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El Resurgimiento del Islam en Andalucía

15/12/1999 - Autor: Ali Kettani - Fuente: Verde Islam 12
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El pueblo andalusí y su formación

La Península Ibérica, anteriormente a la apertura islámica, estaba ocupada por los visigodos, una tribu de godos occidentales que procedía de la actual Alemania. Comenzó la ocupación de la Península Ibérica por los godos a comienzos del siglo V d. J. , tras expulsar éstos a los vándalos, quienes eran, a su vez, otra tribu de la misma procedencia que había ocupado el territorio peninsular en el siglo III d. J. Gobernaron los godos de forma arbitraria; mientras duró su gobierno trataron a los habitantes de la península como si fuesen esclavos, hasta que fueron expulsados por los musulmanes. Situaron su capitalidad en la ciudad de Toledo, centro geográfico de la Península Ibérica, a orillas del río Tajo1.
Los habitantes peninsulares eran idólatras como lo habían sido los godos hasta que aceptaron un cristianismo que había ido penetrando, poco a poco, desde finales del siglo III d. J. La religión cristiana se extendió en la península a través de la enseñanza unitaria de los arrianos en el siglo IV d. J. Así fue como las gentes de la Península Ibérica reconocieron al Dios Único —no creyeron nunca en la Trinidad— y consideraron a Jesús como Profeta y Enviado de Dios. Así, los gobernantes godos en Toledo aceptaron el cristianismo de Jesús de los arrianos,, convirtiéndose ésta en la religión oficial del estado2
Ya en el siglo III, el Cristianismo había sido penetrado por nuevas ideas, surgidas del Concilio de Nicea, que desviaron la creencia unitaria hacia el trinitarismo. Estas innovaciones introducidas en el cristianismo fueron propiciadas por el Estado Romano, que combatía por la fuerza a todo aquel que se opusiese a ellas, especial y fundamentalmente a los unitarios.
En el año 400 de la era cristiana los godos convocaron el I Concilio de Toledo, en cuyas sesiones se decidió y decretó la asunción de los principios anunciados en Nicea, fundamentalmente el dogma de la Trinidad. Así se iniciaba una enconada disputa entre los trinitarios y los unitarios seguidores de la escuela arriana, implicándose ambos en una guerra civil implacable. La mayoría de los habitantes autóctonos de la Península Ibérica continuaron siendo unitarios, mientras que los monjes se adhirieron a la nueva escuela trinitaria. El estado continuó defendiendo los principios de la escuela arriana3.
Quedó la situación en este estado hasta el 8 de mayo del año 589 d. J. fecha en que se celebró el III Concilio de Toledo, presidido por el rey Recaredo, quien, apoyado por el clero, reprobó el arrianismo, y así la concepción del estado se transformó, jerarquizándose según establece el canon trinitario. La declaración implicó, a renglón seguido, una presión sistemática sobre los unitarios que se mantuvo muchos y largos años. Los habitantes del sur de la Península Ibérica, la actual Andalucía, no admitieron el dogma trinitario pero, tras varios años de castigo ejercido por las mesnadas de los godos adheridas a la iglesia oficial fueron obligados a ocultar sus verdaderas creencias.
En este ambiente de rencor difícil de contener, llegó el Islam al norte de Africa, y así descubrieron las gentes de Al-Ándalus a los musulmanes, como hermanos de una misma religión y así conectaron con ellos como sus aliados e iguales. De esta forma se preparaba la apertura de Al-Ándalus, con la mutua y completa colaboración entre los musulmanes árabes y bereberes que vivían en la orilla del Magreb y los naturales del sur de la Península Ibérica, gente autóctona de Al-Ándalus. Esto propiciaría la liberación de la Península Ibérica del dominio godo y de los trinitarios por un espacio de tiempo que no sobrepasó los tres años. Fue desde el año 92 al 95 de la Hégira (711-714 d. J.)4, es decir solamente 122 años después del golpe de estado trinitario; hasta tal punto que algunos intelectuales españoles contemporáneos han descrito esta eclosión del Islam en Al-Ándalus como una revolución islámica en occidente5.
Así fue como entró un territorio de casi 700.000 kilómetros cuadrados a la ‘Casa del Islam’. Este territorio incluía la mayoría de la España de hoy, exceptuando la zona montañosa del noroeste compuesta por el País Vasco y la Asturias actuales. Asimismo comprendía todo el estado actual de Portugal y una gran parte del sur de Francia, con las ciudades de Narbona, Carcasona y Nimes. 
Los musulmanes otorgaron al pueblo una total libertad religiosa, quedando, los seguidores de la religión trinitaria cristiana, reducidos a una minoría, en tanto la mayoría retornaba a la escuela unitaria arriana. En menos de un siglo todos los unitarios se reconocieron musulmanes. La lengua árabe pasó a ser la lengua de su civilización y de su cultura, aunque preservaron el romance para sus discursos. A estos millones de andalusíes que se reconocieron musulmanes por voluntad propia, por amor al Islam, se fue incorporando una pequeña corriente de emigrantes árabes, bereberes y otros, integrándose con ellos, de la misma forma que sucedía en el Magreb.
De esta manera se formó en Al-Ándalus un dialecto árabe especial, caracterizado por una fuerte imala, como algunos dialectos actuales del Líbano o de Túnez, que se extinguió con la desaparición del Islam de las tierras de Al-Ándalus, en circunstancias que aclararemos más adelante; como también hablaban las gentes de aquel Al-Ándalus una lengua romance, asimismo extinta. Estos dos lenguajes fueron preservados en los libros andalusíes, en los refranes, los zéjeles, y las moaxajas. Una de las indicaciones de que el pueblo andalusí era bilingüe nos la ofrece la composición de los zéjeles populares, escritos en las dos lenguas al mismo tiempo. Un ejemplo de ello lo tenemos en este fragmento del siglo XII del zejelista cordobés Ben Quzmán6, compuesto en dialecto árabe y romance andalusí al mismo tiempo:

Ayn dik-alayám wa dik allayáli?
Ke nin bés la face i bédo mále.
innama-lqádi rayúl min riyáli.
áli alhímma yadurra wa yanfa
La primera, tercera y cuarta líneas están escritas en dialecto árabe andalusí, y la segunda en romance andalusí. La traducción podría ser la siguiente: 

¿Dónde están aquellos días y aquellas noches?
No veías en ellos su rostro sino que veías sus sinsabores.
El juez no era sino uno más entre mis hombres 
De gran importancia, que beneficia y perjudica . 

Así fue como se formó un nuevo pueblo de creencia musulmana y de lengua árabe, con peculiaridades ligadas a su propia cultura. No consistió esta apertura islámica en la conquista de una nación por otra, ni tampoco en la imposición forzosa de una religión ni de una lengua, de una nación sobre otra nación. Más bien el pueblo andalusí eligió para sí mismo el Islam como Din (religión) y la lengua árabe como la lengua de su civilización. Así dio la bienvenida a los primeros fátihin musulmanes, la bienvenida que un pueblo oprimido ofrecía a su salvador.
Tras la apertura islámica, Al-Ándalus pasó a ser un territorio del estado islámico cuya capital era Al-Qairawán, integrándose dentro de la provincia del Magreb y convirtiéndose más tarde en una provincia propia, cuya capital se situó en Sevilla. Más tarde, Al-Ándalus se separó del estado abasida oriental, en el año 756 d. J., durante el gobierno de Abderrahmán I, quien fundó el estado omeya de Al-Ándalus seis años después de la caída del estado omeya de Damasco. Eligió como su capital a la ciudad de Córdoba, a orillas del río Guadalquivir. 
Los musulmanes se convirtieron en mayoría abrumadora durante el gobierno omeya, cuando Al-Ándalus alcanzó el apogeo de su civilización y de su poder. Ningún estado europeo de la época podía equiparársele. Los cristianos trinitarios pasaron a ser una pequeña minoría que perdió su lengua y cuyos nombres se arabizaron. Aquellos que se llamaron ‘Mozárabes’ (arabizados), permanecieron como quintacolumnistas dentro del estado islámico, apareciendo siempre que se debilitaba su fuerza. 
Llegó el estado omeya de Al-Ándalus a su esplendor en la época de Abderrahmán An Nassir, que gobernó el país durante 49 años, entre el año 912 y 961. En ese tiempo se afianzó la estabilidad, y se desarrollaron la ciencia y la literatura7.
La extensión del territorio andalusí se redujo, en tiempos de Abderrahmán An Nassir, hasta alcanzar 440.000 Km2, después de que los musulmanes perdieran Narbona en el año 751, Carcasona en el 759, Pamplona en el 798, Barcelona en el 801, y Burgos, León, Ávila, toda Galicia y otras ciudades del noroeste de la Península Ibérica.
Los derrocados ejércitos cristianos, que habían permanecido en los reductos noroccidentales de la Península Ibérica, se organizaron en pequeños estados cristianos, constituyendo el centro de la resistencia contra el estado islámico desde sus comienzos. El primero de estos pequeños estados fue el reino de Galicia y Asturias, que se convirtió después en el reino de León, trasladando la capital de Ávila a León. 
En el año 970 (359 H.) el reino de Castilla se separó del reino de León, y designó como su primera capital a la ciudad de Burgos. El reino de Navarra se había separado anteriormente, estableciendo su capital en Pamplona alrededor del año 836. Estos tres pequeños estados se extendieron, a costa del estado andalusí, siempre que se les presentaba la ocasión y con el apoyo total de los reinos europeos7.
Comenzaba a debilitarse el estado omeya cuando ocupó el gobierno Al Mansur Ibn Abi Amir, quien fuera Hayib de Hisham II, el nieto de An Nassir. Fue Almanzor uno de los mejores dirigentes de los musulmanes, y uno de los más capacitados hombres de estado. Devolvió al país su fuerza inicial y lo unificó de nuevo bajo la bandera del Islam. Sin embargo los hijos del Almanzor no estuvieron al nivel de su padre, como no estuvieron los nietos de An Nassir al nivel de su abuelo. A esto habría que añadir el hecho de que la sociedad andalusí se estaba convirtiendo en una sociedad étnicamente dividida. 
Almanzor Ibn Abi Amir no confiaba en las gentes de su país e introdujo a un gran número de bereberes magrebíes y esclavos eslavos en su ejército. Estos eslavos procedían de Francia, Italia y norte de Europa, y abrazaban el Islam a su llegada a Al-Ándalus. Cuando se debilitó el estado andalusí, estas cuatro etnias y culturas —árabes, bereberes, andalusíes y eslavos— comenzaron a enfrentarse unas contra otras. 
El estado omeya se desplomó en el año 1031 en medio de violentas guerras civiles. Al-Ándalus se descompuso en un grupo de pequeños estados o taifas de carácter étnico gobernados por reyes y emires, que acabaron con la unidad andalusí y favorecieron la formación y el desarrollo de los reinos cristianos que, unidos bajo la autoridad del Papa de Roma, iban ocupando los estados de Taifas uno tras otro. Hubo veinte y tres de estos pequeños estados islámicos andalusíes, entre ellos los árabes de Bani Abbad en Sevilla y de Bani Hud en Zaragoza; los bereberes de Bani Al Aftas, los meknesíes en Badajoz y los de Bani An Nun, los hawariyin en Toledo; y el de los eslavos como Bani Muyáhid y Bani Gania, al este de Al-Ándalus8.
Cuando esos pequeños estados andalusíes no podían ya resistir a la invasión de los ejércitos cristianos, pidieron auxilio los andalusíes al emir de los musulmanes del Magreb, Yusuf Ibn Tashifin, el almorávide, quien, atendiendo a los ruegos de sus hermanos, estuvo en Al-Ándalus en repetidas ocasiones; en la segunda de ellas derrotó a las fuerzas cristianas en la batalla de Zalaca, en el año 1086. Tras su victoria, unió Al-Ándalus con el Magreb y acabó con los reyes de Taifas. 
Mientras tanto, otros hechos estaban propiciando la pérdida de extensos territorios islámicos de Al-Ándalus, cuya extensión disminuyó hasta 250.000 Km2, ya en la época almorávide. Los enclaves islámicos más importantes que cayeron en aquella época, sin que los almorávides pudieran liberarlos, fueron las ciudades de Tarragona, que cayó en el año 960, Braga en el 1040, Coimbra en el 1064, Guadalajara, Madrid y en especial Toledo en 1085, etc.
Paralelamente, al final del siglo XI de la era cristiana, cambió la situación de los pequeños estados cristianos, pasando a ser el reino de Navarra el mayor de todos ellos. Más tarde se unieron Castilla y León en un solo reino, en el año 1035. Después se separaron el reino de Aragón del reino de Navarra, y el reino de Portugal del reino de Castilla. Todos estos pequeños estados, a pesar de las guerras que mantuvieron entre sí, organizaban sus guerras contra el estado de Al-Ándalus, engrandeciéndose a su costa con regularidad, siendo dirigidas la mayoría de estas guerras por Castilla. 
Cuando se debilitó el estado almorávide, Al-Ándalus comenzó a fragmentarse en reinos de Taifas por segunda vez. Los andalusíes, entonces, pidieron ayuda a los almohades. Y estos acudieron en su auxilio en el año 1145, incorporando a Al-Ándalus al estado almohade después de que se perdieran otros importantes territorios y ciudades, entre ellas Zaragoza, en el año 11189.
Más tarde, se debilitaron los almohades y sufrieron los musulmanes una grave derrota en el año 1212 (609 H.) en las Navas de Tolosa, batalla del Oqab, del buitre, donde se reunieron todos los ejércitos de los reinos cristianos, Castilla, Navarra, Portugal, León y Aragón, en contra de los ejércitos almohades. Tras esta batalla, pudo Castilla imponer su autoridad sobre el resto de los reinos cristianos, bien con la anexión —Galicia y León— o bien poniéndolos bajo su protección. 
Si no hubiera sido por las guerras civiles entre los estados cristianos, el mandato de los musulmanes en Al-Ándalus habría terminado después de la batalla de Oqab. el mandato de los musulmanes en Al-Ándalus . Dispersándose de nuevo Al-Ándalus en pequeños y suicidas estados de Taifas, Ibn Hud se apoderó de Murcia y del este de Al-Ándalus, Ibn Al Ahmar conquistó Baeza, Jaén y Guadix... Fueron estos acontecimientos, como veremos más adelante, determinantes para el nacimiento del reino andalusí de Granada. 

Establecimiento del Reino de Granada

Tras el derrumbamiento del estado almohade en Al-Ándalus, Ibn Hud e Ibn Al-Ahmar laboraron en la consecución de la unidad de las tierras andalusíes para resistir a la invasión de los cruzados. Era Ibn Hud, Abu Abdellah Ibn Yusuf Ibn Hud Al Yudhami, natural de Zaragoza. Su movimiento comenzó en Murcia en el año 1228 (625 H.), sometiéndose a su gobierno Murcia, Córdoba, Sevilla, Málaga, Almería y otras ciudades del país. 
Pero, tal vez no estaba Ibn Hud a la altura de las esperanzas depositadas en él, y así fue derrotado por los cristianos en sucesivas batallas, y no pudo defender Córdoba, la capital del Califato, a la que dejó caer en manos de los cristianos en el 23 de Shawál del 633 H. (29/6/1236 d. de J.). La cruz fue alzada inmediatamente sobre el alminar de su grande aljama. Supuso la caída de Córdoba un fuerte golpe para los musulmanes, quienes se desanimaron en sus propósitos. Tras esta derrota, no vivió mucho tiempo Ibn Hud, muriendo en el puerto de Almería en el 1237 (635 H.), en circunstancias extrañas, después de que Aragón ocupara las islas Baleares, hasta entonces en manos de los musulmanes.
En cuanto a Ibn Al-Ahmar, rival de Ibn Hud, Abu Abdullah Muhammad Ibn Yusuf Ibn Nasr, era natural de Arjona, una de las fortalezas musulmanas situadas entre Jaén y Andújar, perteneciente actualmente a la provincia de Jaén. Nació en ella en el año 1198 (595 H.). Fue un soldado de gran valor y decisión. Su movimiento apareció en el mismo período que el de Ibn Hud, rivalizando con él. Ibn Al-Ahmar fue un político experto y valiente. Nada más emerger le apoyaron las ciudades de Jaén y Guadix y sus alrededores. Dirigió un intento de incorporación de los puertos y bases andalusíes del sur, y atendieron a su llamada, para secundarle, Carmona, Córdoba y Sevilla, a mediados del año 1232 (629 H.) y por un corto espacio de tiempo. Después Córdoba y Sevilla cambiaron su obediencia a Ibn Hud. Finalmente se le unieron Jerez, Málaga y los territorios circundantes en el año 1233 (630 H.).
Cuando se unificaron los andalusíes alrededor de Ibn Hud, manifestó Ibn Al-Ahmar su vasallaje a aquél en el año 1234 (631 H.) y le prestó su apoyo. Después de la muerte de Ibn Hud fue Ibn Al-Ahmar el que restableció en solitario la unidad de Al-Ándalus, anexionando Granada a Dar al Islam en el Ramadán del año 635 H. (abril de 1238), y eligiéndola como su capital y centro de su gobierno. Conquistó Ibn Al-Ahmar la ciudad de Almería y expulsó de ella a su gobernador, Ibn Ramimi. Y así fue como surgió el Reino de Granada, en circunstancias dramáticas y oscuras, y todo el que estaba a su alrededor, amigo o enemigo, le vaticinaba una rápida desintegración.
No se detuvo el avance cristiano sobre las tierras andalusíes, y así, cayó Valencia en manos de los aragoneses en el año 1238 (636 H.); le siguieron Játiva, Denia, Alicante, Orihuela y Cartagena entre los años 1243-1246 (641 y 644 H.). La gente de Murcia se resignó a firmar un pacto con el rey de Castilla en el año 1243 (640 H.). Y así fue como los musulmanes perdieron el este de Al-Ándalus, apareciendo síntomas evidentes de aniquilación por todas partes. Los andalusíes pidieron de nuevo auxilio a los marroquíes, pero Marruecos no estaba en situación de poder ayudar a Al-Ándalus, como era su costumbre, ya que estaba desángrándose en medio de violentas guerras civiles. 
Solicitaron entonces los andalusíes la ayuda del estado Hafsia tunecino, pero éste estaba más débil aún. Nos ha dejado el legado andalusí una casida de Ibn Al Abbar Al Qudai, embajador de Abu Yamil Zayan, gobernador de Valencia, que envió al sultán Hafsia Abu Zacarya, poco antes de la caída de Valencia, pidiéndole ayuda, diciéndole:

Salva con tus caballos, caballos de Allah, 
la tierra de Al-Ándalus
porque el camino de su salvación 
está hoy perdido.
Y concédele 
el favor de la ayuda que busca 
porque, todavía, 
pide el honor de tu amparo.
Tiene algo en sus entrañas que le estorba
un largo sufrimiento 
que padece día y noche.
La gente de la península ha despertado 
inmolada en los hechos, 
y ha anochecido destrozada.
En cada lugar queda algo 
que se torna horfandad,
que para el enemigo es una fiesta.
Y cada singularidad tiene 
un injusto revés de la fortuna.
La tranquilidad se torna en guardia 
y el júbilo en pena.
Los romanos se reparten el botín. 
¡Qué no obtengan sus partes!
¿No están sus mejores cualidades 
ocultas y olvidadas?
Y entre ellas, Valencia y Córdoba,
lo cual golpea el alma 
y derrama la conciencia.
En sus alminares 
se ha cincelado la idolatría 
sonriente y alegre,
la fe ha sido escarnecida
entre las burlas de los enemigos.
Nostalgia de la vuelta, 
aunque sólo sea de una parte de ella, 
debilidad humana. 
Ibn Al-Ahmar incorporó súbitamente Almería al Reino de Granada y se dirigió después a la provincia de Jaén para combatir a los cristianos, poniendo cerco al castillo de Martos en el año 1239 (636 H.), y sin poder apoderarse de él. Así se enzarzó en una encarnizada batalla contra los cristianos, tras la que éstos ocuparon el castillo de Arjona, patria chica de los Bani Al-Ahmar, y rodearon a la mismísima ciudad de Granada en el año 1244 (643 H.), siendo rechazados desde sus murallas y sufriendo cuantiosas bajas.
Cuando Ibn Al-Ahmar vio que no disponía de fuerzas suficientes para combatir a los cristianos, ni de posibilidades de obtener ayuda de Marruecos o de Túnez, se ofreció al rey de Castilla, Fernando, prestándole obediencia a cambio de que le permitiera gobernar su reino y sus tierras en su nombre; cumpliría con el pago de un diezmo anual equivalente a la cantidad de ciento cincuenta monedas de oro; sería su aliado en todas las guerras que librara contra sus enemigos, fuesen musulmanes o no; presenciaría las Cortes de Castilla como vasallo del trono castellano. 
Ibn Al-Ahmar entregó Jaén, Arjona, Porcuna, Priego de Córdoba, Zújar y Alcalá la Real, además de otros extensos territorios. Así fue como el tirano de Castilla fijó el pacto con Ibn Al-Ahmar en el año 1245 (643 H.), dejándole el control de las plazas o castillos que quedaban en sus manos.
Abandonó Ibn Al-Ahmar lo que quedaba del territorio de Al-Ándalus a su irremediable destino y además contribuyó con su ayuda a la ocupación castellana, conforme al acuerdo. En el año 1247 (645 H.) entregó a Castilla el oeste de Al-Ándalus, que comprendía, entre otras ciudades, a Tavira y Silves, actualmente ciudades de Portugal. A continuación ocupó Fernando la ciudad de Carmona, preparando de ese modo la conquista de Sevilla con la colaboración de Ibn Al-Ahmar. Ibn Al-Ahmar solía desempeñar el papel de consejero de los musulmanes en esas ciudades, pueblos y fortificaciones, y los convencía de que se entregaran a los cristianos a cambio de que se les perdonara la vida.
Fernando puso cerco a la ciudad de Sevilla a comienzos del mes de agosto del año 1247 (Yumada 1ª del 645 H.) con inmensas fuerzas en las que participaron la mayoría de los príncipes cristianos de España y de otras incipientes nacionalidades europeas, en una verdadera cruzada sin precedentes. Envió una escuadra naval por el interior del Guadalquivir, mientras Ibn Al-Ahmar apoyaba al tirano de Castilla en el cerco, conforme al acuerdo, mediante el envío de fuerzas de caballería. Las gentes de Sevilla, sin embargo, proyectaron su defensa con una valentía heroica. El cerco de Sevilla se prolongó durante ocho meses, hasta que se vieron forzados a entregarse a primeros de Ramadán del año 646 H. (23/12/1248), convirtiendo inmediatamente los cristianos su gran mezquita en iglesia, como de costumbre. Y trasladó Fernando la capitalidad de su reino, de Toledo a Sevilla.
Así fue como comenzaron a caer una tras otra las ciudades del occidente de Al-Ándalus. Después de la caída de Sevilla, los cristianos tomaron Jerez, Medina Sidonia, Cádiz, Sanlúcar de Barrameda, Guillena, y muchas de sus bases, ciudades y fortalezas. Ibn Al-Ahmar ayudó a los cristianos a ocupar gran parte de estas plazas fuertes, entre ellas Cádiz. Así apareció Ibn Al-Ahmar, con un comportamiento raro, doloroso y humillante, como aliado de los cristianos, en la ocupación de las ciudades del Islam y en la destrucción de sus fortalezas, como oponente de toda resistencia, y como promotor de cada abdicación y de cada derrota. Fue Écija una de las últimas ciudades entregadas a los cristianos a finales del año 1263 (662 H.).
Quisieron los cristianos traicionar a Ibn Al-Ahmar para arrebatarle los territorios de Al-Ándalus que aún quedaban en su poder. Fue entonces cuando los andalusíes, desengañados de sus gobernantes, pidieron ayuda a las gentes de Marruecos y a sus tribus. Y viendo Ibn Al-Ahmar la debilidad de la respuesta dio un nuevo paso para calmar al tirano de Castilla, entregándole a finales del año 1267 (665 H.), más de cien fortalezas y pueblos. Así fue como celebró la paz con los castellanos.
Empleó Ibn Al-Ahmar lo que quedaba de su vida en la consolidación y organización de su reino, estableciendo a los refugiados y nombrando a su hijo Muhammad como sucesor y heredero. 
No turbaron el orden las guerras al final de sus días, salvo la rebelión de Málaga y la injerencia de los cristianos en Algeciras. Murió Muhammad Ibn Al-Ahmar en el 29 de Yumada 2ª del año 671 H. (diciembre de 1272) a la edad de 76 años.
En menos de un siglo disminuyó la extensión de Al-Ándalus, de 250.000 Km2 a sólamente 30.000 Km2 quedando reducido su territorios al que en la actualidad comprende las provincias de Málaga, Granada y Almería, y una parte de las provincias de Cádiz, Córdoba y Jaén. Estas zonas montañosas no aptas para el cultivo fueron las que el ingenio andalusí convirtió en centros modélicos de civilización en lo concerniente a agricultura, industria y defensa. Y no fue eso posible sino con el ingenio de Muhammad Ibn Al-Ahmar, el que fuera diestro en la política de lo pasable, asegurándose la salvación de un trozo de Al-Ándalus que acogíaen sí a la diáspora de la Umma Andalusí, aunque fuera mediante métodos humillantes imposibles de aceptar por otro que no fuera él.
Estos desgraciados sucesos implicaban un cambio radical en la nación andalusí. Siempre que los cristianos ocupaban tierras islámicas del territorio andalusí, emigraban la capa social intelectual, los fabricantes y artesanos a los territorios que aún eran islámicos, es decir a Granada y su entorno, mientras que el pueblo llano permanecía en los territorios ocupados. De ellos, unos eran obligados forzosamente a cristianizarse, aunque la mayoría continuaron firmes en su creencia. 
Trajeron los conquistadores a emigrantes cristianos de otros lugares para colonizar las tierras de los musulmanes. Así fue como éstos se convirtieron en minoría en su propia patria. Los andalusíes denominaron ‘mudéjares’ a los musulmanes que se quedaron bajo el dominio cristiano. Éstos se organizaron en yamáas islámicas. En muchas zonas constituyeron la mayoría de la población fuera de las ciudades, especialmente en Aragón y en el País Valenciano, hasta comienzos del siglo XVII. 
Los mudéjares preservaron su Din del Islam en condiciones extremadamente adversas, rayando en la esclavitud. Con el paso del tiempo se debilitó la lengua árabe entre ellos, llegando a escribir sus libros y cartas en romance. Y esta lengua difiere de la lengua que vimos en los tiempos del estado omeya o en la época de los reyes de Taifas, como la que hemos visto en los zéjeles de Ibn Quzmán. Se trata de una lengua popular que se escribe con letras árabes y es, según las zonas, castellano, portugués, aragonés o catalán. Estas lenguas pasaron a tener una gran importancia entre los musulmanes tras la caída de Granada.
En cuanto a población, la del Reino de Granada, a pesar de su pequeña superficie, era equivalente a la población del resto de la Península Ibérica aproximadamente. Todos eran musulmanes, y no hubo entre ellos minorías cristianas. Desapareció el romance del habla común, y la lengua árabe dialectal andalusí pasó a ser su única lengua, mientras que el español no era allí sino una lengua extranjera. El Reino de Granada se constituyó en refugio de los mudéjares andalusíes y de otros grupos perseguidos por la cruzada. Sus fronteras siempre estaban abiertas para ellos, recibiendo cada año a un gran número de emigrantes procedentes del norte y a los muyahidín que llegaban del Magreb.
En este periodo triste que acabaría alumbrando al Reino de Granada, escribió el rondeño Abu Tayib Saleh Ibn Sharif Ar Rondí su famosa casida en que describe las realidades de Al-Ándalus, sus tierras y sus pueblos, la injusticia, la adversidad y la aniquilación, cuando dice:

Sobrevino una situación en la península 
para la que no hay consuelo. 
La montaña Uhud se derrumba por ello 
y se desploma la montaña Zahlan. 
El mal de ojo se cebó en el Islam
y lo hizo padecer de tal manera, 
que sus tierras y pueblos
se quedaron vacíos.

Y cuando, más adelante, escribe:

El Islam de los hunafa
llora de sentimiento
como llora el amado errante
al alejarse de las tierras 
que se han quedado vacías del Islam,
y que una vez devastadas
el paganismo ha reedificado.
Donde hubo mezquitas
hoy se yerguen iglesias, 
y no hay en ellas sino campanas y cruces.
Hasta los mihrabs lloran 
aún siendo de piedra sólida 
y hasta los mimbares se afligen 
aún siendo de madera.

A continuación dice:

Cual pueblo humillado
después de su grandeza
así han transformado su estado 
el pagano y el tirano.
Ayer eran reyes en sus casas
y hoy son esclavos
en las tierras paganas.

Y termina diciendo:

Por eso mismo se diluye 
el corazón deprimido, 
en el que palpitaban la fe
y la sumisión a Dios.

BIBLIOGRAFÍA.
1. THOMPSON. Los Godos en España, Alianza Editorial, Madrid, 1969.
2. ZIEGLER. Church and State in Wisigotic Spain. The Catholic University of America, Washington, D.C., 1930.
3. VILLADA, G. Historia Eclesiástica de España.
4. Ibn Al Qutía, Abu Bakar Muhammad. Historia del Fath de Al-Andalus, editado por el Dr. Abdullah Anís, en Beirut (1957) (árabe)
5. OLAGÜE, Ignacio. La Revolución Islámica en Occidente. Guadarrama. Madrid, 1974.
6. Corriente, F. Diwán de Ibn Quzmán, texto, lengua y poesía, Instituto Hispano-Árabe de Cultura, Madrid, 1980. (árabe)
7. Al Hayí, Abdurrahmán Alí. La Historia de Al-Ándalus desde el fath islámico hasta la caída de Granada, Dar Al Isláh, El Cairo (Egipto), 1983. (árabe)
8. Inán, Muhammad Abdullah. Los Reinos de Taifas, El Cairo (Egipto), 1969. (árabe)
9. Inán, Muhammad Abdullah. El Estado Islámico en Al-Ándalus, El Cairo (Egipto), 1969 (árabe)
10. Ibn Al Jatib. Al Ihata fi Ajbár Garnata, Lo que concierne a las noticias de Granada, El Cairo (Egipto), 1319 H. (árabe) 
Traducido del árabe por Zakaria Maza Al Qurtubi
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