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Por qué no se pudo descubrir América

15/12/1995 - Autor: Luisa Isabel Álvarez de Toledo - Fuente: Verde Islam 3
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Por qué no se pudo descubrir América: Contradicciones
Dentro de unos años, nadie se preguntará si hubo o no descubrimiento de América. Despejada la incógnita, ocupará a los historiadores la reconstrucción del pasado. Y a los sociólogos las causas de la persistencia de un mito, que adquirió carácter de artículo de fe, tergiversando la historia por espacio de cinco siglos. Lo aprendí y repetí, como cada quisque, hasta que impertinente documento sacudió mis convicciones. Despierta la curiosidad, me enfrenté a la verdad revelada y escudriñé, sumando datos. A pleno rendimiento el sentido común, sometí la cosecha a método, conocido por “dialéctico”, que permite al más lerdo, descubrir falsedades y contradicciones. Interrelacionando fichas, provoqué la revolución de cambio cualitativo, sin marcha atrás posible. Y la fábula se desmoronó, porque no soporta somero cotejo con la antigüedad, la prehistoria y ciencias, en este caso auxiliares, como geografía, geología, botánica y zoología. Incluso documentos estrechamente relacionados con el relato oficial, al ser cotejados entre sí, ponen en evidencia la patraña.
Confieso y reconozco que de no haber ordenado mis interrogantes, práctica que no suelen usar los teólogos de la historia, no me hubiese visto plantada, de hoz y coz, frente a una realidad, entonces insospechada. Clave de prolongada investigación, de la que no quieren oír hablar los ortodoxos, las ofrezco como las formulé, porque las respuestas me enseñaron que, de tejas abajo, hasta lo más insólito tiene su causa, lógica y racionalizable, siendo aquello que no la tiene, pura y simplemente falso.
A su tiempo acepté, sin dificultad, que los zenetes procedían del sur del Atlas. Su desembarco en Marruecos, allá por el siglo IX, la conquista del país y la fundación de la dinastía de los Ifrani, me parecieron hechos plausibles. Y razonable que aportasen oro. Pero nunca pude asimilar que importasen el cultivo de la caña dulce. Su crianza necesita un grado de humedad natural o riego, imposible en la costa de un desierto, que ya lo era en el neolítico. Esto no impide que en vulgar guía turística, Mogodor aparezca como centro productor de caña dulce. Y Agadir, que es Santa Cruz del Cabo de Güe, como puerto y centro azucarero del siglo XVI.
Documento fechado en 1475, menciona Safi, centro comercial, donde tuvieron factor mercaderes de Génova y Sevilla, grandes señores y hasta reyes. Estaba en una costa de África o Berbería, no lejos de los dos Çales, situados en riveras opuestas del mismo río, donde en el siglo XVII se pescaban sábalos y navegaban fragatas, como en el de Azamor.
En el Cabo de Agüer, Güe para los portugueses, desembocaba el Aer, que era río de Mazagán. A unas doce leguas del delta, tenía desembarcadero, donde anclaban tartanas y carabelas, de 100 toneladas abajo, por ser corto el calado de la barra, como solía serlo el de todas las barras de aquella costa.
Abiertos a rías o bahías, profundas y espaciosas, tenían puerto Alarache y los Zales. En el de La Mamora cabían 1.000 barcos, según el Conde de Santa Gadea. Y el de la isla de Mogodor, con una sola entrada, era celebrado por Boot, corsario holandés, como el más amplio y bueno del mundo. Formada por delta fluvial, se decía que la isla era la más grande y fértil. Regada por numerosas riveras, tenía pastos abundantes y población conocida por Santa Cruz, topónimo que los gaditanos hicieron extensivo a toda la tierra, por tener al norte su Mogodor particular. De proporciones reducidas, a legua y cuarto del continente, la isla abundaba en madera, siendo punto de reunión, donde mercaderes y corsarios del XVII reparaban sus navíos en buena armonía.
El Puerto de Mogodor aparece en real albalá de 1463, junto al Cabo de Aer, como límite de territorio, cuya “conquista” o explotación disputaba la corona castellana, a Portugal y a sus propios vasallos. En aquel término, que comprendía la “Guinea” o “tierra de negros”, había “dos ríos” innominados, estaban la Mar Pequeña y una Tierra Alta. La otra frontera, imprecisa, se sitúa en Cabo Bojador. Riquezas señaladas eran la pesca de sus ríos y el “rescate” de “moros” y mercancías. Diego Martín Barranco, marinero de Palos que navegó con Colón en el cuarto viaje, navegó “por la costa de Jamayca e de allí fueron a dar a otra Ysla en medio la Mar Pequeña”. Y en 1600, el Duque de Medina, que para llegar a las salinas, que estaban en la Isla de la Sal, de Cabo Verde, hubo de entrar en el Mar Pequeño, por donde lo hacían las flotas. Pero al no entender la corte de topónimos portugueses, tuvo que explicar que la sal estaba cerca de la Margarita, en la Península de Araya.
Recopilados los datos antecedentes, procedí a cotejarlos. En las cartas de Reynel y Gracioso, que se fechan en el siglo XV, antes del “descubrimiento”, encontré mis topónimos en la costa occidental del norte de África. Pero no los puertos interiores. No hay ríos ni bahías. Tampoco isla en Mogodor, rica en pastos y riveras. La costa es baja, áspera y sin abrigos.
El levante americano, con sus manglares y “placeles”, hubiese sido inaccesible por mar, de no haber grandes ríos y bahías, abrigo seguro para el velero. Coincidente la topografía, lo fue la geografía política. Aún existe un Mazagâo, en la margen izquierda del Amazonas, que fue el río Aer, a unas 12 leguas antiguas de la entrada del Canal del Norte. En sus inmediaciones un Porto Santa Ana, que es el Angla Santa Ana, pesquería frecuentada por los pescadores de Huelva, de finales del XVI. Estaba en la costa de Arguim, también conocida por Guinea. En el centro de la Isla de Marajo, rica en riveras y abundante en pastos, aparece una Santa Cruz: la de Cabo de Gue y Mogodor.
Antonio de Ulloa, miembro de expedición científica del siglo XVIII, dirigida por Jorge Juan, observó que la caña de azúcar crecía espontáneamente en la cuenca del Amazonas. Y aunque ha sido declarada originaria de la India, me acordé de los zenetes. Basta abandonar la geografía occidental, que reparte el mundo en continentes, recurriendo a la árabe, que lo divide en segmentos circulares, para que el Amazonas caiga de plano en esa “África”, que comprende la tierra de negros y de bereberes.
Probado por la geología y la prehistoria que el Sahara es desierto, cuando menos desde el neolítico, sin que la ciencia señale cambios posteriores, dignos de mención, es evidente que ni en el XV, ni el XVII, fue posible pescar sábalos, cazones, pescadas, lisas y cabezudos, en los ríos de Cabo de Aguer, Azamor y Sale. Ni que los remontasen tartanas, fragatas y carabelas. O que el clima permitiese predecir, acertando, que las “aguas del invierno” arruinasen el fuerte de madera de Ntra. Sra. de las Nieves, de La Mamora, llevándose “las tormentas la estacada”.
Solventada la incógnita acuífera, me enfrenté al enigma de la presencia musulmana. Si mi Berbería estaba en América, ¿qué diablos pintaban los moros y el xarife?. Presentes a cada paso, busqué ayuda en cronistas de Indias, posteriores a la conquista. El titulo de “xeque”, exclusivo del mundo musulmán, aparece a cada paso, en el Nuevo Reino y Venezuela, dejando Castellanos constancia de los “seguidores de Mahoma”, de caudillos indios, barbados y musulmanes. “La Fundimenta”, morisca aborigen, conversa del Corán al Evangelio, aparece en su Elegía.
Solórzano Pereyra menciona cédula de Carlos V, fechada en 1540. Prohibía esclavizar a los indios mahometanos, vasallos de las coronas de Castilla o Portugal, salvo caso de hacer proselitismo. Y permitía cazar a los súbditos del Xarife.
En 1619, Mogodor, Cabo Blanco, Santa Cruz, los Çales, estaban, para los gaditanos, en la costa de Berbería. Y para holandeses e ingleses, seguidores de los geógrafos árabes, en la de África. Estos lugares, con Çafi, Azamor y Arzila, pertenecían al reino de Marruecos, habiendo perdido el inmediato de Fez, por venta del Xarife Hamete a Felipe III de España, Alarache y La Mamora.
Cuando Felipe II anexionó la corona de Portugal, la importante flota pesquera, que en tiempo de los Católicos frecuentaba los ríos y mares de Guinea, se reducía a nueve “armazones”, con base en Huelva. Sorprendidos en 1580 al regreso de sus pesquerías, con impuesto imprevisto de 40 ducados por armazón, se negaron a darlos, alegando que pagaban alformaje al alformar del Xarife, pues de no hacerlo “los captivan”. En consecuencia la Corona debía posponer las entrada en vigor del impuesto, “para quando su majestad posea y conquiste y gane aquella costa”. Los requeridos procedían de pesquería, que se extendía “desde un cabo que se llama Bojador hasta otro cabo que se llama Çenega”, sin duda el Ciénaga de Colombia, junto a Santa Marta.
En la mitología de mi infancia, Guinea era tierra ligada al oro y al tráfico de negros, tal y como aparece en la documentación. Pero en la Guinea africana, que hoy es, no podemos meter los topónimos de Çale hasta Arguim. Ecuatorial, húmeda y selvática, contiene la Mina, con San Jorge y Sierra Leona, que Gamboa de Sarmiento sitúa a los 8º, al regreso del Magallanes. De haber estado al otro lado, hubiese caído, al norte, en el delta del Orinoco. Y al sur entre Pernambuco y el Río San Francisco, por donde pasaban los barcos que iban a la India o la costa de Angola. Era el camino de ida y de regreso a la Sierra del León, que así se llamaba la Guinea de nuestro tiempo. Y a las Islas de Cabo Verde.
Ausente Sierra Leona de la documentación consultada, los supuestos cargaderos de oro, secreto de normandos y portugueses, se sitúan en la boca de un río Senegal, no precisamente caudaloso y en el delta de un Niger, navegable por intermitencias. Abrigo de navíos, se supone que hasta allí llegaban cargamentos de oro, procedentes de las minas del rey Salomón.
Perdidas sus huellas, la versión culta ubica las fuentes del oro medieval en un Sudán o “tierra de negros”, más extenso que el actual. Según la leyenda, a la sombra del tráfico surgieron importantes ciudades, como la de Tumbuctú, cuyos vestigios se han evaporado, pues ni aún en el entorno de las que ocupan el antiguo emplazamiento, hay ruinas que permitan detectar viejos esplendores. A estos centros transportaban las caravanas la sal, procedente de pozos saharianos, ubicados en Teghaza, para cambiarla por oro a unos negros, surgidos de la selva, que lo cargaban sobre sus espaldas. Incomprensible su lenguaje, el trueque quedaba en ceremonia de mimo. A lomos de camello, alcanzaba el oro los puertos de Orán, Argel, Safi, Santa Cruz de Cabo de Gue y los ríos de Guinea, entre los que se incluye el que corría por el valle del Drâa, hoy pedregal reseco, formado por la confluencia de dos grandes corrientes. Se dice que el oro entraba en Europa a través de la España musulmana, en especial a partir del siglo X. Y se declara su importación directa causa del milagro económico, que cambió el continente, de rural en urbano, allá por el siglo XIII.
El relato suscitó mil preguntas sin respuesta. Nunca logré saber cuánto cargaba cada negro, ni cuántos negros hacían falta, para satisfacer la demanda anual de los camelleros. Tampoco el número de camellos que formaban las caravanas, el tiempo que tardaban en llegar al mar, ni supe qué parte del trayecto transcurría por agua. Únicamente averigüé, no sin esfuerzo, que las carabelas cargaban de 45 a 50 toneladas, navegando generalmente en armada de tres a seis velas.
Nadie me ha explicado, pues a partir de la historia oficial es imposible explicarlo, por qué los artistas de la cultura de Benin se limitaron a trabajar el bronce, teniendo el oro tan a mano. Ni la causa de que los arqueólogos, que han encontrado al hombre de Oldwei, no hayan dado con las minas del Rey Salomón ni con el reino del Preste Juan, incentivo de los exploradores, que fueron punta de lanza, muy políticamente meditada, del colonialismo europeo del siglo XIX.
Sin posibilidad de despejar éstas y otras incógnitas, enterada de que ni los reyes Católicos, ni sus antepasados a partir de Pelayo, tuvieron un pie de tierra en África, hasta que en 1497 se produjo la ocupación del despoblado de Melilla, a efectos de lo firmado en Tordesillas, quise saber dónde estaba exactamente aquella Guinea, a la que en 1475 remitió Isabel 6 carabelas, en busca de “oro, esclavos y manegueta”, declarando que lo hacía por pertenecerle el predio, a titulo de herencia, siendo intrusos sin derechos, portugueses, ingleses, franceses, bretones, escoceses e incluso castellanos que lo frecuentaban, sin licencia de su corona, entregando el quinto de sus “rescates” al rey de Portugal.
La Guinea propiamente dicha, también llamada África, Bebería y Arguim, comprendiendo la “tierra de negros”, ofrecía pesquerías fluviales y en la mar, maderas, urchilla, añil, tintes, especies, azúcar, cueros y tejidos, como los “almayzales”. En la 9ª pregunta del interrogatorio, presentado en Valladolid, a 3 de febrero de 1515, por Diego Colón, en la esperanza, lógicamente fallida, de que lo respondiese el Rey D. Fernando, se mencionan “almaysares de algodón de colores”, por probar que Colón estuvo efectivamente en Paria, insistiendo Bartolomé Colón, en que estando en La Española, vio “e envolvió las perlas quel dicho almirante traxo de la dicha provinçia en unos almayzales de algodón”.
Fuentes de riqueza apreciadas eran los “rescates”, de moros o negros, que paraban en el mercado de esclavos, si no los recompraban sus familias. Y sobre todo las “minas de oro”. Nombradas en plural, hubo “Mina” en singular, siendo notable el empeño de los Reyes Católicos y sus predecesores, por apropiarse de aquella tierra.
Declarándose propietarios de su “conquista”, la concedieron repetidamente en señorío, en la esperanza de que el vasallo expulsase a portugueses y otros intrusos, cargando con la culpa que pudiese recaer en quien desafiaba mandato papal. No lo intentaron los Guzmanes ni lo consiguieron los Herreras, siendo finalmente los Católicos quiénes formaron armadas, emprendiendo guerra llamada de “recuperación”, por ocultar intento de despojo, continuación de los que emprendidos por los Enriques, IV y III y el propio Alfonso X.
Indicativo el dato de los almayzares, de que la Berbería estaba efectivamente en América, a Guinea la sitúan datos de mayor contundencia. En 1587 un Guzmán aconsejaba a Felipe II, importar negros a la América española, para reemplazar a los indios en las minas. Buen conocedor del terreno, señalaba que habiendo adquirido la Guinea, con la corona de Portugal, saldría barato bajarlos por el “río”, de su lugar de origen al “Reyno”, donde estaba el depósito de esclavos de Cartagena de Indias. Evidente que de haberse encontrado Guinea en la costa de Africa, la travesía hubiese sido por mar, y no tan simple como para importar mil negros o más, cada año, a cada una de las tres grandes provincias, comprendidas en las Indias españolas. En cuanto al “río” era sin duda el Magdalena, frecuentado por Vellerino, autor de rotario, que vivió a finales del XVI. Pasando de España a los ríos de Guinea, en cinco meses cargó su navío de negros, que desembarcó en Cartagena, reanudó la actividad profesional con sus fragatas, remontando el Magdalena y afluentes.
Ubicados los “rescates” de negros en la Guinea, como la Mina, sendos documentos del siglo XV, señalan que su “rodeo” estaba a unas 500 leguas de puerto castellano, en contradicción con el cronista Pulgar, oportunamente muerto en mayo de 1492, que sitúa una mina “en las partes de Poniente muy lexanas de las tierras de España, podría ser en número de mil leguas por mar”. Achacó el hallazgo a navegante castellano, porque así convenía a los intereses patrios.
Los propietarios de aquellos “mineros de oro muy fino”, eran “gente bárbara, homes negros que vivían desnudos y en chozas”, preguntándose el autor si allí estuvo “Tharsis ó la tierra de Ofir”, dando por seguro que se trataba de lugar conocido, en tiempos de Salomón. Bernáldez, que le sucedió como historiador oficial, señala navegación de mil leguas a unos 57 grados, sin ver tierra, sacándonos de apuros al mencionar dos minas, la una en la costa del Mar Océano, la otra “mucho más adelante tanto al norte”, que a punto estuvieron de no verla. Esta es probablemente la que dio su nombre a la provincia de Rio de Oro, que los portugueses debieron ceder a Castilla, admitiendo la voluntad expresada por Alejandro VI, en la bula Inter Cetera, tras ser derrotados por Alonso de Lugo, en Zaca, el año de 15011.
A mayor abundamiento, el Conde de Gondomar, embajador de España en Londres, escribía a García de Toledo, por febrero de 1618, para decirle que Sir Walter Raleigh preparaba visita a la “Guiana, por el Río de Arenico arriba”, dispuesto a descubrir “una Mina”, cuyo emplazamiento conocía. Esperando que “por nuestra parte” todo estuviese prevenido, “porque ha más de dos años que lo he ydo avisando al Rey nuestro señor, muy particularmente”, a finales de mayo el diplomático se felicitaba. Sir Walter le acusaba de haber causado su ruina, “porque todos los avisos secretos y confidentes, que él como buen vasallo dio a su rey, tuve yo quien me los diese, para dallos al mío.., de sus pasos y sitio donde avia de desembarcar, de manera que allo ya todo prevenido y en defensa”. Habiendo “señalado con el dedo donde estaba la Mina, cosa que el no avia puesto en el mapa que avia dado aquí al rey, si no dicholo de palabra”2, le pareció traición de amigo la del Conde, ignorando que los españoles sabían de un El Dorado, que los naturales no les dejaban catar. Estaba en los aledaños del Santo Tomé, que apellidaron “de la Guayana”. Como en el caso de las salinas de Araya, la naturaleza viene a confirmar la información documental.
Vino a completarla Gómara, sevillano, erudito y secretario de Hernán Cortés, que nunca estuvo en Indias, pero escribió una historia del Nuevo Mundo, publicada en 1542 y pronto prohibida. Queriendo hacer comprender a un publico de semi analfabetos, el significado del término “antípodas”, escogió dos puntos geográficos, familiares cuando menos para los navegantes. El uno eran las Molucas, “islas de la especiería”; el otro la Guinea, en lo antiguo Etiopía, donde estuvo el reino de Saba. Basta echar una mirada al globo o “mapamundo”, como se decía, para comprobar que las antípodas de las Molucas son las Guayanas, incluido el delta del Amazonas, hasta el meridiano, llamado “de demarcación”. Y someros conocimientos de filología, para entender que la deformación lógica del término “Guinea”, en boca de anglosajones, es sencillamente Guayana o Guiana, como antes se escribía.
Habiendo llegado a la conclusión de que Guinea estuvo en América y visto multitud de documentos, anteriores a 1492, que probaban cómo nuestros ancestros supieron ir y volver, a través del Océano, con la mayor naturalidad, me pregunté cuál sería la magnitud de la flota templaria, encargada por los amos del predio, de defender y abastecer esas partes de allende, que Eneas Silvio pobló de antípodes y otros monstruos, por preservar a los dueños del oro del desgraciado final, reservado a unos caballeros, que no quisieron revelar al rey de Francia, secreto conocido por humildes pescadores.
Evidente que el hombre del “creciente fértil” sabía navegar en el cuarto milenio, pues se ha encontrado reproducción de barco de vela, en tumba sumeria, datada 4.500 años antes de Cristo, tratados de náutica me informaron de que es más fácil y seguro atravesar Océanos, dejándose llevar por vientos y corrientes, que empeñarse en costear África, del Estrecho hasta el Níger, sorteando bajos y escolleras.
Por no navegar contra corriente, se iba y volvía de la India, pasando por el Cabo de San Agustín, que estuvo en Recife, siguiendo el mismo camino los misioneros, destinados a la parte de Angola, Congo, Sierra del León o Cabo Verde. En todos los casos se prefería atravesar el Océano, en dos direcciones, a la ida y la vuelta, a engolfarse en navegación hacía el sur, contra vientos y corrientes.
Probado que la recta, en la mar, no es la distancia-tiempo más corta entre dos puntos, me pregunté por qué se consideraba machada, atribuida por cierto a Colón, el acto de navegar, perdiendo la tierra de vista. Lo hicieron los antiguos de necesidad, al ir de isla en isla, por el Mediterráneo. Y los que llegaron a las Canarias Atlánticas.
Pilotos y maestres se orientaban por el sol, las estrellas y hasta el color y el sabor del agua, ayudándose, los menos prácticos, de la ballestilla, que servía para “pesar” el sol, dando con la latitud, y de rosa de los vientos, de confección casera, que indicaba la dirección, instrumentos ambos conocidos de griegos y fenicios. Ignorando la existencia del astrolabio, escasamente relacionados con la brújula, apenas con el “mapamundo” y nada con los textos, los navegantes del XV no tuvieron conciencia de su tremenda laguna intelectual, entre otras razones porque el saber nunca estorbó a los peninsulares, quizá por haber ignorado hasta su existencia.
Aludiendo al punto de arribada, Bernáldez escribió que no “se tiene por buen piloto o maestro, aquel que aunque haya de pasar de una tierra a otra muy lejos, sin ver señal de otra tierra alguna, que yerre diez leguas, aunque el tránsito sea de mil leguas”. Y hablando del segundo viaje de Colón, recuerda que llevaba “pilotos y marineros, que por la estrella sabían ir y venir hasta España”, experiencia imposible de adquirir, sin más precedente que la travesía de 1492.
Porque nunca se subieron ni en un bote de remos, los historiadores decidieron que no fue posible cruzar el Océano, antes de finales del XV, por faltar embarcaciones de alto bordo. Y esto por causa contundente: dada la duración del viaje, faltarían las provisiones indispensables para que los tripulantes pudiesen llegar con vida a la otra orilla.
En primer lugar, las había. Ibn Battuta nos habla de los enormes juncos chinos, que surcaban el Pacífico, con 1.000 personas a bordo y despensa de huertos, cultivados en medias pipas. Los vascos, mercaderes en contacto con el norte de Europa, utilizaban carabelas de 200 toneles o toneladas y más. Pero los habituales de la Guinea las preferían de 45 a 50, por remontar cómodamente los ríos donde se encontraban las pesquerías, hasta alcanzar los mercados. Embarcaciones de mayor calado hubiesen tenido mayores dificultades en barras y bajos.
Sabido que a menor cabotaje respondía mayor velocidad, distancias - tiempo documentadas en el siglo XVI y siguientes, nos ilustran: ida, vuelta y estada a la Margarita, sin apresurarse y en galeón, era navegación de dos meses. A las Canarias se podía tardar 9 días, pero también un mes, habiendo quedado constancia de barco luengo, de 25 pipas o 12 toneladas, que en 1587, saliendo de Sanlúcar, se plantó en La Habana en 27 días. Los pescadores, zarpando a buen tiempo, con buen tiempo y de buen puerto, podían alcanzar sus pesquerías en una semana, bastando las 40 toneladas de una zabreta, para cruzar a Indias, en pleno invierno, con más seguridad que en un galeón de 800.
Al paradigma técnico se suma el supersticioso, pues no es otra cosa la creencia, por fortuna no generalizada, que atribuye a Colón el descubrimiento de la redondez de la tierra. Habiendo medido los sabios de la Grecia clásica su circunferencia con error en los decimales, el hallazgo de la esfericidad se atribuye a Tales, natural de Mileto, que vivió por el siglo VI a. C., aunque puede pertenecer a cualquier o a la tradición, pero los ortodoxos se aferran a la carta de Ptolomeo, para certificar que en el siglo II a.C., la tierra volvió a ser plana.
De haber sido interpretada acertadamente, nos encontraríamos frente al absurdo de declarar primer geógrafo de la antigüedad a quien se equivocó en todo, arrumbado lo real, en beneficio de lo falso. Cabe, por fortuna, que los equivocados seamos nosotros. En la carta de San Borondón y otras medievales, aparecen a poniente, las manchas de Till, Man, Antillas y Brasil, suficientes para que el más torpe de los navegantes, pudiese llegar donde pretendía. Al este, corriendo de norte a sur, está la isla de los antípodes, rodeada por el mar. En la reconstrucción de la carta de Ptolomeo, que quizá no responda al original, una línea cierra el Pacífico, apareciendo, a poniente, las Fortunadas.
El archipiélago se extiende a lo largo de un meridiano, el primero para el geógrafo. Situado entre los 10º y 15º, latitud norte, coincidiría en posición y perfiles, con las Antillas de Barlovento, partiendo de la Trinidad o de la Península de Paria, en cuyo extremo oriental, aún encontramos un Puerto Hierro. Pero teniendo en cuenta las razones susodichas, los sabios se negaron a permitir que Ptolomeo llegase tan lejos. En consecuencia, los unos identificaron las Fortunadas con el archipiélago de Cabo Verde, al coincidir en latitud con las “Fortunadas”, aunque no coincidiese el reparto de las islas, prefiriendo los más las Canarias, aunque no concuerde con nada, entre otras razones por estar a los 28º.
Llegados aquí, entra en lo posible que Ptolomeo pierda su buena reputación, entre los escolásticos, de quedar probado que en lugar de interpretar la información, sin contrastarla con los hechos, se hubiese limitado a recoger observaciones, propias y ajenas, en su “pintura” del mundo. Por consuelo les quedaría Salvador de Madariaga. Porque el mejor pensador deja de serlo si cae en el paradigma; habiendo oído que Batutta, navegando de isla en isla a lo largo de la costa del “placel”, se detenía y desembarcaba en la noche, por no dar en escollera, en su “Colón” nos dice que el “descubridor” echaba el ancla cada día a la puesta del sol... en medio del Océano.
Dirección: Poniente
Evidente que la humanidad no aguardó a Colón para conocer el continente americano, convendría saber a qué obedeció el montaje, organizado por los Reyes Católicos a medias con Alejandro VI. Y cómo fue posible que gentes, habituales de aquellas costas, pudiesen tomarlas por desconocidas y recién descubiertas. Valorado el oro desde que se convirtió en símbolo, susceptible de ser trocado por todas las cosas, el hombre lo buscó desde la más remota antigüedad. Pagó su dueño al poseedor de hierro, comprando protección, si no paz, pero éste acabó por despojarle, como los reyes cristianos del norte a los cultos musulmanes de Córdoba. Fernando III alcanzó la vega del Guadalquivir. En puertas de Sevilla, el castellano consideró llegada la hora de dotarse de Almirante Mayor. Y nombró al burgalés Ramón Bonifaz.
Alfonso X, su hijo y sucesor, se alió a Enrique III de Inglaterra, emprendiendo cruzada “ad partes africanas”. Al éxito registrado entre 1254 y 1258, siguió entrada en Salé, en 1260. A esta victoria sumó Juan García el saqueo de Cáliz, en 1269. “Puerto de allende la mar”, tuvo que abandonar por pies, porque estando demasiado lejos de sus bases, se le vinieron encima los benimerines, que habían sucedido en el poder, a unos almohades en descomposición tras el asesinato de Zaid Araxid.
A principios del siglo XIV, el rey de Francia arremetió contra el Temple. Destruida la orden, los dueños del oro, que no sabían manejar ni trabajar el hierro, quedaron a merced de quien quisiese conquistarlos. Y la iglesia se dispuso a entrar a la parte, repartiendo, entre cristianos, el mundo controlado por infieles que se dejase repartir para que, convertida la población, generase diezmos y primicias. Hijo de Alonso de La Cerda, a quien arrebató el trono de Castilla Sancho IV y de Mahalda de Francia, Luis de la Cerda, que casó con Leonor de Guzmán, nacida de un Alonso de Guzmán que se decía natural de Allen Mar, fue investido por Clemente VI, con el título de Príncipe de unas Fortunadas, “in partibus Africae”, que comprendían tierras adyacentes, desconocidas o aún no conquistadas. El cisma de una iglesia bicéfala y vicisitudes político familiares registradas en Castilla, dieron al traste con la concesión, quedando las islas en territorio de nadie, que se disputaron particulares, aguardando las coronas de Castilla y Portugal coyuntura oportuna para hacerse con lo mejor de la finca.
La siguiente investidura fue otorgada en 1411, a Juan I de Portugal, sobre el territorio comprendido entre el Río Caniço y Punta Tristâo, donde hubo salinas3, formando parte unas Desertas, que se citan en 1427. Hubiese surtido efecto el presente pontificio, de no resultar espurio el autor del regalo4. Curada la corona portuguesa por la experiencia, aprovechó breve interregno de Papa único, para solicitar y obtener la división del mundo, decretada por Martín V, que en 1430 dio a Portugal el derecho de “conquista” sobre el reino de Fez. Según todos los indicios, lo adquirió por tener Ceuta. Conquistada en 1415, era cabeza de la provincia eclesiástica de Fez en tiempo de los godos. La concesión llevaba adjunta licencia para comerciar con Granada, a condición de no introducir, en tierra de moros, armas y materias primas que sirviesen en la guerra. Así se benefició Portugal de un tráfico, particularmente rentable, en ambas riberas del Atlántico.
Fez era un enorme territorio bajo control de musulmanes, que se subdividía en diferentes estados, sometidos alternativamente a rey único o a múltiples monarcas. Por el este se iniciaba en Melilla. A caballo sobre la frontera de Túnez, fue abandonada por unos vecinos, cansados de padecer pendencias ajenas. “Al otro cabo del Estrecho, de la parte de Poniente” había dos fronteras: al sur la de Meça, topónimo que se aplicaba a golfo, “escala” de mercaderes y reino del que tomó posesión Manuel I de Portugal en 1497, por vía de vasallaje5; al norte la de un cabo Bojador que, rebautizado por el “descubridor” probablemente como Gracias a Dios, se perdió irremediablemente. Ya en Tordesillas se hizo constar que, estando confusa esta frontera, las partes mandarían emisarios a Fez para recabar información.
Deseando conseguir bendición papal que legalizase su monopolio, Portugal aceptó que quedase a Castilla la tierra comprendida entre los cabos de Bojador y de Naam o Ñom, límite hasta entonces de su derecho de conquista. Se guardó Colón de citar el primero, pero no resistió a la tentación de mencionar el segundo, situándolo a noroeste de Juana, nombre que dio a Cuba en un principio. En Naam, identificable con Yucatán, había, según los indios, dos ricas provincias, en las cuales situó el genovés antípodes y otros monstruos, recogidos por Eneas Silvio de la tradición medieval. Afirmando, prudente, que no quiso pisarla, cabe que esta tierra estuviese comprendida en las Canarias, adjudicadas a Juan II.
Mal aceptado el reparto y constantes las incursiones de castellanos, hubo de ratificarlo Nicolás V, en 1454. Incontrolable el territorio, por inmenso, Enrique IV concluyó que bastaba confundir al lector, a nivel de topónimo, para enmendar la plana a la Iglesia. Omitiendo el nombre de Guinea, concedió en señorío a Diego de Herrera, propietario de las Canarias y a Gonzalo de Saavedra, cuanto hubiese entre los Cabos de Bojador y Ajer o Aguer, que estaba junto al puerto de Mogodor, comprendiendo el regalo dos ríos, significativos pero innominados, la Tierra Alta y la Mar Pequeña.
Sumida Castilla en guerra civil, a partir de septiembre de 1464, al breve reinado de Alfonso XII siguió restauración de Enrique IV y nueva guerra familiar, emprendida por Isabel con ayuda financiera de su suegro, Juan II de Aragón6. Políticamente inconveniente, quizá por no haberse registrado la unanimidad que hubo en favor de Alfonso XII, apenas terminó la contienda fue descaradamente maquillada, achacándola en Andalucía, donde se registraron los encuentros más virulentos, a enfrentamiento entre dos poderosos primos, ambos alcaldes mayores de Sevilla, descendientes del Guzmán de Allen Mar y cabeza militar de facción de ediles. Enriqueño Rodrigo Ponce de León fue perdonado en el curso de la guerra que siguió a la muerte de Enrique, del delito de haberse retrasado en el acto de dar obediencia a los Católicos. Y Luis de Godoy, mayordomo y alcaide de Carmona, de los delitos y muertes cometidos en esta guerra, como aliado o integrado al bando del Marqués de Cádiz, que era el de Enrique I7.
Muerto este monarca en 1474, habiendo dejado en testamento, del que hay constancia aunque se perdiese, a su hija por heredera, Isabel, que se encontraba en Segovia, asignada a residencia, se autoproclamó reina de Castilla, iniciándose guerra civil en la que intervino el Rey de Portugal, por estar casado el Príncipe D. Juan con Juana de Castilla. Y Juan II de Aragón, como suegro de la Católica. Iniciada la guerra, según la historia, apenas murió Enrique, sorprende llamamiento, firmado por Fernando en solitario, a 19 de mayo de 1475.8 En el marco de lo que parece ser llamamiento general, se dirige a Murcia, Lorca y Cartagena, para que los hombres de armas acudan al Adelantado, que ha de hacer todo “mal e daño” al Conde de Plasencia, al Marques de Villena, al Maestre de Calatrava, al Conde de Ureña y a otros sus “secuaçes”, a los que acusa de tenerle usurpado el reino, “e procurado meter al rey de Portugal”. El documento no tiene desperdicio: firma supuesto rey consorte sin autoridad legal en Castilla, quejándose de que le había sido usurpado un reino al que no tenía el menor derecho, ni por supuesto su mujer, por haber recaído la corona en Juana, heredera legítima de Enrique IV, a la que se abstiene de nombrar, quizá por saberla desconocida para unos vasallos a los que sería sencillo confundir, achacando a “invasión” la presencia de los portugueses, que la acompañarían inevitablemente, por estar casada con príncipe de Portugal.
Debió salir redondo el truco, pues meses más tarde los Católicos tenían poder efectivo, estando en situación de reanudar el proyecto de apropiarse de Guinea, interrumpido en 1464 a causa de la guerra civil. Primer paso sería el embargo de la mitad de Palos. Señorío de carácter colectivo que disfrutaba privilegio de “yr a ballenación” desde tiempo inmemorial, la villa era semillero de navegantes, que se movían con soltura a través del Atlántico. Regulada la actividad por ordenanzas estrictas, todos tenían derecho a sitio en las carabelas, practicando la pesca de altura, pero únicamente los señores podían fletar barcos de armada que fuesen a “descubrir” tierras y fuentes de riqueza o a “rescatar”. Cuidadosos los paleños de su reputación, incluso los amos del predio debían depositar fianzas, a satisfacción de los miembros del cabildo, como garantía de que no harían daño en el “Reino”, ni en las pesquerías de “lejos”9.
Indica que los vecinos de Palos se arrogaban derechos de control sobre la navegación con Poniente, la denuncia presentada por Alfonso Franco, cuando se produjo cambio político, que dio al traste con la tradición. Con carabela de su propiedad participó en armada, formada por barcos de Cádiz y Rota, que zarpó de Puerto de Santa María, villa de la que no debió ser habitual, pues atribuye el señorío al Marqués de Cádiz, habiendo pertenecido al Duque de Medinaceli. Fueron “allende al Cabo de Aguer”, con carga de aceite, cebada, fruta y armas, aún conociendo la prohibición de introducirlas en tierra de infieles, cambiando todo ello por moros. Regresaba a carga completa, cuando le salieron carabelas de Huelva y Palos por orden de Gonzalo de Estúñiga, alcaide de la última, con sentencia que le condenaba a entregar 17 “cabezas de moro”10. Señala Franco que el suceso tuvo lugar en 1475. De ser cierto, debió producirse en los primeros días de agosto, mes en que regresaban las carabelas de Guinea, antes de que llegase a la villa real albalá, firmada el 10, en Valladolid, por la cual los monarcas, aprovechando el pleito sobre la propiedad de la mitad de Palos, que enfrentaba a Juan de Silva, Conde de Cifuentes, con Gonzalo de Estúñiga, que ejercía de alcaide, le ordenaron entregar la fortaleza a Diego Gutiérrez, embargando el 50% de la localidad, atropello que parece haber tenido por fin conseguir el derecho a utilizar el puerto, llevando a los naturales por tripulantes, en la conquista de Guinea11.
Ésta se inició a 19 del mismo mes y año, con llamamiento a la guerra firmado por Isabel. Dando por hecho el supuesto de que “mis progenitores de donde yo vengo, syempre tovieron la conquista de las partes de África e Guinea, e llevaron el quinto de las mercadurias”, que se “rescataban”, hasta que el rey de Portugal, por debilidad y con licencia de Enrique IV, “se entemetyo” a cobrar los quintos, convocó a los armadores y navegantes que fuesen sus vasallos, para que hiciesen todo “mal y daño” a los portugueses y a cuantos pescasen o “rescatasen” mercancías en Guinea, sin licencia de su Corona, incluidos los castellanos, que pagaban quinto a Portugal. Siendo su percepción puntual causa de la operación, “ninguno nin alguno de vos... non sean osados de yr nin enbiar... a persona nin a personas algunas con vuestros navíos, a las dichas partes de África e Guinea, sin licencia y especial mandado”, recayendo sobre el contraventor pena de “muerte, e perdimento de todos vuestros bienes”12.
Nombrados receptores del quinto de Guinea, Antón Rodríguez Lillo y Gonzalo de Coronado, fueron encargados de fletar armada, para ir a “rescatar”, por cuenta de la Corona, en la “ysla de Africa e Guinea”, oro, esclavos y manegueta, entre otras mercancías. Formada por seis navíos, aunque pudieran ser cuatro, pues en esto no se acuerdan las fuentes, Juan de Moya, vecino de Moguer, recuerda que hizo asiento con los receptores para incorporar su carabela, zarpando de Puerto de Santa María con Charles de Valera por capitán, al frente de la capitana. Alcaide de la fortaleza de la villa, era criado del Duque de Medinaceli13. Cerrando la operación, en noviembre se reguló el tráfico con las “escalas de mercadores”14, por ser “muchas” las mercancías que “van y vienen”, sin dejar un maravedí en las arcas de la reina. Ubicadas en “Africa y Berbería”, se omite el topónimo Guinea, aún estando en el mismo territorio, que se llamaba de esta manera, porque jurídicamente convenían, en la ocasión, recordar que aquella costa estaba bajo control de musulmanes.
En ellas, especialmente en Safi o Çafi, que se apellidó “de los cristianos”, por haberlo conquistado y retenido durante algún tiempo, reyes, grandes y mercaderes tenían sus factores. Contra la creencia popular, unos y otros practicaron el comercio sin necesidad de renunciar a grandezas ni coronas, pero lo que hasta entonces hicieron libremente, exigió en adelante recabar las debidas licencias, que habría de expedir Gonzalo Chacón, mayordomo, contador mayor de los monarcas y comendador de Montiel, que al regreso de los navíos percibiría los derechos, entregados hasta entonces a Portugal. En 1476, además de encontronazos esporádicos, hubo armada formal que combatió contra “portugueses y moros”, según recordaba Antón Martín Nieto, vecino de Palos que participó como capitán de un “vallinero”15. En cuanto al Duque de Medina Sidonia, fue agraciado con concesión de las Islas de Antonio, en el reino de Portugal, que fueron las de Cabo Verde, con carácter de principado, prometiendo Isabel que serían suyas si se tomaba el trabajo de conquistarlas16.
Bien debieron rodarle las cosas a Castilla, pues aún habiendo conseguido guerra con Francia y hasta es posible que con Inglaterra, a efectos de los obstáculos que oponían los castellanos a cuantos pretendían continuar comerciando donde siempre lo hicieron, Isabel pudo incluir entre sus coronas la de Portugal y hasta hacer nuevo llamamiento a la guerra civil, fechado el 30 de agosto, cuando habían terminaban de regresar los navíos y armadas que estuvieron en Poniente. Del texto se colige que el Arzobispo de Toledo, fidelísimo servidor de los Católicos cuando eran pretendientes, había cambiado de campo, pues aparece como aliado del Marqués de Villena y sus "secuaces". Reconoce la reina que sus contrarios enviaron emisarios para tratar la paz, pero niega que se llegase a un acuerdo, según aseguraban los afectados, a los que acusa de divulgar falsedades para mandar que la guerra continuase17.
Al año siguiente, la mitad de Palos fue restituida al Conde de Cifuentes y hermanos, corriendo a cargo de Gonzalo de Estúñiga la indemnización que pudiese generar el abuso. No hubo armada, pero sí acciones individuales contra cuantos asomaban por Guinea. La captura de navíos, con oro de la mina y esclavos, por vecinos de Palos, dio ocasión a que la Reina definiese la nueva situación. Al hablar de "ciertas carabelas de portugueses que venían de Guinea", señaló que fueron atacadas muy legalmente, porque "habían ydo contra mis defendimientos e licencia, perteneciendo al rey mi señor e a mi la costa de aquellas partes", pero en lugar de felicitar a los actores de la acción, que hubiese sido lo razonable en el marco de una guerra, Isabel probó que tuvo lugar en la paz, al remitirles juez comisionado con orden de prender sus cuerpos y amenazarles con embargo de bienes, al haberse convertido en delincuentes, culpables de haber omitido la entrega del quinto a la corona18.
El resultado de esta política sería el razonable. Cuando en 1478 los Católicos, estando en Sevilla, nombraron a Juana, reconociéndola por sobrina, para reprochar a Enrique de Guzmán el no haberla combatido con el celo que debiera, la guerra estaba cambiando de signo. Isabel y Fernando se afianzaban en el trono de Castilla, pero perdían terreno en la mar, retroceso que culminó en el tratado de Alcaçobas. Firmado en 1479, la corona de Castilla reconocía por primera vez el reparto hecho por Martín V. De resultas quedó a los reyes la "conquista" de Granada, con su apéndice del "Reyno" y las Canarias, por el momento en manos de Diego de Herrera, que beneficiaba de su explotación y rentas.
El acuerdo se refleja en sendos documentos domésticos, fechados en 1480 y 148919. Por el primero, los reyes encargaron a Diego de Melo, asistente en Sevilla y a Gonzalo de Saavedra, el cobro del quinto de todas las mercancías procedentes de Guinea que desembarcasen en puerto castellano, para entregarlo al rey de Portugal y a su hijo el Príncipe, sin molestarse en exponer las razones, que obligaban al cambio de destino de unos impuestos recaudados hasta entonces para su propio peculio. En cuanto al texto de 1489, recordaba a los pescadores que permanecía vigente la prohibición de penetrar en aguas y tierras de la conquista de Portugal, sin licencia de Alfonso V. En ambos documentos se adjudicaban, al monarca vecino, "los rescates de Guinea y sus minas de oro", citadas en plural, las islas de Madera, Porto Santo, Desertas, Azores, las Flores, "cabe" las Islas de Cabo Verde, "e qualesquier otras yslas que se fallaren o conquirieren, de las Yslas de Canaria para ayuso, contra Guinea", señalando, el de 1489, que "cuanto estubiese descubierto o por descubrir, dellas yslas de la Canaria abaxo", pertenecía a Portugal, como cuanto había por aquella parte, "quitando solamente las yslas de la Canaria", que se citan por su orden: Lanzarote, La Palma, Fuerteventura, Gomera, Fierro, Graciosa, Gran Canaria y Tenerife, con "todas las otras yslas de Canaria, ganadas e por ganar, las quales quedan a los reynos de Castilla e León". Sabido que la actual Marigalante se llamó Graciosa; que los expedicionarios españoles de 1393, mencionan Infierno pero no Tenerife, bien pudiera ser Martinica la última canaria, y al mismo tiempo Fogo, isla del archipiélago portugués de Cabo Verde. No es Montaña Pelada el único volcán del Caribe, pero si el más vistoso. En cuanto a Palma y Gran Canaria, pudieron estar en la costa continental, siendo de notar que por aquella parte los topónimos fueron alternativos, cambiantes, extensibles y hasta múltiples. Menos pateada la conquista de Portugal, pues se prevé ampliarla por vía de descubrimiento, al ser sobradamente conocidas las Canarias, adjudicadas a Castilla, el territorio sólo podría crecer, "ganando" tierras a quien las tuviese.
Tras el fracaso de la guerra, que terminó en Alcaçobas, los Católicos persiguieron su objetivo con disimulo y astucia, habiendo comprendido que de no mediar bendición papal, ni tan siquiera un éxito palmario, en el campo de batalla, podría permitirles conservar lo conquistado sin exponerse a excomunión, susceptible de poner en almoneda sus coronas. Lucubrando concienzudamente con ayuda del cardenal Rodrigo Borgia, al que conocieron en 1473, en Alcalá de Henares20, concluyeron que bastaría pontífice complaciente, dispuesto a completar el reparto de 1430 con meridiano secante, para poner las perlas de las islas y las minas de Acla en la demarcación de Castilla. Poco contemporanizador Sixto IV, el valenciano se ofreció a suplir, sin más requisito que el de ser proclamado pontífice, con ayuda del oro aragonés, arma eficaz que habría de convencer a los cardenales.
Cerrado el trato, a la muerte de Sixto IV no fue posible forzar la elección, siendo promocionado Inocencio VIII, dotado por sus enemigos de reputación de brujo y nigromante. Vivía el trono pendiente de la salud del pontífice, cuando Colón entró en escena para protagonizar guión ya escrito21. Bernáldez le conoció y cuenta que estaba en Lisboa, ejerciendo de mercader de libros de estampa, es decir, impresor de incunables, con entrada en la real librería, recibió el encargo de hacerse con el mapa y rotario, hecho por Toscanelli para Alfonso V, porque habiendo descubierto Ferrao Gomes, arrendatario de Arguim, la Mina que dio lugar a la creación de la "Casa da Mina", el rey portugués no quería exponerse a nuevos errores que diesen lugar a peligrosas defecciones, haciendo del leal enemigo, por sentirse despojado. Se dice que Colón reprodujo los perfiles del mapa, en las guardas de la obra de Eneas Silvio. Y que estos coincidieron, de pura casualidad, con las costas visitadas por Colón. Y los perfiles del mapa de Piri Reis, que esboza la costa de Yucatán hasta el rio brasileño de San Francisco.
Quizá por no contradecir la versión oficial, Diego Colón declaró que su padre llegó a Castilla en 1485, suplicando inútilmente a los Católicos, durante siete años, que tomasen "asiento" con él, para establecer las condiciones en que sería rentable, a juicio de las partes, "descubrir las dichas Indias". Escuchado a medias, se le exigió probar su tesis, perdiendo el tiempo que los Monarcas consideraron oportuno, en conferenciar con los Arzobispos de Sevilla y Granada, a la espera de que se presentasen condiciones favorables para emprender el descubrimiento. Diego no menciona entrevista de su progenitor con los Duques de Medinaceli y de Medina Sidonia. Documentadas ambas, aunque sea por vía indirecta, se dice que Luis de la Cerda quiso financiar la empresa construyendo barcos para la travesía, dispendio absurdo habiéndolos sobrados en Puerto de Santa María, cuyo alcaide, Charles de Valera, fue habitual de las armadas, el "rescate" de la Guinea y la trata. El segundo recibió al genovés en Sevilla sin hacerle el menor caso, por no estar dispuesto a descubrir la isla de Santo Domingo, metiéndose en el predio de Diego de Herrera.
Vagaba Colón por Andalucía, ignorando probablemente su futuro, cuando la Católica, tras haber comprendido, en la década anterior, que podría mandar, amenazar y castigar, pero no hacerse obedecer por los vecinos de Palos, consintió en llenar el requisito de convertirse en señora hasta el final, entablando conversaciones con los hermanos Silva para comprar su mitad proindivisa22. En estas, y a la espera de que acabase la vida de Inocencio VIII, los Católicos tantearon la resistencia de portugueses y otros habituales del predio, arrendando las pesquerías de Cabo de Alboxador o Boxador y Angra de los Caballos, situadas "al través de la costa de Canaria, fasta la postimera ysla del Fierro". Metiéndose en la conquista de Portugal, por conocer la reacción, el contrato comprendía "seys leguas abaxo". Arrendatarios los paleños Juan Venegas y Pedro Alonso Cansyno, se adjuntó el derecho a expulsar al intruso, manu militari, pues solo se podría pescar y hasta acercarse, con licencia de los titulares23.
Firmada la carta a 7 de marzo de 1490, no tardaron en surgir disturbios, según todos los indicios a nivel de particulares, sin perjuicio de que los amparase la Corona. Quejoso porque le tomaron una nao, Juan de Arbolancha recibió carta de represalia, contra los bretones en general, cuyo uso tuvo consecuencias. Diego Sánchez de Málaga solicitó licencia, por noviembre, para heredar a su hijo, muerto en la guerra del Ducado de Bretaña. Antón Pérez de Olazola consiguió escudo de armas, en premio por el apresamiento, frente a Normandía, de naos esterlinas mandadas por un danés que traía a bordo españoles encadenados, suponemos que al remo, donde solía terminar el enemigo vencido. En el interior, los reyes dieron "seguros", para "andar e navegar por estos nuestros reynos" a mercaderes con ribetes de corsarios, cómo los hermanos Rodríguez Prieto, vecinos de Palos. No expresan estos documentos licencia explícita que permitiese introducirse en la conquista de Portugal sin permiso de Alfonso V, pero sí garantía de que caso de hacerlo, no serían amonestados ni castigados al regreso, en aguas y tierras de Castilla. (RGS VII.1490.197/ XI.1490.226/ IX.1492.12)
Queriendo ponerse a bien con los mercaderes extranjeros, no sabemos si por haberles alejado, a golpe de abusos y malos tratos o por justificar el intento colombino, que estaba en puertas, los monarcas se acogieron al clamor de los almojarifes sevillanos, siguiendo la costumbre de apoyar sus decisiones en voces, si no populares, cuando menos de colectivo inferior. Pretextando que de persistir la costumbre de hacer "marca" y "represalia" indiscriminadamente, los mercaderes foráneos dejarían de acudir a los puertos de Sevilla y Cádiz, con evidente perjuicio para las reales rentas, por julio de 1491 los mercaderes extranjeros fueron puestos al amparo de real seguro, quedando privados los andaluces del ingreso que les proporcionaba la práctica del corso.
En este año, la corona abandonó su política de permisividad, introduciendo la contraria. En abril de 1491, se ordenó al Licenciado Coalla averiguar los derechos que se exigían en los puertos activos de señorío que hubiese en la Andalucía atlántica. Bajas las tasas, la Corona remitió aranceles de obligado cumplimiento. Conservado el destinado a Vejer, Chiclana y Conil, revela tasas, disuasorias para el comercio24. En Huelva, las nuevas normas provocaron la decadencia de la industria pesquera. Poseedores los vecinos de privilegio de labranza y crianza, decreto firmado a 11 de diciembre de 1491, pregonado a 10 de marzo de 1492, introdujo el impuesto de almojarifazgo, sobre la carga y descarga de cuanto se transportase por mar, no sirviendo de nada a los ediles acogerse a la vieja fórmula de acatar y obedecer, para no cumplir.
Manifestando un respeto a los derechos y atribuciones de Portugal, que estaban lejos de sentir, los Católicos tomaron a su cargo la custodia y vigilancia de su conquista, remitiendo a Diego Giral, "nuestro alguacil", a "visitar" las pesquerías de Guinea, donde haría "pesquisa e inquisición", averiguando qué vasallos de Castilla las frecuentaban o mandaban frecuentar, hemos de suponer que sin licencia. Regresó Giral confesando no haber podido "enteramente saber la verdad, si algunas carabelas fueron a la dicha pesquería o a otra parte". Extensa la costa y habiendo comprendido que "se puede saber mejor, venidas las dichas carabelas", regreso previsto "por todo el mes de agosto", el 15 y en la Vega de Granada, los Monarcas firmaron "comisión", para que Giral fuese a Palos y cuantos puertos considerase oportuno, con el fin de enterarse de quiénes traían o mandaron traer "cazones", procedentes de las pesquerías de Cabo de Bujador, "Ancla" de los Caballos y San Bartolomé25.
Sabido que pueblos y reyes no suelen ser consecuentes, no es de extrañar que la razón esgrimida por los Católicos para justificar la drástica expulsión de sus vasallos, de caladeros que frecuentaban sin oposición y con las debidas licencias desde que supieron navegar, fuese "debate" con el rey de Portugal sobre los derechos a una costa, que en 1430 quedó muy explícitamente incluida en la conquista de Castilla, lo que no podía ignorar Isabel, habiendo arrendado el año anterior, como propietaria y sin oposición, las pesquerías de Bojador y Caballos, con esas "seis leguas abaxo" de provocación, destinada a medir las reacción de los portugueses. Esto hace suponer que el "defendimiento", se debió a la necesidad de despejar la zona, para que la liturgia del descubrimiento se desarrollase sin interferencias26.
Debió descubrir Giral contactos con las tierras a descubrir, cuya importancia se ignoraba en la corte, en la costa que separaba Palos de Sanlúcar. Inconfesable el fin perseguido por la Corona, los Católicos recurrieron a tergiversación habitual. Y achacaron su intervención al deseo de preservar la libertad de pesca. Olvidando las muchas exclusivas que vendió y otorgó la Corona, a 5 de septiembre los reyes encargaron pesquisa al licenciado Rodrigo de Coalla, declarando práctica, introducida "de tres años a esta parte", por ciertos caballeros, "en cuyas tierras" caían playas, bocas y caletas, de "arrendar" los sitios "donde ay mejor pesquería". Aún siendo ancestral la costumbre, sería acusada la villa de Palos, propietaria de "la pesquerya que ay en la mar". de cobrar indebidamente "6 maravedís como portadgo", por carga de pescado que se vendiese en la playa y de "10 maravedís uno", sobre lo que se desembarcase "de armamento" o armazón, impuesto reducido a 7 "del ciento", si había de pagarlo vecino. Que en las tasas figurasen las ordenanzas y se pudiese probar, no modificó la real decisión.
El hecho de que "la pesquería e asyento, ques a la boca del Rio de Oro en la mar", donde Almonte partía término con Palos, hubiese sido explotada por Niebla, en tiempo inmemorial y posteriormente por los Guzmanes, no modificó el supuesto de que el cobro de derechos fuese costumbre de reciente introducción. Teniendo los navíos, que se albergaban en la playa, sus rescates y caladeros en lejano Río de Oro, y habiendo un único arrendatario de la renta, se reprochó oficialmente a Enrique de Guzmán, haber "fecho merced a un pescador de un asyento en la mar.., donde se pescan muchos pescados", añadiendo, sin temor a la contradicción, implícita al hecho de que manifestase estos temores, quien pretendía monopolizar un continente, que si "cada uno comiença atribuyr ansy toda la parte que quiere, de las mares e playas", pronto no había sitio donde pescar libremente.
Ésta era la situación en Andalucía, cuando estaba a punto de sonar el pistoletazo de salida hacia el "descubrimiento".
 
NOTAS
1. Ver "No fuimos nosotros", de la autora.
2. A.D.M.S. 4418
3. Son naturales y se siguen explotando, en la Punta de Araya, territorio de Venezuela.
4. El cisma de una iglesia bicéfala, con Papa en Aviñón y en Roma, se inició a la muerte de Gregorio XI, en 1378, persistiendo hasta 1429. Este Papa regresó de Aviñón a Roma. Mal resignados los franceses, a su fallecimiento eligieron su Papa. El cisma se reprodujo con la elección de Félix en 1439, durante el concilio de Ferrara, terminando en 1449, con Nicolás V.
 5. Es de notar que en este año entró en vigor el Tratado de Tordesillas. El topónimo Meça aparece en la carta de Grazioso Benicasa, en la costa Atlántica de Marruecos, al sur de Cabo de Aguer y al norte de "Aguilón", en las inmediaciones del actual Agadir. Situado Cabo Bojador donde está en nuestros días, es evidente que los lugares situados, por la documentación entre ambos puntos, los rebasan en estos mapas. Entre los topónimos que no viajaron, parte de los cuales se conservan, encontramos las "islas" de San Vicente y Santa Lucía en Cabo Verde, "Buenavista", en Araya, Santo Tomé, hoy apellidado "de la Guayana" y Angra Caballos, que persistió hasta el siglo XVIII.
6. Esta guerra se inició en 1469, tras el matrimonio de Isabel con Fernando, príncipe heredero de Aragón, en Dueñas, contra la voluntad del rey Enrique IV. En Simancas encontramos curioso documento. Controlada Andalucía, gracias a la inclinación de la mayoría de los ediles sevillanos, en Febrero los príncipes, titulándose reyes de Castilla, reclamaron a Pedro de Zúñiga, señor de una mitad de Palos, el quinto correspondiente a la Corona, en la carga de dos carabelas de Lepe que fueron a la Mina de Oro, con las debidas licencias de los receptores Antón Rodríguez Lillo y Gonzalo de Coronado. Es de notar que historiador moderno, desinformado por la historia oficial, ignorando que apenas casada, Isabel se proclamó reina, señala que la fecha del documento debe estar equivocada RGS 2.1470 f 13
7. Simancas RGS 4.1476. 242
8. "Voces de la Historia" nº 6.
9. "No fuimos Nosotros", de la autora.
10. RGS V.1495.407
11. Simancas. Consejo. nº 607.
12. RGS 8.1475.586
13. RGS II.1485.291
14. Estas escalas eran los dos Salés, la ciudad de Azamor, la de Çafy, el Cabo de Aguer hasta el Cabo de Aguiló, con el golfo de Meça, por "la costa de la mar", o "desde dentro de Çale, hasta el cabo de Aguiló" RGS XI.1475.730.
15. RGS X,1477.286.
16. "No fuimos nosotros" de la autora.
17. "Voces de la Historia" nº 6.
18. RGS IX.1477.518
19. RGS III.1480.302/III.1489.346
20. ADMS Leg. 924
21. Quizá por dejar a los historiadores materia de discusión, los cronistas se abstuvieron de mencionar el lugar de nacimiento de un genovés, al que la corona habría de hacer famoso, adjudicándole el rol insospechado de descubridor de un nuevo mundo. Por criado del Duque de Medina Sidonia, que lo escuchó de otro más antiguo, sabemos que procedía del Milanesado, lo que no contradice su origen genovés. Común el apellido Colón, incluso en Castilla, lo encontramos en Baleares, Huelva y otras provincias. En 1489, fue legitimado en Valladolid, por real orden y usando el "propio motuo", para que pudiese disfrutar de todos los oficios y dignidades, civiles y eclesiásticas, como un nacido de legítimo matrimonio, Martín de Vergara, hijo sacrílego del clérigo ordenado, Rodrigo de Vergara y de una tal Margarita Colón, soltera. Curioso documento, fechado a 16 de febrero de 1476, nos cuenta la historia de un Colón, corsario profesional, natural del reino de Francia. Y de su relación con Juan de Granada, vecino de Rentería. Se enroló Granada con el corsario, que llevaba en su compañía gente y barcos de todas las naciones, sumando delitos, al atacar a castellanos, quizá por replicar a sus tarascadas. Pero las relaciones del vasco con el francés debieron enturbiarse, pues Juan de Granada cambió de bando, arremetiendo contra Colón. El último encuentro tuvo por escenario el puerto de La Coruña. Granada, con los suyos, prendió y mato mucha gente de la que traía el francés, recuperando dos barcos, tomados a castellanos. Capturado el propio Colón, mereció el éxito perdón incondicional de cuantas trapacerías cometió Juan de Granada (RGS II.1478.66). En noviembre de 1483, se hacía información, en la audiencia de Vitoria, de los daños causados a la nao del armador bilbaíno, Juan de Ochoa, tomada por un Colón, "capitán del rey de Francia", función y cargo que no le obligaban a ser francés, pues bastaba jurar fidelidad a un rey para convertirse en vasallo de cualquier corona. En 1489, los monarcas castellanos se dirigieron a su colega de Francia pidiendo indemnización en favor del armador Pedro Alday, vecino de Lequeitio, propietario de la nao Santa María, de 200 toneladas, que yendo a Honfleur, cargada de alumbre, fue asaltada y echada al fondo, a la entrada del surgidero de Villadovilis (Deauville), por nao de armada al mando de Michelote, "sobrino de la muger de Colón, vuestro vasallo e súbdito". La existencia de uno o varios Colones en Francia, corsarios de profesión. no implica, necesariamente, su identificación con el Cristóbal, contratado por los Reyes Católicos.
22. Palos era una sociedad por acciones, que despertaba el interés del inversor, por ser puerta de la Guinea. Cuando los Católicos crearon complicaciones al Duque de Medina Sidonia, pretendiendo cerrar al tráfico los puertos de su señorío para impedir que cumpliese el deber de proveedor, con respecto a los pobladores de las islas del Cabo de Aguer, que le aceptaron voluntariamente por señor, por vía de behetría, preservó el contacto, comprando a Fernando de Estúñiga, hijo de Pedro Alvarez Osorio, Conde de Trastamara y de Elvira de Estuñiga, la doceava parte de la villa de Palos, en 2.200.000 de maravedís. Firmada la escritura a 21 de enero de 1479 en Sevilla, en presencia de la duquesa Leonor de Mendoza y ausencia del Duque, preservó el contacto, amparándose en la propiedad colectiva. El resto de la villa quedó repartido entre Pedro de Çuñiga o Estuñiga, Conde de Miranda, dueño de 5/12 y Pedro de Silva y hermanos, que tenían los 6/12 restantes. Eran éstos Juan de Silva, Conde de Cifuentes, Alonso, comendador de Caravaca, Lope, Leonor y María, religiosas en el convento de dominicas de Madre de Dios, en Toledo. Habían heredado su mitad de Palos de su madre, Ysabel de Castañeda, mujer del difunto Alfonso de Silva, conde de Cifuentes, alférez mayor del rey. Fijado el precio en relación con lo pagado por Enrique de Guzmán, la finca costó a la reina 16.400.000 de maravedís, en moneda corriente, habiendo sido sumados, al total, 300.000 maravedís "por concierto". En cuanto a los vendedores, quedaron exentos de pagar alcabalas y otros derechos. Cerradas las negociaciones, Isabel ordenó arrendar las rentas, en su nombre, el 20 de junio de 1492, aunque no se firmó la escritura hasta el 24. Enterados los restantes señores del interés de la reina por controlar la villa, se alarmaron tanto como los vecinos, temiendo lo que se les venía encima. Y en 1485 codificaron las ordenanzas.
23. RGS III. 116
24. El tráfico del alfoz del Barbate, no resistió a las presiones que siguieron al establecimiento de la Casa de Contratación. Como Chiclana y Conil, quedó en rada, frecuentada por pescadores y paso de algunas mercancías de contrabando, perdiendo la vida que tuvo, como importante puerto comercial, hasta principios del XVI. Ver "No fuimos nosotros", de la autora.
25. La relación de las pesquerías, aparece por dos veces en el documento, con ligeras variantes. La primera menciona "Cabo de Bujador e Angola e A Sant Bartolomé e de los cavallos". Situada "Angola" en la otra costa y no frecuentada por castellanos, desaparece de la segunda, en la que se mencionan las "pesquerías del cabo de Bujador e de la Ancla de los Cavallos e de Sant Bartolomé" RGS VIII. 1491.78.
26. Quien hubiese frecuentado o mandado frecuentar las pesquerías, contraviniendo prohibición, que muy probablemente ignoraron los infractores, sería castigado con prendimiento de "cuerpo" y remitido a la corte, donde quiera que estuviesen los reyes, dispuestos a decidir personalmente, el destino de tan peligroso vasallo RGS V.1491.94.
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