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Argelia: masacres e inacción

29/06/1997 - Autor: José María Mendiluce - Fuente: El País
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El pasado día 18, Amnistía Internacional denunciaba, en ruedas de prensa, simultáneas en distintas capitales, la intolerable situación que se vive en Argelia desde hace años y que se ha venido agravando a lo largo de 1997, con matanzas indiscriminadas de población civil, ante la pasividad (¿complicidad?) e incapacidad de las autoridades y de las Fuerzas Armadas de ese país para detenerlas. Al mismo tiempo denunciaba la ausencia manifiesta de interés de la comunidad internacional ante tales horrores.

Las noticias de las masacres que se producen en Argelia han venido a convertirse en una especie de rutina siniestra que sólo se agita, momentáneamente, ante la escalada de sus cifras y la brutalidad creciente en su ejecución. Luego, una especie de impotencia se abre paso tras el escalofrío y se pasa la página. ¿Qué hacer? La respuesta de las autoridades argelinas es contundente: nada. Es un asunto interno. No queremos injerencias y además se trata de un terrorismo residual.

Que un terrorismo residual haya sido capaz de cobrarse docenas de miles de vidas a lo largo del conflicto y que sólo en 1997 miles de hombres, mujeres, niños y ancianos hayan sido degollados, decapitados, mutilados o quemados vivos en sus hogares no parece residual. Se ha asesinado a cuchilladas a bebés y a ancianos y se han arrancado las entrañas a mujeres embarazadas. La mayoría de estas matanzas se han cometido en las cercanías de la capital, en las regiones de Argel, Medea y Blida, que curiosamente son las zonas más militarizadas del país. Y a menudo en las proximidades de cuarteles del Ejército y fuerzas de seguridad.

Particularmente salvaje e incomprensible resulta la masacre cometida el 22 de septiembre en Bentalha, al sur de la capital. La matanza, que se cobró centenares de víctimas, duró horas y tuvo lugar a pocos centenares de metros de cuarteles y de tropas con vehículos blindados, que no hicieron nada por impedirla, a pesar de la duración de la carnicería, de los gritos de las víctimas, del sonido de los disparos y del humo de los incendios. Todos los criminales huyeron sin problemas.

Si la condena del terrorismo islamista debe ser contundente y sin ambigüedades, ello no debe llevarnos a aceptar cualquier respuesta por parte de las autoridades ni a cerrar los ojos frente a datos que pudieran reflejar extrañas connivencias. No sería la primera vez en la historia en que los intereses más contrapuestos en apariencia se alimentan entre sí, al precio de la libertad, secuestrada en este caso entre dos lógicas, la terrorista y la antiterrorista. Y en este conflicto argelino hay demasiados actores, demasiados grupos armados, demasiada complejidad y mucha desinformación. Pero una certeza: la población civil está secuestrada por esa lógica de la confrontación y por los defensores de intereses económicos tan importantes como oscuros.

La prohibición por parte de las autoridades de cualquier investigación internacional y objetiva, la negativa a acordar visados y a operar a los medios de comunicación extranjeros y a las organizaciones de derechos humanos, los asesinatos y amenazas a los periodistas locales independientes, el clima de manipulación y control informativo, no contribuyen precisamente a garantizar una información veraz ni a permitir que la dinámica sociedad civil argelina pueda expresarse en libertad.

La duración del conflicto y la magnitud del drama exigen un cambio de actitud a nivel internacional y de la Unión Europea. El petróleo y el gas no deben seguir llegándonos manchados de sangre inocente. Con prudencia, pero con firmeza, debemos presionar a las autoridades argelinas para que permitan a la comunidad internacional, a través de los medios de comunicación, de las organizaciones de derechos humanos, de una comisión de encuesta, conocer la magnitud real de los crímenes cometidos por los terroristas islámicos y los abusos llevados a cabo por las fuerzas de seguridad y grupos paramilitares gubernamentales. Debemos insistir en la importancia de la libertad y de la democratización para que la mayoría de los argelinos y argelinas, que son los sensatos, puedan expresarse y romper esa dialéctica de las armas, recuperando la dialéctica de las palabras.

Europa (la institucional y la ciudadana) tiene que tomarse en serio el conflicto argelino. Hay que tomar posición y activar propuestas. Vecino mediterráneo y en una zona clave a nivel estratégico, no podemos caer en miopías que nos lleven a la inacción por miedo a perder algunos contratos, porque, además, podemos perderlos todos. Más allá de los derechos humanos y de la democracia, que parecieran ser a veces consideraciones secundarias para algunos de nuestros Gobiernos, también por intereses estratégicos y económicos, hay que poner fin a la inacción y contribuir a una salida al conflicto.

Y una vez más, la Europa ciudadana toma la delantera a la Europa política. Fuimos 30.000 en París el lunes 11 de noviembre pidiendo que se escuche la voz de los argelinos y exigiendo que acabe la inacción. Es también la voz de una sociedad civil activa y comprometida, reflejada esta vez por Amnistía Internacional, la que denuncia y pide acción. Y una vez más, al menos en España, esa supuesta prudencia que camufla el desinterés sobre los grandes retos o la defensa de valores universales lleva al silencio a nuestras fuerzas políticas. Como si no fuera con ellos. O con nosotros.

Hay que ayudar a expresarse a toda una población harta de los crímenes atroces de los terroristas islámicos y de la represión indiscriminada, que vive en el terror y que quiere un futuro en paz. Y para los demócratas, la solución es siempre la democracia y el diálogo para encontrar salidas a las crisis. A los argelinos, de decidir con quién y cómo dialogan. Pero la lógica de represión y balas y el secuestro de los derechos humanos y civiles no parecen haber traído las soluciones prometidas a cambio de la libertad.


 

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