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El Islam ante el laicismo en el proyecto social

15/05/1998 - Autor: Sheij Mansur Abdussalam Escudero
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Resumen
La contraposición entre religión y laicidad pertenece al ámbito de la historia del judeocristianismo occidental. Extender la antinomia a otras situaciones puede implicar ciertos riesgos y algunas imprecisiones. No deberíamos caer en la solución fácil de extrapolar la situación a otros ámbitos, como por ejemplo al islámico, ya que entonces nuestro análisis resultaría incorrecto. En el Islam no existe una estructura eclesial construída para administrar la sociedad, aunque es cierto que determinadas formas de poder o concepciones políticas surgidas entre los musulmanes han podido tender a ello. La diferencia estriba en que todos los miembros de la comunidad musulmana, la Ummah, disfrutan en régimen de igualdad de la condición "religiosa". No existe en el Islam una brecha entre lo religioso y lo civil, entre religión y laicidad.
Contenido
1.1. Concepto de laicismo
1.2. Tolerancia y reconocimiento
1.3. El Islam, religión de paz
1.4. El Islam frente al terrorismo
1.5. Conclusiones
Bismillahi ar Rahmani ar Rahim
Las bendiciones sean sobre nuestro amado Profeta Muhammad, su familia y compañeros y sobre todos los que siguen su noble senda.
1.1. Concepto de laicismo
La contraposición entre religión y laicidad, o entre religiosidad y laicismo, se admite, como tantas otras dualidades en el análisis político, sin que se preste demasiada atención a sus orígenes y a su significado dentro de la estrategia del pensamiento único, soporte intelectual este último del llamado Nuevo Orden Internacional. En ese contexto se admite comunmente que estos términos se refieren a espacios antitéticos, dificilmente reconciliables, que por otro lado se ven forzados a convivir en el discurso para que éste tenga sentido, y se refiera siempre a la realidad desde la alteridad, desde la diferenciación.
A pesar de que fue la filosofía de la Ilustración la que puso sobre el tapete la cuestión, abriendo la brecha entre el pensamiento "religioso" y el secular, ésta tiene sus antecedentes en la propia antigüedad, en la Grecia Clásica, donde se forjaron de forma germinal las diferentes filosofías que han conformado la historia de la espiritualidad occidental, el idealismo espiritualista, heredero del universo de las ideas de Platón, y el racionalismo emergente de la Lógica de su discípulo Aristóteles. En el Al Ándalus de los almohades, el debate entre los espirituales avicenianos y los filósofos averroístas. En el siglo que muere, la Guerra Fría entre los mismos hijos de aquel espíritu ilustrado de que hablábamos al principio, entre los defensores del materialismo racionalista y los idealistas defensores del liberalismo económico.
En el análisis contemporáneo se están usando los términos con poco rigor conceptual. Se contrapone lo religioso a lo laico y se hace extensiva la contradicción a cualquier religión y a cualquier laicidad. Y esto necesariamente resulta poco serio, poco respetuoso con la Historia, aún cuando hoy algunos se empeñen en hacerla desaparecer. La contraposición surge en el seno de una cultura, la judeocristiana, que, aunque "religiosa" ha integrado en su desarrollo elementos diversos procedentes del paganismo y de las antiguas tradiciones del naturalismo indoeuropeo. El término "laico" proviene del latín laicus, que significa "lego" y se aplicaba a aquellos "religiosos" de una orden cristiana que no realizaban las funciones sacerdotales propiamente dichas —litúrgicas, sacramentales, etc.— ni disfrutaban de todos los privilegios implícitos a la condición clerical. El término pasa luego a designar, poco a poco, a aquellos que, siendo cristianos están "fuera de la Iglesia" y, finalmente a los que se sitúan al margen de la comunidad cristiana. El paso de la sociedad teocrática europea de la Edad Media, a la sociedad secular que preconizaba la Modernidad se produjo como consecuencia de las exigencias del capitalismo, en su necesidad de transformar las estructuras en orden a la acumulación del capital con las consiguientes alteraciones sociales. Las viejas fórmulas del poder iban a transformarse paulatinamente en otras más flexibles, en apariencia menos coercitivas, que facilitarían el acceso de grandes masas de obreros a las fábricas y, sobre todo, la incorporación de la mujer a las tareas "productivas", como si la única producción posible fuese la de los objetos materiales, la de los bienes de consumo.
El tránsito de la sociedad autoritaria a la democrática dejó en la cuneta muchos contenidos tradicionales que fueron sustituídos poco a poco por las diferentes ideologías y los distintos modelos de construcción social.
Así, es fácil admitir que la contraposición entre religión y laicidad pertenece al ámbito de la historia del judeocristianismo occidental, y que extender la antinomia a otras situaciones puede implicar ciertos riesgos y algunas imprecisiones. No deberíamos caer en la solución fácil de extrapolar la situación a otros ámbitos, como por ejemplo al islámico, ya que entonces nuestro análisis resultaría incorrecto.
La dualidad religión/laicismo se tiñe de beligerancia en el momento en que los intereses de la sociedad tradicional y los de la modernidad entran en conflicto. No puede desarrollarse un proyecto participativo, democrático, en el seno de una sociedad estructurada de forma autoritaria. No puede hablarse de igualdad cuando la Iglesia no admite los derechos de la mujer. No pueden hacerse determinados proyectos económicos si la Iglesia se opone a la usura, etc, etc...
En el tránsito hacia la "sociedad secular", se ensancha el abismo entre los que defienden "una opción religiosa", en el sentido de una sociedad donde se apliquen principios de la moral judeocristiana tradicional y aquellos otros que, desde fuera de la estructura eclesial apuestan por las ideologías, invocando la ciencia y la racionalidad, aunque dentro de una misma tradición cultural. El conflicto surge de las propias contradicciones de la cultura, de la intransigencia de una Iglesia que había demostrado sobradamente que sus finalidades no eran ni "religiosas" en un sentido espiritual ni social, y que durante siglos había mantenido una política inquisitorial de eliminación de la pluralidad y la disidencia. En una situación así no era posible la existencia de otras opciones. Los estados confesionales, que eran la mayoría de las naciones europeas de la Edad Media y el Renacimiento, no eran sino el fruto de la alianza de los diversos poderes, el ideológico-religioso y el político-económico. (Podríamos pensar que se trata del mismo abismo que, como hemos dicho, se abrió entre los avicenianos y los averroístas en el Islam occidental del siglo XII, pero aquí la brecha es de otro tipo). Lo que nos interesa señalar es que la contraposición surge en un momento y lugar determinado y que no necesariamente ha de hacerse extensiva a otras coordenadas.
Ese mismo proceso de divorcio entre lo religioso y lo laico se aplica comunmente en los análisis que, desde el pensamiento único, se hacen hoy con respecto al Islam. Se resaltan entonces aquellos aspectos que entran en contradicción con el modelo socioeconómico vigente, que no es otro que el viejo liberalismo remozado de pluralidad, se habla del anacronismo del Islam respecto a la situación de la mujer, de la utopía implícita en la Economía Islámica, del despotismo de los árabes, confundiéndose términos y conceptos de forma cuando menos tendenciosa. Todo ello llega a producir la idea de que Islam, como forma social, y Democracia, como forma política, son incompatibles. Nada más lejos de la realidad.
En primer lugar porque, a diferencia del judeocristianismo, en el Islam no existe una estructura eclesial construída para administrar la sociedad, aunque es cierto que determinadas formas de poder o concepciones políticas surgidas entre los musulmanes han podido tender a ello. La diferencia estriba en que todos los miembros de la comunidad musulmana, la Ummah, disfrutan en régimen de igualdad de la condición "religiosa". No existe en el Islam una brecha entre lo religioso y lo civil, entre religión y laicidad. No existe más modelo de Estado que el que puede deducirse de la sociedad profética, de la comunidad de Medina, y a pesar de ello, los musulmanes se han organizado y se organizan como tales bajo los más diversos regímenes, que van desde la Democracia Popular hasta la Monarquía hereditaria, sin dejar de ser musulmanes. En ese sentido, el Islam no entra en conflicto con la laicidad, puesto que no admite estructuras "religiosas" al margen de la sociedad civil. Unas y otra se superponen puesto que todo individuo es "religioso".
La única institución política islámica en la que todos los musulmanes estamos de acuerdo, por el Corán, y por las innumerables referencias que sobre ello existen en la Sunnah, es la de la Shura, la consulta mutua. Sabemos los musulmanes que la sociedad preconizada por el Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, la que él alentaba, era una sociedad participativa. Jamás tomó una decisión sin someterla a la consulta de sus Compañeros y allegados, e incluso, como sabemos, en alguna ocasión hizo prevalecer la decisión de la Shura sobre la suya propia, a pesar de que él, como Profeta, conocía lo equivocado de la decisión como se demostró por las consecuencias (Ver, quizás Batalla de Badr) Sabemos también que el Corán no indica formas particulares de gobierno y que el profeta no explicitó este tema ni el de la sucesión. La sociedad islámica de Medina al Munawara era una sociedad plural. La institución del Dimmhi, garantiza el derecho a la libertad religiosa y a la libertad de conciencia. En la Historia del Islam, el pluralismo confesional y el reconocimiento del derecho a la diferencia son hechos contrastados, como ocurrió en Al Ándalus, ejemplo de sociedad plural, multirracial y multicultural. Sólo cuando los regímenes políticos de los musulmanes decaen por la dinámica implícita en las estructuras de poder hereditarias, el autoritarismo y la tentación "eclesial" se han hecho patentes, coincidiendo con la mengua de la sociedad islámica, perdiendo ésta su razón y su sentido, degenerando hacia formas eclécticas en principio y, posteriormente, no islámicas, en las que los derechos de los ciudadanos, tanto musulmanes como no musulmanes, dejan de ser tenidos en cuenta en muchos casos.
Por otra parte, la ruptura existente entre el laicismo y la cultura judeocristiana, tuvo también su razón de ser en que ésta última era profundamente ascética, negadora de la vida y de las necesidades materiales, y en su evolución medieval, clara heredera de un idealismo platónico ribeteado de martitrio, de sacrificio del animal humano en pos de una naturaleza divina que habría de resolverse mediante una imposible Encarnación. No ocurre lo mismo en lo que concierne al Islam, donde lo humano y lo divino conviven en una forma de vida que no es, como el judeocristianismo "una religión de los misterios", de la negación del cuerpo, del placer y del derecho a la realización personal, sino más bien una vía trascendental y humanista, en la que el ser humano es considerado jalifa, usufructuario superior, criatura mortal que tiene la obligación de ejercer cabalmente la facultad de pensar, la responsabilidad —azraj— de cuidar de lo creado, en el Nombre de Dios, y otras facultades menos codificables racionalmente. Esa es la razón por la que los musulmanes, realizamos cualquier acción pronunciando el Bismillah.
Con el advenimiento de la Modernidad, el judeocristianismo manifestó su incapacidad para responder a las necesidades que planteaba la nueva sociedad. La Iglesia no tenía recursos ni intelectuales ni doctrinales para aportar soluciones a los temas que entonces se pusieron sobre el tapete de la Historia. Nada que decir sobre la igualdad, sobre el capitalismo emergente, sobre la usura, sobre la justicia social más allá de la caridad, o sobre la libertad de conciencia o la libertad religiosa. Su misión en este mundo estaba al servicio de los poderes instituidos y eran éstos poderes, con sus intereses, los que se tenían que transformar. Esa es la razón del "aggiornamiento" y adaptación permanente de la Iglesia Católica a las exigencias de esa Historia que ahora, precisa y sospechosamente ahora, se quiere hacer desaparecer, cerrándola con un mea culpa hacia los olvidados, hacia sus víctimas, y de una forma selectiva y atroz, pedir el perdón por la Inquisición, por el Holocausto, por haber mantenido abierta la herida en el seno de la propia cultura judeocristiana, por haber mantenido divididos a los pueblos hermanos. Judíos y cristianos buscan así la reconciliación y se manifiestan de acuerdo en el rechazo hacia el integrismo y el fundamentalismo islámicos, hacia el anacronismo que supone el Islam en una sociedad de las libertades en la que, la vida judía o cristiana, desde un punto de vista "religioso" poco o nada tienen ya que hacer. Para nada se habla de las otras víctimas, de aquellas que perecieron en los mismos holocaustos por ser moriscos, musulmanes convertidos a la fuerza o de los héroes heréticos de todas las demás culturas de la tierra.
En este contexto, contraponer, pues, Islam y Democracia es, cuando menos una imprecisión y una inconsecuencia con la verdad de la Historia. ¿Por qué razones se mantiene, entonces, la contraposición cuando el análisis se refiere al Islam y a los musulmanes? ¿Qué intereses se esconden detrás de tesis tan difundidas como la de Huntington, la denominada Teoría de la Confrontación o "choque de civilizaciones"?.
La mayoría de los musulmanes que vivimos como minorías en los diferentes estados de la Unión Europea estamos convencidos de que la laicidad del Estado que defendemos, significa que las creencias arraigadas en la sociedad, serán protegidas por éste en un plano de igualdad. Desde nuestra perspectiva de musulmanes, no hay contradicción entre Islam y democracia o entre Islam y laicidad y, tengo para mí que la inclusión de estos conceptos en el discurso de los musulmanes europeos, ayudará a una mejor comprensión de nuestra creencia y a desterrar para siempre los estereotipos medievales que se han ido forjando a lo largo de los siglos.
El problema subyacente es el de los valores. En una sociedad que se proclama liberal en las costumbres y en los usos, y donde el límite de la libertad individual se sitúa en los umbrales del orden público, aparecen las contradicciones de forma bastante palpable.
Ya en la época de la guerra del Vietnam en los años setenta, un filósofo americano, judío, Noam Chomsky, hacía un análisis del sistema parlamentario americano y hablaba del totalitarismo que se encierra debajo de palabras tales como Democracia, o Liberalidad, cuando no se las dota de contenido real. Años más tarde Roger Garaudy nos habla de "Monoteísmo de mercado".
Está claro que la democracia, como fórmula política está lejos de haberse desarrollado en profundidad en los países donde trata de aplicarse. No se han conseguido las finalidades que se proponían, no se ha conseguido un estado del bienestar para todos, no se ha conseguido la justicia social, el mundo de las libertades se ha visto mermado por las inconsistencias de su aplicación, y por la falta de equidad, el sistema no funciona con limpieza, con transparencia, sino que funciona en base a los intereses confluyentes de los diversos aunque escasos poderes que determinan la marcha del Nuevo Orden Internacional.
En este contexto, los musulmanes vivimos la contradicción entre el desarrollo de una forma determinada de vivir y de ser que viene determinada por la revolución tecnológica, por la inercia de todo un movimiento que en casi todos los casos es el que determina el desarrollo de los pueblos, su acceso a una determinada economía de mercado que favorece el el crecimiento y el consumo, pero que muchas veces lo hace en detrimento de valores que son esenciales para vivir una experiencia integral de la realidad. Vemos cómo el modelo neoliberal, el modelo de economía neoclásico, que es el que hay ahora, separa claramente lo que es la vida personal y espiritual del ciudadano del proyecto social en el sentido de que, por un lado, se contempla el derecho a la libertad religiosa pero, por otro lado, cuando un determinado grupo, una determinada colectividad, en su proyecto social tiene puntos que entran en contradicción con el modelo se le ataca o se la fuerza en la dirección deseada mediante estrategias que podemos calificar de muy malévolas. Se habla del paso de un sistema estatalista a un sistema democrático y cuando los musulmanes se organizan y consiguen el poder político en las urnas, sea en Argelia o en Turquía, la maquinaria del stablishment rueda en su contra, y sus piezas actúan al unísono.
1.2. Tolerancia y reconocimiento
Hay otro asunto que me parece de interés para reflexionar aquí y ahora. ¿cómo vivir en la sociedad contemporánea, una sociedad que proclama su vocación pluralista y multicultural? ¿Cómo pensarla? ¿Qué mensajes convienen, qué esfuerzos para lograr el mejor modelo social?
En el discurso político común de los dirigentes europeos está de moda hablar de tolerancia, como la panacea que puede aliviar los sufrimientos sociales que acarrea la intransigencia y el racismo. La tolerancia, sin embargo, no es la actitud apropiada para neutralizar esos males. Supone alguien que tolera y alguien que es tolerado y por consiguiente implica una discriminación evidente entre ambos.
La palabra tolerancia proviene de una raíz latina que significa "llevar encima, portar, soportar" y deja bien claro el campo semántico en que se incuban y desarrollan sus sentidos primigenios y modernos. Se empleaba y se emplea generalmente con el significado de "falta de represión de opiniones consideradas falsas o de comportamientos considerados perjudiciales o en cualquier caso, equivocados".
Para que haya tolerancia, pues, debe darse una condición sine que non, a saber: una autoridad. Y una presunción: que la autoridad crea un sistema de juicios de valor negativos respecto a las opiniones y comportamientos "tolerados".
Hoy en día, derivado de este mismo sentido, empleamos el término tolerante respecto de una autoridad social o de un individuo que se abstiene de penalizar, aunque sólo sea con un juicio de valor desfavorable, opiniones y comportamientos distintos de los propios. Esta segunda significación emana de la primera como resultado de una evolución histórica concreta de la sociedad y de la ideología correspondiente.
La tolerancia persigue la integración, la asimilación de los tolerados a costa de la pérdida de su identidad y de su aculturación. Por el contrario, la propuesta que hacemos los musulmanes se basa en el reconocimiento y en la interculturalidad. Reconocimiento del otro, de su cultura, de su color, de su lengua, de su religión, de lo constitutivo de su ser en el mundo, de aquello que no puede ni debe ser alienado, de lo propio.
La tolerancia nos parece mezquina. El reconocimiento del otro, su aceptación tal y como se expresa genuinamente, el amor en definitiva, engrandece. La tolerancia es desigual: quien tolera se hace fuerte, el tolerado débil. En el reconocimiento, que es mutuo, se fortalecen los dos implicados en un mismo plano de igualdad. La consecuencia más interesante de la actitud de reconocerse es una sociedad que, regida por una ley igual para todos, alberga en su seno diferentes culturas que se desarrollan de acuerdo a sus formas propias, sin las catastróficas pérdidas de identidad que conmocionan y deterioran tan gravemente la vida pública. Una sociedad intercultural será una sociedad sana y fructífera.
Nada más lejos de nuestro discurso que la exclusión o el autoritarismo. Cuando se acusa al Islam y a los musulmanes de intransigencia, de anacronismo, de su oposición al progreso, se olvida fácilmente que el proyecto social contemporáneo está muy lejos de ser aquel proyecto laico común a las diferentes ideologías históricas que se basó en la "Fe en el Progreso". Hoy en día, esa fe "laica" en el progreso no cuenta con tantos entusiastas defensores como antaño. Las consecuencias del "progreso" generado desde entonces se han hecho más que evidentes en sus aspectos negativos, hablándose en muchos casos de regresión e involución, sobre todo en los aspectos culturales, éticos, filosóficos, ideológicos o medioambientales.
El progreso científico, basado en el dominio de la naturaleza, ha sobrepasado en muchos casos la capacidad de ésta para mantener un equilibrio soportable. La disminución de los recursos, la situación irresuelta de las diferencias sociales y económicas, la contaminación y el deterioro cultural conviven, en la naciente Era de las Comunicaciones, con la cultura de la información y la telepresencia. Nuevos poderes se dibujan en el panorama de la sociedad contemporánea, poderes mediáticos, nuevas fórmulas económicas de dominación, el neocolonialismo etc.
1.3. El Islam, religión de paz
Como bien sabemos, el término "Islam", que significa "sumisión a la voluntad de Allah", deriva de la raíz "Salama", la misma que compone "Salam", la paz. Esto no es una mera coincidencia etimológica, sino que expresa con limpia claridad el vínculo que existe entre la sumisión a Dios y el llevar adelante un proyecto social de paz y de convivencia. Cuando hablamos de nuestro amado profeta Muhammad, deseamos "que Allah le conceda paz", que, juntamente con Sus bendiciones, componen el más preciado bien que un ser humano puede recibir en este mundo.
Los ulamaa de todos los tiempos han coincidido en afirmar que el Islam es un camino que se sitúa en el punto medio entre la vida espiritual y material. Con respecto a cómo ha de vivirse la religión —el Din—, el Corán nos dice:
"No cabe coacción en asuntos de fe. Ahora la guía recta se distingue claramente del extravío." (2-256)
La regulación de las transacciones existenciales que procura el Islam, deviene en pacificación de los individuos y las comunidades, paz interior y paz social, reflejo de las tensiones básicas de la existencia que se resuelven en una lucha incesante. El pequeño Yihad, la guerra contra la intolerancia y la injusticia, contra la dominación de las conciencias, que comúnmente se traduce por "Guerra Santa", aparece en numerosos lugares del Corán:
"Oh vosotros que habéis llegado a creer, cuando salgáis a combatir por la causa de Dios, usad vuestro discernimiento y no digáis a quien os ofrece el saludo de paz: Tú no eres creyente, --movidos por el deseo de beneficios de esta vida: pues junto a Dios hay grandes botines. También vosotros erais antes de su condición—pero Dios os ha favorecido. Usad, pues, vuestro discernimiento: ciertamente, Dios está siempre bien informado de lo que hacéis." (4-94)
Pero simultáneamente, junto a esta lucha, se resuelve el verdadero conflicto, el Gran Yihad, que se produce en el interior del creyente, en su corazón, entre los polos de la dualidad existencial. Y Allah le ha dado al ser humano el Islam, el Imán y el Ihsán para que disponga del Tawhid, la Ciencia de la Unicidad, para que resuelva el conflicto mediante su unificación en Allah, mediante la extinción de su alma ilusoria en Él.
1.4. El islam frente al terrorismo
A causa de los intereses que antes hemos mencionado, se habla hoy en Occidente de la Guerra Santa en referencia a situaciones que nada tienen que ver con el Islam. Para nada se habla de la dimensión interior de esa lucha, que procura la mejora espiritual y la pacificación de los corazones.
El Islam prohibe la tortura, el daño a los inocentes, la agresión medioambiental, la injusticia social. Sin embargo, los medios de comunicación nos presentan un Islam intolerante y agresivo, un Islam fanático, cuando los musulmanes sabemos que el profeta, la paz y las bendiciones sean con él, exhortaba constantemente a la sensatez y a la moderación. En un hadiz, transmitido por Abu Huraira, se recoge la siguiente frase del Profeta, repetida tres veces, a propósito del celo exagerado en la religión:
"perezcan los extremistas"
Con todo esto, no pretendemos decir que no existan actitudes fanáticas entre los musulmanes, o que el Islam sea un modo de vivir que hace imposible el fanatismo. No. El fanatismo, la pasión exagerada y la irracionalidad, son actitudes humanas que pueden surgir en cualquier tiempo y lugar. Evidentemente, existen visiones diferentes del mundo, distintas ideologías y cosmogonías, y unas pueden ser más proclives que otras a favorecerlas. En el caso que nos interesa aquí, existen innumerables ejemplos que pueden llevarnos a la conclusión de que el Islam condena el fanatismo. Y sin embargo siguen asociándose ambas realidades en la imaginería de nuestro tiempo. Existen momentos en la historia de los musulmanes en los que el fanatismo ha hecho su aparición en las comunidades. Unas veces por la utilización que se hacía de la religión con una finalidad política extraislámica, otras por las condiciones de vida en que se encontraban determinados grupos humanos.
En ese sentido sorprende el hecho de que, durante los procesos revolucionarios acaecidos en América Latina hasta hace una década, no se ha hablado de fanatismo a la hora de evaluar las apasionadas actitudes políticas que se han producido en dichos procesos. Da la impresión de que la ideología actuaba entonces como legitimadora de determinados excesos.
No ocurre lo mismo ahora, cuando lo que se trata de valorar son las consecuencias de otros procesos en los que interviene el hecho religioso y en donde se emplean frecuentemente los términos " integrismo", "fanatismo", "fundamentalismo", "terrorismo", "extremismo" o "intolerancia".
En unos casos, el discurso occidental nos habla de revolucionarios, de mártires de la ideología y de la revolución, y en otros nos presenta a terroristas y fanáticos. En unos tiempos y lugares son héroes de la revolución, en otros, simples delincuentes.
En este sentido el caso argelino resulta paradigmático. Argelia, país que trata de superar la experiencia colonial y acceder a la modernidad mediante un proceso revolucionario de carácter laico, ha querido, posteriormente, y de forma mayoritaria, acceder a la democracia mediante sufragio universal. Todos sabemos el papel que jugaron y juegan los musulmanes en ese proceso. Los musulmanes, conscientes de la no contradicción entre Islam y Democracia, alentaron el proceso y ganaron limpiamente unas elecciones, las primeras verdaderamente democráticas, las que garantizaban por vez primera en mucho tiempo, el gobierno de la mayoría, libremente elegido. La realidad ha demostrado que existen determinados poderes a los que no les interesa un Islam democrático, basado en la shura, porque entonces serían demasiado evidentes las contradicciones. El golpe militar que acabó con la victoria del FIS, fue respaldado por Francia, cuna de la laicidad y del proyecto democrático, mediante argumentos insostenibles, como que los musulmanes, tras la victoria, abolirían el sistema de elecciones libres. Los crímenes que se atribuyen hoy al "terrorismo islámico" en la Argelia dictatorial, son obra del ejército y de grupos paramilitares amparados bajo siglas "islámicas". El hecho ha sido denunciado por diferentes analistas internacionales, pero ello no es obstáculo para que los medios de comunicación sigan hablando de "la crueldad y fanatismo del integrismo musulmán". No interesa el verdadero rostro del Islam sino su caricatura, la deformación a que lo someten el orientalismo y los medios de comunicación de masas, que sirven a los poderes del Nuevo orden Internacional, en su proyecto de abolición de las diferencias en base a la construcción de una aldea global que tiene, hoy por hoy, trazas de ser una dócil granja de productores/consumidores, y en el que la ética o los valores espirituales no tienen cabida.
1.5. Conclusiones
Esta exposición quedaría incompleta si al análisis realizado no siguieran unas propuestas encaminadas a aportar soluciones a la problemática planteada. Evidentemente las posibilidades de acción no pueden ser los mismas en los países en los que se encuentran como minoría que en aquellos otros en los que detentan el poder político.
En el primer caso, nos encontramos los musulmanes europeos. Comunidades minoritarias amparadas por constituciones de carácter aconfesional que protegen el derecho a la libertad religiosa. En ese sentido, como en el caso de España, los musulmanes, de forma mayoritaria, defendemos la Constitución y, por tanto, exigimos el cumplimiento de nuestros derechos como ciudadanos de confesión islámica, que se derivan de su aplicación. Somos, en ese sentido, musulmanes y demócratas, puesto que defendemos el derecho a la libertad religiosa del resto de las confesiones, a la vez que laicos, por el hecho de asumir la neutralidad que el estado debe mantener frente al hecho religioso.
Es urgente que los musulmanes elaboremos estrategias para contrarrestar la falsa imagen que los medios de comunicación occidentales construyen incansablemente sobre el Islam. Para ello, contamos con las potentes herramientas y redes de comunicación que están conformando la nueva sociedad global. En sí mismas, estas herramientas no tienen una naturaleza moral, no son buenas ni malas. Más bien ello depende del uso que se haga de ellas. Y, en este sentido, nuestra postura es que deben ser usadas para proporcionar información veraz del Islam y de la perspectiva de la realidad que tenemos como musulmanes. Igualmente debemos utilizarlas para analizar -y denunciar cuando sea preciso- aquellos hechos que en el plano político, social e ideológico nos afectan.
Las nuevas tecnologías de la información posibilitan el desarrollo de vínculos entre los musulmanes de todo el planeta, según el concepto islámico global de la Ummah, que no conoce fronteras geográficas, lingüísticas o culturales.
El Islam no teme a la globalidad, porque el Islam, desde sus orígenes ha tenido una vocación universalista integradora. El Islam no teme a la multiculturalidad porque es multicultural. El Islam no teme a la transparencia informativa porque defiende la Verdad. Y, finalmente, el Islam no teme a la tecnología, porque, tradicionalmente, los musulmanes hemos tenido una clara vocación científica y nos situamos muy lejos de cualquier superstición. Otra cosa es que seamos capaces de dotar de un contenido ético y moral nuestra tarea, y para ello es fundamental que nos mantengamos firmemente unidos por el vínculo que nos constituye: El Corán y la Sunnah de nuestro profeta, que la Paz y las bendiciones sean con él. Estas y otras razones pueden fundamentar nuestra defensa de los nuevos medios de comunicación como herramienta que sirva para fortalecer las relaciones entre nosotros, para revitalizar los proyectos de la Ummah, para, en definitiva, animar de manera consistente el proyecto Islámico, que es global de manera intrínseca.
Deseo finalizar pidiendo a Allah, Subhana wa ta’ala que limpie nuestras conciencias y nuestros corazones de cualquier fanatismo y nos haga fuertes en el Din, para que podamos vivir como musulmanes en estos tiempos de cambio profundo, de mutación histórica, que amenazan la vida espiritual y el proyecto social.
El Dr. Mansur Abdussalam Escudero es Presidente de la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas-Comisión Islámica de España.
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