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La Propuesta Euromediterránea: Una Estructura Ausente

Ponencia presentada por Junta Islámica en el Seminario de seguimiento de la Conferencia de Barcelona, promovido por el Instituto de Estudios Transnacionales de Córdoba

15/12/1995 - Autor: CDPI - Fuente: Verde Islam 3
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En primer lugar, y con nuestra presencia aquí, queremos ante todo asumir el reto que supone la propuesta de establecer un vínculo estable y duradero, constructivo, no ya entre dos orillas geográficas unidas o separadas por un mar, sino entre dos formas distintas de concebir el mundo, la existencia y las relaciones humanas. Es más que evidente que la filosofía del Nuevo Orden Internacional ha empezado a segregar mensajes de paz y de cooperación, pero no debemos caer en el fácil optimismo de quien piensa que el fin de la Historia y la superación de sus contenciosos seculares llegarán mediante la mera imposición de un modelo económico que hoy se abre paso con fuerza inusitada en la selva global de los mercados y de los pueblos, sin encontrar ningún obstáculo importante a su paso.
Si de verdad se quiere establecer un marco de cooperación entre las dos orillas de ese Mare Nostrum, habrá que empezar reconociendo la diversidad más como una fuente de riqueza que como un obstáculo. Para ello habría que tener más en cuenta aquellos factores que, no siendo intrínsecamente económicos, vertebran las sociedades y comunidades, siendo parte de su identidad y constituyendo muchas veces la base existencial de su ser en un mundo que habrá de ser de todos. Y no me refiero al ya tópico reto de la conciliación entre Tradición y Modernidad, porque la segunda, como propuesta, hace ya años que asumió -al menos en sus postulados históricos- su carácter obsoleto. Me refiero al necesario reconocimiento del otro, sin paliativos, en toda su integridad, que habrá de producirse si lo que se quiere es que el espacio Mediterráneo sea un puente y no una barrera.
No son sólo geográficas las dos orillas. La dualidad es tanto más profunda cuanto que la dialéctica de la Historia se ha establecido en este lugar del mundo entre dos formas distintas de vivir, entre esa Europa que nace en las Cruzadas por un lado, y esa otra realidad que es el Islam, primer y claro ejemplo de Estado transnacional articulado más allá del color de la piel o de la Geografía. Ambas sociedades han surcado ese mar, han comerciado y luchado en medio de sus aguas durante muchos siglos. La hegemonía ha pasado de una a otra en distintos períodos, pero la historia de ambas está indisolublemente unida.
Podrá decirse que tales cuestiones no tienen sentido hoy en día, cuando Europa ha superado tantas crisis de identidad y ha optado por fundamentarla finalmente en un modelo sociopolítico laico al margen de las consideraciones religiosas. Sin embargo, habría que tener en cuenta que la creencia es hoy, para muchos individuos y sociedades, inseparable de su forma de vivir, de su manera de concebir la sociedad y el mundo. La cuestión es si va a seguir existiendo el derecho a la diferencia, el derecho a constituir modelos sociales, económicos y políticos diferentes.
El marco de cooperación que ahora se propone en Barcelona, al igual que el que auspició en su día la creación de la Unión Europea es, fundamentalmente, de naturaleza económica, pero tambien política, aunque se hable insistentemente de cuestiones de identidad, diversidad y cultura. Esa vocación economicista, heredera aún del ilustrado espíritu de la Modernidad, deja muy en segundo plano otras cuestiones que no son sólo culturales o históricas, sino aquellas otras acuciantes que tienen que ver con la disponibilidad y explotación de los recursos, la conservación de un medio ambiente gravemente amenazado y sobre todo con la construcción de nuevos modelos sociales que no estén basados necesariamente en una sola interpretación del concepto de Democracia, en una sola forma.
Si queremos de verdad que se produzca ese encuentro, habrá que empezar a definir cuales son los criterios de esa mediterraneidad, hasta dónde alcanza la voluntad de reconocimiento del derecho a la diferencia.
El economicismo que subyace en la propuesta de Barcelona, a pesar de ser una propuesta realizada en tres apartados, no sería en sí mismo un problema si no fuera porque está expresado en el marco de una política global de corte neoliberal que, como sabemos, ha venido desatendiendo de manera creciente los aspectos sociales, culturales y medioambientales en beneficio de la extensión de los mercados, ocupados inevitablemente por las empresas multinacionales. “La creación de una zona de libre cambio para el año 2.010”, como se propone en el encuentro, supone la inclusión plena de los países de la Orilla Sur dentro de los planes de ajuste previstos por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, es decir, liberalización de las economías nacionales y privatización de empresas públicas, sobre todo las que están relacionadas con las fuentes de energía y las telecomunicaciones.
En ese mercado recién abierto, no es de extrañar que el control de la producción y de la información esté exclusivamente en manos de esas gigantescas empresas que ordenan de forma inevitable y creciente el Mercado Global.
La propuesta Euromediterránea, tal y como surge, en un mundo cada vez más definido por las exigencias del mercado, trata, no nos engañemos, de proponer soluciones a la inevitable expansión económica de la Unión Europea, a la necesidad que ésta tiene de encontrar mercado para sus excedentes y de que ese mercado no se vea excesivamente sacudido por reivindicaciones sociales, políticas e incluso bélicas. Pero no es ahí donde radica el principal problema. No vamos aquí a retomar el discurso neocolonialista a pesar de su fácil evidencia, no: vamos a centrarnos en esa estructura ausente, en esa hermana pobre y olvidada de la propuesta que hoy plantea la vieja Europa: la sociedad humana, la Comunidad.
La Unión Europea ha fundado los lazos entre sus miembros en base a compromisos económicos, relegando a un segundo plano las cuestiones de índole cultural. Es hasta cierto punto coherente que al proponer un modelo-marco de Cooperación Mediterránea reproduzca la misma orientación, obviando que en este ámbito, la Historia tiene aún grandes asignaturas pendientes.
Mientras Europa no sea consecuente con el modelo que dice proponer, no alcanzará su mayoría de edad. Para ello habría que empezar por lograr un consenso sobre el modelo de sociedad, sobre el modelo de Democracia, entre todos los países implicados en este proyecto euromediterráneo. La sociedad europea es una sociedad vieja y, en ciertos aspectos, agotada. El Estado del Bienestar no ha resuelto muchas de las necesidades que acucian a los individuos que lo disfrutan, no ha erradicado la pobreza, no ha sido igual para todos esa bonanza.
Y sobre todo, que el bienestar no puede reducirse sólo a cuestiones de índole económica, sino que ha de tener en cuenta la dimensión moral que el hombre tiene derecho a ejercer. Y es ahí donde puede surgir el problema.
Para conseguir los objetivos económicos debe desarrollarse una política que garantice y facilite su cumplimiento. Pero si la prioridad se establece en la mera ley del Mercado y se desatienden los aspectos sociales, los desfavorecidos se encuentran así políticamente desasistidos ante la propia maquinaría del sistema. A esa propuesta le falta sobre todo establecer y acordar una filosofía de la cooperación, una ética sobre la que fundamentar el encuentro, un acuerdo moral que vaya más allá de la declaración de buenas intenciones y se plasme en un reconocimiento político de su propia necesidad, pero: ¿estaría dispuesto a ello la Unión Europea?.
La Conferencia de Pekín, hace poco, ha puesto en evidencia las diferencias que existen entre distintas áreas culturales a la hora de ponerse de acuerdo en el tema de los derechos de la mujer. En otras muchas cuestiones, Europa debería escuchar a sus vecinos del Sur, porque puede ser que entre todos se encuentren soluciones. En temas tan importantes como Democracia, participación o Medio Ambiente, aunque parezca increíble a muchos, el Islam tiene mucho que decir. Y probablemente lo va a decir.
Para todos aquellos que no conocen la realidad del Islam, sus propuestas concretas sobre distintos temas que hoy nos interesan a todos, podrán parecer que poco tienen que aportar a la cultura de la Democracia. Pero no es así. El zafio empeño que se ha traslucido en muchos medios de comunicación, terminando este siglo, en el sentido de crear la opinión de que Democracia e Islam son propuestas excluyentes, puede muy bien considerarse tendencioso. ¿Defiende Europa realmente la Democracia, o defiende un modelo de Democracia formal que garantiza un statu quo? ¿Son posibles otras formas de Democracia? Si por Democracia entendemos la participación de los ciudadanos en la vida política, la consulta de los gobernantes a éstos a la hora de decidir sobre cuestiones importantes, la igualdad de derechos ante la ley, la protección social de las minorías, el respeto a la diversidad, etc, entonces no hay ninguna contradicción entre Democracia e Islam. En la forma social islámica están presentes todas y cada una de estas realidades. Resulta desconcertante que se admita esto para un período de la Historia, por ejemplo en el Califato de Córdoba, y no se tenga en cuenta en nuestros días, que se hable del Islam andalusícomo favorecedor de la convivencia entre culturas y se construya hoy en los medios de comunicación social la imagen de un Islam intolerante e integrista. Por ese camino no puede haber encuentro sino separación.
La Democracia, como herramienta, es perfectible, es decir, susceptible de mejora y enriquecimiento. Para ejercerla es preciso que los principios se cumplan y que los cumplan todos. El acceso a la cultura y a los medios de comunicación debe estar al alcance de cualquiera que tenga algo que decir o proponer. Si no, la Democracia sólo es Teoría. Y en la realidad contemporánea, ¿ocurre así o, por el contrario, son determinados grupos los que manejan la información y dirigen la marcha de la nave global intercultural de acuerdo a unos intereses bien definidos?
¿Conocen los ciudadanos europeos la institución islámica de la Shura, la asamblea de consulta y gobierno que ha sido la forma política tradicional desarrollada en las más importantes comunidades históricas de los musulmanes? En ese sentido habría que explicar en profundidad que Islam y Democracia no sólo no se excluyen sino que la forma democrática puede ejercerse en el seno de una sociedad islámica sin que ésta pierda un ápice de su carácter.
En relación con otra de las cuestiones candentes, la del problema medioambiental, Europa debería reconocer ciertas responsabilidades que le tocan de cerca, en cuanto que la situación creada a nivel planetario es, en gran medida, fruto de una visión del mundo que asigna al ser humano la misión de “conquistar la Naturaleza”, filosofía que no ha sido ajena al propio desarrollo industrial y tecnológico occidental y del que el continente europeo es uno de sus baluartes reconocidos. Precisamente en la base filosófica de ese modelo que produjo la Revolución Industrial y ahora mismo produce la Revolución Informática y de las Comunicaciones, está esa consideración de “conquista”, con la secuela de expolio y degradación ambiental que todo ello ha producido.
Si se tuviera la humildad de poner en cuestión el modelo mirando a otras concepciones y culturas, inmediatamente descubriríamos que existen otras formas de relación entre el ser humano y la Naturaleza, menos agresivas para con el medio, más sensatas y respetuosas con el patrimonio común planetario.
Para muchos, aún es difícil imaginar que detrás de la caricatura medieval y dogmática a que los medios de comunicación han reducido al Islam, existe toda una ética medioambiental que, muy probablemente, hubiese producido, caso de haber dispuesto de los medios, una civilización diferente. El papel de usufructuario de la naturaleza que el Corán asigna al ser humano, obliga a éste a no ser destructivo con el medio ambiente. Esto es una realidad ética que pertenece a muchos de los pueblos implicados en ese proyecto mediterráneo y que, sin embargo, no han tenido posibilidad de hacer demasiadas propuestas en profundidad porque sus más urgentes necesidades son de una índole más inmediata, más estructurales y básicas.
Difícilmente se pueden construir modelos de sociedad o de cooperación entre unos socios en situación tan desigual. Cuando no es posible la participación en igualdad de condiciones ¿podemos seguir hablando de Democracia o, por el contrario, como decía Noam Chomsky, no tendremos más remedio que aceptar el totalitarismo de la ley del mercado, bien adobado de instituciones y principios respetables, y ya incontestables, desde cualquier reivindicación social, política e incluso humana?
No nos engañemos. Si lo que se quiere es construir un espacio común entre culturas, esas culturas habrán de respetarse y colaborar sin necesidad de que algunas de ellas pierdan su identidad en el proceso en beneficio de los intereses de una de las partes. Ese es el gran reto y el más difícil de todos.
La otra vía es mucho más sencilla. Es hacer en los terrenos sociocultural y político la misma tarea de explotación que las empresas de los países ricos hacen en el Tercer Mundo: talar un ecosistema natural y diverso, extraer sus recursos e instaurar el monocultivo. Más difícil es la tarea de reconocer los recursos en profundidad y usar de ellos sin dañar excesivamente el equilibrio que los produjo, un equilibrio que, tanto en la Naturaleza como en la Cultura, es el resultado de un largo y doloroso proceso que no tendría necesariamente que acabar mal, que acabar en muerte o en desierto.
Así pues, para que una propuesta de tan compleja naturaleza como la que nace de la Conferencia de Barcelona tenga éxito, para que cumpla los fines para los que se dice haber sido convocada, habría que comenzar por un serio intercambio de información acerca de aquellos aspectos que más desconocen las partes implicadas. Para los que viven en la orilla sur, información acerca de los pros y los contras de un determinado modelo de desarrollo. No sólo proclamar las virtudes, como el vendedor de jarabes que anuncia el remedio definitivo para toda calvicie, sino la sincera expresión de lo que el desarrollo ofrece, todo el paquete, sin omitir nada. Y para los que disfrutan ya de tan privilegiada atalaya, información verdadera sobre la naturaleza de sus vecinos, sobre los aspectos positivos del Islam y de las culturas del Sur, de la Cultura Árabe o de la Bereber, de su Literatura, de su Arte y de su Pensamiento.
Todo ello implica necesariamente el que los interesados sean capaces de poner en cuestión sus propias ideas sobre los otros, aceptar la tarea de un análisis crítico de las propuestas, jugar, en fin, en igualdad de condiciones, sin trampas.
La mayoría de los países de la orilla sur han vivido, tras la etapa colonial, un proceso de desintegración cultural, una pérdida de sus referencias más inmediatas y profundas. Puede ocurrir fácilmente, que el propio desarrollo que prevee el foro euromediterráneo para estos países, haya de pasar por la recuperación de la identidad islámica perdida durante ese proceso. La visión de largo alcance, la que establecería una base sólida para el desarrollo, teniendo en cuenta la no contradicción entre Islam y Democracia, sería aquella que contemplara la islamización real de todos estos pueblos, el reconocimiento del derecho que deben tener a que no exista una brecha entre la vida individual de sus ciudadanos y las estructuras sociales y culturales en las que se desenvuelven, el marco de sus relaciones humanas y el talante de sus transaccciones.
Todo ello abriría la posibilidad de un fecundo diálogo, aunque por el momento sea difícil su articulación. Desde la perspectiva del carácter transitorio de los modelos de sistemas posibles, podemos contemplar también, con una cierta panorámica, la transformación de la economía neoliberal en un modelo económico de naturaleza diferente, sobre todo teniendo en cuenta, por un lado el carácter limitado de los recursos naturales y, por otro, el límite que la propia naturaleza ofrece a su explotación. Esa transformación tendrá que producirse sobre todo en la forma de una creciente toma de conciencia de los efectos que toda actividad económica ejerce sobre el medio natural, procurando no agotar las fuentes de producción y los recursos. Pero en tanto esta transformación no tenga lugar, habrá que seguir considerando que el modelo propuesto no constituye una solución a los problemas que hoy se plantean a un nivel global, sino sólo una extensión del viejo ideario. Mientras las cuestiones medioambientales y culturales no se contemplen al mismo nivel que las económicas, dentro de un modelo evolucionado, seguiremos estando en el mismo nivel del “pan para hoy, hambre para mañana”, o condenando a los que no están incluidos en el foro a una mayor desprotección y pobreza.
Si los países del continente africano invitados a la Conferencia de Barcelona consiguen articularse en torno a la idea mediterránea con el apoyo de los patrocinadores europeos, ¿podrán seguir existiendo otras propuestas que, naciendo de la iniciativa de esos países, andan todavía en fase casi constituyente? Si la Unión del Magreb Árabe se diluye frente a la maquinaria mediterránea, ¿qué ocurrirá con países como Mauritania, que pertenece al Magreb, pero que no ha tenido la suerte de lindar con ninguna de las orillas del Mare Nostrum?.
¿Cómo ayudará la nueva situación a resolver problemas existentes en la zona, como es el caso de Libia, que ni siquiera ha participado en la Conferencia debido al bloqueo? Si la Conferencia de Barcelona ha proclamado ser “distinta del proceso de paz que se sigue en Oriente Próximo” y “no ser un foro de resolución de conflictos”, ¿por qué en este caso se produce una alineación con los postulados de una de las partes? Todas estas contradicciones habrán de resolverse o bien habrá que redefinir el carácter de la unión que se propone, porque si no es política, habrán de tener cabida en su seno al menos todos los países que geográficamente son bañados por el Mediterráneo. Y si lo es, habría que haber comenzado por hacer un análisis político de las consecuencias que la propuesta puede acarrear en el contexto de las futuras relaciones entre los dos mundos.
Esperamos que, andando el tiempo, contrastando puntos de vista e intercambiando propuestas, podamos arribar al mejor de los puertos con que cuenta este Mare Nostrum, que es el de la Paz y la Cooperación entre los pueblos.
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