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Política e islam en Egipto

20/11/1997 - Autor: Gema Martín Muñoz - Fuente: El País
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Gema Martín Muñoz es profesora de Sociología del Mundo Árabe e Islámico de la Universidad Autónoma de Madrid y autora del libro Política y elecciones en el Egipto contemporáneo (Agencia Española de Cooperación Internacional, 1992).

En febrero de 1992 tenía lugar en El Cairo el primer atentado que iniciaba una larga serie de execrables acciones terroristas firmadas por el grupo radical islamista Gama’at Islamiya (Grupos Islámicos). En la misma época emergía en Argelia el Grupo Islámico Armado (GIA), consecuencia del golpe de Estado de enero de 1992. La posible relación entre ambos acontecimientos no radica en absoluto en la existencia de vínculos entre estos grupos, sino en la coincidente estrategia gubernamental que, salvando las grandes distancias entre el radicalismo de un caso y otro, apostaba por el cierre de la participación política a los partidos islamistas no violentos y moderados, FIS y Hermanos Musulmanes, respectivamente. De dicha reorientación política se derivó un fenómeno de radicalización entre los islamistas que jugó a favor de los sectores violentos que se hacían más fuertes ante unas bases que se preguntaban cuáles eran los beneficios de la participación política pacífica y dialogante.

Desde 1984, Egipto fue un país pionero en el mundo árabe en la puesta en práctica de un proceso de apertura política pluripartidista que aceptaba, de manera limitada, la participación electoral del islamismo legalista y no violento representado por los Hermanos Musulmanes para permitir cierta catarsis a una sociedad con frustradas aspiraciones de participación política y que hacía frente a una aguda crisis económica con duros costes sociales derivados de los ajustes de la liberalización económica.

Sin embargo, la apertura política no iba en realidad dirigida a avanzar en el reparto del poder, y por ello los temores que suscitaron la progresiva constatación del éxito electoral de los Hermanos Musulmanes, la capacidad de movilización popular durante la guerra del Golfo, y, a continuación, la experiencia del éxito electoral del FIS en Argelia, parecieron convencer a los responsables políticos egipcios de modificar la táctica llevando a cabo una vuelta atrás que, a la vez que hacía descender los índices de pluralidad de los años anteriores, afirmaba la política de represión y expulsión progresiva de los Hermanos Musulmanes del espacio político institucional del país.

Desde entonces se constata la emergencia del fenómeno de la violencia por parte de los sectores radicales a través de periódicas acciones terroristas destinadas a perjudicar al Estado en uno de sus sectores en desarrollo, el turismo, a la vez que se ataca a un símbolo cultural occidental con una gran carga negativa para unos militantes que proceden de los grupos rurales más frustrados y míseros del país. Hay que señalar que los autores de los atentados son progresivamente más jóvenes, menos instruidos y más del medio rural. Sin embargo, los Gama’at se desarrollaron en los años setenta en los medios estudiantiles universitarios no sin cierto apoyo del poder, que entonces, liderado por el presidente Sadat, instrumentalizaba a los movimientos islámicos en contra de la izquierda naserista y mantenía posiciones tolerantes hacia su acción social con la esperanza de neutralizar las reacciones contra su política de paz unilateral con Israel. No obstante, los Hermanos Musulmanes son sin duda la corriente mayoritaria del islamismo en Egipto, ejerciendo una importante atracción entre la juventud y sectores de la intelligentsia con buena implantación entre las clases medias urbanas y en el tejido socio-profesional. Si se tiene en cuenta que dicha clase social ha desempeñado un papel clave en los movimientos sociopolíticos egipcios de este siglo, se comprende que en realidad los Hermanos Musulmanes son una oposición política mucho más desafiante que unos Gama’at muy radicalizados y violentos, pero enfeudados y limitados al sur del país.

En consecuencia, la política interior de Egipto en los últimos años, y particularmente desde 1992, gira en torno a estrategias dirigidas a defenderse tanto del terrorismo de los Gama’at como de la capacidad de alternancia política de los Hermanos Musulmanes, que, dicho sea de paso, han condenado los actos terroristas de los primeros. Todo ello ha traído consigo la creciente sustracción a la oposición de toda capacidad de responsabilidad, cualquiera que sea su orientación ideológica, y que la escena política se haya visto dominada por «cuestión islámica», tanto por el impacto de los atentados, como por el debate que suscita y por las estrategias gubernamentales de apoyo al establecimiento religioso oficial a fin de neutralizara los islamistas.

El régimen egipcio basa su lucha contra los islamistas en una estrategia un tanto contra natura. De un lado, se apoya en el islam institucionalizado y funcionarizado (representado principalmente por la Universidad Islámica de Al Azhar) para que dote de legitimidad islámica al poder ante una población con un profundo sentimiento religioso, sin preocuparle su fundamentalismo moral porque, a cambio de ordenar lo social, no contesta políticamente al sistema. De este sector proceden la mayor parte de las reacciones ultraconservadoras (defensa de la clitoridectomía, condenas de apostasía...) que nos llegan correctamente calificadas de «integristas», pero que no necesariamente surgen de grupos islamistas.

Por otro lado, el régimen egipcio consiente la libre expresión de una buena parte de la izquierda laica del país, básicamente a través de la prensa (las libertades decrecen según se aproximan a los medios audiovisuales en un país de grandes mayorías analfabetas). Estos sectores de la intelligentsia del país son rentables aliados anti-islamistas que ayudan al régimen a presentar una imagen, sobre todo ante el exterior, moderna y liberal, a la vez que los partidos que los representan, antiguos blancos de la represión gubernamental, no significan hoy día un desafío político de envergadura. Los proyectos nacionalistas, liberales o de izquierda no acaban de seducir a las nuevas generaciones, ante las cuales no les beneficia además su aproximación al régimen en pro del consenso anti-islamista porque les impide ofrecer una alternativa creíble ante un poder desacreditado; en tanto que el proyecto islamista se beneficia de su independencia del aparato del Estado y de su oposición abierta contra él. Unido a esto, el lobby de Al Azhar vigila y acosa a estos intelectuales laicos exacerbando las tensiones entre los propios grupos que forman parte del sistema.

En consecuencia, aunque Egipto sigue siendo un Estado fuerte y no parece que los Gama’at tengan capacidad para tomar el poder, el fondo de la cuestión no es tanto la capacidad del sistema para ganar materialmente su batalla contra el islamismo radical, sino su aptitud para suprimir las causas que lo alimentan y la inestabilidad que de ello se deriva. Reducir la perspectiva política a una estrategia de seguridad y de eliminación del islamismo no parece obtener los éxitos deseados. Más bien la cuestión radica en evitar que sea el exaltado radical el que acabe imponiéndose sobre un sector islamista más cultivado y abierto susceptible de social-democratizarse, así como en liberar a la tendencia secularista del país. Para ello habría que ir permitiendo el desarrollo democrático del régimen a fin de que laicos e islamistas, a través del debate en la esfera pública, definan los principios básicos de la democracia. Es como se avanzará en el desarrollo y la estabilidad de la región.

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