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El furqân del mu`min

12/07/1999 - Autor: Ali González
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Antes de actuar, el mu`min hace una intuitiva valoración de los resultados de su acción. Hace un cálculo previo al que podríamos llamar "economía de sufrimiento de la existencia", en el cual se estima si de la acción que se piensa ejecutar va a derivarse más sufrimiento que beneficio. El kafir también calcula antes de actuar, salvo que el beneficio sólo lo entiende como "su" beneficio; el cristiano tiene alterado el sentido de sí mismo y piensa que lo que más le beneficia es "negarse a sí mismo". El mu`min sigue la vía del justo medio: no es el beneficiario absoluto de su acción, pero tampoco es ajeno al beneficio de su acción. En esta valoración previa a la que hemos llamado "economía de sufrimiento de la existencia", el mu`min al actuar se tiene en cuenta pero no a costa de un mayor sufrimiento en los demás que el beneficio que encuentra en su acción. Porque uno no está desconectado de los demás, y nuestras acciones vuelven sobre nosotros. El musulmán no es el ombligo del mundo -como el materialista-, pero tampoco es el más miserable de los pecadores -como el cristiano-: es parte de la vida que debe preservar. Somos califas, debemos preservar la Creación... ¡Pero nosotros somos parte de la Creación! Existir es ser manifestación de Allâh y tenemos una responsabilidad respecto a nosotros mismos.

La ecuación que hace -en tiempo meteórico- el musulmán antes de actuar es, más o menos, así: "Procurarse a sí mismo el máximo beneficio con el mínimo coste de sufrimiento en los seres y cosas de nuestro entorno". En caso que haya sufrimiento, deberá calibrarse hasta qué punto los beneficios que obtenemos de nuestra acción nos son realmente necesarios y si compensa "a la existencia" el daño que causamos con el beneficio que sacamos. Si es necesario, actuamos como el león que para comer no se atormenta respecto a la gacela que está devorando. Si no es necesario, actuamos con la delicadeza y el respeto al mundo a que nos obliga saber que no hay cosa alguna que pueda ser nuestra, que sólo Allâh "posee", y que no tenemos derecho a nada más que lo que Allâh nos ha permitido a través de nuestra ley de naturaleza.

El Islam es la vía del justo medio. El regalo que se nos ha hecho para nuestra recta guía. Y es al criterio de esta recta vía a lo que llamamos furqân, que nos da la certeza de qué se debe y qué no se debe de hacer, la conciencia clara de lo que es real y lo que es falso. Existe lo correcto, existe lo incorrecto, y sólo se nos pide que seamos consecuentes con nuestra valoración de las cosas. Nadie puede responder de los actos ajenos, y tampoco juzgarlos. Allâh es el único que juzgará.

Así, el Islam nos invita a hacernos fuertes en nuestra propia valoración de las cosas. No pactamos con lo que diga "la mayoría", ni acabamos pensando como vivimos por no poder vivir como pensamos. Cien, mil veces que no seamos congruentes nos hacemos conscientes de nuestra inconsecuencia; pero sin autoflagelarnos morbosamente. El furqân pone fin al relativismo moral de la sociedad en que vivimos tanto como a la insana culpabilidad de los cristianos. Nosotros hacemos una valoración de cada acto, antes y después de ejecutarlo. Si nos equivocamos, pedimos la maghfira de Allâh; no nos "perdonamos a nosotros mismos" ni nos crucificamos por nuestros pecados... "Perdónate a tí mismo", predica la autoayuda norteameriacana; "Humíllate y vive tu culpa", predican los cristianos. El Islam le dice al mu`min que sea consciente de que su acción no respondió al cálculo previsto y que le diga al corazón oculto de su Sí Mismo -a lo que llamamos Allâh- que no le sea tenido en cuenta ese acto: "Me he equivocado y sólo me he dañado a mí mismo", dice el mu`min.

Día a día, acto a acto, este cálculo que se basa en el furqân cimenta nuestro furqân. Cada vez la intuición de cómo debemos de obrar es más rápida, igual que le sucedería a alguien que se ejercitara diariamente -durante años- en las operaciones aritméticas. Y cada una de nuestras acciones nos hace más sólidos, más consistentes, más fuertes. Podemos dar cuenta de por qué hacemos las cosas, no tenemos "enemigos a las espaldas" en nuestro pasado, sabemos qué hemos hecho y cuándo nos hemos equivocado, a quiénes debemos pedir disculpas hasta el último día de nuestra existencia si fuera necesario, ¡y a quiénes no debemos pedir disculpas en absoluto!.. Con el furqân nuestra conciencia se va blindando, se va haciendo invulnerable.

Recibir el beneficio de un furqân claro a pesar de nuestros innumerables errores y negligencias en la Vía (en la `ibada), es sólo cuestión de no separarse de esta regla: no descuidar el cálculo beneficio-sufrimiento, pidiendo maghfira cuando hayamos inclinado la balanza injustamente hacia nosotros mismos, sin hacer ninguna otra cosa especial (tan sólo puntualmente con ciertos rasgos de auténtico heroismo porque uno se vea obligado a actuar contra sus más egoístas intereses por no hacer un daño mayor en su entorno), uno va recibiendo el beneficio de no estar moralmente perdido en un mundo que fomenta que los individuos actúen no buscando otra cosa que sus intereses. De este modo podréis mantener vuestras posiciones -vuestra dignidad de criaturas de Allâh- sin moveros un ápice, pese a que a vuestro alrededor no os comprendan los que tienen la mente programada por los grandes Shaytanes, y aún los perros os ladren.

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