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Editorial Verde Islam 3

15/06/1996 - Autor: CDPI - Fuente: Verde Islam 3
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Hasta ahora, siempre se había considerado la Historia como una crónica reflejada del desarrollo y evolución de los pueblos, imágenes de su expansión o regresión territoriales, rutas comerciales que dibujaban sobre algún mapa la red arácnida del Imperio de turno; o como panoplia de conquistas tecnológicas y culturales que podían exhibir los reinos y naciones. Reyes, generales, filósofos o literatos aparecían engarzados como las cuentas de un takbir que el ser humano tenía que recorrer si quería conocer su pasado. Alguien habló hace unos años acerca del final de la Historia, y su discurso fue tenido en cuenta. No se le consideró un demente. Lo dijo en un momento en el que los mapas antiguos no servían ya para nadie.

Nada podía entenderse ahora si no se transcribía sobre la esférica cartografía de un mapamundi. Ya no habría más naciones sobre la tierra que reclamaran su derecho a la diferencia. Un solo modelo, un solo mercado intraconectado y homogéneo. El final de la Historia se anunciaba entonces como una era de paz y de concordia, logro epigonal tras una legendaria andadura de luchas, intercambios y desencuentros. Muchas de sus señales aparecen con claridad en el horizonte de nuestra historia cotidiana en forma de procesos de paz, conferencias de desarme y cooperación, foros para el desarrollo y años internacionales dedicados a los temas calientes, bajo el paraguas protector del Nuevo Orden Internacional.

Pero hay también quien piensa que la Historia no es sólo eso, que cada ser humano la lleva dentro de sí mismo y la construye en su imaginación y en su ser en el mundo. Sabe también que de una misma novela pueden hacerse muchas versiones para el cine o la televisión, y que el final de la Historia no es cuestión que dependa del ser humano. Por eso, cuando en su pantalla apareció la imagen virtual del Mar Mediterráneo, olímpico y azul, constelado de euroestrellas deslumbrantes anunciando un histórico e inevitable final feliz, sintió una cierta pena y un gesto de escepticismo cinceló momentáneamente sus comisuras.

La película comenzaba en Barcelona, en lengua catalana, y no pudo enterarse bien. Pero al poco tiempo, una voz en off, en castellano, explicaba que los que aparecían en la pantalla eran ilustres representantes de los países ribereños del Mediterráneo, reunidos en una Cumbre. Trataban de mostrar al público que estaban dispuestos a cooperar. Las sonrisas no dejaban lugar a dudas. Al fondo, en un rincón del vidrio, aparecía un pedacito del mar, gris y ahumado, empaquetado y seco, listo para el consumo.

Más tarde, nuestro crítico espectador se enteró de que la Cumbre no se había organizado para debatir sobre el futuro del Mediterráneo, sino para sellar los compromisos que la Unión Europea había ido estableciendo meses antes con cada uno de los países de la pobrecita Orilla Sur, una orilla cada vez más olvidada, más oscura y racial.

En el cielo de la estrellada cinematografía europea, la luna sale poco, pero ahora, en Barcelona, aparecía la media luna en pleno día, maquillada y blanca, con cara de tener que casarse a la fuerza, obligada por las deudas de un padre que perdió su capital y su grandeza precisamente en la Historia, en esa Historia que, lejos de terminar, abre uno de sus capítulos más comprometedores.

Hasta ahora, para los intereses del guión en este capítulo europeo finisecular, el Islam y toda comunidad que tenga un Norte, son el puro Sur, la orilla peligrosa. Fórmula romántica y dramática en blanco y negro, sin ella la Europa Ilustrada no hubiera podido escribir ni su literatura ni su historia. Su poder económico no puede sostener el vacío espiritual y la crisis de identidad que la recorre. En su vientre se gestan hijos que son ya de otro padre, que no se conforman sólo con el pan y con el vino.

El modelo económico que prevalece se encuentra abocado a evolucionar. Factores que antes no eran tenidos en cuenta aparecen de manera creciente en sus balances: limitación progresiva de los recursos naturales, empobrecimiento del suelo, migraciones económicas y medioambientales, desequilibrio demográfico. Hechos que en sí mismos no deberían ser vividos como problema sino como lógica consecuencia, se presentan como reto e incluso como desafío.

En este contexto, y pidiendo disculpas desde este editorial por un retraso debido a nuestro deseo de incluir el importante texto del Convenio para la enseñanza del Islam en los Centros Docentes Públicos, así como las opiniones cualificadas sobre el mismo, el número tres de Verde Islam presenta algunas conclusiones y análisis sobre la recientemente celebrada Cumbre de Barcelona, más documentos sobre los nuevos musulmanes -un artículo de Pedro Sánchez, “Los retos de la conversión”, nos lleva de la mano por un camino amplio en el que encontramos algunas conexiones sorprendentes, las posibles aportaciones que la visión islámica puede ofrecer en la construcción de un espacio global e interrelacionado. La Duquesa vuelve sobre sus pasos en la investigación de la aventura americana iniciada en el número uno. Se incluyen también trabajos sobre Educación y Psicología islámicas que vienen a aportar luz a cuestiones de actualidad, el capítulo dedicado a la Salud durante el Invierno y las habituales secciones de Corán y Hadiz. Asimismo publicamos en este número el calendario lunar para el 96 que se corresponde con los años de 1.416 y 1.417 de la Hégira.

Estén seguros de que, en el fondo, desearíamos que la película se terminara para poder salir a respirar un poco de aire fresco y mirar ese paisaje maravilloso que ningún artista ni artilugio han podido reproducir jamás, pero sabemos que ambos, el mundo y su representación, forman los polos constitutivos de eso que llamamos Historia y se necesitan mutuamente, como también sabemos que para que reine una cierta armonía en este planeta tierra, habrá que conciliar esas realidades que hoy nos parecen antitéticas: la naturaleza y la cultura, el hombre y la Creación. El pensamiento islámico puede aportar y aportará, inshaAllah, como siempre hizo, útiles alternativas.


 

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