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¿Existe una Economía Islámica?

15/12/1996 - Autor: Adib Mohafel - Fuente: Verde Islam 5
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¿Se podría hablar con propiedad de una Economía Islámica? ¿Acaso la Economía no es una ciencia neutra, con leyes propias, ajenas a cualquier concepción religiosa o filosófica?

Vamos a tratar de responder a estas preguntas desde una perspectiva global y objetiva.

El ser humano es una globalidad que abarca diferentes facetas que se manifiestan como expresión de una realidad única. Desde esta perspectiva, consideramos la Economía como una aplicación derivada de la actuación humana. Dependiendo de la concepción de la vida que tengamos, nos comportaremos de una forma u otra.

Por tanto la Economía, como conjunto de formas y métodos que organizan el mercado, la generación y distribución de riqueza, los impuestos, leyes que regulan las finanzas, bolsa de valores, bancos, etc. y sus mecanismos de pago —cheques, letras, pagarés—, necesariamente nacen a partir de una forma y unos objetivos concretos respecto al modo de vivir de una comunidad y de sus gobernantes, además de la concepción del mundo que portan. Por todo ello deberemos diferenciar entre lo que podríamos llamar leyes naturales, como la oferta y la demanda, la escasez de los recursos frente a la inacabable fuente de deseos humanos y las decisiones humanas a través de los reglamentos jurídicos creados para la ordenación de los medios en función de los fines.

El Islam tiene una visión global del universo, de la vida y del hombre. Esto genera una ciencia global y jerarquizada; global, en tanto en cuanto abarca la teoría y la vivencia práctica del hombre, tanto individual como socialmente. La prueba de la fe en el Islam no consiste en la aceptación mental o pasional de un salvador o de un dogma, es más bien una forma de vida espiritual/material, en la que la concepción teórica se convierte en un hecho vivo y cotidiano. Consideremos por ejemplo el concepto de solidaridad, que emana de la creencia de que “todo pertenece al Creador: de Él venimos y a Él volveremos”; este paradigma se traduce en la misión profética cuyo texto reza así: “no es creyente quien duerme mientras su vecino está hambriento y él lo sabe”. El Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, al afirmar la anterior sentencia matiza precisamente que el amor se traduce en obras tangibles y no en mera declaración de intenciones.

Los conceptos de jerarquía y globalidad son principios casi universalmente aceptados, no por el hecho de que lo menor proceda de lo mayor, sino más bien en razón de que prevalezca el bien común sobre el bien particular, de forma escalonada, como afirmación de la unicidad, rasgo diferenciador de todas las revelaciones divinas, de las que el Islam es su último y máximo exponente. Consecuentemente hay una concepción muy concreta de la Economía dentro del Islam que intentaremos mostrar someramente.


Causa principal

Partimos del principio o axioma islámico: “todo procede del Creador”, contenido en los textos sagrados. “Todo procede y pertenece al Creador” y es Él el amo y Señor de toda la Creación”. A este principio añadimos el fin último del hombre en la tierra y su papel de vicario del Creador tal como afirma el Altísimo en el Sagrado Corán: “No he creado a los hombres y a los seres de luz sino para que Me adoren”; y otra sentencia coránica que dice: “estableceré un vicario en la tierra”, refiriéndose al hombre. Vemos así que el hombre es el encargado de mantener la armonía y el equilibrio en la Creación, es el portador del mensaje divino y el único responsable de sus actos. Todo acto humano, aún moviéndose en el plano de lo material, debe tener y tiene una proyección trascendente en lo espiritual y un objeto que emana de la esencia y del fin último.

De ello deducimos que en el Islam la propiedad tiene un carácter transitorio y administrativo. Los títulos de propiedad en el Islam están sujetos al buen uso de los objetos, siendo su naturaleza temporal. Poco tiene que ver con el concepto contenido en el Derecho Napoleónico sobre la propiedad, que nos dice que ésta consiste en el derecho al uso y abuso de las cosas. Este mismo concepto —el de la propiedad islámica— es mucho más matizado y clarificador respecto a las posesiones agrícolas, donde las propiedades están sujetas textualmente a la explotación individual de las mismas. Cualquier propietario que abandone su finca por un período superior a tres años pierde todos los derechos sobre la misma. en favor de aquel que comience a explotarla.

En cuanto a las actividades industrial y comercial, siguen el mismo principio del buen fin, con matizaciones propias en cada estamento y caso. Quedando siempre de manifiesto que la propiedad es el derecho a la administración, este derecho es absoluto. La legislación islámica prohibe la propiedad individual de los bienes libres, tales como el agua o el aire, y también prohibe la propiedad individual de materias primas básicas como yacimientos mineros o petrolíferos y, en algunos casos, las extensiones de bosque. Respecto al agua, a pesar de ser un bien libre, ésta tiene la consideración de bien escaso o limitado. La propiedad sobre los pozos es factible siempre y cuando el agua sea suficiente para cubrir todas las necesidades sociales; si, por el contrario, aquella fuera escasa y hubiera de recurrirse a otros medios para su obtención, estaría prohibida su administración individual.

A todo ello habría que añadir la tajante afirmación coránica que prohibe la existencia de monopolios de cualquier índole, especialmente los de carácter financiero. “No debe haber una élite de ricos en la comunidad”. Texto que ilumina más aún el modelo económico islámico en su dimensión social. El fin último de la Economía es servir a la comunidad, ordenando los recursos con objeto de satisfacer las necesidades humanas. Lo mismo vale para la industria y el comercio. Muchos doctores del Islam consideran a la industria pesada, susceptible de constituir una forma de propiedad comunal en su administración, pero ésta no debe ser confundida con el tipo de propiedad estatal planificada que preconiza el marxismo. No obstante, sigue siendo objetivo de la industria satisfacer necesidades y contribuir a la elevación del nivel de vida de la comunidad.

Conceptualmente, la Economía de inspiración islámica pertenece al género de los sistemas económicos mixtos, dándose en ella especial importancia a la propiedad comunal, como figura propia que nada tiene que ver con el concepto de propiedad estatal de corte socialista, pero sí con la idea de administración comunitaria. Podríamos, por ejemplo, relacionarla con un tipo de administración local o autonómica según el modelo actualmente vigente en el Estado Español. Según sea la naturaleza de los bienes así definiríamos el tipo de propiedad. No es lo mismo el cauce de un río que un bosque de pinos, por citar dos ejemplos. El cauce de un río, bajo ningún concepto puede ser un bien privado perteneciente a una sola persona o entidad empresarial, sino que ha de pertenecer a la comunidad en toda su plenitud. En cuanto al concepto de Economía Mixta, creemos que en ella deben prevalecer los objetivos sociales sobre los privados y sobre lo mecanismos económicos puros, al contrario de lo que ocurre en el capitalismo salvaje.

En el Islam, la actividad económica , aún teniendo su propia dinámica, debe estar sujeta a los fines sociales. Esta sujeción no se articula, ni mucho menos, mediante la dependencia respecto de unas oficinas u organismos burocráticos centrales y planificadores, al estilo del socialismo soviético, sino que implica la implantación de mecanismos correctores que impiden el abuso y el monopolio en cualquier actividad productiva.

En el sistema financiero actual, las familias propietarias de los bancos poseen tan sólo del 3% al 7% del capital. Estos exiguos porcentajes sobre los títulos de propiedad de las entidades financieras les concede un enorme poder sobre las mismas y sobre los pequeños accionistas que depositan en los bancos los ahorros de toda su vida. Un ejemplo que ilustra perfectamente lo expuesto es el siguiente: un banco cuenta con un capital social de doscientos millones de pesetas. Su presidente tiene acciones por valor de doce millones de pesetas, suma que equivale al 6% del total del accionariado, repartiéndose el 94% restante entre pequeños inversores cuyas acciones alcanzan un valor estimado entre trescientas mil y un millón de pesetas cada uno. Al final, este pequeño porcentaje del 6 %, controla una fortuna: no sólo los doscientos millones de pesetas del capital del banco sino que a ellos habría que añadir los depósitos de los cuentacorrentistas y el poder de definir la política a seguir con los fondos de inversión, de los cuales el banco es solo depositario y que, en algunos casos, superan el billón de pesetas.

Este ejemplo, que tiene validez en cuanto a los datos manejados en relación a España, sería extensible al poder de algunas familias que controlan hasta varios billones de pesetas de dinero ajeno, manejado a espaldas e inclusive en contra de los intereses de los propietarios del mismo. Si tenemos en cuenta que el factor psicológico es una variable importante para la subida o bajada de los mercados bursátiles, podremos entender el enorme poder de presión económica del que disponen algunas personas para alterar las fluctuaciones económicas. Todo ello invita a pensar que el capitalismo debería tener bridas y frenos. El potencial de los especuladores es tan enorme, que puede provocar crisis como la del ataque producido por los brokers financieros contra el franco francés, que obligó a intervenir a todos los bancos centrales europeos, especialmente al Bundesbank, para evitar una devaluación que amenazaba al Sistema Monetario Europeo.

Precisamente el Islam pretende poner un freno a la especulación, dada su naturaleza no productiva, siendo miel para pocos y hambre para muchos. De ahí que la concepción islámica de la economía asocie el capital al riesgo y al esfuerzo humanos, en aras de la economía productiva y al servicio del bienestar social.
La regresión y decadencia de la sociedad islámica fue debida a varias razones: a invasiones extranjeras y masacres, como las perpetradas por los mongoles, al gobierno de príncipes ignorantes, o a lo que Garaudy llama el constantinismo islámico del periodo abassí, que bloqueó la investigación e interpretación del Islam, y que dio lugar a un estancamiento intelectual agudizado por el dominio otomano. Todo ello provocó una decadencia en todo los órdenes que llevó al desmoronamiento de la sociedad islámica a principios del siglo XIX. Por tanto, cuando nos referimos al Islam en modo alguno nos estamos refiriendo a los países cuya población es hoy mayoritariamente musulmana.

Hecha esta aclaración, el sistema financiero islámico debe prestar los mismos servicios que el actual sistema financiero mundial: cuenta corriente, cartillas de ahorro, fondos de inversión etc., pero con dos salvedades que marcan profundamente la diferencia. Esta diferencia se evidencia no sólo en el concepto sino en la forma de actuación y en los mecanismos de todo el sistema.

La primera diferencia existente entre el sistema financiero islámico y el capitalismo, es la ausencia de un interés fijo sin riesgo por parte del capital, lo que se traduce en ausencia de usura; la segunda es el freno a la especulación en general y al mercado financiero en particular, por lo que, en una economía islámica, las cuentas de crédito no existirían como las conocemos en la actualidad; más bien, la banca sería administradora de capitales para su inversión, a la vez que jugaría un importante papel en la creación, administración e impulso de las nuevas empresas.
Partiendo del principio de asociación entre esfuerzo, capital y riesgo, la banca habría de intervenir en el proceso productivo como socio, asumiendo al mismo tiempo los riesgos y la cotitularidad de los bienes, en vez de ser un simple prestamista que hipoteca y que, independientemente de los resultados del negocio, cobra los intereses estipulados y el principal del préstamo.

Un ejemplo que podría ilustrarnos mejor sería el siguiente. Imaginemos que un comerciante decide ampliar su negocio comprando una nave industrial, y para ello pide un crédito a un banco. El banco y el empresario compran la nave industrial a un precio ya fijado por el vendedor. De esta forma, el banco se convierte en dueño, junto con el empresario, de la mencionada nave. Supongamos que el precio de la misma fue de nueve millones, y el empresario sólo tenía tres. Los seis restantes, como es lógico, los puso el banco. En términos de propiedad, el empresario es dueño del 34 % y el banco del 66 %. La cuestión que surge es la siguiente: ¿como adquiere el empresario el 66 % restante?. La respuesta es sencilla. El banco fija un alquiler al empresario, que se irá descontando del 66 % y, aparte, tendrá un porcentaje igual al principal restante de cada pago sobre el alquiler del almacén.

Dicho de otra forma: en el primer pago del alquiler el banco tendrá el 66 % sobre el beneficio o pérdida existente durante este período y éste irá decreciendo a medida que se vayan realizando los pagos. Al final, el propietario tendrá su nave y el banco habrá compartido los riesgos inherentes a la explotación del negocio, evitándose así la usura, mediante este mecanismo tan simple. Otro punto importante que conviene aclarar es que, en caso de fallecimiento del titular del préstamo, el banco no puede quedarse con el negocio, sino que éste pasa a sus legítimos herederos, continuando el crédito en las mismas condiciones.

En cuanto a los ahorradores, tendrán sus ahorros en circuitos financieros a través de la banca o fondos de inversión, pero en lugar de cobrar un interés fijo por su dinero, reciben un porcentaje sobre los beneficios. Por ejemplo, las entidades financieras realizan diferentes actividades económicas, invirtiendo en los diversos sectores productivos. Finalizado el ejercicio en la cuenta de pérdidas y ganancias, el capital invertido de la entidad es la base sobre la cual se reparte el beneficio existente, previo cobro por parte la entidad financiera, en concepto de gastos de administración, de una cantidad que suele rondar sobre el 10 % de los beneficios.

  Osea, queremos decir que la entidad financiera deduce de los gastos un porcentaje como beneficios para la misma, repartiendo el resto porcentualmente sobre el capital invertido. Una parte revierte en la entidad, o sea en la banca como propietaria de una parte del capital, y el resto entre los ahorradores.

Para que se vea más claro, supongamos que un banco maneja un total de diez millones de pesetas de los cuales el dos por ciento son recursos propios, y obtiene dos millones de beneficios por un ejercicio. De los dos millones retrae doscientas mil como gastos de administración y el millón ochocientas mil pesetas se divide porcentualmente entre los diez millones, resultando un beneficio neto del 18 %.
Esta fórmula es la misma que la de los fondos de inversión inmobiliarios que existen en España y otras partes del mundo, y creemos que esta fórmula es más justa y más pura para las relaciones comerciales entre los hombres y los pueblos.

Esperamos arrojar una pequeña luz sobre la concepción islámica de la economía, siendo imposible describir toda la Economía Islámica en un artículo tan reducido. Allah es nuestro guía, de Él procedemos y a Él volvemos.


 

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