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FAQR, FAQIR, FUQARA

16/09/1999 - Autor: Ali González
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Una Tradición musulmana cuenta que Adam, -el primer ser humano-, cuando tomó conciencia de sí mismo, se mostró soberbio y arrogante, y entonces Allah le hizo sentir hambre. Así, tomó conciencia también de la precariedad de su condición. Su dependencia de la creación lo devolvió a Allah.

La vivencia de la propia insuficiencia es precisamente lo que hace trascender al ser humano: su fragilidad, la muerte imprevisible, la naturaleza que lo amenaza, la enfermedad que lo postra, todas sus limitaciones son desencadenantes de ansias y preguntas. No gobierna ni los ritmos de su vida y poco sabe de ellos: su corazón late más allá de su voluntad, su respiración le ha sido dada, no es dueño de sí mismo. Vive inmerso en la vida donde todo se posibilita mutuamente, donde nada sobrevive aislado. Capta entonces la Unidad que subyace bajo todas las cosas, que las mantiene y expande, en la que todo se diluye finalmente. Su Faqr, su pobreza existencial, su necesidad vital, lo comunica inmediatamente con el universo, y en él encuentra la acción -una de Allah que lo sostiene todo, y de la que depende eso. Faqr significa que reconocemos nuestra condición indigente frente a la existencia y que buscamos en Allah satisfacer nuestras necesidades; es el reconocimiento de un hecho en sí y, también una aspiración.

Vivimos en un mundo falsificado: el Estado, la Seguridad Social, los bancos, la Universidad,.... aseguran nuestro porvenir. Aislados, creemos estar asegurados. Nuestros miedos han creado a nuestro alrededor un mundo engañoso que calme nuestras incertidumbres. Hemos creado una realidad distinta que, al poder manipularla, o al menos someterla a nuestros juicios racionales, nos proteja, y nos evite el meditar y pensar en nuestra inconsistencia. Pero el sucedáneo no es satisfactorio cuando somos conmovidos en nuestros cimientos, la ficción no nos sirve cuando la verdad se nos impone con su fuerza, cuando una y otra vez recalca nuestra levedad.

Dijo el más grande de los maestros, shayj Mawlana Muhyiddín ibn al-Árabi: "Quien niega su realidad hace estúpidos sus sueños y son abatidas sus banderas". Pero el hombre aislado, autodivinizado, desconfía de Allah, de la existencia misma, han convertido su verdad vital en enemiga de sus aspiraciones, ha hecho de su realidad un asunto del que abomina. Y sus banderas son abatidas: en su afán destructor, se autodestruye. La perplejidad ante la inmensidad de la vida, en lugar de estimularle, se ha convertido en miedo paralizante, y su pavor le ha cegado, le ha hecho inventar un mundo a su medida, donde se satisface por un momento pero que acaba finalmente frustrándolo. En su fingida independencia, el ser humano se siente capaz de vivir sin la vida, sin embargo, no deja de vivir en Allah ni un solo instante: respira de su aire, bebe de su agua y se calienta a su sol, su vida entera está regida por el ritmo de Allah, Señor de los Mundos.

A falta de esta convicción, el ser humano agrede a la naturaleza: a estas agresiones se las llama en árabe "dunúb" por las que el musulmán se disculpa (es el significado de astághfirullah). Los dunúb destruyen al hombre, porque al fin y al cabo son agresiones contra sí mismo pues no está separado ni de sí mismo ni de lo que le rodea: todo forma parte de una misma realidad regida por Allah.

De la idea de Faqr no se deduce, ni mucho menos, una actitud pesimista o pasiva. Muy al contrario, es un decir: héme aquí con lo que soy para que Tú me colmes con tu Grandeza. Es reconocimiento de la necesidad de Allah para satisfacerla en El, para beber de su fuente, para aliviarla en su refugio seguro, pues El es la Verdad que sostiene la precariedad del universo entero. El faquir, el pobre, el que es consciente de su condición creada por Allah y de que su vida y su destino están exclusivamente en sus manos, se entrega a Allah con la espontaneidad de todo lo que vive, con la trasparencia que exige su sabiduría. Su vida es llenada por Allah: El es su Jardín. Sabe que nada es suyo, que no posee nada, que no es dueño ni de sí mismo, porque la presencia de Allah junto a él es intensa, y en Allah participa de la existencia en su universalidad. La sentencia sufi dice: el faqir es el sultán. Pasa a integrar en sí lo que Allah abarca. Desde su pobreza se funde en la absoluta riqueza de Allah. El Imam al-Yunaid decía: Sufi es el que no es poseído por nada. Esta es la mejor definición del faqir. Es el que no es engañado. Pudiera poseer todas las riquezas imaginables, pero en su corazón siempre es faqir: las alternancias de la fortuna no le afectan, ni el poder le seduce, ni la fuerza de su cuerpo perturba la claridad con la que ante él se manifiesta Allah.

Así pues, el Faqr tiene un principio y un final, un aspecto exterior y uno interior. Su principio es la humildad y su final, el orgullo en Allah. Su exterioridad es ausencia, necesidad, interiormente es riqueza y opulencia. Un sufi dijo: Pobreza y humildad. Otro respondió: No, pobreza y orgullo. El primero volvió a decir: Pobreza y riqueza. El segundo respondió: No, pobreza y trono. Ambos tenían razón, pero todo es simultáneo
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