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El Pan

Símbolo por excelencia del alimento

15/12/1995 - Autor: Sabora Uribe - Fuente: Verde Islam 3
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Un pan
El Pan

El pan, esa masa de harina y agua cocida, símbolo por excelencia del alimento, representativo del sustento diario, preside nuestras mesas y alegra nuestra vista, infundiéndonos un hondo sentido de seguridad y confianza, en efecto, en torno al pan se puede decir que todo está en su sitio. Imprescindible para acompañar las comidas y en caso de apuro él mismo ser toda la comida. Su presencia nos hace tiernos y solidarios, su ingestión nos sitúa en la cadena humana y nos enlaza, cuando menos, con aquellos primitivos recolectores de variedades silvestres de trigo y cebada, allí en el umbral del neolítico. Probablemente su pan era ázimo y escasamente refinado, hoy, diez o doce mil años después, asistimos al boom del boutipan, esa tienda que ofrece, recién hechos, panes en numerosas variedades y presentaciones, así como pastelillos y derivados.

La harina con la que se confecciona suele ser de trigo, hasta el punto de que se da por supuesto y no se especifica salvo si es de otro cereal; centeno, cebada y maíz son los otros cereales más utilizados en su elaboración. Ahora mismo Córdoba resplandece con los jóvenes trigos rabiosamente verdes bajo la lluvia generosa; es como si las suaves colinas se llegaran hasta nuestras retinas para acariciarlas, llenándonos los ojos de húmedo agradecimiento. Ese es el pan de mañana. Esto que escribo es también mi pan de mañana, utilizada la expresión no en su sentido literal sino figurado. Y es que el pan nos ha acompañado tanto tiempo y ha sido tan importante que impregna nuestro habla de continuo, pues que ha dejado numerosas expresiones fijadas en el uso de la lengua... “Mi amigo Federico es un pedazo de pan”, “Esto de los políticos y sus escándalos se ha convertido en el pan nuestro de cada día”, “Mi hermana nos tuvo en vacaciones a pan y mantel”, “Me parece que la Conferencia del Mediterráneo es pan de perro”, etc. Y otras muchas que os estarán viniendo a la mente.

Y ¿qué hay del pan de hoy? ¿qué trigo nos estamos comiendo? Hay de éste muchísimas variedades, cuchareta, alforfón, chamorro, cañihueco, si bien se prefiere el llamado común o candeal para consumo humano. A pesar de la calidad de los granos, de pan estamos fatal, desde luego es un negocio y la proliferación de formatos y marcas es notable, sin embargo, apenas es pan, cuanto más blanco, crujiente, ligero y esponjoso menos pan es, se ha convertido en una mezcla de almidón de trigo con impulsores y potenciadores, tan vacía de sustancia que, en muchas ocasiones, han de añadirle a posteriori los elementos de los que carece. Al pan de hoy lo han despojado de sus cualidades nutritivas y lo han colocado adornado, inerte, en los escaparates de las tiendas especializadas. Cuanto más atractivo más huero.

Los fabricantes de harinas le quitan al trigo el gluten, su reserva nutritiva, porque hay grasas en su composición y resulta más difícil conservar la harina que se obtiene de él una vez molido, le quitan también la cáscara porque obscurece el pan y lo hace más compacto, eliminando así su contenido en fibra, total, nos queda un almidón muy mermado en sus capacidades nutricias. Pero nuestro pan no sólo ha cambiado por dentro, también por fuera ha perdido gran parte de su cortejo, para empezar las bendiciones, después un poquito de hambre auténtica, otro poco de reunión familiar y trato amistoso, un mucho de aprecio de su función de mantenimiento, o sea le hemos perdido el respeto, lo hemos dejado solo.

Hemos de recuperar el pan íntegro, completo, pedirlo continuamente a los comerciantes, hacerlo nosotros mismos en nuestras casas, aunque sea de modo festivo, en alguna ocasión especial, elaborarlo con nuestros hijos, que ellos mismos hagan su bollo y vean lo que pueden conseguir, perder el miedo a pringarse, saborearlo en su olor, regodearse en su calor y sobre todo, compartirlo, comerlo en compañía alrededor de una cazuela con verduras y salsas, con quesos o carnes, con modestos tomates o con aceite de oliva nada más. Partir el pan y departir tranquilamente: sentiremos que todo está bien, que cada ser ocupa el lugar perfecto. Este es el sabor añadido que esconde en su interior y no queremos dejar escapar. La sencillez de la hogaza de pan, la humildad de su apariencia encierra un tesoro imposible de agotar, discurre por sus fibras esa subterránea corriente de compasión que palpita en la creación y anida en cada ser humano, a pesar de nuestra manifiesta torpeza y la enorme cantidad de sufrimiento inútil que nos infligimos desconsideradamente a nosotros mismos y a quienes nos rodean. Las grandes y verdaderas desgracias colectivas -guerra, hambre, abuso e indefensión- , otros padecimientos no menos reales para el que los sufre, si bien pertenecientes a una esfera más sutil y personalizada, parecen desdecir de tal compasión; una primera mirada ligera nos ofrece un drama general y nos sitúa de modo patético en nuestra impotencia. Sin embargo, nuestro entorno es lo bastante variado y complejo como para no agotarse en una sola lectura. Volvemos la vista y empezamos a distinguir retazos de vidas, momentos de encuentro, susurros de la gloria que pasa rozándonos cuando nos dejamos redimir por el amor y espantamos el mal de nuestro ánimo. Sabemos que está ahí, de modo que la voluntad continuamente renovada de incentivar lo positivo es el pequeño y gran poder que poseemos y podemos ejercer sin trabas, empezando cada día con la actitud de prodigarnos del mejor modo.

Mi edad -cuento ya con una respetable madurez- me proporciona dos ventajas principales entre otras, una, el haber aprendido a disfrutar de cada momento, a vivirlo con abandono, con entrega, otra, el haber adquirido el deseo de no perder tiempo y utilizarlo sólo con cosas buenas, puesto que hay tantas tareas apasionantes, seleccionar las mejores. La elección no suele ser complicada, casi siempre se pone delante lo que hay que hacer, sin paliativos; la realidad impone su flujo al que únicamente nos resta añadir el nuestro hasta que se forme un río ancho y poderoso y no pueda distinguirse uno de otro, ni río ni nosotros, nada más que Vida.



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