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Ciencia y Creencia

15/09/1995 - Autor: Shahidullah Faridi - Fuente: Verde Islam 2
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Piensan algunos erróneamente que la creencia en un Ser Supremo, Creador y Controlador del universo, es una mera aspiración emocional, una superstición de tiempos antiguos, irracional e ilógica, superada ya por la ciencia moderna. Se cree que estos científicos, físicos y biólogos entre otros, han erigido una teoría que refuta y reemplaza la creencia tradicional en Dios. Tales ideas tienen una base muy superficial y son el resultado de la ignorancia y la indiferencia hacia los fundamentos de la fe religiosa y las conclusiones de las ciencias físicas. Es significativo que muy poca gente en la historia del pensamiento mundial haya asumido la tarea de refutar la existencia de Dios. Las visiones del universo que se consideran anti-religiosas son casi siempre agnósticas, no ateas. Es decir, intentan ignorar la existencia de Dios en vez de negarlo. Esto es cierto de ciertas concepciones de la ciencia moderna así como de antiguas visiones del universo. El universo en que nosotros vivimos comprende un sistema evidente de causas y efectos, de fenómenos y de resultados, y es posible discutir y construir indefinidamente teorías sobre ellos, dando una sensación superficial de coherencia. Pero esto, sólo a expensas de ignorar los fundamentos o pretender que no pueden conocerse. Si buscáramos una declaración convincente, basada en principios firmes, que demostrara que la existencia de un Ser Supremo es imposible, no seríamos capaces de encontrarlo.
La razón de ello se encuentra en que esa creencia en Dios es a la vez instintiva, racional, evidencial e intuitiva, y solamente por un rechazo deliberado de ello puede mantenerse una actitud no-religiosa. Es instintivo en cuanto que el hombre tiene un sentimiento innato de su impotencia e insuficiencia propias, que lo acompaña desde la cuna a la sepultura, y junto a este sentimiento se encuentra el deseo complementario de buscar refugio y apoyo en un Ser que controle esas fuerzas ante las que se siente indefenso. Aunque situemos este sentimiento instintivo en primer lugar, inmediatamente podrá percibirse que es también evidencial. La debilidad del ser humano antes las innumerables influencias sobre las que no tiene control es un hecho tan obvio que no tiene discusión.
Lo que es menos evidente para algunos que pretenden contarse entre los inteligentes, es que la creencia en Dios se apoya totalmente en la razón y en la lógica en que toda inteligencia humana se sustenta. Por ejemplo, es una premisa básica de la razón que un efecto no puede existir sin una causa; por mucho que esforcemos nuestras facultades mentales, no podremos concebir racionalmente un efecto sin causa, y si deseamos postular uno, sólo podríamos lograrlo dejando nuestra razón al margen. La razón nos conduce a la conclusión de que así como los elementos que componen el universo son los efectos de ciertas causas, el universo mismo debe ser el efecto de una causa que es, en sí misma, más potente y que además se encuentra fuera de él. Los pensadores no religiosos tienen que ignorar el origen del universo y postular que algo existió al principio sin una causa conocida. Este postulado es esencialmente irracional y por lo tanto no-científico, pero es una necesidad para aquellos pensadores que, inconscientemente o deliberadamente, han decidido no considerar los fundamentos. Entre estos se encuentran los que abiertamente proclaman su negativa a admitir cualquier tipo de concepto metafísico. Pero este tipo de actitud sólamente puede mantenerse abandonando la razón. Ésta nos guía inexorablemente a la conclusión de que hay una causa última, la Causa de las causas, más allá de este universo de tiempo, espacio y cambio; de hecho, un Ser Supremo.
Otro de los requerimientos básicos de la razón es que la diversidad no puede existir sin una unidad fundamental. Dondequiera que la mente humana se enfrenta con la diversidad, inmediatamente emprende la síntesis de ella en unidades, de estas unidades en unidades mayores, y así hasta no poder ir más allá. El resultado último de la consideración racional de la diversidad es llegar a una unidad de unidades, una Unidad Suprema, productora de todas las diversidades, pero en sí misma esencialmente Una. Cualquier fundamento racional que elijamos, si seguimos esta vía, nos conduce inevitablemente a la misma meta, a la creencia en Dios, el Ser Supremo.
Además de la conclusión a la que podemos llegar mediante un proceso puramente racional, el hombre puede llegar a la creencia en Dios mediante la observación y la experiencia. Una de las principales razones   que hacen que el hombre se niegue a reconocer la existencia de Dios, es la arrogancia intelectual producida por la sobrevaloración de su propio poder de análisis y síntesis, de su capacidad para dominar las fuerzas físicas mediante su ingenio, y de construir máquinas complejas que hagan su trabajo para él. Pero el orgullo surge al concentrar demasiado la atención en las propias virtudes y negarse a ver los propios defectos. ¿Qué son los mejores inventos mecánicos del hombre sino una imitación pobre y cruda de lo que ya existe en la naturaleza en forma infinitamente más perfecta? Al copiar de manera elemental algunas de las funciones del ojo humano, el hombre ha sido capaz de producir la cámara fotográfica; pero ¿cómo puede compararse esta máquina hecha de materiales inertes con la materia viva del ojo, con el refinamiento, brillantez, claridad, flexibilidad y estabilidad de la visión humana, con la inmediata conexión con una mente que cambia y aprecia todo lo que ve, y todo ello sin un sistema complicado de control, directamente bajo el mandato de la voluntad humana? Si tomamos cualquier órgano del cuerpo, como el corazón o el cerebro, y lo estudiamos, se hará inmediatamente obvio que está fuera del alcance de la capacidad del hombre el concebir y producir tal instrumento. Las pobres imitaciones que fabrica el hombre se atribuyen a su gran destreza, inteligencia y sentido artístico. ¿Es por tanto razonable, lógico o científico atribuir aquellos instrumentos infinitamente más precisos de la naturaleza a unas vagas y ciegas energías, denominadas como “fuerza vital” o “materia en evolución”, dejándola sin describir ni explicar? Si la lógica tiene alguna validez, la inteligencia que ha concebido las miríadas de criaturas delicadas y asombrosas, debe ser infinitamente superior a la inteligencia humana (incluso la inteligencia humana es uno de sus productos) y debe controlar todos los materiales y procesos del universo. Tal inteligencia solamente puede ser poseída por un Ser Supremo, Creador, Diseñador, y Sustentador de todas las cosas.
Si reflexionamos sobre nuestro ser en el mundo, encontraremos que nosotros, como el resto de las criaturas, existimos gracias a la íntima combinación de factores energéticos tan delicados que incluso una mínima alteración ocasionaría nuestra destrucción total. Vivimos, por decirlo así, continuamente al borde de aniquilación, y sin embargo somos capaces de continuar nuestra compleja existencia con una relativa inmunidad. No podemos vivir, por ejemplo, sin un descanso diario; tanto el cuerpo como la mente humana están diseñados así. Este hecho no es en sí sorprendente; sí lo es, el que el sistema solar colabore con nuestra frágil condición y nos provea con el día y la noche, exactamente de acuerdo a nuestras necesidades. El hombre no puede pretender haber ordenado o persuadido al sistema solar de que así lo haga; ni puede el sistema solar pretender haber modelado la energía humana física y mental para adaptarse a sus propios movimientos. Tanto el hombre como el sistema solar se encuentran evidentemente vinculados en una perfecta sincronía de la que el hombre es el beneficiario; el organizador de estas inexplicables concordancias sólo puede ser un Controlador Supremo del universo y la humanidad. El agua dulce es una condición necesaria para la existencia humana; es igualmente necesaria para aquellas plantas que constituyen nuestro alimento. Si el agua del mar invadiera nuestros ríos y pozos o cayera lloviendo desde el cielo, ¿habría alguna duda de que moriríamos de hambre y sed, y de que en pocos días el mundo entero se convertiría en un desierto vacío? Sin embargo, el agua de mar se mantiene en su sitio por una barrera invisible sobre la que no tenemos control, y el sol y las nubes cooperan para desalinizar el agua que nos da la vida. Este vínculo de interdependencia y concurrencia podría extenderse indefinidamente tomando ejemplos del mundo físico. Describirlos como “fortuitos” supone desvirtuar la pregunta, además de ser una contradicción en los términos. Fortuito es el nombre que damos a lo que no responde a sistema o ley conocidos: un hecho azaroso sin sentido aparente. Denominar a un sistema -que es una organización equilibrada y coherente- como fortuito, es contradictorio y falaz. Un “sistema fortuito” es simplemente un absurdo. Si observamos cuidadosamente, podremos ver que la totalidad del universo es una realidad interdependiente e interrelacionada, y por lo tanto no es fortuita sino planificada. La creencia en Dios significa precisamente la creencia en un Planificador del universo.
Un elemento básico de la conciencia humana -un elemento suprarracional- es el sentido, valor o propósito de la vida. Éste, impide al peor de los hombres convertirse en una bestia, y a los mejores de ellos les impregna su existencia completa. El sentido del bien y del mal, de lo correcto y lo erróneo, de la belleza y la fealdad, de la adecuación y la inadecuación, de la verdad y la falsedad es tal que, aunque fueran atacados por los misiles de un análisis destructivo, se mantendría intacto gracias a su fuerte naturaleza intuitiva. En todas las edades y condiciones, el hombre no ha sido capaz de despojarse de la idea de que detrás de su efecto externo, cada acción posee una cualidad por la cual puede ser juzgado y medido en la escala última de valores. Además del conocimiento de la existencia de estos valores, existe el sentimiento de que el propósito de la vida humana radica en lograr estas cualidades que reflejan su más elevada condición, que no solamente son excelentes en sí mismas y dignas de ser adquiridas, sino que deben obtenerse, y el hombre ha sido creado para obtenerlas. El sentido natural de esta elevada meta, si se le permite un libre desarrollo más allá de prejuicios agnósticos, conduce a la concepción de un Bien y una Verdad absolutos como norma definitiva de la existencia humana. Y desde allí -puesto que una cualidad no puede existir sin un ser cualificado para ella- llevarnos al Ser poseedor y autor de estas cualidades, Suprema Finalidad.
La prueba decisiva de la existencia de Dios es de orden evidencial. En diferentes contextos de la historia mundial y en lugares muy distantes entre sí, ciertos hombres han surgido proclamándose inspirados por Dios para transmitir Su mensaje a la humanidad. Estos hombres no estaban locos; poseemos registros históricos de varios de ellos, incluyendo la totalidad o parte del mensaje que estaban destinados transmitir. Y es obvio que se trataba de hombres de elevadísima moralidad e intelecto. No vinieron todos de una vez, fruto de una época o como mero producto histórico. Llegaron en diferentes tiempos y lugares, normalmente coincidiendo con un proceso de gran degeneración moral. Si examinamos sus mensajes y los comparamos encontraremos, aparte de las diferencias de expresión atribuibles al medio en el que vivieron, no sólo notables semejanzas, sino que son básicamente idénticos. Declararon que Dios había conversado con ellos mediante alguna forma de inspiración, ordenándoles que proclamaran Su Existencia como Creador, Mantenedor, Controlador y Destructor final del mundo, que describieran Su Misericordia y Justicia, y que advirtieran a la humanidad de que solamente por Su Recuerdo y Adoración, y por su sometimiento a los principios morales y prácticos que Él ha establecido para ellos, pueden lograrse el éxito y la felicidad aquí y en la vida futura. El último de estos profetas fue Muhammad, de Meca, quien declaró que no habría profeta después de él; y es un hecho histórico demostrable, que nadie ha conseguido proclamar la condición de profeta desde entonces. Aquellos que discuten o se niegan a discutir la existencia de Dios, casi invariablemente se apoyan en argumentos racionales o irracionales, y rara vez tienen en cuenta el factor evidencial. Los dos elementos básicos en el conocimiento humano son, en primer lugar, nuestras propias observaciones y en segundo, la evidencia de los otros. Entre las ramas del conocimiento, toda la historia y la mayoría de los logros obtenidos por la ciencia son solamente conocidos desde la evidencia de otros, a menos que se sea un especialista en la materia. Cuando los especialistas en una determinada rama del conocimiento afirman insistentemente que cierta cosa es un hecho, se convierte en una necesidad para el resto de la humanidad, que es incapaz de adquirir este conocimiento directamente para aceptarlo como tal. En el campo de la inspiración directa desde Dios, y en el conocimiento de Sus Cualidades y Potencialidades, poseemos la evidencia, repetida a lo largo de la historia, de gentes que han afirmado su aprehensión de Él y que han asumido la responsabilidad de transmitir Su mensaje; no sólo la existencia de las realidades divina y espiritual ha sido descrita por estos profetas, sino que en diferentes grados y niveles, ha sido corroborada y confirmada por las experiencias espirituales de un incontable número de correctos seguidores hasta el día de hoy. Estos testigos han sido los santos y místicos de sus diversas comunidades. Esta evidencia continua y generalizada de la existencia de Dios, evidencia central y original de todos los profetas, y la evidencia derivada y confirmatoria de sus seguidores, basada en un modo directo e intuitivo de percepción de Su Ser, no puede razonablemente negarse o ignorarse. Negar a estos hombres o ignorarlos es evidentemente ilógico y no-científico, estando en contra de los principios básicos de la adquisición y divulgación del conocimiento humano. Además de ser instintiva, intuitiva y lógica, la creencia en Dios tiene evidencias irrefutables que prueban su veracidad.
La Verdadera Fe
La verdadera fe es la que penetra todos los sentimientos y la conciencia del hombre. Algunas veces, la fe es sólo racional, otras sólo emocional y en otras ocasiones sólo está confinada a la acción. Es el caso de la persona que realiza convencionalmente ciertos rituales de adoración sin que su corazón esté en ellos. La fe, en su verdadero sentido, implica a todas nuestras facultades, de manera que la razón, las emociones, los deseos, y consecuentemente la conducta y el manejo de nuestros asuntos se encuentran todos gobernados e iluminados por ella. El origen de la fe no es la razón ni son las emociones, sino una facultad que yace en las profundidades del corazón y que se denomina intuición, usada en este contexto en el sentido de pura percepción espiritual. Esta facultad forma parte del alma humana de la misma manera que las otras facultades internas La fe no se manifiesta por medio de la razón, sino que surge de algo suprarracional. Allah nos ha concedido un sentido espiritual cuya función es conocerLe, y que puede ser descrito como un punto de luz. Como Él dice en Su Libro:
“Cuando le creé (a Adam, que la paz sea con él), e insuflé Mi Espíritu en él, los ángeles cayeron ante él prosternados.”
Surat Al Hijr, 29.
¿Es este aliento de Luz de Allah dentro de nosotros lo que nos hace conocerLe? De otra forma, ¿cómo podríamos conocerLe? Va contra la razón el que un corazón limitado como el humano, pueda ser capaz de aprehender a un Ser Ilimitado como es Allah. Aquellos en quienes este poder de aprehensión está dormido o muerto, y que niegan la existencia de Allah, usan este mismo argumento: la razón humana es incapaz de concebir a Dios, por tanto no podemos admitir Su Existencia.
Hacen esta afirmación porque no son conscientes de este punto de luz que Allah ha encerrado dentro de cada corazón humano. Por ello, podemos reconocerLe, puesto que viene de Él, y como nos dice el Hadiz:
“Lo igual atrae a lo igual.”
Cuanto más se despierta esta facultad, mayor es la aprehensión de Allah. Una condición necesaria para ello es que la suciedad que cubre el resto de las facultades debe ser limpiada, de forma que esta luz se esparza a través de todo el ser. Esta es la luz de la fe, y esto es aprehensión (maárifat), pues la aprehensión es una forma superior de fe.
El Fanáh (la aniquilación) y el Baqá (la subsistencia) de los que hablan algunos sabios del Islam, significan que un hombre percibe que la luz dentro de él es en realidad la Luz de Allah, y que su individualidad no está separada de ella. Cuando aprehende esto, cada uno de sus pensamientos y acciones quedan controlados por esta luz, y se concibe a sí mismo como el cuerpo muerto que es lavado por la persona viva, que sólo se mueve cuando quien lo lava lo mueve. Esto no significa que realmente no tenga voluntad propia, como algunos objetan, diciendo que este estado significa pasividad e indefensión completas y la pérdida del poder de decisión. Esta objeción sólo denota su carencia de comprensión. Cuando se utilizan términos como éstos significa que su voluntad no existe más como algo separado de la Voluntad de Allah, y es evidente que la Voluntad de Allah es tan poderosa que todas las cosas en el universo se postran ante Ella. Cualquiera que sinceramente haya hecho la declaración de fe: “No hay Dios sino Allah, Muhammad es Su Mensajero”, ha reconocido a Allah. Pero Allah es un Ser tan Grande, Ilimitado e Infinito, que Su reconocimiento no tiene límites. En cualquier dimensión que un hombre pueda reconocerLe, está abocado a concebirLe como algo más grande. El camino espiritual es justamente esto: reconocerLe a Él, más y más, pese al hecho de que no tenemos el poder para reconocerLe. Es Él mismo quien se hace a Sí Mismo reconocido, es decir, se revela a Sí Mismo. Cuando una persona obtiene la fe, significa que Allah se ha revelado a Sí mismo, a Él, dentro de unos límites. Cuando alguien se convierte en uno de los que conocen a Allah, (´arif billah), significa que Allah se ha revelado a Sí mismo, a Él, de forma incalculable. Todo ello es parte de la Misericordia de Allah, en la medida en que Él se revela a Sí Mismo.
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