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Acerca de la Imitación

15/06/1996 - Autor: Muhámmad Asad - Fuente: Verde islam 4
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La imitación que los musulmanes hacen --individual y socialmente-- de la forma de vida occidental es sin duda el mayor peligro para la existencia o, mejor dicho, para el resurgimiento de la civilización islámica. El origen de esta enfermedad cultural --ya que no puede llamarse de otro modo-- se remonta a varias décadas y está conectada a la desesperación de los musulmanes, que veían el poder y el progreso material de Occidente y lo comparaban con el estado deplorable de su sociedad. La ignorancia de los musulmanes acerca de las verdaderas enseñanzas de Islam, debida en gran medida a la estrechez de miras de los llamados ‘ulama, dio paso a la idea de que los musulmanes no serían capaces de situarse en el nivel de progreso del resto del mundo, si no adoptaban las normas sociales y económicas de Occidente.

El mundo musulmán estaba estancado, y muchos musulmanes llegaron a la conclusión superficial de que el modelo socioeconómico islámico no era compatible con las necesidades del progreso y que, por ello, debía ser modificado de acuerdo con el modelo occidental. Esos “ilustrados” no se preocuparon de investigar en qué medida el Islam, como enseñanza, era responsable de la decadencia de los musulmanes; no se pararon a considerar la verdadera ideología del Islam, sino que simplemente señalaron, y con justicia, que las enseñanzas de sus teólogos contemporáneos eran en su mayoría un obstáculo al progreso y al avance tecnológico.

Pero en lugar de fijar su atención en las fuentes originales —el Corán y la Sunnah— identificaron a la Ley Islámica --Shari’ah-- con la jurisprudencia --fiqh-- petrificada de nuestros días, en la que encontraron serias deficiencias en muchos aspectos, y, en consecuencia, perdieron todo interés en la Shari’ah como tal, relegándola al dominio de la historia y del conocimiento puramente teórico contenido en los libros. Por estas razones, la imitación de la civilización occidental les pareció el único modo de salir de la ciénaga de decadencia y degeneración que era el mundo musulmán. Los esfuerzos bienintencionados, aunque desviados, de estos musulmanes “ilustrados” se vieron asistidos durante las dos primeras décadas de este siglo por una avalancha de escritos apologéticos de segundo orden que, si bien no rechazaban abiertamente las enseñanzas prácticas de Islam, trataban de mostrar que era posible subordinar su ideología a las concepciones sociales y económicas del mundo occidental. La imitación de la civilización occidental por parte de los musulmanes quedó así aparentemente justificada y se preparó el camino a esa renuncia gradual de los más elementales principios sociales de Islam --siempre bajo el disfraz de un “progreso islámico”-- que caracteriza hoy la evolución de algunos de los más avanzados países de mayoría musulmana.

Es inútil argumentar, como hacen muchos de los intelectuales musulmanes, que no tiene importancia espiritual el que vivamos de ésta o aquella manera, ni que vistamos ropas occidentales o las que llevaban nuestros antepasados, ni si somos o no conservadores en nuestras costumbres. Este tipo de razonamiento es muy engañoso. Desde luego que el Islam no es estrecho de miras. El Islam permite al hombre una amplia gama de posibilidades siempre que no actúe en contraposición a los mandatos religiosos. Pero aparte del hecho de que mucho de lo que es parte esencial del modelo social occidental --como, por ejemplo, la relación libre y sin restricciones entre los sexos o el interés sobre el capital como base de la actividad económica-- es contrario sin lugar a dudas a las enseñanzas del Islam, el carácter innato de la civilización occidental imposibilita totalmente una orientación religiosa en el hombre. Y sólo alguien muy superficial puede creer que es posible imitar a una civilización en su apariencia externa sin verse al mismo tiempo afectado por su espíritu. Una civilización no es una forma vacía sino un organismo vivo. Tan pronto como empecemos a adoptar las formas externas de ese organismo, sus corrientes internas y sus influencias dinámicas empezarán a actuar sobre nosotros y moldearán lentamente, de forma imperceptible, todas nuestras actitudes mentales.

Con una comprensión perfecta de esta verdad, el Profeta dijo:

“Quien imita a otra gente se vuelve uno de ellos.”

(Hadiz. Musnad Ibn Hanbal, Sunan Abi Da’ud.)


Este famoso hadiz no es sólo un aviso moral sino también la formulación objetiva de un hecho, en este caso, del hecho de la inevitabilidad de que los musulmanes sean asimilados por cualquier civilización no musulmana si imitan sus formas externas. Respecto a esto, es casi imposible discernir diferencias fundamentales entre aspectos “importantes” y “no tan importantes” de la vida social. Nada carece de importancia en este contexto. No puede haber mayor error que el de considerar que la vestimenta, por ejemplo, es algo puramente “externo” y que, por lo tanto, es indiferente a la personalidad intelectual y espiritual del hombre.

La vestimenta es, en general, el resultado del desarrollo secular de las necesidades y gustos de un pueblo. Su forma particular corresponde a las concepciones estéticas de ese pueblo, y por tanto a sus inclinaciones. Ha sido modelada, y es remodelada continuamente, cambiando de acuerdo a la idiosincracia de esa comunidad. La moda occidental actual, por ejemplo, se ajusta exactamente al carácter intelectual y moral del Occidente moderno, y cuando un musulmán adopta tal vestimenta desechando la propia, está adaptando inconscientemente sus gustos a los de Occidente, deformando su propia personalidad intelectual y moral de tal forma que ésta llega a “ajustarse” a la nueva vestimenta. Y al hacer esto renuncia a gran parte de las posibilidades culturales de su propio pueblo, renuncia a sus gustos tradicionales, a sus valores estéticos y a sus preferencias; acepta la librea de la servidumbre intelectual y moral hacia una civilización extraña. En otras palabras, si un musulmán imita la vestimenta, los modales y la forma de vida de Occidente, está declarando su preferencia por su civilización, sin importar ya cuales sean sus afiliaciones ideológicas. Es prácticamente imposible imitar a una civilización extraña sin sentir aprecio por su espíritu. Y es asimismo imposible sentir aprecio por el espíritu de una civilización que es opuesta a una concepción religiosa de la vida, y seguir siendo un buen musulmán.

La tendencia a imitar a una civilización extraña es siempre producto de un sentimiento de inferioridad. Esto, y solo esto, es lo que les ocurre a los musulmanes que imitan a la civilización occidental. Cuando comparan su poder, su pericia técnica y su apariencia brillante con la triste miseria del mundo de Islam, empiezan a creer que en este tiempo la única forma de hacer las cosas es la occidental. Está de moda echar la culpa al Islam de nuestras propias deficiencias. En el mejor de los casos, nuestros llamados intelectuales adoptan una actitud apologética y tratan de convencerse a sí mismos y a los demás de que el Islam es compatible con la adopción de los valores occidentales. Lo primero que los musulmanes deben hacer para lograr la regeneración de mundo del Islam, aún antes de adoptar medidas de reforma, es liberarse totalmente del espíritu de apología hacia su religión y su estructura social. El musulmán debe vivir con su cabeza bien alta. Debe reconocer que es distinto del resto del mundo, y debe aprender a sentirse orgulloso de ser diferente. Debe intentar conservar esta diferencia como algo precioso, anunciarla abiertamente al mundo en lugar de disculparse por ello y tratar de fundirse con otros círculos culturales. Esto no quiere decir que los musulmanes deban hacerse sordos a las voces del exterior. Uno puede siempre recibir influencias nuevas y positivas de una civilización extranjera sin tener que abandonar la propia. Un ejemplo de este tipo es el Renacimiento europeo. Ahí hemos visto con que libertad aceptó Europa las influencias árabes en el material de estudio y el método de conocimiento. Pero nunca imitó ni la apariencia externa ni el espíritu de la cultura árabe, ni nunca sacrificó su propia independencia intelectual y estética, sino que utilizó las influencias árabes como abono sobre su propio suelo, de la misma forma en que los árabes usaron en su momento las influencias helenísticas. En ambos casos, el resultado fue un enriquecimiento espiritual: el nacimiento de una civilización original fuerte, llena de orgullo y confianza en sí misma. Ninguna civilización puede prosperar, ni siquiera existir, una vez perdido este orgullo y la conexión con su pasado.

Sin embargo, el mundo del Islam, con su creciente tendencia a imitar a Occidente asimilando sus ideas e ideales, está cortando gradualmente los lazos que lo unen a su pasado, perdiéndose en este proceso, no solo sus raíces culturales, sino también las espirituales. Se asemeja a un árbol que se mantenía fuerte mientras sus raíces se arraigaban firmemente en el suelo. Pero el torrente de la civilización occidental erosionó la tierra dejando las raíces al aire, y ahora el árbol se va muriendo lentamente por desnutrición. Caen sus hojas y sus ramas se secan, corriendo peligro de derrumbarse.

La imitación de la civilización occidental no puede ser el método adecuado para despertar al mundo islámico del estupor mental y social causado por la degeneración de la práctica religiosa en una simple costumbre desprovista de vitalidad y de fuerza moral. ¿Dónde, pues, deberían buscar los musulmanes esa fuente de vigor espiritual e intelectual que tanto necesitan en estos momentos? La respuesta es tan sencilla como la pregunta. El Islam, como ya he señalado muchas veces, no es sólo una “creencia del corazón” sino también un programa claramente definido, aplicable a la vida individual y social. Este programa puede verse destruido al ser asimilado por una cultura extraña cuyas bases morales sean esencialmente diferentes. Igualmente, puede ser regenerado tan pronto como se lo devuelva a su propia realidad, dándole el carácter de factor determinante y conformante de nuestra existencia personal y social en todos sus aspectos. El Islam no puede permitirse seguir siendo una forma vacía, sometida al choque de nuevas ideas y de corrientes conflictivas, tan características del período que estamos viviendo. Su sueño mágico de siglos se ha roto; tiene ahora que levantarse o morir. El problema que confronta hoy a los musulmanes es el problema del viajero que llega a una encrucijada. Puede quedarse donde está, pero esto supondría morirse de inanición. Puede elegir el camino marcado con la señal: ”Hacia la Civilización Occidental”, pero entonces tendría que despedirse para siempre de su pasado. O puede elegir el otro camino, al que apunta la señal con la inscripción: “Hacia la Realidad de Islam”. Este camino es el único que puede atraer a aquellos que creen en su pasado y en la posibilidad de que se transforme en un futuro vivo.

Notas:
1. En lo que respecta a la permisividad y promiscuidad sexuales que se han extendido por la sociedad occidental en el curso de las ultimas décadas, la posición ética del Islam es obvia y no precisa más comentario. En cuanto a la institución de la tasa de interés (riba’) como parte fundamental de la actividad económica moderna, hay que destacar que en los últimos años la comunidad musulmana ha hecho grandes progresos hacia la creación de un sistema bancario libre de interés y, en consecuencia, de un sistema económico que se corresponda con las demandas de la shari’ah.
2. En este contexto, también, el lector deberá tener en cuenta que este artículo fue escrito hace cinco décadas. En aquel tiempo era aún posible que la comunidad musulmana preservara, por dignidad cultural, aquellos elementos de su vestimenta y de su apariencia externa en general que contribuyen a hacerla visualmente diferente de la sociedad occidental. Sin embargo, en el período transcurrido desde entonces, el mundo musulmán ha absorbido gran cantidad de influencias estéticas de Occidente, y muchos musulmanes, especialmente en las clases educadas, han alcanzado un punto del que no pueden ya retroceder. Para ellos, intentar volver al estilo de vestimenta y de apariencia externa de las generaciones pasadas no representaría hoy más que otro acto de imitación estéril y carente de dignidad: es decir, la imitación de un pasado muerto e irrepetible.


 

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