final". No puede haber lucha más significativa, no habrá oportunidad mejor, no habrá ningún escrito que pueda estar más vinculado con los de abajo. Los hui hablan, respecto de las decisiones religiosas, de "tomar niya" (tomar la decisión). Tomo la decisión, la primera y última niya: ser la pluma de los Jahriya y escribir un libro que ellos defenderán a costa de su propia vida.

Había un episodio. Fue en 1940, tras el fracaso del levantamiento jahriya de Haiyuan y Guyuan. Las tropas del Partido Nacionalista que cercaban estas zonas montañosas se enteraron de que el maestro Ma Guorui, dirigente del levantamiento, se había ocultado en un pequeño pueblo de esta zona, pasando el tiempo en sus lecturas y en los quehaceres de su tariqa. El pueblo, situado en el distrito Guyuan, se llama Shuanglingou. El maestro vivía en casa del campesino Ma Tiancai; después de que éste murió durante el levantamiento, su mujer y los niños cuidaban las dos cajas de madera con los libros que solía leer el maestro. Al enterarse de ello, las tropas del gobierno vinieron a registrar su casa. Cuando irrumpieron, la mujer, que estaba cortando las verduras, inmediatamente levantó el cuchillo y mató a un soldado, luego fue muerta ella misma bajo los bayonetazos de los soldados, quienes destruyeron su casa sin poder encontrar las dos cajas de libros.

Cuarenta años después, cuando Jahriya pudo abandonar la clandestinidad, los descendientes de esta familia encontraron a la hija póstuma del maestro, la tía Fengqin, y le devolvieron muy formalmente esas dos cajas de libros.

El año pasado, las vi y hojeé los libros. Las cajas eran muy viejas y la mayor parte de los volúmenes ya habían amarilleado y olían a moho. No puedo expresar mis emociones de aquel día en que me pareció que sólo aquéllos libros eran valiosos.

Este episodio dejó en mí una una impresión muy viva, tal vez una profunda huella. No puedo apartar la sombra de estos libros. Yo también he escrito algunos libros, con una dedicación total que nadie conoce. Pero no he visto mi defensa por parte de los lectores sino su alejamiento traidor.

Al decidir el inicio de la obra más importante de mi vida, deseo también la decisión por parte de los lectores. Dándome cuenta de que mis viejos lectores me han abandonado fácilmente y se divierten con libros amenos comprados en los puestos callejeros, me identifico sin ninguna vacilación con mis auténticos lectores, los cuales jamás me van a traicionar: los Jahriya.

Al pensar que esta obra será apreciada y cuidada por centenares de miles de personas, me siento muy feliz. Esta es la felicidad primordial, la verdadera felicidad de un escritor. Para conquistarla, cualquier esfuerzo merece la pena, cualquier sufrimiento es soportable. Juré religiosamente.

Los hui del Noroeste, sobre todo los de Jahriya, me ofrecieron una cálida bienvenida. Me tradujeron del árabe y del persa al chino unos cuatro mil libros que habían guardado secretamente en el seno de su tariqa durante mucho tiempo. Empezaron silenciosamente una amplia investigación, entregándome cerca de ciento sesenta escritos, entre historias familiares y datos religiosos. Todos los secretos se revelaron para mí, innumerables pueblos esperaban mi visita, los mawla (alumnos) de las mezquitas disputaban por la oportunidad de trabajar conmigo, dejando de lado a sus jóvenes esposas para acompañarme a buscar las informaciones perdidas.

En los momentos difíciles, especialmente después de que abandoné mi empleo para vivir nada más que de mi pluma, el gran Akhund, líder de la mezquita mayor, hombre muy renombrado y respetado, rompió por primera vez su regla escribiéndome en chino para consolarme y estimularme. Me hice otra vez famoso, pero de una manera que ningún literato famoso puede imaginar. De Xihaigu a Qingtongxia, de Ganzu a Xinjiang, circulaba una vaga leyenda sobre mí entre los campesinos de las zonas montañosas y de la planicie. Viví la alegría, el orgullo y la felicidad como nunca hasta entonces las había conocido.

Ningún otro asunto vale tanto como para que me entregue totalmente a él. La única luz que tengo en el corazón es ésta. Mis decisiones, mis posibilidades y mis límites terminarán también en este asunto. En el otoño de 1989 me tranquilicé para comenzar el amal de mi vida. Generalmente amal se refiere a una práctica religiosa de los hui que quiere decir ‘actuar’. Los hui de Jahriya son tan devotos en el amal que incluso un pollo para la comida ritual tiene que ser encerrado durante un mes para alimentarse de semillas y agua limpias.

A lo largo de doscientos años, ellos solían relacionar el amal con el hecho de combatir hasta el sacrificio. Es un concepto que tiene más peso para ellos que el de otras prácticas religiosas ordinarias (namaz, orar, etc.). Al tomar la pluma, siento por primera vez su peso. ¿Cuál será la forma de este libro? La manera de actuar al convertirme en la pluma de ellos determina ya la forma de esta obra.

La búsqueda espiritual cultiva un sublime humanismo. Este humanismo arraigado en lugares muy pobres y apartados ha sostenido un amplio mundo del alma, cultivado por un pueblo firme como un bosque de rocas. Este pueblo estaba alrededor de sus líderes, o sea, de sus santos llamados murshid. Centenares de miles de personas han dividido su propia historia según las generaciones de murshid. Por lo tanto, tomo su forma como mía dividiendo mi libro en siete partes de acuerdo con las siete generaciones de murshid. Estas siete partes no se llaman capítulos sino men, en correspondencia con los textos secretos internos de Jahriya.

Los siete men del libro van a trazar la primera mitad de la historia de los hui de Jahriya. Temo ya no tener fuerza para escribir sobre la época actual y el futuro. Esta obra de mi vida tiene otra significación, que consiste en un llamamiento. Estoy llamando a los hijos y generaciones más jóvenes de esos cuatrocientos mil jahriyas. Mi vida está agotándose, mi bandera ya está descolorida y rota. No puedo hacer más que dibujar un vago perfil de este bosque de rocas. El futuro dependerá de ustedes, mis jóvenes hermanos.

Tampoco los he olvidado a ustedes, mis lectores han, mongoles y todos los seguidores que no conozco. No los he olvidado en ningún momento. Escribiendo en chino, viviendo sin quererlo en Beijing, estoy muy lejos de mi Jahriya, y quizá sean ustedes los que me están apoyando directamente. No crean que los he abandonado porque estoy andando por aquel Shagou lleno de tierra amarilla. No, no crean que mi libro se refiere nada más que a la religión. Lo que he estado describiendo es el mismo ideal que ustedes han venido persiguiendo. Sí, es el ideal, la esperanza, la búsqueda, es todo aquello amado por nosotros y olvidado por el mundo. También voy a describir muy seriamente ese humanismo que he encontrado por fin. Después de la lectura van a descubrir que este humanismo es mucho más real y valeroso que aquel otro humanismo subastado a bajo precio por aquellos intelectuales chinos.

Tomo prestada una pincelada amarilla del Noroeste, pisando una parcela de tierra amarilla del Noroeste, contando historias del pueblo hui y de otros pueblos marginados. Sin embargo, me preocupo más por ustedes, ansío buscar el humanismo junto con ustedes. Por fin puedo describir a mi pueblo materno. Pero ustedes deben testimoniar que en mi libro no hay estrechez. En lo que describo está el ser humano, la manera de ser humanos, la situación del hombre, su mundo espiritual; también está la sociedad, el carácter humano, el sentido humanístico, que rodean al hombre. En mi libro hay una brillantez humana que los va a conmover. No pueden descubrir esta brillantez en un momento ni en un lugar cualquiera.

Cuando visité en 1987 la oficina general de la Organización Internacional Judía (B’nai B’rith International) que está en Nueva York, ellos se extrañaban por la visita de un hui chino. Yo les dije que la situación de los judíos se parece a la de los hui chinos, y que por ello los judíos constituyen una referencia para los hui chinos. Posteriormente, escribí a un amigo judío del extranjero, cuando regresé por octava vez del Noroeste que amo profundamente, y cuando yo estaba ya listo para empezar este libro. Con el corazón encogido por el sentimiento que se había engendrado a partir de la tragedia épica de los Jahriya, escribí en la carta estas palabras: "es posible que Dios tome por testimonio a los judíos en Europa, y por el mismo motivo, a los hui en China."

Odio la estrechez. No quiero que sientan ningún distanciamiento extraño al leer los pasajes más sentimentales de mi libro. Estas expresiones se deben a que el pueblo de Jahriya ha pagado un precio demasiado alto para que su mundo espiritual no sea agredido, debido a que su silencio es demasiado insoportable. La historia de Jahriya que les voy a narrar es, en realidad, una iluminación de ese camino que buscan ustedes con rumbo al ideal, al humanismo y a la libertad del alma. La experiencia que obtengan con la lectura de mi libro les servirá para su futura decisión.

Para mí, a quien han venido siguiendo silenciosamente desde los libros El corcel negro y Ríos del Norte, esta obra será la culminación de mi trayectoria literaria. No me atrevo a prometer nuevos libros míos que superen a éste, incluso estoy pensando en poner punto final a mi creación literaria.

En 1978 lancé con un coraje juvenil mi consigna de "por el pueblo", tres palabras que fueron objeto de mucha burla. Hoy ya puedo decir con toda dignidad que la he sublimado. Era un compromiso frente a ustedes que hoy he cumplido: no he faltado a mi palabra.

Con el fin de ahorrarles a ustedes, lectores no-Jahriya, dificultades en la lectura, he tratado de introducir algunas nociones. No obstante, van a encontrar ambigüedades en su lectura, porque, a pesar de todo, ésta es la primera narración que cierra un largo periodo de silencio, la primera vez que se publica este secreto. Voy a usar no pocas citas, ya que sería una gran lástima no citar los textos secretos de los grandes escritores que están fuera del círculo de literatos. Para la realización de este libro, Jahriya entregó todos sus textos secretos, que no habían entregado cuando vivía Lu Xun, que no habían entregado cuando Gu Jiegan, el famoso historiador, vivía en Ganzu, y ni siquiera cuando Fan Changjiang, el conocido periodista, visitaba a sus familias.

Los centenares de miles de habitantes del pueblo Jahriya y yo estamos esperándolos. Depositamos nuestra auténtica esperanza en ustedes, esperándolos a ustedes, verdadera esperanza: los han, los judíos y todos aquellos que valoran el alma. Esperamos que desentierren su sensibilidad apagada, que recuerden aquellos misteriosos instantes olvidados, que miren de frente el amor y el humanismo mencionados tantas veces por ustedes, en fin, que nos comprendan.

El inmenso altiplano de la Tierra Amarilla y el Noroeste abren las puertas de par en par ante ustedes dándoles la bienvenida. Desaparecerán la superficialidad y el turismo. Van a sentir la captura de un verdadero conocimiento. Entren a este mundo, acostúmbrense a su sequía y su riguroso paisaje, soporten la dureza del temple. Así se hará realidad aquel deseo que abrigan desde hace mucho tiempo, así serán hombres de llanto y risa.

Cuando regresen del Noroeste por octava vez y de Xihaigu por décima vez siguiendo el mapa de mi libro, van a sentir la participación en mi creación. Al volver a leer mi libro con detenimiento después de limpiar el sudor y el polvo en la frente, éste les parecerá más bello debido a su participación. Estoy seguro. Entonces, van a tocar no solamente mi corazón sino el corazón del Noroeste. Mi sentimiento, su sentimiento y el sentimiento de los mártires se empujarán entre sí. El temblor de aquel momento será increíble. No tengo ninguna duda sobre la llegada de este valioso momento. Lo adoro. La humanidad futura nos envidiará por no poseerlo. Ellos van a sentir que en el mundo no habrá ningún sentimiento más apreciable que éste.


* Zhang CHENGZHI es antropólogo y escritor chino.
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