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Televisión y Shaitán

La televisión ha sido considerada como instrumento de alienación casi desde el comienzo de su implantación

15/03/1997 - Autor: Abdelmumin Aya - Fuente: Verde Islam 6
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Televisión y Shaitán. Verde islam 6.

Allah nos dio el Corán y Shaitán la televisión

Probablemente todo lo que se dice en este artículo ya está dicho. Pero he creído mi obligación recordar, una vez más, algo respecto a lo cual los musulmanes no parecemos querer enterarnos:

La televisión es el ingenio que ha puesto el Shaitán en nuestros hogares para que consumamos más, para que sintamos inferioridad con respecto a culturas materialmente superiores y aprendamos sus modos de comportamiento, para que los ciudadanos estén distraídos y no desestabilicen un Sistema deshumanizado, para sustituir por su palabra cualquier otra verdad, para empequeñecer nuestra imaginación, para quitarnos tiempo de profundizar en el Conocimiento, para eliminar el diálogo familiar, para corromper a nuestros hijos, para viciarnos con la pornografía y el uso comercial del cuerpo de la mujer, para contribuir a la pérdida de la relaciones sociales fuera de las casas y frivolizarlas dentro de ellas, para manipular nuestra idea del mundo al gusto de los grupos de poder, para difundir una imagen fanática y oscurantista del Islam a través de apasionantes películas de acción. En definitiva, para hacernos infelices, desconectarnos de la vida real e inhibir nuestra capacidad fáctica e ideológica de responder al Sistema.

Shaitán es verdaderamente Shaitán cuando es menos reconocible. Algo shaitánico debe ser ante todo aparentemente inocente. Ninguno de nosotros dejaría en nuestras casas revistas pornográficas, armas, libros anti-islámicos, drogas... que corrompan y destruyan a nuestros hijos, pero en todos nuestros hogares musulmanes hay televisión. La televisión, que tiene la capacidad de alienar de la droga, de desviar nuestros instintos naturales de la pornografía, la capacidad de destrucción de las armas, mayor capacidad de hacer daño al Islam que los más diabólicos libros que se hayan escrito contra él. Y no hacemos nada por evitarlo.

Quizá muchos consideren que la televisión no es tan mala, que estamos exagerando. Que “depende de cómo se use”. Que bien usada puede contribuir a nuestra felicidad. Que la controlamos nosotros y no ella a nosotros. Vamos a intentar explicar en este breve ensayo que no depende de cómo se use, que su mera presencia en nuestras casas es una presencia maligna; que contribuye activamente a nuestra infelicidad y que tiene que ser, por supuesto, divertida para que pueda hacer su trabajo destructivo en nuestra vida espiritual y en nuestra sociedad. Porque nadie comería una inmundicia con apariencia de excremento.


La publicidad sostiene al sistema

La publicidad es la sangre que recorre las venas del Sistema. Sin la publicidad la televisión no existiría. Y sin la televisión el Sistema no sería nada: no se desataría el consumo. No habría que trabajar tanto y en cualquier cosa --aunque nos aliene como personas-- para sostener nuestro tren de vida. No habría tanta necesidad, por tanto, de acudir a créditos y a préstamos con interés.

La publicidad es el ojo del Cíclope. Ceguémoslo como hizo Ulises, y el Sistema será un ciego borracho que se tambaleará a nuestra merced.

Desenchufemos nuestros televisores, y el Sistema --como un mago sin público-- desaparecerá por sí solo. Como un sortilegio hecho sobre nadie. Como una alucinación que deja de creer en sí misma cuando nadie la ve. El Sistema existe por la fe que tenemos en él. Vivamos al margen, dejemos de mantenerlo, como proponía Etienne de la Boetie, el primer anarquista europeo, y desaparecerá.

El Sistema no es algo que haya que destruir, sino algo que se destruye por sí solo si dejamos de hacerlo posible en cada momento de nuestras vidas. Las bombas lo fortalecen, la desobediencia civil lo hace desaparecer. El Sistema, con sus tres pilares --consumir sin parar, producir sin aliento, acudir al préstamo con interés para poder consumir más-- se hunde cuando mil millones de personas desenchufan sus televisores. Esta acción tan simple es el más dañino atentado al corazón del Sistema.

El Islam y el Sistema están en guerra. Y lo han estado siempre. Nadie puede servir a Dios y al dinero, decía Isa --Jesús-- que la Paz sea con él. Tenemos que comprender hasta qué punto la televisión sirve al Sistema en contra del Islam y saber en qué bando estamos. Porque si nosotros no lo sabemos, Allah sí lo sabe, y no nos juzgará por nuestras palabras sino por nuestras acciones.

 

La televisión es el modo de penetración cultural del sistema

La televisión extiende el modo americano de hablar, de tratarse unos a otros, de comer, de trabajar, de actuar ante las autoridades, de vivir en definitiva. Pero resulta que estar en el camino de Allah --o no estarlo-- es sólo un modo de hablar, de tratarnos, de comer, de trabajar, de vivir. Uno no puede ser creyente y que su boca no manifieste a Allah, que su mirada no manifieste a Allah. “Yo me convierto en el ojo por el que ve, en el oído por el que oye mi siervo”, dice un hadiz qudsi. La religión no es una cosa aparte de la vida. No es una cosa aparte de estar de una manera en esta vida. Carecen de sentido los actos puntuales de supuesta piedad si toda nuestra vida está lejos de Allah. Eso dice el Islam, heredero del mensaje anterior de las religiones que le precedieron.

La cultura americana está tan lejos de Allah como lo está el Shaitán. Sus modos de explicar el mundo carecen de conocimiento verdadero. Sus modos de existir en el mundo carecen de vinculación con lo que da sentido a la existencia. Y se extiende por la televisión. Ese es su canal, su vía de propagación. Casi nadie lee periódicos americanos, y escasamente libros americanos. El modo americano de vivir entra, sobre todo, por las series de televisión, por su violencia y su basura, por las películas; y su ideología por las noticias.

La industria norteamericana de la televisión exporta a países de nivel medio como nosotros y nosotros copiamos los modelos. Otros países del Tercer Mundo ven nuestras televisiones, nos compran los programas o lo hacen directamente a los americanos, según la medida de sus posibilidades.

La colonización existe hoy día más que nunca. Los países del Primer Mundo dejaron militarmente las colonias pero quedaron los acuerdos comerciales de gran envergadura (gas, petróleo) y la televisión. Son los propios gobiernos supuestamente islámicos los que la necesitan para manipular a los musulmanes, porque están al servicio de los intereses del capital internacional. Los musulmanes, durante siglos, han organizado su vida social, religiosa y política sin necesidad de que nadie --después del Profeta (s.w.s.)-- les dijera cómo hacerlo, y sin necesidad de televisión. Los musulmanes de todo el mundo tienen que sufrir constantemente el ataque de los medios de comunicación, pero esto no hace tambalear al Islam.

Libros y películas contra el Islam sólo convencen a los que tienen el corazón sellado por Allah. ¿Cómo entrar a corromper a los musulmanes si no permiten el alcohol, la droga, los medios que habitualmente se usan con los salvajes? Metiendo en sus hogares la televisión.

“Los musulmanes son habitantes de países tercermundistas y son inferiores a los habitantes del Primer Mundo”. Este es el mensaje. Son pobres, no tienen fabulosos coches, no han ido a la luna, no tienen misiles con cabezas nucleares, no tienen infinidad ni variedad de productos en sus supermercados (todos ellos, productos que dan la felicidad). No tienen tecnología. No saben hacer efectos especiales en las películas, la nueva magia de estos nuevos sacerdotes de Faraón.

Tienen que abandonar su orgullosa actitud de no escuchar las “verdades” de Occidente. Los países musulmanes son Tercer Mundo y deben de tener complejo de inferioridad. Y no luchar por defender sus valores, sus tierras y su diferente identidad. Es cierto, los musulmanes no tenemos nada, salvo a Allah. Nuestros ejércitos luchan con piedras y “Allahu Akbar”. Somos infinitamente ricos. Pero los kafirunes no lo saben.

 

La televisión debilita la vida familiar y social

¡Qué raro es un hogar en el que no se coma viendo la televisión! Nos hemos acostumbrado a que la televisión esté encendida aunque no sea escuchada. Es ruido que se nos ha hecho necesario. Ruido del Shaitán para distorsionar el rahim. Yo tuve la suerte de que en mi casa, de niño, no comíamos con el televisor.

Hablábamos de tantas cosas... Cada uno contaba lo que le había ocurrido en el día... Mi padre fomentaba nuestra imaginación porque había silencio. Nos hacía, incluso comiendo, concursos de preguntas sobre las cuestiones más variadas. No había un ruido de fondo interrumpiendo nuestras conversaciones. Cuando estaba en la casa, estaba con nosotros por entero. Un padre distraído con una televisión es de las cosas más tristes que hay para un niño, hasta que éste aprende que la televisión es más padre y más madre que los de carne y hueso.

Un padre no está siempre en la casa. Una madre está siempre atareada --Allah las bendiga--, pero la televisión siempre está en la casa, y siempre tiene tiempo para el niño. Son las televisiones las que están educando a nuestros hijos, no nosotros.

No lo dudemos. La televisión va acumulando imágenes en sus cabecitas sin que nosotros lo podamos controlar, y va abriendo una brecha generacional entre nosotros y nuestros hijos sin que lo percibamos. A fuerza de perder el diálogo con ellos, ignoramos la idea del mundo que va tomando forma en sus mentes y, poco a poco, irán alejándose de la educación que hemos querido darles. Y no sabremos por qué. Pues porque la televisión nunca se cansó de hacerles concursos, nunca estaba harta de contarles cuentos, siempre estaba ahí, con su carga de placer y veneno. Hemos preferido el hogar con televisión a las mezquitas que siempre han sido el sitio de reunión de los musulmanes y las musulmanas, con sus niños correteando y recibiendo la bendición de los malaika que las guardan y que --habiéndolos visto crecer día a día-- los protegerían el resto de sus vidas.

Dice Allah, Alabado Sea, en un hadiz qudsi: “el que fortalece el rahim (el vínculo que lo une a su familia y al resto de los hombres) fortalece su unión conmigo”.

¿Estamos fortaleciendo día a día el rahim de nuestra familia, de nuestros amigos, de nuestro barrio, de nuestros compañeros de trabajo?

Para esto no hay excusa: es cierto que vivimos entre kafirunes. Pero a ellos se les llega por el corazón. los que no lo tengan sellado por Allah despertarán al Islam. Y aunque no creamos que pueda llegar a ser así, nuestra obligación es estrechar nuestro rahim con ellos porque son criaturas de Allah y no sabemos lo que Él tiene previsto para cada uno de nosotros. El Islam siempre ha vivido en las calles. Las medinas de países islámicos son un hervidero de vida. Las calles de los países europeos, de Norteamérica, están tan vacías como los corazones de muchos de sus habitantes. El Islam, como todos los pensamientos tradicionales, implica una cultura de la calle. Andalucía, en este sentido, es más islámica que europea. Y es que la filosofía del Islam es: “Lo que deshace a la sociedad, perjudica a la vida espiritual de sus miembros”: la diversión por televisión, la información por Internet, las compras y la misma relación humana por ordenador, el teléfono que nos hace inválidos y lleva al hombre a recluirse en su casa. El Shaitán es el que aísla al hombre y le impide la vida social. En Estados Unidos ya no sólo existen empresas para conocer a la mujer que va a compartir la vida de uno y a la que uno va a darle todo su corazón, sino también para encontrar amigos.

Cuando vamos a las casas de nuestros amigos, ahí está la omnipresente televisión. Cada vez más me encuentro con la desagradable situación de ir a ver hermanos o amigos a sus casas, para charlar un rato, y tener que soportar el fondo de la televisión. Esto dificulta la comunicación profunda. No se llega a producir un ambiente de confidencia. La televisión frivoliza las conversaciones, las hace --igual que nos está haciendo a nosotros-- saltar de una cosa a otra, sin fijeza. La profundidad no interesa porque nos lleva a Allah. Se hable de lo que se hable, si hay silencio, si hay intimidad, se llega a Allah. Shaitán es el que vive en la superficie.


La televisión satisface nuestra necesidad de diversión

Decíamos al principio que la televisión es divertida. Es verdad. Pero ¿por qué lo es? ¿y para la felicidad de quién es divertida? Peor que la introducción del modelo de vida americano por la televisión es el hecho de que impida el ocio del hombre; de que el hombre necesite de la televisión para su diversión. Porque entonces estamos en sus manos.

Al principio no había ocio, la vida en la Naturaleza era un todo. En el campo siempre se está ocupado, desde el alba hasta la noche, con un ritmo acompasado a la Naturaleza, sin relojes ni exigencias estresantes. Luego vino la vida ciudadana-medieval, si quiere llamársela así, en la que comerciantes y artesanos tenían tiempo de trabajo y de ocio: en el tiempo de trabajo el hombre vendía o producía sin agobios, y en el de ocio, cuando era un hombre bueno, se dedicaba a su Dios y a su familia. Hoy en día el trabajo es endiabladamente alienante, pero más aún lo es el ocio. El ocio tiene por misión relajar al hombre para que siga produciendo a pleno rendimiento. Tiene por misión que el hombre pase su vida como si fuera una borrachera de trabajo y diversión. Lo importante es que no tenga la serenidad en la que se da el pensamiento libre. El que piensa, toma una postura. El que rellena su tiempo con sana diversión (no hablamos de otro tipo de diversiones), ése no tiene que adoptar una postura. Millones de personas metidos en casas que son cajas de zapatos, en ciudades cada vez más deshumanizadas y contaminadas, serían un peligro si no contarán con esa ventana al mundo de la fantasía que es la televisión. Mejor dicho, al mundo de la magia, en el peor sentido de esta palabra, en el sentido de algo que crea falsas realidades que nos embaucan. La televisión, que hace perder al hombre su tiempo de vida, que no enseña nada, que inhibe la capacidad de aprender, mantiene al hombre en un ensimismamiento que interesa al Sistema. Alguien definió al hombre como una cosa que había entre una butaca y una televisión. Ojalá se equivocara. Ojalá el espíritu del hombre sea más fuerte que los maleficios mágicos a los que está sometido. Y a los que se ha hecho adicto, como a una droga.


La televisión contra el conocimiento

Acabamos de hablar de la televisión como diversión. ¿Cómo podríamos explicar los musulmanes al mundo la aventura sin límites que es el conocimiento? Los primeros pasos consistirían en familiarizarnos con los sabios de todos los tiempos y lugares, como el que se hace amigos que le hablan de fantásticas historias sucedidas en lugares lejanos; buscar la respuesta a un enigma como el que busca un tesoro o una ciudad perdida en el desierto; preparar nuestros argumentos como el que prepara un viaje al Polo Sur; defender nuestra opinión frente a la de otros hombres de conocimiento como el que defiende en un juicio a un hombre inocente en contra de la opinión del mundo entero; reconocer nuestros errores (si nos acaban convenciendo los argumentos de los otros) como el que pierde al ajedrez con Bobby Fisher... Más tarde, la simple cultura nos lleva a una vía de conocimiento espiritual, y los asombros, las sorpresas, se multiplican.

Allah no deja a nadie abandonado al tedio en el camino del conocimiento. Es un camino apasionante. Es la mejor de las aventuras que nunca viviera Indiana Jones, la que exige más coraje que todas las guerras de Rambo, la que nos dota de más imaginación que cualquiera de las vivencias futuristas.de Swazeneger, la que aguza más nuestro olfato que ninguno de los casos de Hércules Poirot. Se pasa por lugares desconocidos, se toma .contacto con civilizaciones exóticas (que los que nos rodean no conocen), se encuentran extraños vestigios que nos llevarán desvelando sus secretos a la fuente del Conocimiento. No hay Amazonas más espeso e intrincado que el Conocimiento, no hay Tibet más alto y sublime que el Conocimiento, no hay Japón más enigmático que el Conocimiento.

Y frente a esto, la televisión ¿qué cultura nos trae? Un sucedáneo de cultura que no sólo quita tiempo para la verdadera sino que hace suponer al que la tiene que no necesita más conocimiento. Es diabólico, pero es así. La peor ignorancia es la del que no se sabe ignorante. Todos somos ignorantes. Algunos lo sabemos. El televidente no sabe qué poco sabe.

Nosotros, musulmanes, debemos comprender que existe un gran interés en que no nos formemos. Un hombre que no conoce a los clásicos (occidenta1es, islámicos, orientales, porque el conocimiento no es de aquí ni de allá) no tiene argumentos contra el Sistema. La Yihad de muchos de nosotros no es con las armas sino con la palabra. Y esto exige una gran formación. La cultura es enemiga del Sistema porque nos libera. El Sistema está creado por Shaitán para someternos. Su genialidad reside en que no lo mantienen los criminales, los canallas o los mafiosos.

No, los que de verdad mantienen el Sistema son los narcotizados, los que están dormidos, los hombres que sólo producen y consumen, los que no tienen él menor interés por profundizar en conocerse a sí mismos por culpa de este modo de vida.

“El hombre que se conoce a sí mismo, conoce a su Señor”, dice el hadiz.

De todos los tipos de drogas, hay una que no hace de los ciudadanos unos inadaptados, más bien, al contrario, es un soma, como en El Mundo Feliz de Huxley, que lo mantiene en una felicidad onírica. Este hombre que acude a la televisión para seguir enajenado, para poder seguir produciendo y consumiendo, es el que mantiene al Sistema. Y su televisión la droga más eficaz y menos contraproducente que ha inventado Shaitán. Frente a la realidad desnuda en que viven los musulmanes, los kafirunes son hombres que actúan como desde el sueño.

Los musulmanes convivimos con zombies, no con canallas. Nuestro amor por ellos tiene que ser tan brutalmente real que los haga despertar.

A veces, nosotros mismos --musulmanes por la Misericordia de Allah-- estamos dormidos y somos zombis como los kafirunes. Llegamos del trabajo, vemos una serie cómica, luego las noticias, y luego una película, y no hemos aprendido nada.

Somos tan ignorantes como horas antes. Una película de más es el capítulo de menos de un sabio que conoceremos, un paso menos que nos acercamos a Allah.

De nosotros depende ser torpes instrumentos de la lucha contra el Sistema, o ser instrumentos afilados y bien dispuestos.

Ni siquiera puede defenderse la televisión como creadora de fantásticas imágenes.

Imaginación e imagen son feroces enemigas. Lo que nos viene dado, no podemos soñarlo. ¡Cuántas veces y de cuántas maneras diferentes hemos imaginado las caras, las circunstancias de algunos de los cuentos de la infancia que más nos gustaban! Nuestros hijos han perdido este regalo de imaginar. Se han hecho los más feroces consumidores de videos Disney (y esto en el mejor de los casos).

Conocen de memoria a la Sirenita, Aladín y a la Bella y la Bestia. El dibujo animado es a los niños lo que los efectos especiales a los adultos: juegos de la magia visual que producen encantamiento. Los dibujos animados serían hermosos si sólo fueran eso, fantasía. Lastimosamente, tienen la finalidad clara de justificar la existencia de televisores en nuestras casas, de enganchar a nuestros hijos a esos aparatos y de eximirnos del injustificable deber de dedicarles más tiempo. Más tarde, a los televisores se adaptan las consolas de video-juegos, nuestros hijos se hacen consumidores de todo tipo de series cómicas televisivas, y cualquier interés por la cultura que pudiera haber nacido en el niño, desaparece. Se vuelven pragmáticos, estiman sus vidas en orden al dinero que pueden llegar a tener, y sin haberse dado cuenta han perdido, junto con la dimensión trascendente de la existencia, su capacidad de soñar, exactamente como los norteamericanos.


La violencia en la televisión

La televisión tiene tanta más clientela --futuros compradores-- cuanto más tiempo de programación consiga que se vea, y para ello debe de recluir al hombre en su domicilio. “Fuera de la casa es el caos”, es el lema que podría sacarse de tanta violencia en televisión: “no salgas de casa”.

La visión continua de la violencia contribuye a contagiarnos de este desquiciamiento de violencia gratuita que se da en las ciudades civilizadas, destruyendo el orden y la paz social, que es fundamental para entramar nuestras vidas en una dimensión trascendente. Y sobre todo --y no se entienda que contradigo lo anterior sino más bien al contrario-- nos incapacita para la violencia justa que hemos de saber usar como animales sanos que deben defender lo que les es justo para existir con dignidad. En el Islam siempre se han defendido ambas posturas: la paz social como modelo en el que se posibilita al hombre su vida espiritual, y la capacidad de respuesta activa del ciudadano frente a la injusticia de un sistema social que le oprime. No hay contradicción entre ambas. Las contradicciones las quiere ver Occidente. La violencia en televisión provoca estos dos efectos, contrarios a lo que el Islam procura: por una parte caos social, miedo a la inseguridad ciudadana, que se hagan necesarias las policías de los Estados para defender al ciudadano y, por otra parte, miedo enfermizo de éste --que no cae en esa violencia indiscriminada-- a la menor acción de respuesta agresiva para defender lo que le corresponde por dignidad.

A los civilizados ciudadanos del Primer Mundo, que hemos vivido y continuamos viviendo de la violencia que existe en otros lugares, de crear guerras civiles en países tercermundistas para vender un stock de armas obsoletas o por apropiarnos de los recursos naturales de una zona tras la victoria de cualquiera de los dos bandos, porque hemos sido lo suficientemente inteligentes para pactar al mismo tiempo con los dos contendientes. Justamente a nosotros los europeos, expertos en la muerte, el saqueo, el expolio y la colonización, nos horroriza la más insignificante violencia. E1 Islam enseña el Yihad como modo legítimo de respuesta a una agresión contra nuestros derechos.

Incluso a los que menos cercanía hayan tenido con la muerte, el Islam les enseña cada año en el Día del Sacrificio del Cordero, en el que obligatoriamente cada padre de familia debe de sacrificar un cordero, que al menos el que coma carne vive gracias a la muerte de los animales. Es hipócrita, es enfermizo, es alienante el horror que siente el hombre civilizado por todo acto de violencia. Nos hemos separado tanto de la Naturaleza que no podríamos vivir en ella tan sólo una semana. A menos que volviéramos a los ciclos naturales. Es significativo del nivel de saturación de violencia de nuestros cerebros que ha llegado a nosotros vía televisión, el hecho de que tengamos profesionales de la tala de árboles (leñadores), de la matanza de animales (matarifes), de ajusticiar (verdugos) y de matar (soldados). Nosotros, los civilizados occidentales, no queremos tener nada que ver con la muerte. Pero vivimos gracias a ella.


La pornografía en la televisión

La televisión no usa la gran pornografía. Pero no pensemos que es por bondad del Sistema, por proteger a la infancia o a la sociedad. No seamos ingenuos. Es por proteger el mercado. La auténtica pornografía mueve miles de millones al año en cualquiera de nuestros civilizados países, y este negocio se vendría al traste si acceder a esa pornografía fuera tan sencillo y tan barato como pulsar el botón de nuestra tele, sin pagar un céntimo.

Por eso en la televisión no se da la gran pornografía. Pero sí se da el suficiente uso comercial del cuerpo de la mujer, las suficientes visualizaciones furtivas de escenas sexuales, como para excitar artificialmente nuestra sexualidad. La existencia de esta pornografía sutil en televisión tiene por objeto provocar nuestra atención en la publicidad para consumir tal o cual producto, y viciar nuestras mentes para que vayamos en busca de la satisfacción de nuestras necesidades al gran mercado del sexo.

Las insinuaciones sexuales en la televisión deben de ser lo suficientemente explícitas para hacernos consumidores de sexo, pero no tan explícitas como para satisfacernos directamente con ellas, pues en ese caso el Sistema perdería uno de sus negocios más lucrativos.

E1 resultado, el gran efecto destructivo, de esta pornografía sutil es el de evitar nuestra sana sexualidad. E1 ritmo de relaciones sexuales de una pareja no será el que armónicamente surja, sino que vendrá forzado por esas imágenes que excitan artificialmente nuestra sexualidad. ¡Que espectáculo tan triste el ver a un hombre ir a su mujer, o a una mujer a su marido, porque alguien ha querido introducir en una película una escena de carácter sexual! Y no menos triste, el que nuestra mente se habitúe a escenas e imágenes que luego se buscan completar al precio que tenga que pagarse! Perder la pauta de los ritmos naturales es perder la Vía.


La sustitución de la sensibilidad por la sensiblería

La vida de hoy cada vez insensibiliza más nuestros corazones. Cada vez nos importa menos la gente que conocemos, y para compensar cada vez hay más asociaciones de ayuda a los perfectamente desconocidos. Lo cierto es que el humano tiene un corazón para usarlo, aún a su pesar. Cada corazón tiene una necesidad de sentir, de amar, de conmoverse. Pero si nuestra vida, con nuestros prójimos, es cada vez más inhumana, ¿con quiénes conseguiremos derrochar esa necesidad de sentir? Una vez más la respuesta es: con la televisión.

Poco a poco --nuestros hijos más que nosotros, y nuestros nietos más que nuestros hijos-- el hombre supuestamente civilizado irá endureciendo su corazón y perdiendo bastante de esta necesidad de conmoverse. Hasta entonces, serán necesarios programas de televisión donde nos preocupemos por el rescate de las víctimas de un incendio, de un caso de heroísmo cívico en el que un hombre arriesga su vida para salvar a un niño, o que una desconocida vuelva a encontrarse con su madre a la que no veía desde hacía veinte años, unos enamorados se reconcilien o un padre encuentre a su hijo que se había ido de casa. O mucho mejor aún, llorar porque el protagonista de una telenovela no quiera a la protagonista y la engañe con otra. Emocionarnos con que unos concursantes ganen un millón, o que el incremento de la recaudación de dinero por una causa noble en la televisión llene nuestras vidas.

Nos gusta sentir que estamos vivos. Eso sería maravilloso, si nos gustara sentirlo ante la realidad. Necesitamos de esos programas en los que lloramos con el drama humano de alguien que ni conocemos ni nos importa un comino. Decía Nietzschte:

“Algunos hombres aman más el hecho de amar que al objeto de su amor”.

También los que están ante la televisión sienten por pura necesidad de sentir, no por afecto a nadie. Allah les ha sellado sus corazones, se los ha empequeñecido. Si sentimos ante la televisión, eso nos libera de adrenalina para sentir de verdad cuando estamos ante la realidad. Provocamos artificialmente el sentimiento y perdemos el sentido espontáneo de conmovernos con lo real, aquello que conocemos y nos rodea. Al día siguiente, satisfechos de nosotros mismos por habernos conmovido ante un televisor, podemos ser tan herméticos, tan inexpresivos, tan tristes con nuestros vecinos, conocidos, dependientes --en la calle, el autobús, el metro-- como siempre. Que somos humanos lo sabemos por lo que sentimos delante del televisor.

Acabaremos no sintiendo nada por nadie que no salga en la televisión, porque nada que no salga por la televisión nos parecerá real.


La televisión suplanta a la realidad

Lo que ocurre en la televisión es lo real. Si amas de verdad, debes decirlo en la televisión, y si estás arrepentido de verdad o si has perdonado a alguien de verdad, debes decirlo en televisión; si eres gracioso debes ir a un programa de habilidades, si eres culto o si tienes un talento especial, sólo será verdad si sales en televisión. Esa es una de las principales causas de la malignidad de la televisión:

sustituye a la realidad. Quiere suplantar a la Naturaleza creando estímulos eróticos, estímulos sensibles, estímulos agresivos, estímulos afectivos...

Hay personajes de la televisión a los que llegamos a querer mas que a nuestros compañeros de trabajo, sentimos más piedad por las víctimas de un accidente de avión en Australia que por ese pobre que vive en la calle y al que conocemos perfectamente, nos atraen más las mujeres de plástico de las series americanas que nuestras compañeras de trabajo, nuestras vecinas o nuestra mujer (si es que la tenemos, y cuya calidez por la noche es el mayor regalo que nos ha hecho Allah taala después del Corán). Odiamos, para descargarnos del odio, a malhechores de película, infames sin cara, muchas veces con rasgos árabes, otras no importa cómo, con tal de que sean lo suficientemente malvados para relajarnos en su odio y que no nos quede odio para querer conocer las caras de los que talan y de los que mandan talar el Amazonas, de los que matan ballenas, de los que venden las armas a las tribus africanas para que se maten, esas caras sí que están protegidas contra el odio.

Sobre actores descargamos nuestro odio, y sintiendo odio, cariño, excitación, alegría, delante del televisor, nuestros sentimientos están cubiertos.

¡Parecemos seres de carne y hueso! Pero no lo somos: somos una imitación de seres humanos. Nos falta lo que da contenido al amor, a la tristeza, al sexo e incluso al odio: nuestra unión a Allah subhana wa taala.


“Palabra de televisión, te alabamos, señor”

Todo lo que dice la televisión es verdad, nadie lo duda. Nos hemos convertido --los hombres del siglo XX-- en los más perfectos creyentes que pudieran soñar los Profetas que nos han sido enviados. Nada que oímos en la televisión es cuestionado. ¡Y es tan dañina a la naturaleza humana esta rendición del juicio...! La lectura provoca la crítica, la palabra de la televisión se expresa con la contundencia de una palabra sagrada (aunque es palabra hueca), y provoca el incondicional sometimiento del que la escucha. Cuando lo cierto es que es pura opinión. Opinión que nunca se fundamenta. No hay libro, así sea de la máxima autoridad que exista en el mundo en esa materia, que no demuestre las fuentes de las que saca su conocimiento o su opinión. La verdad de la televisión es expresada impunemente. Producto de una sociedad hiperindividualista, protege la intimidad (y el resto de derechos) de las personas pero no la de los colectivos como el que resulta de “ser musulmán”. Los musulmanes estamos siendo insultados, humillados, despreciados, calumniados a cada momento en todas las televisiones de los países que se tienen por civilizados, pero no hay denuncia ante ningún Organismo ni juzgado que podamos poner. No hay tribunal ni Ley que nos ampare en este mundo. Si una sospecha de atentado terrorista islámico al cabo de algún tiempo resultó falso, no hay desmentidos. Nadie pide responsabilidades, nadie las tiene, nadie da explicaciones, porque esta opinión que se expresa por vía de la televisión no tiene artífice con nombre y apellidos, ni nadie que dé la cara por ella. Los locutores son rostros que leen papeles que otros les escriben: son periodistas-actores. No puede pedírseles responsabilidades por las noticias que emiten.

Nada hay más peligroso que una verdad monolítica, una verdad sin matices. El libro puede reflejar la riqueza de una idea, con sus tanteos, diatribas y también certezas. Pero si éstas se hacen en televisión, el televidente acabará perdiéndose y hará zapping. Simplificar, usar el estereotipo que espera el televidente, es esencial. Al fin y al cabo, la noticia es una mercancía y debe de gustar a su público. Las noticias de televisión, no menos que las de los periódicos, dependen de la publicidad que las sostiene, y ésta las sostiene porque los lectores o televidentes “compran la noticia”. Si la mercancía no gusta, si es compleja (como son las cosas en la realidad) y no se entiende, no se compra. Así, los medios de comunicación deben de dar al consumidor de noticias lo que quiere oír. De eso depende su supervivencia como medio de comunicación.

Y junto con eso que se quiere oír se añaden ciertas dosis de lo que se debe pensar. Por definición, los medios de comunicación son manipuladores. Las noticias, para ser comprendidas por un pueblo cada vez menos culto (por culpa de la televisión), necesitan de los estereotipos. La simplicidad de las mismas perjudica a la mente humana. La necesidad de moraleja, de buenos y malos, en una breve noticia, el paso de una a otra como en batería, hace que la mente se fije cada vez menos, se deje guiar por “flashes de hechos” que llaman su atención. No hay tiempo para grandes explicaciones. No hay tiempo para verdades integrales. No hay nada que tenga menos verdad que una noticia dada en televisión. Es un hecho --en el mejor de los casos un hecho verdadero-- al que --por privársele de explicación, de contexto-- se lo deja tan desnudo de verdad, tan falso como una mentira. Hoy en día, la noticia de la Revolución francesa, que cambió el curso de la Historia, se daría así: “Un grupo de desarrapados en París, después de asaltar la cárcel de la Bastilla, han pasado a cuchillo al Rey de Francia”. Es verdad que eso ocurrió, y es mentira que eso sea lo que de ello pueda y deba decirse. No hay peor mentira que media verdad, reza la sabiduría popular.

Los medios de comunicación son instrumentos peligrosísimos en manos de grupos económicos potentes que difunden ideas que, siendo aceptables para todos y que cubren esas necesidades psicológicas que llevan al ciudadano a consumir las noticias de los medios de comunicación, hacen el juego a sus intereses. La televisión es el medio de comunicación rey. Su dominio por grupos de poder económico, y la progresiva falta de espíritu crítico de los televidentes --por haber abandonado la verdadera cultura y el verdadero conocimiento-- marcan la verdad y la mentira. El que tenga dinero comprará los medios de comunicación y, con ellos, el poder de hacer verdadero lo falso y de hacer mentira de una verdad.


Televisión y vídeo: la ideología en las películas americanas

Después de la televisión estatal, vinieron las regionales, las privadas, los canales satélites y el vídeo. Este último es tremendamente rentable al Sistema y tremendamente peligroso para los musulmanes porque el mercado del cine está copado por la industria norteamericana. Los Estados Unidos están siendo utilizados por Shaitán, y lo seguirán siendo mientras tengan poder para hacer su trabajo. Cuando --por dinámica natural de las sociedades-- lo pierdan, la cultura/mundo, de signo burdamente materialista y anti-islámica, se habrá difundido tanto que habrá otros que continuarán con el mismo trabajo.

Canadá, Francia, Australia, Nueva Zelanda, Inglaterra, contribuyen en la medida de sus fuerzas a esta cultura del desconocimiento, de la ignorancia, de la pérdida de realidad, de la manipulación, que tiene su libro revelado en la televisión y su sunna en el vídeo, por el que entran en nuestros hogares las películas norteamericanas cuajadas de ideología anti-islámica. Todo lo sagrado tiene su inverso diabólico.


De la desgracia de perder el horario solar

Todo lo que se ha dicho: la pérdida de los ritmos naturales del corazón, la sexualidad y la agresividad, se culminan con la pérdida o la dificultad de adaptarnos al horario solar. En todos los hogares con televisión la hora de acostarse nunca es anterior a las doce. Los que hemos vivido alguna temporada en el campo, o ahora vivimos en la ciudad sin televisión, sabemos que si anochece a las siete, por poner un ejemplo, nunca nos vamos a dormir más tarde de las diez. Al día siguiente nos levantamos al alba con naturalidad y facílidad para el Fayar.

Sin embargo, ¡cuánto nos cuesta el Fayar cuando hemos estado despiertos hasta tarde!

Y, si no somos capaces de levantarnos a hacer el salat, ¿a quién interesa que un nuevo día de un musulmán empiece mal por haber incumplido el Fayar, sino al Shaitán? Ese día, ese musulmán tiene menos fuerza espiritual. Ha tenido su primer fracaso.

Y si estamos cansados por dormir poco, si necesitamos estimulantes (café, etc) para estar despiertos y activos desde primera hora, si en definitiva nuestro cuerpo no está en armonía durmiendo lo que debe y estando activo cuando está perfectamente despierto, si no estamos alegres desde que despunta ese milagro de la Naturaleza que es el alba, si recibimos el alba como una nueva maldición, nosotros que decimos “nos refugiamos en el Señor del Alba”... ¿quién sino Shaitán es el beneficiario?


No basta con apagarlo: rompe tu televisor

¿Qué pasa en nuestras vidas cuando nos deshacemos de la televisión? Que queda más tiempo para leer, se empiezan a hilvanar conversaciones familiares que nunca se habían abordado porque no había tranquilidad para hacerlo, se escucha más música y también hay más silencio, se planean más salidas al campo o se acaba viviendo en él, se juega más con los hijos, se duerme más, se pasa más tiempo en la cama y se hace más el amor, y los ratos en que no hay ganas de hacer ninguna de las cosas anteriores se cita uno con los amigos...Eso sí, el marido que roncaba sigue roncando, esto no es como el anuncio de la almohada milagrosa

El que se moleste en hacer la prueba una semana notará como si empezara a salir de un sueño pesado, y verá delante de sí --como un Corán abierto-- el tiempo que ha desperdiciado de su vida.

¡Es curioso cómo nos engañamos a nosotros mismos! Ningún musulmán dice: “Lo que me gusta de la televisión son los programas basura, los del morbo, secuestros, búsquedas de personas, los de cotilleos...”. No, todos dicen lo mismo: “La televisión está muy mal, si no fuera por los documentales de animales...”. Es cierto que la Naturaleza es maravilla, y por eso Shaitán la usa. Shaitán nunca presenta algo absolutamente abominable pues no tendría nada que nos lo hiciera atractivo.

Porque los que tenemos la intención de estar en la fitrah tendemos al bien. Así que un gran mal tiene que ir adornado por un ostentoso bien, o nunca lo aceptaríamos.

Deberíamos hacer una prueba de honestidad con nosotros mismos, de cronometrar el tiempo de documentales de animales que vemos al día y el que empleamos en otros programas. Si de verdad fuera como decimos, de poco nos serviría el mando a distancia. ¿Cuántos de los que dicen que tienen la televisión para estos documentales que sólo tienen lugar en una cadena, tirarían a la basura el mando a distancia? ¿No es más verdad que no tardamos en hacer zapping y engancharnos a cualquier otra cosa, quizá tras la primera media hora de leones cazando y durmiendo la siesta en la sabana? Las cadenas de documentales tienen que ser estatales porque no son competitivas.

Su filosofía no es dar a las minorías una televisión culta sine embrutecer a esta minoría culta (que existe en toda sociedad) llevándolos antes o después a otras cadenas.

Nosotros, los musulmanes, por ingenuidad una vez más, hemos vuelto a abandonar a Allah y el camino que nos lleva a inmersionarnos en El. Hemos sido enganchados a la televisión, como a una droga contra la que nadie nos ha prevenido, sin darnos cuenta, es cierto, y hemos perdido el camino del conocimiento de Allah.

Recibimos de la televisión las pautas de nuestra sensibilidad, nuestra realidad y nuestra verdad... Y ahora, después de saber lo que sabemos, ¿qué haremos? ¿Arrinconaremos la televisión? ¿Por cuántos días? ¿Cuántos días permitirá el Shaitán que no volvamos a encenderla?

Dando pie a la broma, pero hablando muy en serio, sería una desgracia que en el futuro la historia bíblica de Job se contara de este modo:

“Un día que las criaturas de Allah fueron a presentarse ante Él, fue también entre ellos el Shaitán. Y Allah dijo al Shaitán: ‘¿De dónde vienes?’ ‘De recorrer la tierra y darme una vuelta por ella’, respondió. Allah le dijo: ‘¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie como él en la tierra: hombre recto, íntegro, temeroso de Mí y apartado del mal’. ‘¿Es que Job te adora a cambio de nada? --dijo el Shaitán-- ¿no has levantado un muro protector en torno a él, a su casa y a sus posesiones? Has bendecido las obras de sus manos, y sus rebaños se multiplican por todo el país.

Pero extiende tu mano y toca sus bienes, verás cómo se aparta de Tí’. ‘Ahí le tienes --le dijo Allah--: en tus manos están todos sus bienes. Cuida sólo de no tocarle a él’. Y el Shaitán se retiró de la presencia de Allah. Fue a Job y destruyó sus bueyes, sus ovejas, sus siervos, su casa y sus hijos. Y Job cayó en tierra y dijo ‘Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo allí retornaré. Allah me lo dio, Allah me lo ha quitado. Alhamdulillah’. Volvió el Shaitán a la presencia de Allah, y el Señor de los Mundos le dijo: ‘En vano me has incitado contra él para perderle, Job sigue fiel’. ‘Cualquier hombre da la piel de otro para salvar la suya --contestó el Shaitán-- pero extiende tu mano y tócale en sus huesos, en su carne y verás como se aparta de tí’. ‘Ahí está en tus manos --dijo Allah-- pero respeta su vida’. Y el Shaitán salió de la presencia de Allah. Fue a Job y le hirió con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla. Su mujer, una vez decidió abandonarlo, le dijo ‘¿Todavía perseveras en tu rectitud? ¡Aléjate de Allah y muérete’. Pero Job le dijo: ‘Hablas como una mujer estúpida. Si se acepta de Allah el bien, ¿no se ha de aceptar también el mal?’. Y no pecó. Así que el Shaitán fue otra vez a Allah. ‘En vano me has incitado contra él para perderle, Job sigue siendo un siervo fiel’, dijo Allah. ‘Pobre, solo, enfermo, mientras mantenga su rahim contigo, en Ti encontrará su felicidad --contestó el Shaitán-- pero dale una televisión y se alejará de Tí’.”

Es una recreación cómica del texto bíblico pero, fuera de bromas, en la presencia de Allah el Shaitán ha apostado contra nosotros que nos descaminaríamos, que corromperíamos la sociedad y nuestra familia. Él ha puesto por delante la televisión, y Allah nos ha dada la bendición del Sagrado Corán. Hermanos: destruid vuestras televisiones, no las regaléis porque lo que no es bueno para nosotros no lo es para nadie. No las arrumbéis, ni las revendáis, atreveos a cometer ese sumo sacrilegio del mundo contemporáneo: romped vuestra televisión. Desenchufaos de la televisión y enchufaos sólo a Allah. Él nos baste.


 


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