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Papel de la Mujer Musulmana en la Economía

15/12/1996 - Autor: AbdelHamid Tensamani Chebaguda - Fuente: Verde Islam 5
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«Nuestro estado social no permite a las mujeres la posibilidad de valorar su capacidad. Parecen destinadas únicamente a dar vida a los niños y a alimentarlos. Este estado de servidumbre ha minimizado en ellas la facultad para las grandes realizaciones. He aquí por qué no se ven entre nosotros mujeres dotadas para las virtudes morales. Su vida se desarrolla como la de las plantas.»

Ibn Rushd (Averroes)


Posiblemente todo lo escrito sobre el papel de la mujer en la Economía Islámica, haya interesado más a la mujer —por tratarse de algo referente a ella— que al hombre. Quizás porque éste considera que el tema corresponde especialmente a aquella, dado que tiene una relación directa con sus problemas, sus inquietudes y esperanzas, siendo ella la más apta para describirlos, representarlos y tratarlos. A pesar de todo me propongo reflexionar sobre esta cuestión, estimulado por diversas razones.

La economía, en el Islam, interesa a la mujer como musulmana, como productora y como consumidora. Por lo que respecta al primer punto, es obvio que las mujeres “son semejantes a los hombres”, ya que la vida religiosa y su destino dependen de las acciones de los musulmanes y de las musulmanas por igual. En lo que concierne a la economía, la mujer produce igual que el hombre. Quisiera advertir que por producción no debe considerarse únicamente aquello que se refiere a la renta monetaria familiar. El trabajo del hogar es asimismo producción en el sentido de que, en el caso de que el marido contrate una criada para la cocina y la limpieza de la casa, ésta recibe una compensación monetaria conforme a las horas empleadas en dicha labor. Por lo que surge la cuestión de cuáles serían los límites materiales y morales que deberían establecerse para que la mujer musulmana pudiese cumplir con sus responsabilidades en una familia sana y feliz, en una sociedad armónica donde se respete el honor y esté basada en un orden económico transparente y justo.

Mi respuesta es que la mujer musulmana debe cumplir con todos los deberes que la Ley Divina —Shariah— le ha prescrito pues, como dice el Corán:

“Dios no pide nada a nadie, más allá de sus posibilidades.”

(Corán: II, 286)
 

Esto significa que no se exige a los seres humanos sino en la medida de su capacidad.

Una segunda condición es que todo musulmán pueda superar su egoísmo, permitiendo a su fiel hermana ejercer todos los derechos que la Ley Divina le ha concedido.

La participación de la mujer musulmana en la educación del niño y su influencia sobre el gusto y el sentimiento de los adultos, conforma y modela el entorno más valioso de la civilización, garantizando a la comunidad la conservación de sus valores y su prosperidad. La dimensión de su función social aumenta en profundidad conforme se eleva el nivel cultural de la mujer. Asimismo, una situación tecnológica y civilizada en general le permite ampliar sus horizontes culturales, haciendo de ella pilar esencial, unas veces en el hogar y otras en los llamados sectores de producción.

El Corán dedica una Sura entera a la mujer, “Surat an Nisa” —las mujeres— así como diversos ayats —versículos— independientes.

En el período preislámico —la yahiliyya o Edad de la Ignorancia— la mujer árabe sufrió una situación de desastrosa humillación. Fue considerada como simple objeto entre las demás propiedades del hombre.

Hablando de esta situación dice el Corán:
“Pues cuando se anuncia a uno de ellos el nacimiento de una hembra, su rostro se oscurece y se sofoca, se oculta de las gentes a causa de la desgracia que fue anunciada.
¿Cogerá la criatura a pesar del deshonor o la ocultará en el polvo? Cuán malo es lo que juzgan.”

(Corán 16: 58)


Tampoco tuvo la mujer mejor suerte entre la mayoría de los demás pueblos de la Antigüedad. Así, en algunos diálogos de Platón éste nos recuerda cómo Sócrates la considera “parte de los demás bienes, así el arado, la burra y la mujer”.

Y siguiendo con nuestra reflexión sobre la situación de la mujer musulmana, quiero mencionar que el Sagrado Libro igualó a la mujer con el hombre, pues siempre que menciona a éste hace referencia a aquella:
“Los musulmanes y las musulmanas”
“Los creyentes y las creyentes”
“Los que oran, las que oran”

Así, mientras que en tiempos de yahiliyya la mujer era objeto de herencia, con el Islam se transformó en heredera, pudiendo disponer de sus propios bienes y realizar operaciones comerciales con objeto de incrementar su riqueza.
La Ley Islámica —Shariah— es la que determina y garantiza sus derechos y su honor. La aparición de esta Ley supuso para la mujer el reconocimiento del derecho a la nutrición y protección del mismo modo que al hombre, igualando los derechos entre ellos en todo aquello que puede considerarse básico en cualquier sociedad.

“Las mujeres tienen sobre los esposos idénticos derechos.”

(Corán: 2,228)


“...los creyentes, varones o hembras, que obren bien, entrarán en el Jardín y serán proveídos en él sin medida.”

(Corán: 40,40).


“Los hombres tienen una parte de lo que han adquirido, las mujeres tienen una parte de lo que han adquirido.”

Así pues, de la consideración islámica de la mujer no puede deducirse la afirmación de su inferioridad respecto del hombre, ya que “la inteligencia está repartida por igual entre el hombre y la mujer, y es lo que distingue a los seres humanos en general”, como dijo Al Kindi.

En la mayoría de los sistemas sociales —antiguos, modernos o contemporáneos— existen conceptos problemáticos e inquietantes, dado que se prestan a variadas interpretaciones y a diferentes puntos de vista que a menudo resultan contradictorios. Estos inquietantes conceptos acaban aflorando casi siempre con el paso del tiempo, renovando la realidad cultural. Actúan objetivamente en un sentido clarificador, conduciendo al sistema hacia una situación más estable, donde es posible aprehenderlos con claridad y armonía.

Entre las cuestiones inquietantes alrededor de las cuales se sitúa la polémica en el discurso islámico moderno y contemporáneo figuran, en un lugar importante, la cuestión de la mujer y la dialéctica de su papel socioeconómico.

Así, según la interpretación del Sr. Muhammad Husanin Fadl Allah: “La consideración de la participación activa de la mujer en la sociedad es variable y suscita polémicas, sobre todo si tenemos en cuenta las numerosas ideas inquietantes que la gente se forma sobre dicha cuestión, máxime en el marco religioso islámico. Esto puede condicionar negativamente la integración de la mujer en la realidad social contemporánea, o bien llevarla a una pérdida de confianza en sí misma, provocándole diversas sugestiones que modifiquen su sentir, su manera de percibir el entorno vital, e incluso cuestionar la responsabilidad que sobre ella recae.”1

El Sheij Muhammad Mahdi Shams ad-Din describe este desconcierto en una obra sobre la legislación de la mujer, titulada “Asuntos pendientes en el estatuto de la mujer”. El Dr. Qaradawi Yusuf, por su parte, describe esta problemática en la frase siguiente:
“el tema de la mujer en nuestras sociedades islámicas constituye un ejemplo diáfano que genera dos actitudes: la exageración y la insuficiencia.” Y añade también en este sentido: “Unas hermanas me han expresado su fastidio con respecto a las conferencias pronunciadas en los congresos islámicos cuyos contenidos se refieren a los problemas que conciernen a sus derechos, obligaciones y condiciones según el Islam. La repetición monótona de aquellos y su audición revisten un carácter punible.”2

El punto esencial donde se expresan las deficiencias existentes en el tema de la mujer reside en la dialéctica de su papel social y su participación en las funciones públicas. Cuando Muhammad Rashid Rida escribió su obra “Los derechos de las mujeres en el Islam” e insistió en lo que el Islam propone sobre la participación de las mujeres junto a los hombres en los actos culturales o religiosos y en las actividades socioeconómicas, se opuso a sus afirmaciones el Sheij Muhammad Nasr ad-Din al Albani, quien adujo que aquella consagración era informal en razón de su contradicción con el sentido del versículo coránico, mientras que el Sheij Rashid Rida consideraba que el versículo coránico había concedido a las creyentes la responsabilidad conjuntamente con los creyentes, introduciéndose así la mujer en los límites de la hermandad y la colaboración financiera y social.

Por su parte, Muhammad Gazzali distinguía en este desacuerdo la divergencia metodológica entre los faquíes —sabios del fiqh, Jurisprudencia— y los tradicionalistas en lo que concierne a la lectura de las concepciones islámicas y a sus aplicaciones en el contexto de la realidad.3

Haciendo valer la opinión de la mujer, la doctora Muna Yaqún afirma que “la mujer musulmana está aún muy lejos de poder ejercer su derecho a desarrollar el papel social y universal que le corresponde. Su arbitraria marginación limita su existencia, enturbia su quietud y la aparta de toda acción. Vemos así que el problema del reconocimiento de la capacidad de la mujer, de su participación y de su rechazo a una tutela ilimitada sobre ella, vienen a constituir los aspectos más destacados que preocupan su mente.”4

En esta introducción trataremos de definir el problema objeto de nuestra investigación. Existen problemáticas auténticas y profundas en relación a los temas de la mujer en el discurso y en el proyecto islámicos que son objeto de estas reflexiones y cuya esencia radica en la dialéctica de su rol socioeconómico. Si existen divergencias no es a causa de una indefinición del problema, sino que más bien reside en los métodos de análisis y en sus aplicaciones.

El área que ocupa la cuestión de la mujer en la literatura islámica, desde un punto de vista cuantitativo, es extensísima, pero quien observa estos textos con actitud crítica descubre ciertas peculiaridades, entre las que podríamos destacar las siguientes:

1) En la mayoría de los textos predomina un estilo emocional y defensivo. Están escritos en un tono de réplica hacia los prejuicios y problemas que generan las influencias no islámicas sobre la mujer en general, y sobre la mujer en el marco del discurso islámico en particular.

En vez de comprometerse con opiniones en un debate usando un discurso de réplica, parecería mucho más adecuado partir directamente de los fundamentos islámicos, de sus formas de conocimiento y normativa, a la hora de abordar la cuestión de la mujer, sin temor a las susceptibilidades de la parte contraria.
Hemos de tener en cuenta que esta situación se ha producido en unas circunstancias en las que el pensamiento islámico —en la mayoría de sus actividades— se hallaba en una posición defensiva. Aunque esta circunstancia está cambiando, un gran número de textos islámicos no han sufrido variación alguna.


2) La mujer musulmana no basa sus expectativas en respuestas que para nada alteran su realidad efectiva, sino en aquellas que atienden a sus necesidades, como serían la promulgación efectiva de los derechos que le otorga el Islam, lo cual afectaría realmente a su situación actual, cambiándola. Para ello es imprescindible conocer la interpretación islámica para adaptar la normativa con respecto a ella.

3) La mayoría de los textos islámicos sobre el tema de la mujer son escritos por el hombre y no por la mujer.

Cuando el profesor Munir Shafiq expone las opiniones de los islamistas sobre la mujer, cita más de veinte de origen masculino frente sólo a dos provenientes de las mujeres. Ciertamente, la crítica de esta actitud no implica necesariamente que el hombre haya de despreocuparse del mundo de la mujer. Esta situación debería superarse tratando de conocer las propias valoraciones subjetivas de las mujeres, sus formas didácticas y metodológicas —pues ellas se hallan más cerca del problema— con objeto de diagnosticar su situación, conocer su ontología y por consiguiente definir sus necesidades y exigencias.

Por otro lado, la cuestión no debería centrarse necesariamente en hacer una crítica al hombre por el hecho de haber expresado su opinión en el tema de la mujer, sino que ha de procurarse que ésta pueda exponer con la misma intensidad y frecuencia sus opiniones, y reconocer el hecho de que no se ha concedido demasiada importancia al derecho que le corresponde a expresar su situación en los medios de comunicación ni a la posibilidad de publicar sus ideas en la misma medida que al hombre.

La forma más usual de tratar el problema aquí planteado es preguntándose si los principios de la religión musulmana favorecen, entorpecen, frenan o prohiben la participación de la mujer en las actividades económicas (o en cualquier otro modo de producción); o bien si son indiferentes a dichas actividades.5

A mi entender, como veremos posteriormente, ésta no es la cuestión primordial. Sin embargo es una cuestión que se plantea por su interés en relación con el problema en su conjunto. Así pues, la analizaré sucintamente. Es necesario, desde luego, reconocer con humildad y con toda clase de reservas que las competencias que se requieren para tratar un tema de tal envergadura son muchas y de diferente naturaleza. Además de las cualidades de un teólogo, se necesitan las de un economista, las de un jurista y las de un sociólogo conocedor de las diversas sociedades históricas de los musulmanes además de las contemporáneas. Es obvio que, en el estado actual de las cosas, un experto en uno o varios de estos terrenos, no puede serlo con el mismo grado de competencia en todos ellos. Una reflexión interdisclipinar sobre un tema tan complejo nos obliga a intentar establecer un balance e imaginar, a partir del presente, un porvenir posible. Nos conduce a interrogarnos sobre el papel de la mujer en las sociedades musulmanas, lo cual es una empresa muy delicada, ya que afecta a terrenos muy diversos y específicos, incluso para cada país en concreto, ya que el tema está profundamente ligado a la religión.

El Islam, en los países objeto de nuestra encuesta ¿es un factor de emancipación del individuo en la esfera familiar o, por el contrario, es un obstáculo?
El freno al desarrollo de la mujer, si es cierto que existe ¿está ligado a la religión, o a una cierta lectura del Islam hecha por los dirigentes políticos?
Este estudio plantea el problema de la relación, del intercambio, de la ambigüedad en el tratamiento del conflicto entre la autenticidad y la universalidad, entre la sacralidad y la laicidad, entre el Derecho Islámico y el Derecho Positivo.
Resulta útil a la hora de tocar el fondo de la cuestión, realizar un análisis comparativo de valores y de modelos culturales, estudiar la oposición entre la cultura occidental y la cultura islámica dominante cuando ésta ha sido alimentada por otras fuentes: beréber, negro-africana, persa, turca, etc... Si el Islam fuera únicamente una religión, esta reflexión sería sencilla pero tal vez resultaría inútil. Pero el Islam es ciencia del ser y de la colectividad, ley social que dispone de Criterio, no sólo para explicar metafísicamente la relación entre el hombre y Dios, sino también las cuestiones concretas y sencillas de la vida cotidiana. Este Criterio está expresado en la Shariah —Ley Islámica— sujeta ésta última a lecturas que están en relación con las circunstancias que vive el ser humano en la tierra. El Islam es religión y sistema socio-político. No vamos a tratar aquí el tema de los fundamentos políticos del pasado y presente de las sociedades islámicas. Sin embargo sí que debemos plantearnos el tema de la relación del Islam contemporáneo con la economía, en aquellos países que destacan por su nivel de desarrollo en ambos terrenos.

No existe, según las fuentes de la Ley Islámica —Shariah— contradicción alguna entre economía e Islam. Sin embargo, la introducción de determinadas prácticas puede ocasionar rupturas con claros efectos sociológicos, que no por serlo dejan de emanar de causas económicas. Recordemos las sociedades islámicas del periodo colonial. Los musulmanes aplicaban en su conducta un Islam que se consideraba correcto, aunque estuviese plagado de malentendidos y desviaciones (marabutismo y supersticiones, por ejemplo). Existía en favor de la religión, vista como último bastión unificador, una voluntad de salvaguardia tan fuerte y real, que permitió salvar muchos obstáculos en el proceso de descolonización.
La relación con la Modernidad era de otro tipo. Se podría dibujar, a grosso modo, una frontera entre las sociedades islámicas propiamente dichas y las sociedades europeas modernas implantadas, porque éstas disponían de todos los signos y atributos —materiales y sociales— necesarios para un cierto estado de bienestar. Algunos musulmanes integraron ambos modelos, pero constituían una pequeña minoría que vivía de un modo occidental u occidentalizado, salvaguardando los aspectos tradicionales de sus sociedades, a la vez que beneficiándose ampliamente de las condiciones materiales de la población europea.

Hoy en día, en razón de su mayor independencia política, las sociedades islámicas tienen, teóricamente, la posibilidad de acceder a la vida moderna, o sea, a una vida en la cual el consumo de bienes necesarios para procurar el bienestar se vea facilitado al máximo. (El término “bienes” incluye también la salud, la escolarización, la vida cultural, etc...) Asimismo, ahora que la administración de los países de mayoría musulmana es llevada a cabo por los musulmanes según su propio criterio, todo musulmán se encuentra con la posibilidad de recoger los frutos de su labor, participando en la vida económica o, por lo menos, puede aspirar a ello. Puede igualmente salvaguardar con toda legitimidad su vida sociocultural y religiosa frente a las dificultades que le impone su condición de agente económico. Por otra parte su actividad económica no debe comprometer la continuidad sociorreligiosa en la cual ha nacido y que tan bien conoce. Las sociedades objeto de este trabajo se esfuerzan por defender su especificidad dentro de un plan general, a la vez que asumen determinados valores occidentales.

Ha sido la evolución de las formas occidentales la que ha impuesto la emancipación de la mujer, en aquellas sociedades donde el poder y el saber están acaparados por el hombre adulto. Este cambio ha creado, en consecuencia, una ética que se pretende universalizar. La dificultad estriba en el hecho de que esa ética mundializada es un arma de doble filo. Si unos se adhieren a ella, otros se resienten ante el cambio, ya que proviene de la cultura occidental y por lo tanto provoca en el individuo un sentimiento de rechazo, basado en motivaciones de orden religioso, histórico, político y económico.

Antes de proseguir, deberíamos hacer algunas observaciones. La reflexión sobre la mujer musulmana plantea el problema de la independencia del investigador musulmán con respecto a ciertas imposiciones. Suponiendo que haya rebasado la autocensura, su discurso —porque molesta al orden establecido— es calificado de medieval, de ser no representativo o de estar alejado de la realidad.
Como toda investigación en ciencias sociales, este trabajo implica postulados iniciales que conviene presentar con un afán de honradez autocrítica. Nuestra aproximación rechaza la apología, la condescendencia y la autodesvalorización.

 

Anexo: La persona: mujer, hombre.

Cada civilización toma conciencia, a su manera y de modo gradual, de la noción de ser humano, de sus derechos, de sus deberes, de sus estatutos e incluso de su papel en la vida. En el itinerario histórico recorrido por el Islam para establecer su noción de persona —shajs—, la denominación y el concepto se refieren tanto al aspecto físico del ser humano como a su comportamiento, o bien a su apariencia visible —zil— en cuando presencia perecedera.

En Occidente, la persona se integra en la vida social jerarquizada por medio de la apariencia externa, en tanto que en el Islam lo hace a través de la forma interna, de manera que cada ser individual participa de forma igualitaria en la vida del grupo. El individuo no está reconocido por un sistema de derecho fijo, homogeneizado, sino únicamente mediante su nivel de pertenencia dentro de la jerarquía del grupo.

En el campo psicológico, el rol y el estatuto del hombre y de la mujer en las sociedades islámicas han sufrido grandes transformaciones. El hombre conserva todavía, como en las demás áreas culturales, una posición central y unos derechos privilegiados en el seno de la familia. Aún hoy, el hombre representa la autoridad familiar, el lazo de unión entre los miembros de la familia y la sociedad.
Pero sobre todo, han sido el estatuto de la mujer y su papel social los que han sufrido las mayores modificaciones. La mujer está considerada en muchas sociedades de mayoría musulmana como un ser secundario y, desde el punto de vista social, está totalmente marginada. Es tratada como una eterna menor.

El hombre representa todo lo que es público y exterior en relación con la comunidad —asuntos comerciales, poder político— en tanto que la mujer asume lo que es del dominio privado e interior, principalmente en relación con el hogar —vida doméstica.

Desde hace medio siglo, y bajo el choque de la modernización, los estatutos de las mujeres han sufrido modificaciones gracias a las reformas legislativas. Las relaciones sociales entre la mujer y el hombre se han reequilibrado sensiblemente bajo la influencia de la enseñanza y la apertura al mundo de estas sociedades.
Muchas cosas se han modificado en el seno de algunos espacios de población urbana. Las mujeres tienen mejor conocimiento de sus derechos y, sobre todo, el trabajo asalariado requerido por las exigencias económicas y financieras de la familia nuclear las ha hecho más libres.

A pesar de todo, existe siempre una contradicción entre la situación de hecho y la situación de los derechos de las mujeres. En realidad, éstas están aún muy lejos de la conquista total y efectiva de sus derechos y, en el mejor de los casos, viven una etapa de transición. Según la expresión de G. Tillon: “dejan de ser consideradas primas sin llegar a tener aún la condición de persona”.

Por desgracia la imagen de la mujer musulmana en la literatura occidental no ha cambiado desde la descripción imaginaria hecha por Montesquieu en sus “Lettres persanes.” Esta imagen permanece aún en nuestros días, y los autores musulmanes se han contentado —por su parte— con describir a la mujer según el modelo tradicional, como un ser sometido y dominado.
A nuestro juicio, ahora es el momento adecuado para tratar de aclarar la realidad social y describir la verdadera situación de la mujer.

Considerada según este nuevo punto de vista, la segregación de los hombres y de la mujeres en el mundo musulmán, no implica necesariamente la relegación o la subordinación de las mujeres. Se trataría, más bien, de reconocer que, a pesar de la segregación de los espacios sociales y del reparto desigual de la formación social obtenida, esta formación es estructurada de acuerdo a la función.6

En vez de considerar la dicotomía público/privado en función de una jerarquía simple y clara, donde “lo público” se antepone a “lo privado” o bien está en función de un antagonismo especial entre el mundo de los hombres y de las mujeres, las mujeres concentran su atención en la relación dialéctica entre ambas esferas, contribuyendo con ello a facilitar la cooperación entre hombres y mujeres en el proceso social en curso.

Esta concepción más equilibrada que restituye a las mujeres una cierta autonomía y un papel activo en la sociedad, constituye seguramente una contribución muy importante que no se debe subestimar. La economía —según el modo de vida industrial— entra en conflicto con el modelo económico doméstico. El trabajo de la mujer en el interior y su papel como productora de ingresos, han repercutido en las relaciones de la pareja modificando las obligaciones de ambos sexos. Entre las familias de clase media, la actividad económica de la mujer es el resultado de la emergencia de una sociedad de consumo y de las posibilidades derivadas de la educación moderna.

Dentro de las familias de clase modesta, el trabajo no es un fenómeno nuevo para la mujer, quien siempre ha sido, al mismo tiempo, responsable tanto de las obligaciones exteriores como de las faenas del hogar.

En las regiones rurales y tribales, la aportación de las mujeres es indispensable en la vida económica de la comunidad. En ellas, la mujer es responsable de numerosos trabajos.

De este modo podemos afirmar que, dentro de una sociedad tradicional, el estatuto de los miembros de la familia no depende siempre del papel de la persona que se responsabiliza de ello, así como que el intercambio de los roles tampoco es necesariamente origen de conflicto en la familia.

La participación económica de las mujeres7 en el trabajo lucrativo puede ser considerada como el fenómeno de cambio más importante y profundo conocido por el mundo islámico moderno. Es una realidad objetiva, simple en apariencia, pero muy compleja a un nivel más profundo. Esta realidad no implica sólo el ámbito económico, sino que afecta conjuntamente a los espacios socioculturales e ideológicos.

Ciertamente el trabajo es fuente de riqueza; es el fundamento de toda la vida social. Permite al individuo acceder a la autonomía y le confiere dignidad, le abre las puertas del conocimiento y de la formación y le integra en el mundo de la producción insertándolo en la comunidad.

La contribución de las mujeres al desarrollo económico, sus actividades en el sistema de producción y la división del trabajo entre los sexos han sido objeto de algunos estudios estadísticos y de análisis económicos.

Este tipo de actividad queda oculto, silenciándose así una parte considerable de la actividad femenina y eludiéndose con ello la consecuente cobertura jurídica.
De igual modo, las relaciones inducidas por el trabajo femenino, sus repercusiones en la familia y el cambio social, fueron mal estudiados o examinados según una visión dicotómica de la relación hombre/mujer.

La mujer musulmana siempre ha ejercido una actividad doméstica no retribuida ni contabilizada pero que alimentaba el presupuesto familiar.

La madre de los creyentes Aisha dijo:
"La rueca entre las manos de la mujer tiene más valor y mérito que la lanza entre las manos del combatiente en la vía de Dios." 9

La otra madre de los creyentes, Zaynab bint Jahch, a pesar de su rango aristocrático, trabajaba con sus propias manos en el tratamiento del cuero.
Rayta, la mujer del compañero Abdullah ibn Mas’ud era artesana y subvencionaba los gastos de su marido indigente.10

Ibn Falladh citaba en su “Historia de Córdoba” lo siguiente: “Había en el rincón Este del mercado de Córdoba 170 mujeres que se dedicaban a la caligrafía. En ese caso, si este número se halla en un solo rincón ¿cuál sería su totalidad en todo el mercado?”11

Así pues, en ese tiempo, la mujer participaba en la producción económica como fuerza de trabajo efectiva y dinámica. Con el advenimiento de la sociedad urbana, la industrialización y la escolarización, la familia asumió una función primordial: la de consumidora. Así, se produce el acceso de ambos sexos al mercado de trabajo, demandando un empleo que satisfaga tanto sus necesidades como las de los otros miembros de la familia que no están en edad de trabajar. Todo ello se hace necesario para la supervivencia y el bienestar de la familia.

En este caso, el trabajo femenino aparece impuesto por las necesidades económicas de la familia, y así el tabú de la participación de las mujeres al lado de los hombres en ciertas profesiones se desmorona poco a poco. Sin embargo, otro problema se plantea cuando la mujer trabaja fuera del hogar: ¿quién se ocupará de éste y de los niños? Quizás la abuela, una pariente o el marido cuando el caso lo requiera. A pesar de ello, en el fondo, nadie puede reemplazar a la mujer, a la madre.

Aparece claramente la contradicción entre un sistema económico que creó e incluso impuso a la mujer musulmana la necesidad de trabajar, exigiendo el doble salario para la familia, y una ideología patriarcal que continúa subestimando el papel económico de la mujer, añorando con nostalgia la figura de la mujer tradicional, ideología que considera el salario femenino como una ayuda y no como una participación efectiva a la buena marcha del hogar y al desarrollo económico y social de la nación.

Las cifras actuales sobre el trabajo femenino demuestran que la evolución es, hoy por hoy, irreversible. La crisis económica, la inflación y la deuda, acentúan las contradicciones sociales y obligan a las mujeres a buscar un empleo. Resulta absurdo hablar del acceso de la mujeres al mundo del trabajo cuando el 35% de la economía de los países islámicos es fruto de su labor.12

Ahora bien: ¿por qué trabajan las mujeres musulmanas? Será porque las necesidades de la familia crecen, el alquiler aumenta, y los hijos son, hoy en día, mucho más exigentes debido a la transformación radical del nivel de vida y del concepto de bienestar.

Ante esta coyuntura económica y social ¿cómo va a reaccionar la pareja frente al empleo femenino? ¿Cuáles son las consecuencias que provoca este proceso en la vida familiar y social? ¿cómo debería ser vivido por ambos sexos? ¿Constituye un factor transformador de la condición de la mujer? ¿implica otro tipo de organización de la vida doméstica? ¿Crea otro modo de relación entre los cónyuges?

Esta exposición trata de realizar un análisis en base a datos estadísticos y experiencias individuales y colectivas --procedentes de hombres y mujeres que pertenecen a diferentes categorías socioeconómicas-- de los múltiples aspectos de la labor femenina a nivel económico.

Quiero llamar la atención sobre la diferencia que existe entre la participación de las mujeres en la vida económica y los cambios superficiales de la mentalidades.
Tres puntos esenciales afloran en este análisis:

  1. El primero ofrece una síntesis histórica de la función laboral femenina. Este análisis nos permite trazar un panorama de la evolución de la actividad femenina, demostrando cómo las mujeres se han introducido dentro del sistema de producción y cómo han accedido a las distintas profesiones.
  2. El segundo trata de examinar el modo por el cual se efectúa la división del trabajo entre la pareja, las esferas de poder de los cónyuges y la competencia de cada uno en la gestión de los asuntos domésticos.
  3. En cuanto al tercer punto, se dedica a desarrollar las pautas del trabajo femenino, sus repercusiones sobre la organización del hogar, la educación infantil y la vida de la pareja. También trata de poner de relieve la representación de la mujer confinada a unas tareas que no responden a su actividad profesional propiamente dicha ni a la formación recibida.

La mujer musulmana asalariada en el mundo islámico: una historia reciente
La mujer musulmana, confinada en el ámbito familiar --sociedad a cubierto de miradas extrañas-- tenía su campo de acción en el hogar y su mundo de relación se desenvolvía entre los miembros de la familia. El éxito profesional correspondía únicamente al hombre. Sin embargo, aquellas mujeres que no carecían de habilidad ni de inteligencia, llegaron a realizar numerosos intentos para abolir la discriminación e imponer sus derechos en la sociedad.

La colonización transformó de forma radical éste esquema, empujando a una gran cantidad de mujeres al mundo del trabajo, tras haber fomentado un modelo que facilitaba la explosión demográfica.

La independencia política ha activado los cambios, trazando las primeras fases de una dinámica social, cuyo motor ha sido la participación de la mujer en el mercado laboral.

Muchos autores han señalado la actitud de casi inmovilismo de la familia musulmana durante la etapa colonial. En esta época, aquella constituía un refugio y un albergue de seguridad frente a las agresiones culturales exteriores.13
El éxodo rural, la urbanización y la industrialización constituyeron los principales factores de reestructuración de la familia ampliada y del lazo familiar.

La mujer asalariada trata entonces de adaptarse a una forma de vida, en la cual la autoridad familiar se restringe, y en la que se ve obligada a asumir más responsabilidades para poder administrar su vida.

La vías del cambio empiezan a ser trazadas: una línea tímida al principio, que se profundiza a lo largo del tiempo hasta provocar a veces una ruptura entre lo real y lo ideal, y ello pese a todas las resistencias religiosas, culturales y económicas.
Actitudes del movimiento nacionalista respecto a la enseñanza de las niñas y al trabajo de la mujer.

Los pensadores han concedido una atención enorme a la cuestión de la enseñanza. Creían que era la única vía posible para la liberación de los pueblos y la gestión racional de los asuntos del Estado. La escolarización de las niñas se inserta dentro de esta visión: formar a la nueva educadora, a la madre consciente, a la compañera prudente capaz de apoyar a su marido y soportar todas las agresiones que pudieran amenazar el hogar.

En su obra “Al Murshid Al Amin Lil-Banat Wa’l-Banin”, publicada en 1872, At Tahtawi recomienda la enseñanza de las niñas, encaminada a hacerlas esposas y compañeras eficaces de los hombres.

Es Huda Sharaui quien establece la relación enseñanza/empleo diciendo que, a partir del instante en que la mujer disponga del derecho a la enseñanza, ningún obstáculo podrá oponérsele al ejercicio de cualquier profesión.

Tahar Hadad fue más progresista en cuanto a la liberación de la mujer árabe. Si se exige la enseñanza de las niñas --reflexionaba-- éstas deberían también participar en la vida social: “No se debe limitar la actividad de la mujer al hogar, pues la sociedad pierde entonces una parte de sus potencialidades.”14

A. M. Al Akkad, conocido por su dogmatismo, se interroga asimismo sobre la mujer del mañana: “¿debe entregarse al trabajo a fin de ganarse la vida y cubrir sus necesidades? Si es así, los principios y preceptos del Islam no podrán constituir ninguna traba u obstáculo, a condición de que ejerza un empleo noble.”15

La cuestión femenina ha encontrado en Egipto, así como en el resto del mundo islámico, grandes reticencias. La oposición tradición/modernidad permanece firme y la lucha se radicaliza. Si el derecho de la mujer a la educación ha llegado a admitirse, su derecho al trabajo asalariado ha sido muy cuestionado.

En suma, la enseñanza impartida a las muchachas les asegura la adquisición de las prácticas esenciales del Islam y les permite acceder a aquellas profesiones que responden a su naturaleza femenina, caracterizada por el afecto, la dulzura y la paciencia. La muchacha pueblerina queda totalmente excluida de este sistema.
En 1925, durante una conferencia en el Instituto Científico de Rabat, el Doctor Al Hayui desarrolló el tema: “La enseñanza de la joven y su participación en la vida social.” A esta conferencia asistieron teólogos y el mismo ministro Al Moqri. Al Yirani afirma en su libro16 que el conferenciante fue interrumpido desde el principio de su intervención por una objeción del ministro, quien afirmó que “la religión islámica no concede a la joven el derecho a adquirir una enseñanza que le permita participar al lado del hombre y hacerle la competencia.”

En cambio, el fin de la instrucción de las jóvenes, según J.Y.S. Lacouture, sería preparar a éstas para asegurar la educación moderna de los hijos, vivir en armonía con el marido y acceder al mundo del trabajo si así lo desean.

En 1952, el libro publicado por Allal Al Fassi “An Naqk ad Dati”, exponía las problemas sociales de la época.

El autor resalta las contradicciones, especialmente las influencias occidentales que había sufrido la familia, subrayando asimismo la importancia de la enseñanza y de la educación para elevar el nivel cultural, económico y social del pueblo. Defiende el trabajo de la mujer, pero un trabajo decente y asalariado, reivindicando el derecho de la mujer a ocupar el lugar que le corresponde dentro de la sociedad y de la familia. La enseñanza aparecía así como el medio de acceder a un modus nuevo y a un modo de producción moderno.

Para las mujeres, la enseñanza tenía un sentido más profundo, significaba liberación, emancipación y trabajo. De este modo, la escuela ha favorecido actitudes positivas y ha desarrollado motivaciones, impulsando a las mujeres a la vida profesional con todas las consecuencias sobre su vida familiar y social.
La mujer que trabaja se encuentra así confrontada a dos tipos de argumentos: una tesis tradicionalista que predica el ideal de mujer como madre y esposa, y un segundo argumento modernista que le concede el derecho al trabajo, a la formación, a la promoción profesional, y que la considera como uno de los pilares fundamentales del desarrollo económico y social de la nación, argumentos todos que proponen su liberación.

¿Cómo se produce esta liberación? ¿Cuáles son los conceptos derivados de la incorporación de la mujer al mercado laboral y qué repercusiones tienen sobre la vida de la pareja y de la familia? Otros interrogantes se plantean. Se va esbozando una toma de conciencia de las antiguas y nuevas responsabilidades, se exige un estudio de las definiciones de los papeles del estatuto del hombre y de la mujer en el hogar.

La mujer musulmana debe tomar conciencia de su papel de esposa y madre en el hogar, sin recelos hacia la posibilidad de aprender una profesión y ejercerla, e iniciarse en la vida económica de su país. Sólo que el riesgo es grande si se produce una emancipación fuera del marco moral.

Ahora bien, es evidente que el acceso de las masas a la cultura está en función de la solución de los problemas sociales y económicos y del aumento del nivel de vida. Tampoco aquí los principios religiosos constituyen una barrera.

¿Podremos entonces confiar en estos últimos como solución?
Durante el esplendor islámico, los juristas y teólogos bosquejaron algunos principios de ética económica, tomando como referencia “las bases reveladoras del Corán y de la Sunna”. Concluyen en favor de lo que se podría denominar Solidaridad y comunitarismo:

¿Habrá sitio, en esta perspectiva de organización social urbana, para una posición reformista que asuma los problemas contemporáneos sin renegar de los principios islámicos de la ética económica?

Para ello, según H. Laoust: “se necesitará un conocimiento de las teorías clásicas dentro del marco de la evolución histórica junto a un conocimiento de las doctrinas y de los hechos sociales y económicos del mundo”. Gracias a Dios estas dos condiciones se han reunido.

Notas
1. “Ta’ amulat islamia hawla al mar’a (Meditaciones islámicas sobre la mujer)”. Beirut, Dar al malak, 1992.
2. “Principios elementales del movimiento islámico en la próxima etapa”. El Cairo, 1992. ( p. 66 ).
3. As Sunna baïna ahl al fiqh wa ahl al hadit (la tradición profética entre las sabios del fiqh, los tradicionalistas ).
4. “Al fiqr al haraqi al islami wa subulu taydidihi (El pensamiento integrista islámico y los medios de su renovación)”. Coloquio Kuwait 1993.
5. “Al fiqr al islami al mu’asir wa tahadillàt”.
6. Massignon., Louis. “Ópera minora”. t III. Beirut p. 539.
7. Rassam, Amal. “Condition féminine dans le monde arabe”, vol VIII, nº 3, 1982 in Culture.
8. Garabagui, N. “Problématique renovée de la participation des femmes à la vie économique”. Rev. Sciences, 1983 p.p. 713-738.
9. Conferir Ibn Abdu Rabih, al Ikd al Farid 2/468.
10. An Nawawi, “Tahdid al Asma´wa loghàt” 2/235.
11.Ibn Harith Abu Abdullah Md..”Los jueces de Córdoba”. p. 46. Madrid 1914.
12. Belarbi, “Le salaire de Madame”, Md. Fenec.
13. A. BOUHDIBA, La sexualité en Islam. París, P.U.F., 1982, p. 28.
14. T. HADAD. Actua fi ach charia wa l imp. national 1980 p. 205.
15. A.M. EL AKKAD, Al Mara`fi l koraàn, Dar al p. 74.
16. A. El Yirari; Min´a lami al fikr al mo´asir. Rabat, Matba´at 1971, p. 68.

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