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Lo sagrado y lo profano (I)

15/05/1998 - Autor: René Guénon
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A menudo hemos explicado ya que, en una civilización íntegramente tradicional, toda actividad humana, sea cual sea, posee un carácter al que se puede llamar sagrado, ya que, por propia definición, la tradición no deja nada fuera de ella; sus aplicaciones se extienden entonces sin excepción a todo, de manera que no hay nada que pueda ser considerado como indiferente o insignificante a este respecto, y, haga lo que haga el hombre, su participación en la tradición está asegurada de una forma constante por sus propios actos. En cuanto ciertas cosas escapan al punto de vista tradicional o, lo que viene a ser lo mismo, son consideradas como profanas, esto es el signo manifiesto de que ya se ha producido una degeneración que entraña un debilitamiento y como una aminoración de la tradición; y una tal degeneración está naturalmente unida, en la historia de la humanidad, a la marcha descendente del desarrollo cíclico. Evidentemente pueden existir diferentes grados, pero, de manera general, se puede decir que actualmente, incluso en las civilizaciones que todavía han mantenido el carácter más claramente tradicional, una cierta parte más o menos grande está siempre volcada a lo profano, como una especie de concesión forzada a la mentalidad determinada por las propias condiciones de la época. Ello no quiere decir sin embargo que una tradición pueda reconocer jamás el punto de vista profano como legitimo, pues esto equivaldría en suma a negarse a sí misma, al menos parcialmente, y según la medida de la extensión que le acordara; a través de todas sus adaptaciones sucesivas, no puede sino mantener siempre con razón, si no de hecho, que su propio punto de vista es realmente válido para todo y que su dominio de aplicación lo comprende igualmente todo.

No es por otra parte sino sólo la civilización occidental moderna la que, debido a que su espíritu es esencialmente antitradicional, pretende afirmar la legitimidad de lo profano como tal y considera incluso como un "progreso" el incluir en éste una parte cada vez mayor de la actividad humana, si bien en el fondo, para el espíritu íntegramente moderno, no hay más que lo profano, y todos sus esfuerzos tienden en definitiva a la negación o a la exclusión de lo sagrado. Las relaciones están aquí invertidas: una civilización tradicional, incluso aminorada, no puede sino tolerar la existencia del punto de vista profano como un mal inevitable, esforzándose en limitar las consecuencias lo máximo posible; en la civilización moderna, por el contrario, es lo sagrado lo que no es más que tolerado, ya que no es posible hacerlo desaparecer completamente de un solo golpe, y al cual, esperando la realización completa de este "ideal", se le concede un lugar cada vez más reducido, poniendo el mayor cuidado en aislarlo de todo lo demás mediante una barrera infranqueable.

El paso de una a otra de estas dos actitudes opuestas implica el convencimiento de que existe, no solamente un punto de vista profano, sino un dominio profano, es decir, de que hay cosas que son profanas en sí mismas y por su propia naturaleza, en lugar de no ser tales, como realmente ocurre, sino por efecto de una cierta mentalidad. Esta afirmación de un dominio profano, que transforma indebidamente un simple estado de hecho en un estado de derecho, es entonces, si puede decirse, uno de los postulados fundamentales del espíritu antitradicional, puesto que no es sino inculcando en principio esta falsa concepción a la generalidad de los hombres como puede esperar alcanzar gradualmente sus fines, es decir, la desaparición de lo sagrado, o, en otras palabras, la eliminación de la tradición hasta en sus últimos vestigios. No hay más que observar a nuestro alrededor para darse cuenta de hasta qué punto el espíritu moderno ha triunfado en esta labor que se ha asignado, pues incluso los hombres que se juzgan "religiosos", luego aquellos entre quienes subsiste aún más o menos conscientemente algo del espíritu tradicional, no dejan de considerar a la religión como algo que ocupa entre lo demás un lugar aparte, y, por otro lado, a decir verdad, muy restringido, de tal manera que no ejerce ninguna influencia efectiva sobre todo el resto de su existencia, en la que piensan y actúan exactamente de la misma forma que los más completamente irreligiosos de sus contemporáneos. Lo más grave es que estos hombres no se comportan así simplemente porque se encuentren obligados por la coacción del medio en el cual viven, porque haya aquí una situación de hecho que no pueden sino lamentar y de la cual son incapaces de substraerse, lo que todavía sería admisible, pues con seguridad no se puede exigir a todos que tengan el coraje necesario para reaccionar abiertamente contra las tendencias dominantes de su época, lo que ciertamente no deja de ser peligroso bajo más de un aspecto. Lejos de ello, están afectados por el espíritu moderno hasta tal punto que, como todos los demás, consideran la distinción e incluso la separación de lo sagrado y lo profano como perfectamente legítima, y, en el estado de cosas que es el de todas las civilizaciones tradicionales y normales, no ven sino una confusión entre dos dominios diferentes, confusión que, según ellos, ha sido "superada" y ventajosamente disipada por el "progreso".

Todavía hay más: una tal actitud, ya difícilmente concebible por parte de hombres, sean cuales sean, que se dicen y se creen sinceramente religiosos, no es siquiera sólo debida a los "laicos", en los cuales podría quizá, con rigor, ser debida a una ignorancia que la hiciera excusable hasta cierto punto. Parece que esta misma actitud es también ahora la de numerosos eclesiásticos, que parecen no comprender todo lo que ella tiene de contrario a la tradición, y decimos a la tradición de una manera general, luego a aquello de lo cual son los representantes tanto como a toda otra forma tradicional; y se nos ha hecho notar que algunos de entre ellos llegan incluso a hacer un reproche a las civilizaciones orientales en cuanto a que la vida social está todavía penetrada de espiritualidad, viendo aquí una de las principales causas de su supuesta inferioridad con respecto a la civilización occidental. Por otra parte, cabe señalar una extraña contradicción: los eclesiásticos más afectados por las tendencias modernas se muestran generalmente mucho más preocupados por la acción social que por la doctrina; pero, puesto que aceptan e incluso aprueban la "laicización" de la sociedad, ¿por qué intervienen en ese dominio? Esto no puede ser para tratar, como sería legitimo y deseable, de introducir un poco de espíritu tradicional, desde el momento en que piensan que éste debe permanecer completamente extraño a las actividades de este orden; esta intervención es entonces totalmente incomprensible, a menos de admitir que existe algo en su mentalidad profundamente ilógico, lo que es por otra parte el caso indudable de muchos de nuestros contemporáneos. Sea como sea, hay aquí un síntoma de los más inquietantes: cuando los representantes auténticos de una tradición han llegado al punto en que su manera de pensar no difiere sensiblemente de la de sus adversarios, se puede preguntar qué grado de vitalidad tiene aun esa tradición en su actual estado; y, puesto que la tradición de que se trata es la del mundo occidental, ¿qué posibilidad de enderezamiento puede, en estas condiciones, haber para ésta, a menos en tanto que se mantenga en el dominio exotérico y no se considere ningún otro orden de posibilidades?


NOTAS

1. Cap. XI de "Initiation et Réalisation spirituelle", París, Ed. Traditionnelles, 1952. Enviado a WEBISLAM por "Difusión Traditio"
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