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Barcelona: Punto de Inflexión o Desenlace

Cumbre Euromediterránea de Barcelona. Diciembre 1995

15/12/1995 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Verde Islam 3
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¿Por qué ahora?

En primer lugar habría que situar la Cumbre de Barcelona en un contexto que está ya lejos de esa bipolaridad que fue el eje de los debates políticos e ideológicos hasta hace poco menos de diez años. El desplazamiento de las fronteras estratégicas se ha producido desde la polaridad Este/Oeste a la de Norte/Sur. En ese desplazamiento, el Mediterráneo aparece cada vez más como un espacio intermedio que muestra y resume las contradicciones de un Nuevo Orden Internacional que ha comenzado a mostrar un claro diseño de alto contraste entre los pueblos. Las barreras y las crecientes diferencias que establece el modelo económico triunfante en la Postguerra Fría, hacen presagiar un difícil futuro para los pueblos en vías de desarrollo.

Por otro lado, la evidente crisis de la Modernidad como propuesta ideológica pone en peligro a medio plazo la supervivencia de las estructuras de pensamiento que todavía soportan inercialmente el discurso sobre el Progreso.

La sociedad posmoderna se nos aparece como fragmentación abocada a una inevitable globalidad que ahora es requerida no sólo por las exigencias de un mercado cada vez más necesario y voraz, sino urgida por la era de las comunicaciones y de la información. El paradigma necesita redefinir sus propuestas, producir los ajustes que garanticen la supervivencia del viejo modelo de intereses. Pero las contradicciones llegan a constituir una irresoluble paradoja. El modelo posible y su coherente desenlace, el Supermercado Global, encuentran barreras inesperadas que no le permiten avanzar fácilmente. Una de esas barreras es sin duda alguna de carácter cultural y existencial, aquella que se levanta cuando la forma de vivir y concebir la vida cotidiana que se quiere imponer al otro, no sólo no concuerda con la suya sino que amenaza con hacerla desaparecer. El problema de la diversidad cultural se plantea entonces en el seno de las estructuras democráticas bajo la forma del derecho a la diferencia o el respeto a las minorías.

Otra de las barreras es, sencillamente, la dimensión actual de la respuesta medioambiental. El modelo de desarrollo que exportan los países industrializados se ha convertido casi en un organismo autónomo que tiraniza incluso a sus teóricos beneficiarios, los cuales se ven imposibilitados de corregir sus errores sin provocar un serio colapso en la maquinaria. Los datos alarmantes sobre el medio ambiente no son suficientes, a pesar de su gravedad, para provocar una respuesta global de las administraciones de los países industrializados que haga frente a tan serio problema.

Sin embargo, ambas cuestiones están ahí y van a seguir estándolo, cada vez más como problema, mientras no se aborden en profundidad y se acuerden posibles soluciones.

Es este un tiempo en el que viejas cuestiones, soterradas bajo la fachada de la antigua confrontación Este/Oeste, salen a la luz como problemas pendientes, como episodios de una Historia no resuelta.

¿Cultura o culturas?

El problema de fondo que el desarrollo histórico del último siglo dejó pendiente en el Mediterráneo demanda hoy una solución: los países implicados deben elegir entre constituir un puente para el encuentro o una frontera de segregación y alejamiento. Por ser espacio intermedio, agua común, habrá de ser resuelto por todos los pueblos ribereños si no se quiere llegar a una situación imposible que desemboque en una u otra forma de confrontación.

La barrera cultural la establecen los respectivos imaginarios que, tanto europeos como árabes y magrebíes tienen de su opuesto. Además, está la misma consideración de opuesto, de contrario, de enemigo íntimo como se la ha definido desde hace tiempo.

El mutuo desconocimiento provoca sobre todo una falsa percepción de aquellos que aparecen como diferentes, y que en realidad lo son, pero sólo en determinados aspectos.

Europa se replantea el problema de su seguridad cuando ha desaparecido quien fue su enemigo estructural -el comunismo- durante casi todo el siglo XX. Empieza a considerar al Islam, bajo las formas de integrismo y fundamentalismo islámicos, como amenaza creciente a su forma de vivir y pensar. Surgen la xenofobia y el racismo, o más bien despiertan de su sueño ilustrado. Se dibujan en el panorama de los medios de comunicación paisajes olvidados y se resucitan viejas palabras que subtitulan las nuevas imágenes del bienestar y de la riqueza.

Reaparece el miedo a la invasión, en éste caso migratoria, de unos nuevos bárbaros que llegan huyendo de la pobreza y el subdesarrollo, que viven de forma diferente y tienen creencias que se consideran opuestas a las propias. Detrás de todas estas consideraciones late una ignorancia profunda de la Historia y de lo que han supuesto y suponen las diferentes culturas. En este caso no tan diferentes si tenemos en cuenta la proximidad no sólo geográfica sino, al menos en su raíz, entre el judeocristianismo y el Islam.

Hablaba el profesor Sami Naïr de la necesidad que hoy tiene Europa de extender sus estructuras y sus mercados hacia el Sur. De cómo es cada vez más inevitable y necesaria una colaboración económica que por un lado propicie el desarrollo de los países del Magreb y el Machreck frenando así las migraciones hacia el continente europeo, y por otro extienda los mercados dentro de una inevitable expansión de la UE. En ambos casos se admite que la propuesta de cooperación nace de una de las partes; el modelo de desarrollo también.

Existe asimismo, por parte europea, un miedo a que despierten dragones económicos en el sur mediterráneo apoyados por los Estados Unidos, que serían peligrosos competidores, como ha ocurrido en el área del Pacífico con Honk-Kong, Corea y Taiwan bajo la cobertura japonesa y norteamericana.

Pero en la forma como se ha estructurado la Cumbre se detecta un desequilibrio de principio en la elaboración de la propuesta. No se trata en este caso de un proyecto de unión entre países, como en el caso de la UE, sino del establecimiento de un marco de cooperación entre un área de países que están unidos (UE), y cada uno de los países que conforman la orilla Sur. Así se ha llegado a los acuerdos previos que han hecho posible la Cumbre de Barcelona. No se ha propiciado un encuentro para debatir conjuntamente los problemas y las soluciones ni las necesidades específicas de las comunidades mediterráneas implicadas en el proceso inevitable de globalización de la economía. Se da por supuesto que no hay alternativa, que el modelo es, estructuralmente, incuestionable y no revisable.

Así, cuando pasamos del terreno de la economía al terreno político, las cosas cambian sustancialmente. El ideario que hoy se acepta como soporte del neoliberalismo es de consenso sobre los derechos humanos y las libertades democráticas. Un modelo de estado laico -muchas veces laicista- que garantiza al menos en teoría el respeto a las minorías y el derecho a la pluralidad y a la diferencia. Un modelo democrático entre otros modelos democráticos posibles, como el que supondrían una democracia popular o una democracia senatorial, que se presupone como horma única, cuando por otro lado se hace patente su necesidad de revisión para profundizar precisamente en el desarrollo de la Democracia como sistema.

Que el problema existe en el propio seno de la Europa democrática lo demuestran no sólo el discurso de algunos analistas sino la fractura abierta en la misma vida social, entre los dirigentes democráticamente elegidos y las masas convenientemente teledirigidas. Jean Baudrillard, en sus agudas reflexiones sobre la sociedad posmoderna alertaba hace poco desde las páginas del diario El Mundo, de la “coalición democrática” de todos los poderes -político, mediático, cultural e intelectual- contra una opinión pública recalcitrante y refractaria al evangelio universal de la racionalidad. La sociedad, la base social está ya cansada de una forma de Democracia y está tratando de construir, desde la participación, una democracia más cercana que le permita salvar el abismo entre lo que se predica y lo que se experimenta en la vida cotidiana, entre el viejo discurso del Progreso y la realidad de cada día, plagada de contaminación ambiental e iconográfica. De esa fractura que no es sólo social, sino mental, dice Baudrillard que es “una ruptura entre un poder manifiesto que cree caminar en el sentido de la Historia (aunque esta historia de domesticación cibernética y tecnocrática del mundo no tenga ya, en el fondo, sentido ni para ella ni para los demás) y un poder antagónico irreductible, que crece de día en día...dos fuerzas antagónicas que ya no proceden de la lucha de clases. Una, el poder racional, dueña de los signos y del lenguaje (cada vez menos), de las técnicas de persuasión y de discusión (cada vez más). Y la otra, fragmentaria, errática, no representativa, esa a la que se le ha impuesto el sentido literal del progreso y de la Historia”.

Mercado libre de inspiración Neoliberal y Democracia Parlamentaria de corte laico son las bases sobre las que se quiere asentar el Orden Nuevo, en lo económico y en lo político, dejando la cuestión de los valores morales reducida al ámbito de la intimidad y la privacidad, y relegando la cuestión medioambiental a un plano muy secundario teniendo en cuenta la envergadura de los problemas existentes en este ámbito.

Sin embargo, no se puede eludir el hecho fundamental de que en el espacio común que se pretende ordenar, existen formas de vivir en las que no se produce en sentido tan estricto esa separación existencial. El modelo de cristiandad que Europa conoce en su propio desarrollo histórico, político y social, no es extrapolable en ciertos casos. En ese sentido, el Islam puede aparecer como problema porque no contempla una división de la vida individual y de la sociedad entre lo religioso, lo social y lo político.

Da la impresión de que Europa no sabe hoy bien quién es ni qué quiere, de que padece una clara crisis de identidad, o de que ha vivido durante siglos sumergida en un sueño, primero de Ilustración, más tarde de Progreso. ¿De donde surge en realidad su miedo?

Demonización carencial

Cuando una cultura no ha logrado desarrollar valores positivos más allá de la mera producción de bienes de consumo, cuando las carencias se hacen evidentes en el terreno existencial y en el de los valores morales, y cuando de sus tres principios fundacionales sólo ha sido capaz de defender uno a costa de los otros dos -libertad, a costa de igualdad y fraternidad-, va a necesitar fundamentar su identidad de otra manera. Si Europa cimentó su razón de ser en las Cruzadas y se definió “frente al otro” -frente al infiel, contra el musulmán-, a la hora de rendir sus cuentas históricas como cultura vencedora debe proponer sin excusa posible un modelo y una visión del mundo. Sin embargo, lo que para otros casos sería una tarea relativamente sencilla -proposición de un modelo de consenso entre los países que forman la UE- para la cooperación en el ámbito Mediterráneo deben tenerse en cuenta otros factores y el consenso aparece difícil.

Cuando la Historia de este fin de siglo aboca a la Unión Europea a hacer frente a los desafíos que el modelo global implica en el terreno de la cooperación, surgen de nuevo los problemas. Aparece de nuevo “el otro”, que curiosamente nunca dejó de estar ahí, reclamando su derecho a existir con sus peculiaridades en un mundo interconectado y abierto. Y aparece como amenaza. Pero ¿a quién o a qué amenaza el Islam? ¿Es un miedo bélico, tal vez el viejo mito de la invasión? No puede serlo en este caso, dado que el desequilibrio que existe entre las dos orillas en materia de potencial armamentístico expresa un riego sin ninguna importancia. ¿Miedo a la invasión demográfica, a las migraciones medioambientales que se preveen inevitables en los próximos veinte años?

Para responder a estas cuestiones deberíamos tener en cuenta el giro hacia posturas más conservadoras que se advierte en la política de los países de la UE a partir de la caída de la URSS. El fantasma del comunismo sirvió durante los años de la Guerra Fría para fundamentar el discurso más integrista de los partidos conservadores de Europa y Estados Unidos. El mantenimiento de una amenaza exterior facilitó la aplicación de políticas restrictivas y fue una maravillosa coartada para apuntalar principios ideológicos que, de otra manera, hubiesen sido más difíciles de implantar en una sociedad desarrollada. La caída del Telón de Acero mostró la inconsistencia de la proposición: los europeos del Este son pueblos hermanos, gentes iguales. Los demonios no aparecen por ningún sitio. En cambio, los “moros”, los magrebíes, los musulmanes son distintos, son “otra gente”.

La revolución iraní y la guerra árabe-israelí sí que mostraron a Occidente ciertos riesgos, pero no tantos que justificaran la formación del complejo anti-islámico que hoy prevalece en el imaginario occidental. La alteridad necesaria que supone el Islam para Europa, dota a ésta de un contraste que le permite exhibir sus “conquistas” en el terreno del desarrollo material. La sociedad europea aparece más deslumbrante si se la compara con la sórdida realidad de los pueblos del Magreb. Las carencias y el precio moral que el ciudadano medio paga por pertenecer a esa cultura pierden peso frente a la imagen de otra cultura, si ésta exhibe la pobreza y la tensión social como características de su existencia cotidiana.

¿Cómo es posible -podemos preguntarnos- que un sistema democrático aconfesional como el que hoy se desarrolla y proclama en los países europeos genere una sociedad intolerante, racista, que sigue viendo a los individuos de otras culturas como una amenaza? El profesor Sami Naïr lo explica como consecuencia de la existencia en Europa de un “núcleo duro étnico confesional”, es decir una estructura ideológica que sustenta off de record parte del discurso conformador de la identidad y del proyecto europeo. Aparentemente no está avalado por las instituciones ni reconocido públicamente, pero su existencia se detecta tras las bambalinas de los proyectos y las declaraciones. Hablando del mismo tema, el profesor Bichara Khader dice de este núcleo duro que “se encuentra limitado por la referencia democrática que sitúa la igualdad en el centro de las relaciones formales entre sujetos privados y también protege la libertad confesional o política según la lógica republicana”. Quiere esto decir que se reconoce una grave contradicción entre la teoría y la práctica democrática dentro de un sistema que es el que hoy propone los modelos de cooperación, el que define las imágenes y administra los signos.

Pero existen interrogantes sobre la verdadera naturaleza del rechazo y del miedo. Podría pensarse, como algún ignorante llegó a decir durante el proceso electoral argelino, que la instauración de un Estado Islámico pondría en peligro el proyecto comercial transnacional en la zona. Pero en lo que respecta al modelo de libre mercado, no vemos que haya existido nunca ninguna contradicción entre éste y el modelo comercial propio de las sociedades islámicas. Islam no sólo contempla y defiende la propiedad privada, sino que promueve el comercio y la libre circulación de mercancías. Islam ha hecho posible, históricamente hablando, estructuras de intercambio cultural y comercial que pueden ser tomadas como referencia a la hora de establecer seriamente un modelo económico transnacional. En conciencia, esa razón no puede estar en la raíz del miedo que tratamos de definir.

Islam y Democracia

Si no es un miedo económico ¿lo es tal vez político? En la construcción de la nueva identidad europea, ya hemos visto que el segundo pilar, tras la formulación económica del modelo de libre mercado, descansa sobre la base de una doctrina democrática que a su vez fundamenta su código de valores en la Declaración de los Derechos Humanos. Nuevamente necesita Europa reafirmarse frente al otro, presentándolo como enemigo de esos valores, aunque en sentido estricto no lo sea. Efectivamente, hemos visto cómo de forma progresiva se ha querido establecer una dialéctica política entre Islam y Democracia como si fueran términos antitéticos y excluyentes. Esa fue una de las razones de fondo que se esgrimieron cuando los países occidentales apoyaron el golpe antidemocrático en Argelia, fatalmente justificado como defensa de los intereses democráticos. Situaciones así muestran la inconsistencia y la debilidad de un sistema que sólo podrá sobrevivir si realiza una autocrítica en profundidad y reconoce sus limitaciones y carencias.

Islam y Democracia, en principio, no son figuras excluyentes sino, muy al contrario, tienen grandes puntos de encuentro y desarrollo común. Tal vez el asunto no se ha planteado correctamente. Islam es ante todo una forma de vivir que dimana de una creencia. Los principios que rigen la vida del musulmán y por extensión de toda la sociedad islámica, derivan del Corán -libro revelado- y de la Sunnah -Tradición-. Entre esos principios que rigen las relaciones sociales y construyen la sociedad islámica está de forma preeminente la institución de la Shura, la Consulta, para todos los ámbitos de la existencia. La institución política de la Shura o asamblea es inseparable de la vida comunitaria de los musulmanes e impregna toda su vida política y social. De la misma manera que existen Monarquías Parlamentarias o Asambleas del Pueblo y ambas se tienen por instituciones democráticas (lo básico en la Democracia es la consulta, la participación de los ciudadanos en la vida política, su derecho a tomar parte en las decisiones, bien directamente o bien por representación), en las comunidades de los musulmanes se han producido diversas formas y modelos de Estado- desde la Monarquía a la República, pasando por la Democracia Popular-, pero sólo aquellas que han tenido en cuenta el principio mencionado de la Shura pueden ser en rigor consideradas como islámicas. Así pues, si nos atenemos a los principios, no existe una contradicción entre Islam y Democracia. Tal vez sí pueda haberla cuando sólo se contempla un modelo de Democracia, y cuando ésta deja de cumplir los fines para los que ha sido establecida. Cuando se convierte en un fin en sí misma, cuando se diviniza hasta convertirse en un integrismo maquillado que oculta a los ciudadanos sus más inconfesables miserias. La opinión pública occidental está ya saturada de informaciones indoctrinantes. Por un lado las bellas palabras y las declaraciones sobre las excelencias del Estado de Derecho, y por otra su constante profanación por parte de los poderes. Inmunidades parlamentarias y secretos de Estado los hay en todas las democracias, y muchas veces sirven para ocultar realidades poco o nada democráticas. El desarrollo de la participación ciudadana o el control de los representantes son todas ellas tareas que están sin ninguna duda dentro del talante y de las aspiraciones de una sociedad islámica. No nos engañemos.

Los tres pilares básicos de la sociedad moderna, nacidos del ideario de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad son referencias universales de cualquier proyecto social serio y avanzado. Son metas que el hombre busca en éste mundo, que suponen una respuesta a sus aspiraciones morales más elevadas en el plano social. Las tres, sin excepción, no sólo se reconocen sino que se propician desde el mismo corazón de la vida islámica. La responsabilidad que tienen tanto el individuo como la comunidad a la hora de cambiar sus condiciones está reconocida claramente en el Corán:

“Dios no cambiará la condición de un pueblo mientras éste no cambie lo que en sí tiene”

(13-11).

Es posible que el miedo al Islam provenga de una proyección que la cultura occidental hace de su propia percepción de lo religioso. El referente interno de Occidente es el judeocristianismo histórico -no el paradigmático- plagado como sabemos de intolerancias y de piras nutridas de herejes. Por el contrario, sería interesante citar algunos principios que podrían ser de encuentro a partir de lo que el Corán dice, por ejemplo sobre la libertad de creencia, o sobre la libertad en general:

“Que crea quien quiera, y quien no quiera que no crea”

(18-29)

“Qué es mejor ¿ser arrojados al Fuego o venir en seguridad el día de la Resurrección? ¡Haced lo que queráis!”

(41-40)

El Islam reconoce no sólo el derecho sino la libre naturaleza del ser humano. No existe contradicción, como algunos han supuesto, entre Libertad y Determinación. Al menos no en el Islam.

Con relación al principio de Igualdad, Islam lo reconoce en todas sus dimensiones. No existe discriminación por motivo de raza o sexo, aunque algunos hayan afirmado lo contrario. Como señalaba el propio Bichara Khader en su análisis comparativo entre Europa y el mundo islámico, en éste último no existe ese “núcleo duro étnico confesional” como existe de forma larvada en el seno de la sociedad europea. Sobre el tan controvertido tema de la igualdad entre los sexos, nuestro querido amigo y hermano, Sheij Saleh al Huseini, en su “Comentario legal sobre la poligamia en el Islam”, dice textualmente:

“La diferencia entre los seres humanos, ya sean hombres o mujeres, proviene del mayor o menor temor de Dios.”

Y cita un ayat del Corán:

“No permitiré que se pierda obra de ninguno de vosotros, lo mismo si es varón que si es hembra, pues habéis salido los unos de los otros.”

(195-3)

Honestamente cabría preguntarse aquí, si en Europa o en los Estados Unidos se ha llegado realmente a una equiparación entre los sexos, si realmente la sociedad ha asumido la cuestión y las mujeres no se encuentran discriminadas. Los movimientos reivindicativos demuestran lo contrario. Tras la demonización a que se vio sometido el régimen iraní, por ejemplo, se ocultan realidades que podrían ser muy interesantes a la hora de establecer la participación de la mujer musulmana en la vida pública. (El porcentaje de mujeres universitarias en Irán es en algunos casos superior a la de muchos países europeos).

Finalmente, en lo que se refiere a la fraternidad entre los seres humanos, está presente como condición islámica inevitable de las relaciones interpersonales:

“Los creyentes son, en verdad, hermanos.”

(49-10).

Por todas estas razones, podríamos pensar que la raíz del miedo habría que buscarla en otro sitio, en algún rincón oscuro de la irracionalidad que toda sociedad alberga.

Otra cosa sería la crítica que desde Europa puede hacerse, y con toda razón, de determinadas actitudes y comportamientos de los musulmanes de nuestros días. Sin embargo, muchas de las situaciones que se presentan como islámicas no lo son en realidad. Como la situación de la mujer en muchos de los países árabes no puede ser achacada al Islam sino a su carencia o a su sustitución por otro sistema bajo una forma o una estética islámicas, por decirlo de alguna manera.

La doble moral que corroe a los estados democráticos occidentales afecta también en muchos casos a las sociedades en las que viven los musulmanes. Nadie escapa hoy a la contradicción ni a la paradoja, pero en honor a la seriedad del análisis, hay que precisar los términos y tratar de buscar una posible síntesis, una conclusión útil que nos ayude a superar las barreras.

En cuanto a los escollos de índole jurídica, aquellos que aparecen como incompatibilidades entre códigos civiles, bástenos traer a colación el más significativo de los ejemplos. Sobre el tema de la pena de muerte, se afirma el carácter anacrónico y medieval de la Ley Islámica -Sharía- porque la contempla como punición para determinados delitos. No vamos a entrar aquí en la polémica sobre la pena de muerte sino solamente hacernos en conciencia algunas preguntas:

¿Se ve de la misma manera en Europa la aplicación de la pena capital en Oriente Medio y en los Estados Unidos? El hecho de que exista la pena de muerte en algunos estados norteamericanos, ¿impide a éstos el comercio o el intercambio cultural con los países europeos o de algún otro lugar del mundo? ¿Se ha acordado algún tipo de sanción económica o de otra naturaleza a éstos estados?

Así pues, si detrás de la interesada lectura en blanco y negro se esconde una interesante gama de grises, si tras la visión estereotipada de un Islam antidemocrático se esconden intencionalidades poco claras, si la contradicción está en otra parte y no en la naturaleza propia del Islam ¿por qué no profundizar en los aspectos positivos que éste tiene y puede aportar como alternativas a un mundo en crisis? ¿por qué no, de la misma manera que se reconoce en Europa la necesidad de profundizar en la Democracia, no se reconoce la necesidad de profundizar en el Islam en aquellos países donde se está perdiendo su referencia en la vida cotidiana? Suele decirse que todos los grandes sistemas han sido buenos en sus comienzos, que el mensaje cristiano de Jesús podría estar vigente, que las propuestas del socialismo histórico son una meta deseable, pero que todas ellas acaban siendo inevitablemente manipuladas en favor de los intereses de algunos, siendo finalmente reducidas a la consideración de propuestas utópicas. No ocurre así cuando se considera el Islam. No se reconocen sus aspectos positivos y sí en cambio se cargan las tintas en aquellos más chocantes y desagradables, cuando la mayoría de las veces dichos aspectos nada tienen que ver con el Islam sino con otros intereses.

Sería muy fructífero contemplar a los pueblos islámicos más allá del habitual reduccionismo simplificador. Mirar cara a cara a su historia reciente. Comunidades que viven sus propias contradicciones, que tratan de encontrar un modelo de desarrollo propio que responda a sus referencias y no sean una mera copia del esquema propuesto o impuesto desde otra sociedad y otra cultura.

Si Europa deja de ver su modelo como el único con derecho a existir, habrá sido consecuente con el principio de respeto a las minorías y el derecho a la diferencia. Si no lo hace y se empeña en usar sus armas políticas y económicas en contra de los que son diferentes y proponen una vida y una sociedad distintas, interpretará en un escenario mayor la puesta en escena del totalitarismo democrático ensayado en Argelia.

La otra barrera

En el debate que se generó tras la lectura de la ponencia de Verde Islam en el Seminario del INET sobre la Cumbre de Barcelona, algunos asistentes mostraron su sorpresa ante las afirmaciones contenidas en ella. Se sorprendieron sobre todo de la declaración de no contradicción entre Islam y Democracia y, puntualmente, de la inclusión del concepto de “ética medioambiental islámica”. Algún asistente llegó a sugerir oportunismo al afirmar tal cosa ya que, según suponía, un sistema propuesto hace mil cuatrocientos años no podía tener en cuenta los problemas que se han generado en los últimos doscientos años. Esta sorpresa, en un ámbito de análisis, en un foro intelectual contemporáneo, expresa trágicamente la profunda ignorancia no sólo de la naturaleza del Islam sino de los orígenes de la propia cultura.

Es obvio que cualquier sociedad humana ha tenido que relacionarse inevitablemente con el medio natural como hábitat o fuente de recursos para la supervivencia y el desarrollo. Según sea la visión del mundo que ha sustentado a esas sociedades, así es su relación con el medio ambiente en el que vive. No es lo mismo considerarse como parte integrante de un sistema que como una realidad ajena a él.

El sorprendido seminarista desconocía con toda seguridad aquella recomendación de Abu Bakr, primer califa, durante una expedición militar citada el Al Muwatta:

...”no cortar árboles frutales, no destruir un lugar deshabitado, no sacrificar animales excepto para alimentaros, no quemar abejas o diseminarlas...”

Todo ello como expresión de una ética medioambiental que surge de la consideración del ser humano como parte de la Creación, y no como ajeno a ella. Reconociendo la dependencia que hay entre las criaturas, el Islam promueve el respeto a las otras especies puesto que, a fin de cuentas, el ser humano sobrevive de ellas y con ellas. Una ética, en éste caso, previsora de las consecuencias que la destrucción puede acarrear en el sentido de la supervivencia del ser humano en la Tierra.

Hoy en día, el problema medioambiental aparece en el horizonte como uno de los grandes desafíos a los que tiene que enfrentarse la humanidad si quiere seguir disfrutando de cualquier proyecto vital incluso a corto plazo.

La situación del ecosistema mediterráneo es quizás una de las más graves de todo el planeta. Las previsiones son bastante sombrías. Para dentro de treinta años se calcula que un tercio del litoral estará urbanizado, soportando a una población de 350 millones de personas, más 100 millones de turistas anuales.

Las aguas fecales y los residuos industriales de esos millones de seres, se vierten en sus aguas sin demasiado control. Por otro lado, la cuarta parte del volumen de petróleo transportado en el mundo, atraviesa este mar cerrado que no tiene posibilidad de renovar sus aguas a corto plazo. (Se calcula que tarda unos ciento treinta años en renovarse toda el agua contenida en su cuenca). Aparte de los accidentes de los grandes petroleros, que arrojan al mar miles de toneladas de crudo, se producen vertidos rutinarios debidos a la limpieza de las bodegas que llegan a un volumen de 700.000 toneladas anuales. Estas cifras nos dicen que soporta el 25 por ciento de la contaminación petrolífera mundial, cuando apenas supone su superficie el 1 por ciento. La desproporción es notable.

Si nos remitimos al tema de la energía nuclear, podemos considerar al Mediterráneo como el espacio de mayor concentración de esta energía de todo el planeta. En numerosas ocasiones, Greenpeace y otras organizaciones ecologistas han denunciado los vertidos radiactivos de las centrales nucleares europeas. Recordemos en nuestro país el caso de la central de Vandellós, en Cataluña.

También algunas potencias nucleares reconocen haber perdido parte del material radiactivo en sus aguas.

El tráfico de residuos tóxicos completa el cuadro. Son ya muchas las empresas europeas que transportan estos residuos en dirección Norte/Sur, conscientes del grave peligro medioambiental que supone almacenarlos en el propio territorio y convenciendo a los países en vías de desarrollo para que se conviertan en cementerios de residuos de todo tipo a cambio de determinadas concesiones financieras.

No debemos pasar por alto que toda esta situación de degradación del medio ambiente es la consecuencia de un determinado modelo de desarrollo que es el que hoy se quiere imponer como condición para la cooperación entre los países ribereños. Este modelo tiene su origen en una concepción antropocéntrica que considera al ser humano con el derecho a conquistar la Naturaleza y olvida su pertenencia a ella con la responsabilidad que ello conlleva. La dimensión ética de ese sistema se sitúa en los límites estrechos del yo, que es su unidad de medida. Si el ciudadano de Europa desconoce cada vez más el sentimiento de solidaridad con sus conciudadanos ¿cómo vamos a esperar que comprenda a los de otras áreas culturales, y más aún a las otras criaturas? Esta actitud alienada y alienante es la que ha generado un tipo de desarrollo que no ha tenido en cuenta ni la solidaridad entre los pueblos ni la dependencia entre las distintas especies, y que sólo ha tenido y tiene en cuenta los rendimientos en la explotación y el beneficio a corto plazo.

Hasta cierto punto las consecuencias del desastre medioambiental no deberían sorprendernos. Si estamos de acuerdo en admitir que la crisis que hoy se vive en Europa es, ante todo, una crisis de identidad y de valores, podemos rastrear las carencias éticas de ese modelo a poco que analicemos sus propuestas. Un sistema de vida que se fundamenta en una creencia netamente materialista que trata de explicarlo todo desde la causalidad, pretendiendo la racionalidad y postergando los aspectos trascendentes de la existencia, debe necesariamente asumir las consecuencias. ¿Desde qué presupuestos puede establecer esa cultura su relación con la Tierra? ¿En base a un criterio de igualdad o de pertenencia? ¿En base a la superioridad y al dominio? Pero sobre todo: ¿cómo podría lograrse un consenso para establecer dicha relación? Resulta paradójico que sean los sistemas propios de la sabiduría tradicional, aquellos que sí tienen en cuenta esta relación, los que hoy se encuentran amenazados conjuntamente con el medio natural. Es como si estuviesen en peligro no sólo el bosque sino los hombres que lo guardan. ¿Tan difícil sería tener en cuenta estas sabias tradiciones cuando su necesidad es más que patente? Persistir en negar la voz y el voto a las víctimas de la Historia, incluso cuando éstas tienen mucho que aportar al conjunto ¿no es sobre todo expresión de totalitarismo, de espíritu antidemocrático?

Transformación inevitable

Hasta aquí hemos enumerado las tres grandes cuestiones que están en el núcleo, no sólo de la propuesta de cooperación en el Mediterráneo, sino de cualquier proyecto de carácter transnacional que tenga en cuenta el ámbito global. La cuestión política, el modelo económico, y la situación medioambiental.

Parece ser que hay consenso en lo que respecta a la economía de libre mercado como sistema que distribuye los recursos, el mercado laboral, finanzas e impuestos, que controla producción y consumo, condicionando nuestra vida cotidiana.

Hasta ahora, el capitalismo no había tenido demasiada necesidad de tener en cuenta ni el problema del agotamiento de los recursos ni las consecuencias del proceso industrial sobre el medio ambiente. No es casual que los sistemas de evaluación de la riqueza de un país fueran establecidos por John Maynard Keynes en plena Época Colonial, cuando los recursos naturales parecían no tener límite y aún no se habían detectado las señales destructivas del desarrollo industrial sobre los ecosistemas. Pero hoy las cosas han cambiado sustancialmente. Recursos y medio ambiente aparecen como factores cada vez más a tener en cuenta a la hora de evaluar y planificar la economía. El propio Banco Mundial reconoce que actualmente no existe conexión alguna entre la macroeconomía y el medio ambiente. A la hora de hacer un cálculo del Producto Nacional Bruto de un país (PNB), se tienen en cuenta las depreciaciones de las máquinas y los edificios, pero no la que se produce en el suelo cultivable. Sobre esta cuestión, se preguntaba no hace mucho el vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore: “¿Por qué no se contabilizan esas pérdidas como coste económico de la producción de grano del año siguiente?” Un uso continuado de pesticidas puede incrementar de forma sorprendente la producción agrícola, pero acaba contaminando los acuíferos. ¿No sería razonable incluir ese deterioro y esa pérdida en la confección de los balances económicos? El coste adicional que supone la descontaminación tendrá que ser tenido cada vez más en cuenta, llegándose a considerar el valor económico del agua pura y la tierra no contaminada.

A la hora de conceder los préstamos, el Banco Mundial o el FMI sólo tienen en cuenta las posibilidades de aumentar el rendimiento económico de los acreedores, el cual está reflejado netamente en el PNB y, para éste, la destrucción del medio ambiente ha sido considerada hasta ahora como algo aconsejable.

La filosofía económica de Keynes sigue siendo hoy, de manera anacrónica, la base doctrinal del neoliberalismo.

En el tema de la cooperación entre los países del mediterráneo, debemos considerar que estos países pertenecen a áreas económicas bien diferenciadas. El Norte industrializado sigue nutriéndose ampliamente de los recursos del área meridional en vías de desarrollo. Aunque el deterioro que se produzca repercuta ya en el medioambiente global, la pérdida económica debida a la merma de los recursos no renovables y a la degradación del medio ambiente local afecta sobre todo a los países donde se produce la explotación de dichos recursos, a sus sociedades y a sus individuos.

Es probable y a la vez deseable que los cambios que necesita el capitalismo para hacer frente a los retos planteados de manera global produzcan al mismo tiempo un cambio en la filosofía de la cultura, de forma que muchos de los obstáculos que hoy se levantan como barreras que impiden el encuentro, desaparezcan por obsoletos.

Así pues, resumiendo, deberíamos admitir la necesidad de replantear el diálogo desde unos presupuestos más realistas, más adecuados a la realidad contemporánea, más solidarios y coherentes con la propuesta de espacio global. El marco mediterráneo sería una ocasión histórica de poner en práctica algunas de las alternativas que se apuntan desde el propio sistema y que no se aplican todavía a pesar de la urgente necesidad de hacerlo: modelos de desarrollo sostenible, uso creciente de fuentes de energía renovables, respeto a la diversidad cultural y del ecosistema, consideración económica del deterioro medioambiental, fondos de compensación interterritorial, etc. Sería desastroso que no se hiciera así y el mediterráneo siguiera siendo ese “Muro Invisible” de que nos habla el profesor Khader en sus interesantes reflexiones. Construir ese espacio común “desde las culturas” y no frente a ellas, sería apostar decididamente por una forma de civilización.

Los países del sur necesitan más que otros consolidar un proceso de desarrollo, pero habría que propiciar la aplicación de un modelo avanzado y no la continuidad del que los ha empobrecido. Solidaridad, racionalidad y crecimiento no tienen que ser realidades incompatibles. Ello podría beneficiar a toda la humanidad a largo plazo.


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