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«No me abarcan ni los cielos ni la tierra...»

20/12/1998 - Autor: Abdelmumin Aya - Fuente: WebIslam
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Abdelmumin Aya (Foto: Laure Rodríguez Quiroga)

En cierta ocasión, Rasûlullâh (s.a.s.) dijo que Allah ha dicho: "No me abarcan ni los cielos ni la tierra, pero me contiene el corazón de quien se abre a Mí". Esto quiere decir que Allah es impensable a causa de su inmensidad: la inteligencia humana no puede recoger su grandeza ni describir su existencia. El que ha creado los cielos y la tierra, el que ha creado a los seres humanos y sus capacidades, el que lo ha puesto la vida en movimiento y la rige en cada instante, no puede ser reducido a nada ni encuadrarlo en pensamientos, lo trasciende absolutamente todo. Las palabras no pueden, por lo tanto, recoger lo que sea Allah ni decirnos nada de Él.

Todo intento por encerrarlo en definiciones es considerado por los musulmanes una pretensión absurda que no lleva a ninguna parte.

Ahora bien, el mismo hadiz nos enseña algo aparentemente contraproducente: eso que no puede ser abarcado por nada de cuanto existe está contenido en algo a su vez extrordinariamente pequeño: el corazón del ser humano. Nos dice el corazón, no la razón. Y no cualquier corazón, sino el corazón del que se abre a su Señor, el corazón del múmin. Es decir, Allah está en el centro del múmin, en su ansiedad y en sus sentimientos, y por eso el Corán llama a ese corazón ‘Trono de Allah’. Es porque el corazón tiene la facultad para asomarse al infinito, intuir su inmensidad, recogerla y ser consciente de ella. A diferencia de la razón, el corazón no está en nuestras manos: se nos escapa. Hay algo en el ser humano que busca eternidades y soporta infinitos. Allah es eso que es inabarcable y es el reto para esa intuición. El ser humano, al abrirse y asumir su insaciabilidad interior encuentra en ella a su Señor, al motor que lo activa en todo momento, se enfrenta a su Secreto, al Misterio que guarda en sus propias profundidades. Se han atribuido al Profeta (s.a.s.) las siguientes palabras: "Quien se conoce a sí mismo, ha conocido a su Señor".

En sus reducidas dimensiones, el ser humano siente que en su interior hay espacio para lo inmensurable y que lo infinito ya está en él, habitándolo, rigiéndolo, moviéndolo: Allah es ese irremplazable torbellino que reside en los adentros del corazón, y el que se asoma a ese vertiginoso abismo es a quien en árabe se le llama múmin. Ese asomo a las profundidades del corazón, el Îmân, engrandece al múmin, al hacerlo espacioso interiormente lo hace inmenso. Esto es lo que pretende el Islam.

Por todo lo dicho, en el Islam no es posible ninguna teología. Allah no es ofrecido como tema para la elaboración de una filosofía sino, como ya se ha señalado, para ser un reto que engrandezca al hombre haciéndole dirigir su mirada hacia su propio centro inefable, un centro en el que se comunica con el universo entero, y trascendiéndolo todo logra intuir a su Señor, a su Verdad. El Îmân es ese asomo del corazón hacia lo que alberga en sí mismo, y es el Îmân lo que convierte al ser humano en múmin. El Îmân es la apertura hacia el infinito, y en esa eternidad se descubren cosas. Al conjunto de enseñanzas fundamentales que se aprenden de ese asomo se le llama ‘Aqîda, y la ‘Aqîda no es más que insistencia en el carácter unitario del universo de Allah-Uno.

Todo discurso entorno a Allah en el Islam consiste en el intento racional que persigue deslimitar las condiciones que pone la razón. A ese discurso se le llama en árabe Kalâm. El Kalâm es una ciencia que procura incidir en el carácter inabarcable de Allah, y sus enunciados son básicos, es decir, el Kalâm es el estudio racional de la ‘Aqîda. El Kalâm nos enseña que Allah es Uno, que no tiene principio ni final, que no lo contienen ni el espacio ni el tiempo, que es ajeno a todas las medidas humanas, que es imperceptible por los sentidos, etc. Todo ello convenientemente razonado para evitar que le resulte repugnante a la inteligencia, y cuando lo consigue, cuando ha desbloqueado las resistencias racionales, se invita al corazón a que se sumerja en el No-Tiempo y el No-Espacio y se engrandezca en ese océano. Al experto en Kalâm se le llama mutakallim, que significa ‘hablador’. El mutakallim es profundamente respetuoso con la razón, pues no pretende obligarla a nada, sino llevarla al extremo del que sea capaz y allí arrojarla a lo que el corazón debe investigar con sus intuiciones más profundas.

Esas formulaciones del Kalâm con las que se insiste en la grandeza indescriptible de Allah tienen siempre un conjunto de ideas centrales (la unidad de Allah, su incomparabilidad, etc.) y otras adyacentes influidas por las situaciones de cada época. Es decir, el Kalâm también pretende combatir ideas contemporáneas que, al menos aparentemente, contradicen los valores fundamentales del Islam en su concepción unitaria. Así, en la actualidad, la formulación de las enseñánzas básicas del Islam –la ‘Aqîda- van acompañadas de réplicas al materialismo (en tiempos antiguos, el Kalâm servía para polemizar con los judíos, cristianos, zoroastrianos, mutazilíes, chiitas, etc.). Estas discusiones y refutaciones anexas no siempre han gozado de estima y por lo general se consideran una pérdida de tiempo. Lo fundamental es que los musulmanes ahonden en su intuición unitaria y en los espacios infinitos del corazón. Las disquisiciones del Kalâm fuera de su tema central no obligan a nadie, y sólo son desarrollos condicionados por las circunstancias.

De todas las formulaciones tradicionales la que más ha gozado de pretigio es la que realizó el Imâm al-Ash‘ari (s. IX), precisamente por su fidelidad al Corán y a la Sunna. A su escuela se la llama Mádzhab Ash‘ari o simplemente Kalâm Ash‘ari. El Kalâm Ash‘ari es una sosegada reflexión en la Inmensidad de Allah. Nos enseña, como todas las formulaciones de la ‘Aqîda, que Allah es la Verdad Inmutable, la fuente de toda existencia, su soporte en cada instante y su destino final. Allah es lo que hace ser, lo que da realidad y hechura a las cosas que vemos y sentimos, y todo está sujeto a Él y reducido a su Voluntad, porque Él es la Existencia misma en toda su grandiosidad, y sin ella todo se desvanecería en la nada. Y nos dice de Allah que es Uno, Poderoso, Efectivo, Presente... Todas estas son connotaciones necesarias pero que pretenden fundamentalmente hacernos ver que Allah es radicalmente distinto a todo lo que podemos conocer, pensar o imaginar, y nos invita a arriesgarnos a lo que no podemos ni perfilar de algún modo. Se convierte así en ese desafío transformador que decíamos antes. Se nos propone como meta algo imposible de concebir para que nuestra búsqueda de lo Esencial jamás se detenga, y en esa búsqueda vamos ampliando nuestro universo interior, lo vamos haciendo cada vez más capaz de albergar algo progresivamente más grande, indefinido, inmedible.

Esto es lo que pretende la ‘Aqîda, la formulación de la unidad de Allah. No tiene el fin de definir a Allah, jamás nos habla de su naturaleza, no es una ciencia que pretenda ser exacta, sino más bien un continuo estímulo que vaya desmontando ídolos. Allah no es un ídolo, no es algo definitivo, sino que es un desconcertante ir más allá del lugar al que hemos llegado con nuestra capacidad de trascender.

Damos pasos sencillos al principio, pero para no detenernos jamás en nuestra búsqueda. Allah, en lugar de irse concretando, cada vez es más vago, más ambigüo, cada vez va perdiendo más perfiles y ganando más matices para llenar por completo todos los horizontes. Llega un momento en que Allah lo llena todo sin ser nada, y es cuando el Uno va engullendo incluso al buscador, y todo se unifica, y es cuando el ser humano se ha entregado al Ser por completo hasta disolverse en aquello que busca. Eso es a lo que en árabe se llama Má‘rifa o Conocimiento Supremo, pues todo ha quedado integrado en su Verdad Universal.


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1 Comentarios

Nibya Leiby dijo el 31/08/2014 a las 03:43h:

gracias por todo, se necesita mucho, gracias.


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