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Poder, negocios y sangre

29/11/1997 - Autor: Juan Goytisolo - Fuente: El País
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La verdad, o al menos una parte de la verdad, de cuanto acaece en Argelia comienza a desvelarse. Lo que hace tres años y medio, en la época de mi viaje a la capital y al denominado hoy triángulo de la muerte, era una simple convicción personal, sin pruebas concluyentes que la avalasen, se ve sostenida en los últimos meses por un conjunto de hechos y testimonios esclarecedores de bastantes enigmas. Las matanzas que se suceden desde el verano con aterradora puntualidad muestran no sólo que el terror y la barbarie vienen de los dos lados, sino también que el Estado es directa o indirectamente responsable de la gran mayoría de ellas.

Las lenguas se desatan, los tabúes caen, los ciudadanos desamparados osan manifestarse en la calle y la junta militar encarcela, rapta y elimina a los periodistas vendepatrias y a los propios miembros del aparato represivo que se resisten a cumplir ejecuciones sumarias o participar en el exterminio ritual de centenares de ancianos, mujeres y niños. Ya no son las voces valientes y aisladas de Salima Ghazali y Abdennur Alí Yahia ni los informes abrumadores de Amnistía Internacional los que claman en vano, intentando romper el silencio: hasta la prensa francesa, de ordinario reacia a expresar su condena de los métodos empleados por la junta militar de Argel, abre las esclusas de la información retenida, se distancia de la versión maniquea de una lucha a muerte de un régimen de apariencias democráticas contra unos extremistas fanáticos y formula preguntas a las que ni el presidente Zerual, ni el general Lamari, jefe de los servicios de información militar, ni el general Taufik Medien, temido por amigos y enemigos, pueden, et pour cause, responder.

Desde la desastrosa anulación del proceso electoral que dio la victoria al FIS y el asesinato del presidente Budiaf por su propia guardia, para cualquier conocedor de la sociedad argelina, la guerra civil venía cantada. El odio acumulado por espacio de décadas contra el partido único y el puñado de generales que medraron a la sombra de Bumedian -culpables de la ruina de la próspera agricultura argelina y del cementerio industrial en el que sepultaron 100.000 millones de dólares- fue el propulsor de un voto de castigo, menos a favor del FIS que contra una nomenklatura arrogante y corrupta, dispuesta a todo, absolutamente a todo, con tal de preservar su prepotencia y privilegios omnímodos

Si la máscara democrática y popular del FLN y su falaz etiqueta de progresista obnubilaron a los políticos e intelectuales occidentales atraídos por su retórica tercermundista, la percepción de un observador de a pie, no encarrilado por las anteojeras de la ideología, revelaba enseguida el abismo existente entre la realidad y el discurso. En mis viajes a Argelia en la década de los sesenta pude comprobar de visu el creciente desengaño popular; las heridas abiertas por la matanza de decenas de millares de harkis alistados en el ejército colonial; la persistente esquizofrenia oficial y no oficial con respecto a Francia, objeto a la vez de un odio y un amor inextricables; la consolidación de una poderosa casta militar arropada con el manto de su legitimidad histórica; la ubicuidad en fin de los servicios de seguridad y de la policía. Por las mismas fechas, la importante comunidad argelina residente en la ex metrópoli manifestaba ya una desconfianza inquietante del Estado que tanto había contribuido a crear: en vez de enviar sus ahorros a Argelia como hacían los tunecinos y marroquíes a sus respectivos países, los guardaba e invertía en Francia y procuraba aclimatarse en ella de forma definitiva.

Cuando al comienzo de la transición española me atreví a dudar públicamente de la índole democrática, popular y progresista del régimen de Bumedian, el varapalo que recibí fue unánime y ejemplar. Eran los tiempos en los que González y Guerra viajaban a Argelia y sostenían con aplomo la total identidad constitutiva del PSOE y el FLN. Esta versión a lo Alicia en el país de las maravillas empezó a perder credibilidad en la década de los ochenta y se esfumó de manera abrupta tras la rebelión callejera y subsiguiente represión militar -800 muertos- que abrió paso a la fugaz democratización de 1989-1991. Mas esta nueva percepción del carácter real de la junta militar argelina fue solapada a punto por el nuevo rumbo de los acontecimientos.

La emergencia victoriosa del FIS y su demagogia populista -perfecta encarnación de la amenazadora marea negra esgrimida como un espantajo rentable en Europa y Estados Unidos- favoreció de nuevo el silencio cómplice de Occidente ante los horrores de una guerra civil que iba a convertirse pronto en una despiadada guerra contra los civiles. Entre los barbudos coléricos y sanguinarios del GIA (Grupo Islámico Armado) y un poder de agrietada y ruinosa fachada democrática, el temor al contagio islamista inclinó decisivamente el fiel de la balanza en favor del segundo. Los escrúpulos de conciencia tocante a las hediondas cloacas del poder fueron cuidadosamente barridos a la trastienda. El fantasma de los scuds apuntando a Francia -André Glucksman dixit - se impuso al análisis justo y desapasionado de la realidad.

El inicio del terror con el asesinato del novelista Tahar Djaout, la eliminación selectiva de periodistas e intelectuales opuestos al FIS, la fatwa de un «emir» del GIA contra judíos y cristianos, obedecía a una lógica perversa y cruel pero lógica al fin. No obstante el hecho de que no podía invocar el sostén doctrinal de ninguna de las dos ramas ni cinco escuelas jurídicas del islam, la matanza de una treintena de croatas contratados por una empresa estatal podía interpretarse como una venganza del genocidio de decenas de millares de musulmanes bosnios, genocidio cometido a la vista de todos y sin que nadie interviniera eficazmente en Europa para atajarlo. La liquidación paulatina de los portavoces del llamado partido francés y de los europeos «cómplices del poder impío» parecía responder igualmente a una aberrante estrategia de castigo de los supuestos enemigos del islam. Pero ya en marzo de 1994 -tiempo de mi estancia en el lugar de los hechos y de la inmediata publicación de mis crónicas con el título de Argelia en el vendaval- este planteamiento empezaba a resquebrajarse: algunas de las víctimas pertenecían al FIS, las ejecuciones sumarias de sospechosos en los barrios populares de Argel -cuyos cadáveres aparecían a veces maniatados en descampados y vertederos-, la carnicería llevada a cabo en Sidi Musa de la que entonces tuve ecos, todo ello apuntaba a la intervención de los temibles servicios secretos, el Ejército y la gendarmería (este último hecho fue confirmado en fecha reciente por uno de sus protagonistas al gran periodista inglés Robert Fisk). Como señalé en mis artículos, la mayoría de las víctimas de aquella violencia desatada ignoraban la identidad real de sus asesinos. Los tiros venían de los dos lados.

Las «hazañas» sangrientas achacadas al GIA sumían y sumen en la perplejidad a todos los estudiosos del islam y de la historia argelina. Sin dudar en absoluto de las matanzas perpetradas por la nebulosa de grupos autodenominados afganos -mezcla explosiva de delincuentes y fanáticos sin educación alguna-, la sospecha de una manipulación de los mismos por los servicios secretos y la policía aumentaba de día en día. ¿A qué banda pertenecen estos «justicieros» adiestrados a degollar y decapitar civiles indefensos, ancianos, niños y mujeres incluidos? ¿Quién integra las bandas de los autodenominados Ghadibun al Allah (rebeldes a Alá) que raptan y violan a mujeres jóvenes y asesinan sin piedad a los musulmanes dentro de las mezquitas, para vengarse de un Dios que no les escucha? Un repaso histórico de las derivaciones más extremistas de los jawarix o jarichíes, esto es, salidos del partido de Alí en el año 657, nos procura un único y remoto ejemplo de un sectarismo -el azraqí - que declaraba apóstatas a los musulmanes opuestos a su doctrina y encomiaba los actos de Istiaarad o manifestaciones de fuerza contra los oponentes y sus familias. Mas esta rama ultrarradical, presente en Argelia con doctrinas y prácticas mucho más mitigadas y tolerantes durante el emirato ibadí de Tahert, ¿puede haber resucitado de pronto, al cabo de los siglos, en unas facciones brutales pero de formación doctrinal nula? La opacidad de la información oficial y la dudosa veracidad de las versiones «filtradas» a la prensa acrecen las sospechas de hallarnos ante una nueva maquinación de la junta militar, ducha en el arte de la intoxicación y la programada difusión de infundios.

La decisión de armar a unas milicias patrióticas de autodefensa -reclamada con increíble ceguera por los llamados erradicadores de la oposición beréber y laica- era a todas luces un remedio peor que la enfermedad: el paso de los asesinatos individuales o familiares a matanzas colectivas obra de un GIA sumido en la behetría y barbarie con el apoyo secreto del Estado o bien de los grupos paramilitares de la junta y sus escuadrones de la muerte. Si hace tres años las estimaciones más fiables del número de víctimas oscilaban entre 20.000 y 30.000, las cifras que se barajan hoy van de los 90.000 a los 100.000, incluidos los 12.000 «desaparecidos» evocados por Aministía Internacional. La eficiente protección por el Ejército de las instalaciones petroleras del Sáhara y el oleoducto y gaseoducto que atraviesan el inmenso territorio argelino hasta Gazauet y la frontera marroquí contrasta con su sorprendente ineptitud para poner coto a las carnicerías consumadas periódicamente, en sus propias narices, en el triángulo de la muerte. Allí, entre Medea, Tipasa y las afueras de la capital, las matanzas se repiten desde hace seis meses sin que las fuerzas del orden, bien implantadas en la región, intervengan ni hagan acto de presencia sino después de la hecatombe. Los comunicados oficiales sobre «el terrorismo residual», son desmentidos por la magnitud de los hechos y el testimonio de las familias y vecinos de las víctimas: la cercanía de los cuarteles y depósitos de armas del Ejército, situados a veces, como en el caso de dos barriadas de Bentalha, a 200 metros del escenario de los degüellos y decapitaciones prueban la complicidad sino la participación del poder en estos asesinatos masivos. Sólo quienes se niegan a ver la realidad de una junta militar que nada tiene que envidiar a las que quitaron de en medio a millares de opositores izquierdistas en Chile y Argentina pueden dudar de una intervención más o menos disfrazada de las fuerzas del orden en esta campaña de saneamiento: las zonas castigadas de la Mitiya y de los arrabales de Argel votaron masivamente por el FIS y son para los escuadrones de la muerte al servicio de la mafia político-financiera un criadero o almáciga de islamistas. El reciente reportaje de Jean Pierre Tuquoi en Le Monde y la entrevista de Robert Fisk a un ex miembro de la seguridad militar en The Independent ponen al desnudo la identidad de los autores directos o indirectos de tanta barbarie. El entrenamiento físico y mental para torturar, degollar y mutilar los cadáveres del «enemigo» requiere una infraestructura similar a la que utilizaron los esbirros de Pinochet y de la junta militar argentina. El fanatismo antimarxista que condujo a la eliminación de familias enteras por obra de la DINA y los mandos de la Escuela de Marina de Buenos Aires es ahora un fanatismo antiislamista cínico e inhumano. Al expresarme así no absuelvo en modo alguno los métodos nefastos de los grupos guerrilleros de Iberoamérica y los todavía más salvajes de los auténticos actores del GIA: señalo solamente el hecho de que los presuntos sospechosos de simpatizar con ellos son y fueron víctimas inocentes de un terror estatal sin disculpa alguna. Como declaró hace unos meses el ex primer ministro argelino Abdelhamid Brahimi, catapultado a dicho puesto por la cúpula militar de su país en la efímera etapa democratizadora, los generales que ejercen el poder real «estaban dispuestos (en 1991) a convertir a Argelia en un mar de sangre, antes que aceptar la victoria del FIS». El magnicidio de Budiaf y el asesinato de otros dirigentes opuestos al programa de privatización de la mafia político financiera como el secretario general de la oficiosa Unión General de Trabajadores Argelinos, Abdelhak Benhamuda, confirman la verdad de su aserto.

Pues más allá de la implicación del poder en la hecatombe, la inexplicable incapacidad de un ejército aguerrido y bien pertrechado -sostenido además por los 200.000 componentes de las milicias municipales y «grupos patrióticos de autodefensa»- en acabar con las bandas armadas del GIA que actúan impunemente en las puertas mismas de la capital plantea una serie de interrogantes no aclarados en unos comunicados oficiales tan toscos como inverosímiles.

Por paradójico que parezca, Argelia es un buen alumno, en términos macroeconómicos, del Fondo Monetario Internacional. La privatización a la rusa de la Sonatrach -la entidad estatal que ejercía el monopolio de la explotación petrolera- atrae como un imán a los inversores de las grandes compañías energéticas europeas y norteamericanas. El respeto a los derechos humanos invocado sin demasiada convicción por algunos gobiernos no hace mella en el mundo empresarial: como se sabe, el dinero no tiene olor. El suministro de gas y petróleo a España y a otros países de la Unión Europea pesa más que el horror de las pilas de cadáveres que se amontonan casi a diario en los pueblos y barriadas miserables del Gran Argel y de la Mitiya.

Esta última región -tristemente célebre hoy por los degüellos y carnicerías de Bentalha, Beni Mesús, Sidi Rais, Si Zerruk, etcétera- era, cuando la visité por primera vez en julio de 1963, un vergel espléndido. Los colonos franceses habían dejado allí la agricultura más floreciente del Magreb. Arruinada por la política de industrialización forzada de Bumedian y su descuido de la agricultura (algunos recordamos todavía su frase: «Si necesitamos tomates, los compraremos en Marruecos»), está siendo abandonada hoy por la población que tomó posesión de ella durante la reforma agraria y busca, aterrorizada, un dudoso refugio en los barrios periféricos, atestados y faltos de servicios mínimos, de la capital. Un excelente análisis de Alain Joxe (« repentons-nous sur l’Algérie et parlons vrai», Le Monde , 11-11-97) se adelantó a mis propias conclusiones y me limito a reproducir uno de sus párrafos. «Cualquier observador de las matanzas organizadas en tierras ricas y de expansión urbana sabe que no se asesina en masa en esta clase de territorios sin que haya detrás una operación financiera: ya para recrear los latifundios, provocando la fuga precipitada de los miembros de las cooperativas fundadas después de la independencia, ya para despejar el terreno con miras a una especulación urbana. Para precipitar el éxodo de una población rural en un Estado que desprecia las normas del derecho o en una dictadura militar basta con exterminar a los habitantes de unos cuantos pueblos. El terror así producido crea un efecto de huida imparable».

Como en Brasil, Colombia, Perú y otros países de Iberoamérica, en donde la bulimia de los madereros, empresas mineras y mafias de la droga conduce al genocidio de las poblaciones indígenas, la privatización de las tierras pertenecientes a las descaecidas granjas socialistas argelinas en asociación con los grandes consorcios agroalimentarios exige una limpieza previa de aquéllas. Los costos de dicha operación son bien conocidos y la tenebrosidad informativa que la envuelve, como en el caso del petróleo y gas saharianos, oculta las palabras esenciales: poder, negocios y sangre.

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