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Los pecados de la Iglesia ortodoxa serbia

30/11/1999 - Autor: Yusuf Fernández
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Durante todo el período otomano, cuando el estado de Serbia dejó de existir, la Iglesia Ortodoxa serbia fue la encargada de mantener encendida la llama del nacionalismo y convirtió a los belicosos guerreros serbios fallecidos en combate en santos merecedores de la devoción popular. El Príncipe Lazar - que lideró las fuerzas serbias que se opusieron a los turcos en la famosa batalla del Campo de Kosovo en el año 1.389 - fue elevado a los altares por la Iglesia y su imagen pasó a adornar el interior de los templos. Su biografía fue relatada por los clérigos ortodoxos hasta la saciedad. Especialmente resaltada fue una frase que el “santo” habría pronunciado poco antes de su fallecimiento: “Mejor morir en la batalla que vivir en la vergüenza”.

La Iglesia Ortodoxa se convirtió de esta forma en la depositaria de los valores nacionalistas, en los que educó a la sociedad serbia durante los últimos siete siglos. Al mismo tiempo, la Iglesia gestó en ese tiempo un concepto nacional-religioso que equiparó la identidad serbia con la ortodoxa. “Ser serbio y ser cristiano ortodoxo es, según la Iglesia, la misma cosa”, afirma Mirko Djordjevic un profesor de literatura retirado y autor de un nuevo libro acerca de la Iglesia Ortodoxa y sus lazos con Milosevic. “Nuestra Iglesia ha generado por sí misma el nacionalismo serbio”.

Durante la Segunda Guerra Mundial la Iglesia Ortodoxa apostó, sin embargo, por el bando perdedor. Algunos de sus clérigos apoyaron al régimen marioneta impuesto por los invasores nazis. Otros respaldaron a un movimiento promonárquico cuyos miembros fueron conocidos por el nombre de Chetniks (que se harían tristemente célebres por sus atrocidades contra los pueblos croata y bosnio). Este movimiento combatió tanto contra los invasores alemanes como contra la guerrilla comunista liderada por Josiz Broz Tito.

La influencia de la Iglesia Ortodoxa serbia sufrió así un duro golpe tras la victoria en 1.945 de los comunistas de Tito en Yugoslavia. Las nuevas autoridades marginaron a la Iglesia políticamente, confiscaron sus bienes y propiedades y humillaron públicamente a los sacerdotes. Miles de estos últimos fueron arrestados. Además, el Gobierno comunista impuso lo que vino a llamarse “el patriarcado rojo” en la cúpula de la Iglesia para asegurarse la sumisión de ésta.

Según el profesor Djordjevic, la emergencia de Milosevic en Serbia a finales de los años ochenta fue la mejor noticia que la Iglesia había recibido durante muchas décadas. Milosevic - que fue el primer político yugoslavo en hablar directamente acerca de los derechos de la nación serbia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial - prometía hacer revivir el sueño, largamente acariciado por la Iglesia, de una Gran Serbia formada por todos aquellos territorios yugoslavos poblados, en mayor o menor medida, por serbios. El antiguo funcionario comunista de bajo rango se metamorfoseó, de este modo, en un líder nacionalista, ideológicamente ligado a la cerrada visión del “destino serbio” y del victimismo histórico que había sido alimentada por la Iglesia durante siglos. “La Iglesia creyó que Milosevic era una especie de Mesías que había venido a salvar a los serbios”, afirma Djordjevic. El propio padre de Milosevic había sido sacerdote antes de convertirse en profesor (más tarde acabaría suicidándose).

Milosevic permitió a la Iglesia recuperar parte del papel del que había gozado en la sociedad serbia en la época anterior al establecimiento del Estado comunista. Los sacerdotes aparecieron en la televisión estatal. Él prometió incluso devolver a la Iglesia las propiedades que le habían sido incautadas y permitir la educación religiosa en los centros públicos. Estas dos últimas promesas, sin embargo, nunca llegaron a materializarse.

Milosevic restauró también las fiestas cristianas tradicionales en Serbia y asimismo, en 1.990, la Iglesia pudo elegir libremente y sin interferencias del Estado a su Patriarca. La elección recayó en Pavle, un serbio oriundo de Raska-Prizren, localidad situada en el territorio de Kosovo. A sus 84 años Pavle continúa aún hoy desempeñando dicho cargo. Los clérigos ortodoxos participaron también en las manifestaciones masivas que impulsaron el establecimiento del régimen de Milosevic a finales de los años ochenta y mediante las cuales el nuevo dictador pudo desembarazarse de sus adversarios políticos que aún permanecían en importantes puestos de la Administración federal y las regionales. En aquellas manifestaciones las fotos de los santos ortodoxos se mezclaron con retratos del que todavía continuaba siendo entonces Presidente de la Liga de los Comunistas de Serbia. No cabe duda de que Milosevic supo aprovechar hábilmente la capacidad de la Iglesia para la movilización de los serbios ordinarios en favor de su propia cruzada nacionalista y su ascensión al poder

Cuando Yugoslavia comenzó a desintegrarse y estallaron las guerras de Croacia y Bosnia, los líderes paramilitares serbios - muchos de ellos responsables de crímenes contra la humanidad en Croacia y Bosnia - invocaron a la Iglesia como fuente de inspiración para sus actos. El criminal de guerra Zeljko Raznjatovic, más conocido como Arkan, buscado en la actualidad como criminal de guerra por el Tribunal Internacional para la antigua Yugoslavia, afirmó públicamente que su supremo comandante era el Patriarca Pavle. Con anterioridad a la acusación pública contra Pavle en el Tribunal de la Haya, pero bastante después de la publicidad a nivel mundial de su brutalidad y la de sus secuaces, los sacerdotes ortodoxos oficializaron su pública y llamativa boda en Belgrado. En 1.991 durante el punto más álgido de la guerra en Croacia, el Obispo Amfilohije recibió en su visita de Montenegro la visita de Arkan. Más tarde, sin embargo, el obispo afirmó que Arkan había acudido a verle sin que hubiera existido un acuerdo previo para su visita. Amfilohije fue uno de los líderes religiosos que abrazó con mayor ardor la política nacionalista de Slobodan Milosevic. Él alabó públicamente las “guerras de autodeterminación” del pueblo serbio, primero en Croacia y luego en Bosnia-Herzegovina.

“No todos (dentro de la Iglesia) favorecieron la guerra”, afirma Mirko Djorjevic. “Sin embargo, durante las guerras de Croacia y Bosnia ningún obispo salió al paso para denunciar las masacres que estaban siendo cometidas allí”.

Algunos obispos hicieron, no obstante, mucho más que guardar un silencio cómplice. Varios de ellos visitaron los frentes de guerra en Bosnia y Croacia, y llegaron a bendecir - como hizo el obispo Nikolai de Dabar Bosna - a las tropas serbias que cercaban Sarajevo y que masacraban diariamente con su artillería a los civiles de la ciudad. También mostraron un abierto apoyo a Radovan Karadzic, líder de las fuerzas serbobosnias durante los años 1.992 a 1.995, y que está actualmente buscado por la justicia internacional por ser uno de los principales responsables de las atrocidades cometidas durante la guerra de Bosnia. Un clérigo, el Padre Filaret Micovic, llegó a fotografiarse en Bosnia encima de un tanque blandiendo un fusil de asalto AK-47 Kalashnikov. Poco después, Micovic fue promovido a la categoría de obispo. La Iglesia alentó también las llamas del odio étnico a través de sus conmemoraciones públicas de hechos ocurridos en la Segunda Guerra Mundial con las que la institución trataba de reafirmar el tradicional victimismo que es una de las constantes del nacionalismo serbio desde sus orígenes.

En 1.992, sin embargo, el Patriarca Pavle se unió a las protestas de la oposición en contra de Milosevic. El objetivo de la protesta no era oponerse al nacionalismo y chovinismo de Milosevic sino el denunciar lo que la oposición consideraba como “formas neocomunistas de gobernar”. Pavle acusó en aquel entonces a Slobodan Milosevic de hacer a los serbios “víctimas de la tiranía comunista” y llamó a la creación de un gobierno de salvación nacional. La razón de la nueva actitud de la Iglesia ante Milosevic no vino determinada por la guerra sino por la derrota. La Iglesia no criticó en ningún momento las atrocidades cometidas por Milosevic y sus secuaces en su intento de crear la Gran Serbia, sino su fracaso a la hora de llevar a cabo esta tarea. “No culpamos a Milosevic por intentar defender a la nación (serbia), sino por su fracaso”, afirmó entonces, no sin cinismo, el Obispo Atanasije. Este obispo negó también en aquel entonces que la Iglesia estuviera reconsiderando su actuación en las guerras de Bosnia y Croacia, cuando otorgó su bendición a las fuerzas serbias, cuyos líderes están siendo buscados como presuntos culpables de crímenes contra la humanidad.

Cuando el ejército croata logró tomar la región de la Krajina en 1.995 más de 250.000 desesperados serbios, que residían en aquella región, huyeron hacia hacia Serbia, pero no pudieron entrar en la capital Belgrado al serles prohibido el acceso por la policía. La Iglesia consideró los Acuerdos de Paz de Dayton de 1.995 - que pusieron fin de la guerra en Bosnia-Herzegovina (y que otorgaron el 49% de esa república a la minoría serbia) - como una traición contra el pueblo serbio.

La Iglesia continuó asimismo apoyando a la oposición durante las masivas manifestaciones que recorrieron Belgrado en 1.997 con motivo de las protestas ciudadanas contra el fraude en las elecciones municipales.



El desastre de Kosovo

El conflicto de Kosovo supuso el mayor desastre para Serbia y para la Iglesia Ortodoxa de las últimas décadas. La pérdida de Kosovo tuvo una mayor significación que la de Croacia o Bosnia, ya que Kosovo no sólo forma (o formaba) parte de Serbia sino que es considerado por la Iglesia como la "cuna" de la nación serbia.

Durante las negociaciones de Rambouillet la Iglesia Ortodoxa quiso estar presente para dejar oír su voz. La delegación de la Iglesia estaba encabezada por el obispo Artemije y por Dusan Batakovic, un consejero político de la Iglesia. La delegación presentó un plan propio a la Secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright. Dicho plan contemplaba la división de Kosovo en pequeños cantones. Alrededor del 30% de la provincia, entre ellas el rico norte minero, sería para los serbios - que constituían en ese momento el 10% de la población - y el resto para los albanokosovares.

Cuando la guerra estalló a finales de Marzo, la Iglesia se alineó una vez más con Milosevic y criticó ferozmente a la OTAN. El 29 de Marzo el Patriarca Pavle publicó una carta abierta dirigida a los líderes mundiales en la que afirmaba el derecho serbio a las tierras de Kosovo, basándose en una versión claramente manipulada de la historia: "Nuestros antepasados fueron a Kosovo a defender más que a tomar la tierra de otros, a defender su libertad y no a reprimir a otros pueblos, a defender y no a imponer su fe, y ellos nos han enseñado que Abel tiene el derecho a defenderse de Caín". Un mes más tarde, con motivo de la celebración de la Pascua ortodoxa Pavle afirmó que la campaña de la OTAN estaba "destinada al fracaso". El 11 de Abril él predijo "una tragedia para el pueblo serbio y todas las comunidades étnicas de Kosovo" debido a "lógica violenta" de la OTAN. Mientras tanto, la Iglesia guardó silencio ante la limpieza étnica y el genocidio contra la población albanokosovar que estaba teniendo lugar en aquel momento en el interior de Kosovo. Durante el conflicto, los ultranacionalistas serbios utilizaron los muros de la principal Iglesia ortodoxa de Pristina para colocar carteles anunciando sus mítines y reuniones. Una honrosa excepción a este comportamiento fue la actuación del Padre Sava Janjic, del monasterio de Decani al sur de Pec, que fue conocido como el "cibermonje" debido a sus frecuentes mensajes en Internet en los que denunciaba la limpieza étnica. Durante el transcurso de la guerra el monasterio albergó a muchos albanokosovares que se refugiaron allí para salvar su vida amenazada por los paramilitares serbios.

No fue hasta que las tropas de la OTAN comenzaron a entrar en Kosovo que la Iglesia comenzó su ruptura total con el régimen de Milosevic. El 14 de Junio, dos días después de que los primeros paracaidistas británicos hubieran comenzado a entrar en Kosovo, un grupo de consejeros de la Iglesia, encabezados por Batakovic, se encontró con el Patriarca Pavle y varios obispos. Al día siguiente, el sínodo de obispos publicó una declaración en la que afirmaba que: "Teniendo en cuenta la trágica situación de nuestro pueblo y del Estado Federal pedimos que su actual Presidente y su Gobierno dimitan en interés del pueblo y su salvación". Este mensaje, calificado por el Gobierno yugoslavo como "traicionero", fue difundido desde los púlpitos de las iglesias por los sacerdotes. Sin embargo, causó poca conmoción en los feligreses. "Debería de haber llegado antes", declaró Slobodan, un trabajador de 33 años, a una televisión occidental.

Tras el conflicto, Pavle inició una acción desesperada para detener el éxodo de los serbios de Kosovo. El Patriarca viajó a Pec para convencer a los serbios de que no abandonasen "sus tierras desde hace siglos y sus santuarios sagrados". Sin embargo, el llamamiento de Pavle cayó en saco roto. Los serbios atemorizados por la culpa y la posibilidad de represalias, decidieron huir en masa. En Pec, la cuna de la Iglesia Ortodoxa desde el siglo XIV, las tropas italianas de la KFOR se turnan actualmente para dar protección a la iglesia de la localidad, en la que aún flamean banderas serbias. Los albanokosovares sienten un comprensible rechazo hacia la presencia de los clérigos ortodoxos a los que acusan – no sin razón – de haber sido los mentores y soportes ideológicos del nacionalismo serbio, responsable último del genocidio llevado a cabo contra el pueblo albanokosovar.

“Milosevic está loco”, afirma ahora el obispo Amfilohije, miembro del sínodo - el más alto organismo rector de la Iglesia. “Él tiene un espíritu suicida y cosas terribles ocurren si un espíritu suicida afecta a todo un pueblo”. No obstante, el obispo muestra aún la reticencia de la Iglesia a reconocer el genocidio del pueblo albanokosovar y reparte hipócritamente las culpas del conflicto "por igual". "Somos todos culpables", afirmó Amfilohije. "Deberíamos hincarnos de rodillas en señal de vergüenza. No pertenezco al pueblo que hizo estas atrocidades. Ni pertenezco al pueblo (albanokosovar) que destruye nuestras iglesias, ni al pueblo que arrojó bombas sobre nuestros hogares (es decir los países de la OTAN). Todos debemos arrepentirnos".

Pese a su distanciamiento actual con respecto al régimen de Milosevic, la Iglesia Ortodoxa serbia va a tener que hacer frente, tarde o temprano, a su pasado. La Iglesia está actualmente anonadada por las consecuencias del desastre. Milosevic prometió en su famoso discurso del Campo de Kosovo de 1.989 - donde la Iglesia mostró las reliquias del Príncipe Lazar, que habían sido previamente paseadas por los principales monasterios ortodoxos de Kosovo - que los serbios tendrían todo el poder en la provincia. Hoy, sin embargo, decenas de miles de serbios han huido de Kosovo, probablemente para siempre. El futuro político de Kosovo es incierto pero parece imposible que fuerza alguna pueda obligar a los albanokosovares a vivir en el futuro bajo la autoridad de Belgrado, por lo cual es probable que la opción de la independencia vaya cobrando cada vez más fuerza. En este contexto, la Iglesia tendrá que responder en un plazo no muy largo a cuestiones tales como cuál fue su postura y su voz durante la guerra de Bosnia o el genocidio albanokosovar. Muchos también querrán saber por qué la Iglesia otorgó su apoyo a un régimen que ha traído la ruina y la destrucción a los Balcanes. Aún hoy todo parece indicar que la ruptura de la Iglesia Ortodoxa con Milosevic tiene mucho menos que ver con el genocidio que con las previsibles consecuencias que el pueblo serbio va a tener que sufrir por causa de sus actuales líderes. No obstante, parece que algunos clérigos clarividentes empiezan a ser ya conscientes del peso de la culpa que recae sobre la Iglesia. Un monje de 22 años llamado Dejan musitó tras llegar a Urosevac, en el sur de Kosovo, una horrorizada disculpa. "Estoy avergonzado", dijo a un extranjero, "por todo lo que se ha hecho en el nombre de Serbia y de los serbios, y también de nuestra Iglesia". Quizá el monje estaba recordando en ese momento las palabras que el propio Pavle pronunció como advertencia hace muchos años, pero que tanto él mismo como sus obispos fallaron en aplicar: "Uno no puede servir a Dios y al diablo, ya que si uno es usado por el mal, será ya luego muy difícil para él hacer el bien". Para la Iglesia Ortodoxa serbia puede ser ya la hora de la penitencia
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