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El Wahy, la Revelación (y III)

29/12/1999 - Autor: Ali González
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Los musulmanes no nos cansamos de agradecer ese caudal inagotable de emoción que es el Corán. Pero la Revelación no es sólo el Corán. Esto es sólo el exterior de la Revelación, su manifestación histórica. En realidad, todo lo que es, es Revelación; aleyas de un Corán no escrito. Si los sufis dicen frases oscuras como que Muhammad es la materia prima del Universo, o que Mu­hammad es la luz creadora de los infinitos mundos, es porque se refieren a Mu­hammad (s.w.s) como depósito de la Revelación. No otro es el sentido de la se­gunda parte de la shahada: Muhammad (s.ws.) no es “el Profeta”, ni siquiera “el último Profeta”; es todos los Profetas, es la capacidad del corazón humano de contener la Revelación. Y ésta es el fundamento -origen y consistencia- de lo que existe: la Revelación es la íntima estructura de las cosas creadas. Y captarla en toda su dimensión y profundidad exige unos sentidos bien preparados.

No hay fractura entre la sensibilidad y la imaginación. Nuestra civilización es la que provoca entre ellas una ruptura. Condena a los sentidos y condena a la imaginación, y niega que haya un continuum ontológico entre los unos y la otra. Desde una sensibilidad embrutecida no logramos despertar una imagi­nación inteligente; y, cuando no lo es, la imaginación se transforma en “la loca de la casa”, como decía Santa Teresa (Teresa de Ahumada). La imaginación, que intensifíca lo que percibimos por nuestros sentidos, no fue menos castigada que éstos por la Iglesia Católica, la cual consiguió erradicar durante siglos la capacidad mística del cristiano. Pero nosotros sabemos que es, en realidad, en ese mundus imaginalis donde tiene lugar el conocimiento del hombre de las cuestiones últimas de las que depende su existencia cotidiana. En árabe, fahm, lo que pobremente traducimos en castellano “imaginación”, es básicamente “entender a partir de Alláh”.

Ciertamente para que así sea nuestra naturaleza debe estar en fitra. Nuestra imaginación, si nuestro mundo sensorial no está en orden, es un puro despropósito. Y en este punto daría la razón a la desconfianza que siempre tuvo la Iglesia Católica con respecto a la imaginación, si no fuera porque fue ella misma la causante de esta imaginación delirante al satanizar los sentidos; esto provocó una dislocación interna del hombre, abrió un precipicio en su interior.

Si no conseguimos ubicarnos bien en el mulk, si no asistimos a una Revelación en cada instante de nuestro exacto presente, nada sabremos del Malakút, y mucho menos del Yabarút. La imaginación trabaja dando cuerpo, volumen, coherencia, al material que se extrae de los sentidos. Si nuestro ser integral está en paz, el conocimiento que extraeremos del hecho de estar vivos irá más allá de lo que comprendemos desde los sentidos. Los datos extraídos por éstos pasarán a formar -por obra de nuestra imaginación- una unidad nueva, orgánicamente coherente, y cuyo todo es más que la suma de sus partes. El fruto de unos sentidos sanos es una imaginación que nos aporta “información” sobre nuestra cotidianidad.

Esto último, si bien es un dato que en una primera lectura puede resultar extraño, se nos acaba mostrando como una realidad incontrovertible: Aunque la experiencia del malakút no “pertenezca a este mundo”, te sirve para vivir en él no menos que la experiencia de los sentidos. Y ello es porque el santo tiene los mismos derechos sobre la realidad que cualquier otro hombre u animal. Cuando el santo trasciende la realidad, no la niega, la amplía. Por eso el santo es un hombre que, aunque parezca cada vez más despegado de la terrenalidad, sin embargo -paradójicamente- cada vez está más instalado en la realidad. Los conocimientos que da la experiencia del malakut no se pueden expresar, ni quizá entender, pero dan un auténtico saber vivir en este mundo. El mundo real del musulmán es más amplio que el del materialista.

El “territorio natural primario” de la imaginación son los sueños. La significación de los sueños depende del individuo que los genera. Un individuo en paz con sus sentidos comprende cosas mediante el sueño, del mismo modo que comprende mediante las deducciones racionales de la vigilia. Un individuo desconectado de la Trascendencia, perteneciente a una civilización que ha cortado a los individuos el vínculo interno -la escala- entre su mundo perceptual y su mundo imaginal, maneja realidades amorfas en el sueño y su resultado en surreal, es el resultado de una borrachera psíquica.

Es un lugar común de las civilizaciones tradicionales el admitir la verdad de los sueños. Frente a todas ellas, el mundo moderno trata de desvirtuar el aprendizaje que se deriva de los sueños, tenidos tradicionalmente como mensajes de los dioses. Pero hasta cierto punto, la civilización actual podría re­conocer -v.gr. psicoanálisis- el valor de lo soñado, y desde luego estamos de acuerdo en que en el caso del hombre contemporáneo son significativos de su profundo malestar psíquico. Sin embargo, ante lo que se cierra por completo es a reconocer autenticidad a fenómenos como una revelación. Es por tanto im­portante que -desde nuestra posición de creyentes- expliquemos que una Revelación es una invasión -por desbordamiento- del mundo imaginal sobre la vigilia para seguir haciendo comprender al individuo el sentido de las cosas que le rodean. Es el resultado del estar en el mundo de una criatura tan sólido que no le valen ni los sentidos ni los sueños para recibir información acerca de las relaciones y los significados de las cosas -visibles y ocultas- que le rodean, así que esta hipersignificación le asalta en la vigilia. Es por ello la del individuo que recibe la Revelación un instinto, una manera de ser, y no una tara psíquica. Son los Profetas individuos cuya radicación en la realidad ha sido tan consistente que la información que reciben del hecho de estar vivos desborda el sueño para hacerse un lugar en el tiempo de consciencia del individuo.

Las Revelaciones no han sido fraude. Actualmente, debido a nuestra ignorancia del mundo sutil, tendemos a considerar una figura como la de Muhammad como la de “un moro alucinado que fingía haber hablado con Dios”1, o bien como un hombre pragmático en un mundo de ingenuos que entendió que para constituir nación debía simular que recibía mensajes divinos. Sin entrar en valoraciones respecto de la excelencia de las intenciones del Profeta -la cual no nos ofrece dudas-, constatamos ahora el hecho de que para el hombre mod­erno una Revelación es ficción o locura.

Nosotros pensamos que no es ficción, aunque sus consecuencias sean extraordinariamente pragmáticas. Pensamos que no es locura, aunque lo experimentado exceda infinitamente al propio hombre desde el que se produce la Revelación. Entendemos que la Revelación -como todas las comprensiones que provienen de facultades que tienen su base en la imaginación y a las que nuestros contemporáneos son reticentes- es el resultado de un sobreabundamiento de sentir con realidad y orden el cosmos que nos rodea.

1. Enciclopedia Álvarez, libro de texto de la posguerra española.
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