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Duniâ: el mundo al que renuncian los sabios

20/12/1999 - Autor: Abderrahmán Muhámmad Maanán
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Maqsura
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En árabe existen dos términos para dar nombre al mundo: Duniâ y ‘Âlam. Son lo mismo, pero visto con ojos distintos. El Duniâ designa al mundo en tanto que próximo a nosotros (del verbo danâ-yadnû, acercarse). A causa de su cercanía ejerce sobre el ánimo una influencia hipnótica. El Duniâ es atractivo, seductor. Entretiene la atención, y no deja ir más allá de su relumbrante superficie. Los sabios renuncian al Duniâ porque esclaviza al ser humano. El Duniâ es todo lo que impide al espíritu despegar y elevarse: es el poder, la riqueza, la celebridad, el miedo, la incertidumbre, las ataduras familiares y sociales en las que se satisface y padece.

El Duniâ es una continua promesa y una permanente amenaza: augura esplendor y advierte con la pobreza, la enfermedad, la insignificancia. Es el entorno inmediato en el que existimos, con sus sugerencias y con sus fantasmas, y su poderoso e innegable influjo, corta alas y entretiene todo el tiempo, dispersando las energías y destruyendo todo lo bueno. El Duniâ exige dedicación absoluta, y la mayoría de los seres humanos se la concede. El hombre se afana durante todo el día y durante toda su vida en conseguir aquello que el Duniâ promete y en huir de aquello con lo que amenaza. El Duniâ es el origen de toda ambición y de toda desesperación.

El sabio (wali) renuncia al Duniâ, y a esa renuncia se la llama en árabe Çuhd, desapego. Es decir, renuncia a someterse a los criterios con los que el hombre común juzga, valora o desprecia las cosas. Para el sabio (wali), el poder, la riqueza, la celebridad y sus contrarios son insignificantes. Para él el mundo no es esas cosas. Para él, el mundo es ‘Âlam. ‘Âlam es el mundo-signo, y es una palabra que viene del verbo ‘álima-yá‘lam, saber, conocer. El universo del wali es un libro en el que leer para desentrañar sus significados. El Corán dice de Allah que es el Señor de los Mundos (Rabb al-‘Âlamîn), y utiliza el plural de ‘Âlam, no el de Duniâ. El que vive en un mundo-‘Âlam sabe que éste alude a la Verdad de la que viene y en la que en ningún instante deja de existir, mientras que el que subsiste en un mundo-Duniâ no ve nada más que la superficie de lo que se le muestra y lo seduce la fuerza del brillo de su materialidad. Ante cualquier objeto o acontecimiento, si no ves más que lo que tus ojos perciben cerca, estás ante el Duniâ inmediato, pero si tu espíritu penetra en su mundo interior y recorre sus pliegues más íntimos, estás ante el ‘Âlam, y estás dotado del don de la perspicacia y la mirada de hierro.

Allah, como Verdad del ‘Âlam, también promete y amenaza: habla del Jardín y del Fuego, y es Él el que ejerce ahora un influjo hipnótico sobre el hombre-sabio o wali. Pero hay una radical y profunda diferencia entre las esperanzas y los terrores que Allah sugiere al wali y las expectativas que despierta el Duniâ. Los maestros del Islam dicen que si has de ser hipnotizado, mejor es que lo seas por Allah, y si has de concebir esperanzas y sufrir terrores, mejores son las esperanzas y los terrores que infunde Allah, porque son infinitos, y no mediocres e indignos de ti. Las esperanzas y los miedos del Duniâ sacan lo peor que hay en el ser humano, pero las esperanzas y los miedos que son sugeridos por el ‘Âlam sacan lo que de mejor hay en él. Mientras que el Jardín y el Fuego del Duniâ son superficiales y frustrantes, los de Allah son la Inmensidad que está más allá de lo que los ojos pueden captar porque tienen las dimensiones del universo que sólo el corazón del wali tiene facultades para intuir. El Corán dice: bal tû-zirûna l-hayâta d-duniâ wa l-âjiratu jáirun wa abqà (preferís la vida del Duniâ, pero al-Âjira es más abundante y permanente). Al-âjira es el mundo de Allah, la vida junto a Él, cuando el Duniâ y el ‘Âlam dejan de existir.

El Duniâ deja de existir con el tiempo: el devenir lo mata. El ‘Âlam deja de existir cuando, una vez leído, el ser humano topa con Allah, el Significado por el ‘Âlam. Ibn ‘Aÿîba enseña que el universo es letras. Una vez leídas y comprendido su significado se desdibujan en la mente y pasa a ocupar su lugar en la imaginación el significado al que aluden esas letras, Allah. Es así como desperece el ‘Âlam y se muestra Allah. Y al mundo en Allah se le llama al-Âjira. A al-Âjira se llega de todos modos, ya sea con la muerte aniquiladora, ya sea con el conocimiento reductor.

Pero para convertir el Duniâ en ‘Âlam es necesario el desapego (Çuhd) que invita a la Resurrección. Çuhd no significa aislarse sino escapar al influjo, pasar por la muerte para emerger de nuevo. La radicalidad del Çuhd depende de la permeabilidad del carácter. Un verdadero maestro enseña el grado necesario a cada discípulo. En cualquier caso, todo musulmán debe ejercitarse en las prácticas islámicas, pues ellas le señalan constantemente que lo único verdadero es Allah, y que todo lo demás es apariencias fugaces y adherencias insustanciales. Es así como se va cultivando en la sabiduría que abra su corazón a un espacio sin horizontes al que denominamos ‘Âlam, y en el que todo es un signo a desentrañar. Es de ese esfuerzo por interpretar del que mana la sabiduría en la que se satisface el espíritu.

Junto a todo esto, el Islam enseña la moderación, y nada hay más perjudicial que los extremismos y las obsesiones. Por ello, el ejemplo más equilibrado es el del Profeta (s.a.s.), una de cuyas invocaciones preferidas se encuentra en el Corán: Âtinâ fî d-duniâ hásanatan wa fî l-âjirati hásanatan wa qinâ ‘adzâba n-nâr (Concédenos del Duniâ lo mejor, y de al-Âjira lo mejor, y guárdanos del dolor del Fuego).


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