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El Magreb a vuelo de pájaro

09/02/2000 - Autor: Juan Goytisolo - Fuente: diario El Pais
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En vuelo desde un Marruecos en júbilo por la caída estrepitosa de Basri, el todopoderoso ministro del Interior de los últimos veinte años, el avión de Tunis Air atraviesa el espacio aéreo de Argelia, en donde la ilusión creada por la elección de Buteflika se ha desmoronado en unos meses: el poder real sigue en manos de la llamada mafia político-financiera que controla al país y arrumba o asesina a los propios presidentes nombrados por ella. Si el islamismo radical ha sido militarmente vencido, la democracia y la paz se alejan como un espejismo. Un vecino de asiento, un ingeniero de Orán establecido en Casablanca, dictamina: "¿Cómo puede salvarnos el mismo señor que nos metió en el pozo en que estamos?".

También él viaja a Túnez, país que no he visitado, le digo, desde hace 32 años. "Lo encontrará muy cambiado, comenta. ¡Ojalá viviéramos nosotros como viven ellos! Pero le aconsejo que sea discreto y no hable con nadie de política. En este terreno creo que los tunecinos nos envidian".

La involución democrática de Túnez a lo largo de la última década es un fenómeno sorprendente en la medida en que no responde a razones objetivas. Con nueve millones y pico de habitantes, una agricultura floreciente, un turismo en continua expansión (más de cinco millones de visitantes anuales), un nivel de vida superior al de los países hermanos del Magreb y una tasa de analfabetismo muy inferior a la de éstos, la imagen que ofrece al forastero resulta a primera vista risueña. Un recorrido por las avenidas de la capital y el bello recinto de la Medina refuerzan esa impresión: calles limpias, ausencia de mendigos, artículos de consumo como en cualquier ciudad europea. El traje tradicional árabe-otomano ha desaparecido. El kemalismo militante de Burguiba acabó con él y todas las mujeres, jóvenes y menos jóvenes, visten a la occidental, sin el aire aún inseguro y desafiante de sus hermanas marroquíes. La laicización ha sido asumida por la sociedad y no choca ya a nadie. Todo en suma confirma el cuadro de progreso y tolerancia que las oficinas de turismo tunecinas venden con éxito en Alemania, Francia, Italia y los países escandinavos.

Pero esa pintura tan amena oculta una realidad que dista mucho de serlo. La omnipotencia de la máquina policial del régimen -creada primero para erradicar el movimiento islamista y luego cualquier veleidad de oposición democrática-, expuesta con luz cruda en el libro de Nicolas Beau y Jean Pierre Tuquoi, Notre ami Ben Alí, y los artículos de Catherine Simon (La Tunisie de Ben Alí, Le Monde, 21-23 de octubre de 1999) aparece en cuanto se escarba un poco en la superficie: en verdad, vertebra la totalidad del sistema. El control de la población, me dicen universitarios, diplomáticos y miembros de las organizaciones de derechos humanos no autorizadas, es completo. Nadie puede mover un dedo -esto es, formular una crítica al régimen y sobre todo a su jefe omnímodo- sin exponerse a una amplia gama de medidas disuasorias que van de la confiscación del pasaporte -varias personas con quienes hablé no pueden salir del país- a todo tipo de amenazas, chantajes, actos intimidatorios y escenas de brutalidad repulsiva.

La represión del poder no recurre como antes a métodos dignos de los Ufkir y Dlimi: no hay redadas masivas ni listas interminables de víctimas como las que afloran hoy a la lumbre del agua en el nuevo Marruecos. El terror interiorizado en Túnez por los núcleos profesionales, sindicales y universitarios opuestos al régimen explica que, si bien la porfía de éste en destruir a quien discrepa de su absolutismo y arbitrariedad no se haya amansado, sí ha disminuido en cambio el número de personas dispuestas a dejarse triturar por él. El Gran Hermano vela por el silencio y conformismo resignado de la población. Los tunecinos comen y callan. Saben que, en otros ámbitos, muchos no comen y deben callar.

La apoteosis plebiscitaria de Ben Alí, reelegido por tercera vez unos días antes de mi estancia en Túnez por un 99% de los votantes, se acompaña de una censura puntillosa de los medios informativos. La prensa francesa, asequible a una gran parte de la población, se halla representada principalmente por semanarios deportivos y revistas del corazón. Pregunto por ella en los grandes quioscos de la avenida de Bourguiba. ¿Le Monde? No ha llegado. ¿El Nouvel Observateur? Tampoco. Bueno, déme Libération. El quiosquero se encoge de hombros. ¿Le Monde Diplomatique? Esta vez eleva los ojos al cielo como suele hacerse en Turquía. Los cambios políticos de Marruecos son silenciados: toda idea de cambio inquieta. Así, busco en vano en las páginas de Le Renouveau -que nunca se renueva- y de Le Temps -que planea fuera del tiempo- cualquier referencia a problemas políticos o sociales del país. Simplemente no existen. Sólo algo se repite a diario: la salva de ditirambos en honor del Jefe.

A lo largo de las aceras del centro de la capital, pegado en paredes y escaparates, el retrato ubicuo de Ben Alí se adorna con la leyenda "La elección de un país". Pero si el representado es uno, el vestuario presidencial y la simbología que lo realza ofrecen exquisitas variantes. Ben Alí aparece en ellos como un Padrino, personaje del filme de Robert de Niro: pelo negro teñido o peluquín cuidadosamente ajustado, sin un solo cabello rebelde. El más común lo representa de chaqué, con pechera y cuello de pajarita inmaculados; banda roja cruzada en el pecho entre la chaquetilla y la camisa; vistoso collar de dignatario o doctor honoris causa; medallón de oro con cintas y colgajos a la altura del diafragma. Otros lo muestran saludando con el brazo, siempre sonriente, junto a la bandera patria, o bien de perfil, entre ésta y dos niños propulsados audazmente al futuro. O aun frotándose las manos con el aire satisfecho de quien acaba de calcular las ganancias de una jugada maestra en la Bolsa o ser premiado con el gordo de la lotería. Las combinaciones vestuarias del presidente son dignas asimismo de una descripción aún sucinta: camisas unicolor de impecable cuello almidonado, corbatas azules, burdeos o de cuadros; chaquetas grises, beis o azul marino; pañuelos de seda cuyo pico sobresale del bolsillo superior del traje diseñado por Armani. Un Ben Alí resplandeciente ocupa el sillón granate del respaldo y brazos dorados, del inconfundible estilo Luis XVI de los folletines de la televisión egipcia.¿Cuáles son las perspectivas de cambio? A corto plazo, ninguna, me dicen los miembros de la acosada y exigua oposición democrática. Pero la corrupción y el nepotismo reinantes, al acaparar una parte cada vez mayor de la riqueza nacional para el clan presidencial y sus ramificaciones administrativas, pueden provocar a medio plazo una situación difícil, incluso explosiva. El Fondo Nacional de Solidaridad creado para atender a las necesidades de las clases sociales más bajas tentadas antaño por el islamismo, y cuya gestión se halla en manos de Ben Alí, es fuente de toda clase de malversaciones en provecho de la famila, y la parte alícuota de la clase empresarial en los sectores más dinámicos y provechosos del mundo de los negocios tiende a reducirse gradualmente a causa de la voracidad del clan. El "modelo tunecino" de progreso económico y bienestar social ¿puede truncarse de pronto y conducir a la mayoría de la población a un callejón sin salida? Algunos indicios de inquietud respecto al futuro y la humillación colectiva tras la farsa electoral "a la búlgara" apuntan a esta dirección. Un régimen tan autocrático y policial no responde desde luego a las exigencias de una sociedad moderna como la tunecina. La brecha abierta entre el Túnez oficial y el real aumentará inevitablemente de día en día
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