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La ciudad sumergida

09/12/1999 - Autor: Saleh Paladini
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Ahmed conoció a Julián en el curso de una romántica caravana de ópticos y oftalmólogos, llamada “Ruta de la luz”, la cual se desplazó por tierra desde España a Mauritania en el 96, con un quirófano de campaña para atender enfermedades oculares. Julián era el logista de la movida y Ahmed el intérprete con la población. Julián pertenece al Cuerpo de Bomberos de Madrid y además es buzo.

Ahmed cuenta que presenció el despertar de la anestesia de un muchacho ciego de nacimiento, operado de algo parecido a cataratas. El médico le dijo a Ahmed, como si nada: “¡Ve quitándole poco a poco los vendajes, que yo vengo enseguida!”. Cuando Ahmed levantó los últimos algodones y el chico abrió los párpados, se le agarró al cuello y comenzó a gritar: “¡Allahhhh! ¡Veooooooo! ¡Veoooooo! ¡Veooooooo!” Y salió corriendo, abrazando y besando a quien encontraba en su camino, completamente enloquecido.

Aquel proyecto finalizó con una fiesta en la Embajada de España, en el elegante jardín de la residencia del Embajador, que es donde suelen hacerse las recepciones. Allí hay una piscina, y el broche de oro de la celebración fue que un fulano empujó a otro al agua desencadenándose una reacción en cadena que terminó con todos empapados y la etiqueta por los suelos, salvo el Embajador que no daba crédito. Al parecer, dicen las malas lenguas, que fue cierto bombero de la Ruta quien inició la broma, para más señas, buzo también.

Julián tiene la deformación profesional típica; alguien que disfruta templándose en el riesgo, parece que lo busca y se equipa haciéndole frente a la perfección. Ahmed y él lo pasan en grande, pues los dos son miembros de una ONG, a saber “Bomberos sin Frontera”, la delicia imaginativa de cualquier niño español, y que avala la reiterada exclamación de nuestro amigo Josele en el Palacio de los Vientos: “¡Y es que, chiquillo, hay gente pa tó!”.

Julián venía desde Andorra, donde recogió a su novia, Sandra, en un flamante todoterreno preparado por él. Querían volver a Bamaco, pues allí se conocieron unos años atrás, como dignos personajes de un culebrón rosa de aventuras. Mientras, bajaban por el ex Sahara español, dos amigos biólogos canarios les esperaban en Nouadhibou, recién llegados de un viaje por Gambia y la Casamance de Senegal, para seguir por la playa hasta Nouakchott.

Los cuatro, son los primeros invitados de nuestra Casa Blanca, y decidieron hacer una excursión al Adrar, al Norte de Mauritania, a la mítica ciudad de Chinguetti, centro cultural de los Almorábides, los Almorabitúm.

Ahmed me ordenó: “¡Esta vez, tú vienes con nosotros aunque tengamos que pegarte! ¡No te vas a escapar por mucho que lo intentes! El año pasado entre una excusa y otra te perdiste mi Región y aunque sea por la fuerza, verás la torre de la Mezquita de Chinguetti. Además, si quieres hacer bien tu trabajo en el país, has de conocerlo en profundidad y aún te faltan el Norte y el Este”.

Tratando de huir hacia delante, con la responsabilidad como estrategia, le respondí: “Hace ya dos semanas que estoy en Mauritania y necesito bajar al Río. Un Informe Semestral del Proyecto en Trarza tiene que salir para España en estos días y he de redactarlo. Mañana mismo me voy a Rosso”.

Julián me dijo: “¡Pero si he oído quejarte de que aún no te ha llegado el ordenador y que sin él no puedes trabajar! Si no vienes a Chinguetti, que serán dos días como mucho, suspenderemos el viaje y en su lugar bajaremos al Río persiguiéndote por las aldeas hasta tirarte al agua, como hicimos en la piscina de la Embajada”. No tuve más remedio que embarcarme en el coche del bombero, con los accesorios de un buzo en el desierto y zambullirme en los mares de tierra.

De Nouakchott parten las tres carreteras asfaltadas con las que cuenta el país. Hacia el Sur, una conduce 200 Kmts a Rosso, en la Región de Trarza, topándose con el Río en la frontera de Senegal. Otra hacia el Este, la Route de L´Espoir, con un desvío en Alec al Río hasta Kaedi, y que continua de Alec a Nema, con 1.200 kmts de desierto por delante, enlazando Malí. Y la última, hacia el Norte, que este año ha conseguido llegar a la capital del Adrar, Attar.

El Adrar es una zona montañosa de Mauritania que está a la altura meridiana de Nouadhibou. Hay unos 500 Kmts entre Nouakchott y Attar, la cabecera del Adrar, los cuales transcurren por una llanura de tierra desértica que ahora está reverdecida por las lluvias. A medio camino se atraviesa la ciudad minera de Akgujst, con las ricas explotaciones de cobre a cielo abierto.

Siempre que escucho el nombre de Attar, me acuerdo de la expresión española: “locos de atar”. Es imposible disociar ambas ideas, como irremediable, también, es que Julián y Ahmed paren de hacerse trastadas, pues son dos niños traviesos.

Me imaginaba Attar como una ciudad entre barrancos, pobre y aislada, y sin embargo es un núcleo mauritano dinámico y vivo en una especie de altiplano. Aquí vive uno de los más poderosos marabús de Mauritania. Se llama Alí Cheikh Ould Muma a quien quisiera conocer, para lo cual he que organizar un viaje con ese único objetivo y no mezclar energías. Pasamos sin embargo junto a su casa que es una fortaleza extendida en un llano, rodeada de un barrio que agrupa a parte de sus seguidores.

Este primer paseo por el Adrar es para beber un sorbo de su té y tener una idea de su paladar. El Adrar es digno de ser visitado con un geólogo como compañero o alguien que sepa descifrar el jeroglífico del paisaje. Esta región me ha parecido una tumba enorme, el mausoleo de un gigante fluvial que existió cuando esta tierra era un vergel y que murió por la sequía. Más tarde unos descendientes humillados fueron saqueando con saña sus restos ayudados por el tiempo y el viento, como mercenarios. La contemplación del panorama te deja mudo.

El Adrar es un cementerio de ríos sobre el esqueleto de un inmenso cauce seco que inmortalizó su paso por la tierra en una larga guerra de la lluvia contra el desierto, donde la sequía resultó vencedora absoluta, y donde aún quedan vestigios de odio. Un odio, que como todo en Mauritania es paradógico, pues de este odio brotan las manchas verdes de los oasis de palmeras y los riachuelos que las alimentan.

El Adrar, consta de un grupo de altiplanos a los que se sube escalando cornisas y terrazas encrespadas que dejan al desnudo estratos multicolores sin vegetación alguna. Conforme vas remontando estos enormes peldaños percibes que el viento ha ido desmenuzando láminas geológicas verdes y azules hasta teñir de colores la pista que conduce a Chinguetti. Y las terrazas a su vez siguen erosionándose por el agua pertinaz, perdedora constante de batallas contra el desierto. Y en las planicies, se acumulan cantos rodados como troncos de columnas azul ceniza, que son restos petrificados de helechos primitivos –estromatolitos- y todo el conjunto es una necrofilia de la vida pasada y su erosión por el tiempo, la sequedad y el viento. Y cavernas mostrando el arte de sus moradores neolíticos, que dejaron constancia de los mamíferos que los alimentaban con siluetas de jirafas, búfalos y gacelas, que ya no existen. Si en Mauritania sueñas que estás en otro planeta diferente a la Tierra, el Adrar es su satélite que busca un nombre para darse a conocer como una Luna más.

Tras esta guerra geológica, llegaron los beduinos y se asentaron. Y edificaron su capital en Chinguetti, la ciudad de las bibliotecas de los nómadas. Algo me dice que este paisaje se mantiene porque sus habitantes detestan la lluvia y la humedad. ¡Bastante tienen con lo que se suda! los nómadas aman el desierto y no lo quieren cambiar. Y parece que Allah se complace con esta gente que miran al vacío de la nada con ternura, concediéndoles sus preferencias. De lo contrario, Allah convertiría Su jardín japonés, en un jardín espeso.

Porque Mauritania es el Zen del Islam. Y Chiguetti, su mejor Dojo, el lugar adecuado para meditar sobre el vacío, la futilidad de las cosas creadas y la trascendencia. Chinguetti es un “coan” perfecto, un poema corto en tamaño y vasto en contenido, absurdo y al tiempo lleno de sentido. Poesía escrita en las profundas cicatrices abiertas por la pésima relación entre la humedad y la sequía.

Llegar a Chinguetti es saludar de frente al mar de arena que viene avasallando desde el otro extremo del Corazón de la Tierra, y aún de más allá, pues atraviesa Arabia sin detenerse, desde Persia. Y Chinguetti es la ciudad sumergida en sus aguas, devastada por una inundación sólida dormida y despierta, agitada y quieta, en una emoción contenida por el tiempo y el saber de las arenas. Las dunas sepultan las casas derruidas de lasca y troncos de palmeras secas, ocultando el éxtasis de un conocimiento profundo. Moradas construidas por guerreros de la paz y que guardan manuscritos que cierran sus hojas a miradas extrañas.

Entrar en la Mezquita de Chinquetti es la locura de penetrar en un bosque ordenado de menhires celtas. Y el viento, que viene recogiendo por los frentes de las dunas, los granos más finos de arena para trenzarlos en una estera dorada, loco también, también entra, la extiende, y reza.

Es la alfombra más hermosa. Más suave que la seda, e incorruptible. El océano del Tiempo la va ocultando, para esconder, como un tesoro, la sabiduría de quien se ha postrado en ella. Y cuando llega alguien desde muy lejos, como yo, y pone la frente en el suelo, te da a saborear un poco de lo que conserva.

Ahmed y yo subimos a la torre de la Mezquita, que es un emblema mauritano y figura en el papel moneda del país. Nos lo permitió el guardián, que nos acompañó hasta arriba. Ahmed y yo, en el mes de Junio subimos a la Giralda. Y le dije al guardián: “Por favor, ruegue a Allah para que en la ciudad de donde vengo, que se llama Isbiliya, Sevilla, en Al Andalus, se construya una mezquita”.

Y me respondió: “ Allah escucha con agrado las peticiones de quien se halla lejos del lugar donde quiere que llegue el beneficio de su súplica”.

Chinguetti encuentra su felicidad sumergida en las aguas cristalinas de sílice y calcita, sabiendo que su esencia se guarda en corazones que palpitan en todas las latitudes. Y el mar que la sumerge es como un velo protector que la preserva de sus propios resplandores.
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