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Las comunidades islámicas y la sociedad española

15/09/1997 - Autor: Omar Ribas - Fuente: Verde Islam 7
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Esta ponencia se ha elaborado como una reflexión a partir de la experiencia concreta del trabajo institucional, trabajo desarrollado en mi caso como miembro de la FEERI y de la CIE y, con anterioridad, de otros colectivos.

Los ulamá —al menos los ulamá seguidos por la mayoría de la Ummah, de Ahl as Sunna wal Yama’a— basándose en el Corán, la Sunna y su iytihad, indican a los musulmanes que si viven en un país no musulmán, fuera de los límites de dar el-Islam, su actitud frente a la sociedad debe ser de respeto, colaboración y franca fidelidad, si en esa tierra se permite a los musulmanes practicar su Din en paz.

Como ejemplo de ello están los sahaba —radi Allahu anhum— que se refugiaron en Etiopía al verse molestados por los mequíes kufares y cuando Allahu Ta’ala les dio permiso. En la historia de la Ummah este hecho se ha repetido más veces.

En la Europa Occidental actual viven varios millones de musulmanes —alrededor de quince— de origen europeo o extraeuropeo. La Unión Europea está fundamentada en unos principios democráticos que establecen la igualdad de sus ciudadanos ante la ley y la libertad de culto. Podemos afirmar que, a priori, nada se opone a la actividad y a la vida religiosa musulmana. Nosotros, desde la CIE y la FEERI no nos oponemos a estos principios, que los entendemos como el marco a partir del cual establecemos relaciones con nuestros convecinos y con las instituciones públicas.

Es evidente que mediante esta vía se pueden asentar las bases del Islam en España generándose un mínimo de conflictos posible, y la que el pueblo puede entender mejor.

No pienso discutir este marco, que está suficientemente claro, pero existen maneras diferentes de entenderlo, algunas más convenientes que otras.


Los fundamentos de la democracia

Desde 1789, en un proceso imparable, todos los rincones de Europa han ido adoptando sistemas e ideologías basadas en el Estado-Nación y en la Democracia, con las únicas excepciones del Fascismo, el Nacional-Socialismo, el Franquismo y el Comunismo.

La raíz común de estos sistemas estriba en la consideración de la soberanía nacional como el resultado de la voluntad popular, del pueblo identificado con la nación y de la igualdad de los ciudadanos ante la ley. A partir de este esquema, en un territorio dado, su pueblo es elevado a la consideración nacional y esa nación se rige entonces por su voluntad popular. Ésta tiene como fundamento la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la cual es establecida por ellos mismos al expresar su voluntad. Las instituciones democráticas se entienden como la representación de la voluntad popular.

En el Islam, como en muchas civilizaciones tradicionales, la Soberanía y el Poder legislativo son de origen suprahumano, en este caso de Allahu Ta’ala.

Los musulmanes tiene una ley común, que contiene variantes para adaptarse a cada persona y cada circunstancia.

Esta comparación tiene que servirnos para entender que las visiones del mundo moderno-europea e islámica no siempre son coincidentes. Esto en sí no es relevante. Lo importante es comprobar si pueden ser o no compatibles.

Si hablamos de igualdad ante la ley, nosotros los musulmanes no creemos en ella de forma absoluta. Por ejemplo, creemos que un musulmán debe pagar sus impuestos igual que un cristiano, sin más problema ni conflicto con la Jurisprudencia —Fiqh—. En cambio discrepamos en la forma como se han de repartir las herencias. Las normas de circulación no dejan lugar a duda, pero una ley de matrimonio que no permite la poligamia sí. Muchas de las divergencias surgen en este punto: la aceptación o no de la igualdad absoluta de todos los seres humanos entre sí y ante la ley.

En el Islam la calidad humana no se discute e incluso creemos que la condición natural —fitrah— de todos los humanos es musulmana. Pero cada persona es única e irrepetible, por eso mismo es responsable de sus actos. La diferencia entre los seres humanos no proviene de su nacionalidad, de su pertenencia étnica, de su estatus social, de su posición política o su género, sino de su imán, de su fe.

Lo decisivo no es nuestra morfología, sino nuestra relación con Allahu Taala y nuestra forma de comportarnos con los demás. Esta es la diferencia definitiva entre los hombres.

Esto nos dijo el Profeta Muhammad, la Paz y las Bendiciones sean con él, en el sermón de su última Peregrinación.

La fe —imán— de los musulmanes es diferente de la de los budistas —creen en otras cosas y se comportan de forma diferente a partir de su creencia—. Por ello deberá haber una Ley que sea la más adecuada para cada uno de ellos, para los musulmanes y para los budistas. Si a un musulmán le damos una ley budista o a un budista una ley musulmana, algo no va a funcionar. Por eso, en las tierras donde se ha establecido el Islam —Dar al Islam— y gracias a un mandato divino, los dhimmís, las comunidades con otro imán —judíos, cristianos, zoroastrianos— gozan del derecho a regirse por sus leyes mientras no atenten contra la seguridad de los musulmanes o contra el orden público.

Otro aspecto a considerar es el comunitario. Mientras que las sociedades modernas europeas tienden y se asientan sobre el individualismo, sobre ciudadanos individuales que gozan de derechos y deberes, en el contexto islámico el énfasis se pone en la comunidad, que es el ámbito donde se integran los musulmanes. En la comunidad —yamaa— cada musulmán tiene su sitio, cumple su función, siguiendo el ejemplo de la comunidad de los Sahaba al Kiram, los Compañeros, que Allah esté complacido con ellos.

En la comunidad —yamaa— islámica sus miembros no son identificados, como en el Estado-Nación por su origen étnico o nacionalidad legal, sino por su imán, aunque este hecho no haya impedido a numerosos no-musulmanes ocupar cargos de gobierno, por ejemplo, o que un musulmán magrebí fuera considerado sin ningún problema y de forma automática como conciudadano de un sirio al vivir en ese país en épocas premodernas.

Ese aspecto de la yamaa nos tiene que ayudar mucho a los musulmanes de la España actual, donde hay magrebíes, pakistaníes, indonesios, sirios, palestinos, turcos, malienses, senegaleses, españoles, etc.; nuestra tarea debe ser primar el imán por encima de la división superficial, desde un punto de vista islámico, autóctono/inmigrante ó árabe/no-árabe, que si fuera asumida por los musulmanes haría un daño inmenso.

Antes de esta yamaa amplia que es la concreción de la Umma, la comunidad de los creyentes en todo el mundo, en un tiempo determinado, la célula mínima de comunidad islámica es la familia, más extensa en el Islam que la familia nuclear europea —padre, madre y dos hijos— y que goza de un conjunto de jurisprudencia bien definido.

En los sistemas democráticos europeos la familia no es la base de la sociedad, y por esta razón permanece abierta a cualquier tipo de formulación a partir de situaciones individuales. Actualmente vemos cómo los colectivos homosexuales reclaman el derecho a la adopción de hijos y a considerar sus uniones como matrimonios. La base es el individuo.


Fuerzas que operan en el conjunto social

En virtud de este mismo individualismo y del pensamiento democrático han surgido unas ideologías que en el terreno social se han transformado en fuerzas que trabajan poniendo un énfasis particular en ciertos temas, desde un enfoque llamado progresista. De entre estas fuerzas vamos a considerar al antirracismo, como ideología y como movimiento. Y esto es así porque en nuestro trabajo social e institucional nos vemos muy a menudo con los antirracistas. Otra fuerza a tener en cuenta es el movimiento por la solidaridad, que está muy conectado con el antirracista, y con el que —menos a menudo que con el primero— nos relacionamos día a día.

Si todos los seres humanos somos iguales, lo lógico es que no se hagan diferencias. Este hacer diferencias en sentido negativo —no siempre, porque en América se inventaron la discriminación positiva— se llama discriminación.

El movimiento antirracista es el movimiento contra la discriminación por motivos étnicos y, por extensión, lingüísticos, nacionales y religiosos.

Curiosamente, cuando la discriminación se centra en contra de los judíos se llama antisemitismo, mientras que la discriminación contra los negros no se llama antiafricanismo. Curiosa también es la relación entre antirracismo y antisemitismo. Un tema que alguien tiene que estudiar algún día.

El antirracismo dice que todas las culturas, nacionalidades y religiones, así como sus adeptos, son iguales, y que ninguna de ellas ha de imponerse a las demás.

Impulsados por este pensamiento, los antirracistas —por ejemplo SOS Racisme en Catalunya y un montón de asociaciones más pequeñas como Vallès sense fronteres, Rubí Multicultural, GRAMC de Girona, y similares— se oponen a la discriminación que sufren los musulmanes.

Se oponen a la discriminación en aras de una igualdad cercana a la homogeneización, denominada eufemísticamente integración. A un antirracista le molesta que expulsen de un bar a un marroquí por ser marroquí, pero luego no admitiría que ese mismo marroquí tenga dos esposas porque eso ya no sería igualdad hombre-mujer.

Lo que pretende el antirracismo es que los colectivos diferentes (a ellos se dirige) participen a todos los niveles en los mecanismos sociales, aunque algunos de ellos se opongan de manera decidida a las concepciones de la vida que estos diferentes tienen como propias.

En definitiva: a pesar de una aparente, y hasta puntualmente posible, convergencia, hay mucho que nos separa de los antirracistas. Muchas veces vemos cómo nuestros argumentos son refutados por las instituciones con razones fundadas en el antirracismo. Decimos que queremos algo pero se nos responde que “eso no es bueno para la integración”.

Después están los solidarios. En el mundo actual hay una fractura evidente entre el Norte y el Sur, entre Occidente y el resto del mundo. Esta fractura se llama dominio, que es económico, político y cultural.

Los occidentales que abogan por el fin de este dominio se solidarizan con los dominados. En el fondo lo que pasa es que no se soporta esa diferencia, ya que se querría que todo el mundo fuera "desarrollado", cuando el mismo "desarrollo y progreso" es una definición occidental, y se propone que para salir del "atraso" las naciones del Sur han de aceptar algunas premisas modernas, como la democracia, etc. Esos mismos argumentos son los que aprovechan los Estados Unidos para, por ejemplo, invadir Somalia.

Son causa también de un paternalismo sentimental que en el fondo no es muy diferente del oficial.

Estos solidarios, ejemplificados en muchas ONGs, quieren incidir en los colectivos musulmanes de España, por ser los que se consideran como pobres, desprotegidos y que tienen que ser salvados, apareciendo como buenos ante la opinión pública, lo que les deja las manos libres para muchas cosas. Hoy sabemos por experiencia que muchos solidarios están desempeñando una función desislamizadora en el seno de muchos colectivos.


La Comisión Islámica de España

Una vez que hemos hablado de algunos problemas prácticos que surgen de nuestros trabajos con las instituciones —y que ni son todos ni la discusión se agota aquí— tendríamos que hablar de la institución que nos es más cercana, que somos nosotros mismos.

Los musulmanes agrupados en la CIE estamos preocupados por el devenir de nuestra Comunidad en España. Deseamos que el Acuerdo a que hemos llegado con el Estado se lleve a cabo en la forma más positiva para nosotros, y deseamos también que las bases del Islam en España se fortalezcan.

Nuestra actuación debe tener como referencia, como en los demás ámbitos, en la comunidad musulmana establecida en Medina y liderada por Rasulullah, la Paz y las Bendiciones sean con él, con un imán fuerte que se traduzca en el trabajo práctico y en la lealtad entre nosotros. Respecto a la CIE y al presidente que hayamos escogido —el sacrificio que suponen las tareas de la CIE, muchas de las cuales no son ni vistosas ni agradables— hemos de tener una voluntad de servicio permanente e incondicional: la Comunidad; la formación permanente en los terrenos del din y del dunia; amor y afabilidad de carácter hacia los demás; y finalmente lucha interna contra nuestro propio egoísmo —nafs—.

Se trata de desechar cualquier pretensión arrogante; pero también de saber que, como se fijan en nosotros, hemos de hacer un esfuerzo hacia la ejemplaridad y desechar aquellos vicios negativos del nafs que tantas veces han sido causa de división —fitna—.


Ideas propias

La CIE tiene, en el trabajo diario, que estar preparada para resistir los intentos de división —fitna— que nos quieren crear, de un lado y del otro, del lado de esa ideología "igualitarista" que pretende diluir nuestros contenidos.
Creo que tenemos que proponer una serie de cosas que se hallan en el espíritu o la letra del Acuerdo:

Como últimas palabras, termino aquí este escrito que tenía como intención despertar ideas y generar debate, pidiendo a Allahu Taala que acepte nuestras obras y nos reúna en Su Jardín junto a sus Amados.


 

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