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El espíritu de Occidente

Si intentamos dar un perfil de los cimientos morales de Islam, vemos inmediatamente que la civilización islámica fue la teocracia más completa que la historia haya conocido

15/06/1995 - Autor: Muhámmad Asad - Fuente: Verde Islam 1
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Occidente y el Islam
Occidente y el Islam

Progreso material y progreso espiritual

Si intentamos dar un perfil de los cimientos morales de Islam, vemos inmediatamente que la civilización islámica fue la teocracia más completa que la historia haya conocido.1 En Islam, las consideraciones espirituales están por encima y, a la vez, subyacen a todo lo demás. Si comparamos esta actitud con la de la civilización occidental, quedaremos impresionados por la gran diferencia en sus puntos de vista.

El occidente moderno rige sus actividades y aspiraciones en base casi exclusivamente a consideraciones de utilidad práctica y evolución dinámica. Su propósito intrínseco es experimentar con las potencialidades de la vida sin atribuir a ésta una realidad moral propia. Para el europeo o americano modernos la cuestión del significado y propósito de la vida hace mucho que perdió toda su importancia práctica. Lo importante para él es sólo la cuestión de qué formases capaz de adoptar la vida y de si la raza humana progresa hacia su dominio completo de la Naturaleza. El occidental moderno contesta afirmativamente a esta última pregunta, pero no así el musulmán creyente. En el Corán Dios dice acerca de Adán y de su descendencia:

"Voy a establecer a un regente en la tierra."  (Corán 2:30).2

Esto significa evidentemente que el hombre está destinado a gobernar y progresar en la tierra. Pero existe una diferencia muy grande entre los puntos de vista islámico y occidental en cuanto a la cualidaddel progreso humano. El Occidente moderno cree en la posibilidad de un mejoramiento moral y social progresivo de la humanidad, en su sentido colectivo, conseguidomediante logros prácticos y el desarrollo del pensamiento científico. Sin embargo, el punto de vista islámico es diametralmente opuesto a esta concepción materialistico-dinámica que Occidente tiene del progreso de la humanidad.

Islam considera las posibilidades de la entidad colectiva definida con el término "humanidad" como una cantidad estática: como algo que ha sido fijado definitivamente en la constitución misma de la naturaleza humana. Islam nunca ha dado por sentado, como se hace en Occidente, que la naturaleza humana, en su sentido general y supra-individual, esté atravesando un proceso de cambio y mejoramiento progresivos parecido al del crecimiento de un árbol: y esto simplemente porque Islam se apoya en la premisa de que la base de esa naturaleza, es decir, el alma humana, no es una cantidad biológica. El error fundamental del pensamiento moderno occidental de identificar el aumento en el conocimiento y confort materiales con el mejoramientomoral de la humanidad emana del error, igualmente fundamental, de aplicar normas biológicas a datos no-biológicos. En la base de esto está la incredulidad occidental en la existencia de lo que denominamos el "alma". Islam, al estar basado en concepciones transcendentales, considera al alma como una realidad indudable e incuestionable. El progreso material y el espiritual, si bien no opuestos entre sí, no son la misma cosa, pues están relacionados con dos aspectos claramente diferenciados, aunque complementarios, de la vida humana; y estas dos formas de progreso no dependen necesariamente la una de la otra. Pueden avanzar simultáneamente, pero no tiene porqué ser así siempre.

Islam, al tiempo que admite claramente la posibilidad y postula la conveniencia del progreso externo, es decir, material, de la humanidad como cuerpo colectivo, niega claramente la posibilidad de un mejoramiento espiritualde la humanidad en su conjunto como resultado de sus logros colectivos. El elemento dinámico del mejoramiento espiritual está limitado al ser individual y la única curva de desarrollo espiritual y moral posible es la que va desde el nacimiento hasta la muerte de cada individuo. No podemos avanzar hacia la perfección colectivamente. Cada uno debe esforzarse por alcanzar el objetivo espiritual como individuo y cada uno debe empezar y acabar en sí mismo/a.

Este concepto marcadamente individualista del destino espiritual del hombre está compensado y también confirmado indirectamente, por el riguroso concepto islámico de la sociedad y de la colaboración social. El deber de la sociedad está en posibilitar la vida externa de tal forma que el individuo encuentre la menor cantidad de obstáculos posibles en el camino de su desarrollo espiritual. Esta es la razón de que la Ley Islámica, la shariah, se ocupe tanto del lado espiritual como del lado material de la vida humana y de sus aspectos individual y social.

Tal concepción, como ya he dicho antes, sólo es posible en base a una creencia positiva en la existencia del alma humana y, por consiguiente, en un propósito transcendental inherente a la vida humana. Sin embargo, para el occidental moderno, con su descuidado semi-rechazo de la existencia del alma, la cuestión del propósito de la vida humana carece ya de toda importancia práctica porque ha dejado atrás todas las consideraciones y especulaciones transcendentales. Lo que denominamos la "actitud religiosa" está basada en la creencia de que existe una ley moral transcendental que abarca todo lo existente y que como seres humanos estamos obligados a someternos a sus dictados. Pero la civilización occidental moderna no reconoce la necesidad de que el hombre se someta a nada excepto a las demandas económicas, sociales o nacionales. Su deidad no es de tipo espiritual: es la Comodidad. Y su verdadera filosofía vital se expresa en una Voluntad de Poder por el poder mismo. Tanto la una como la otra han sido heredadas de la antigua civilización romana.

La herencia del Imperio Romano

Mencionar a la civilización romana como responsable genéticamente –al menos en parte– del materialismo del Occidente moderno puede sonar extraño a aquellos que hayan oído la comparación frecuente entre el Imperio Romano y el antiguo Imperio Musulmán. ¿Cómo puede haber una diferencia tan pronunciada entre las concepciones fundamentales de Islam y las del Occidente moderno si las expresiones políticas de ambos fueron en el pasado tan similares? La respuesta es, simplemente, que nunca fueron realmente similares. Tal comparación, citada tan a menudo, es otro de los muchos tópicos históricos de ese semi-conocimiento superficial con que son alimentadas las mentes de la actual generación occidental. No hay nada en común entre los Imperios Islámico y Romano aparte del hecho de que ambos se extendieron sobre vastos territorios y pueblos heterogéneos, ya que, durante toda su existencia, estos dos imperios estuvieron impulsados por fuerzas totalmente distintas y tuvieron que desempeñar, por así decirlo, propósitos históricos distintos.

Aún en la forma externa, se observa una gran diferencia entre el Imperio Islámico y el Romano. El Imperio Romano tardó cerca de mil años en alcanzar su mayor extensión geográfica y su madurez política, mientras que el Imperio Islámico surgió y creció hasta alcanzar su plenitud en el corto espacio de aproximadamente ochenta años. En cuanto a sus respectivas decadencias, la diferencia es aún más ilustrativa. La caída del Imperio Romano, sellada definitivamente por las emigraciones de los Hunos y los Godos, se produjo en el espacio de un siglo y en forma tan completa que no quedaron de ella salvo obras de literatura y arquitectura. El Imperio Bizantino, al que comúnmente se supone heredero directo de Roma, fue su heredero sólo en cuanto que continuó gobernando parte de los territorios de esta última, ya que tanto su estructura social como su organización política apenas tenían nada que ver con las concepciones del estado romano. Por otro lado, el Imperio Musulmán, como expresión del Califato, pasó sin duda por muchas deformaciones y cambios dinásticos en el curso de su larga existencia, pero su estructura se mantuvo esencialmente la misma. En cuanto a invasiones, ni siquiera la de los Mongoles, que fue con mucho más violenta que la que el Imperio Romano había sufrido a manos de los Hunos y los Godos, consiguió trastornar la organización social y la ininterrumpida existencia política del Imperio de los Califas, aunque si contribuyó a su posterior decadencia económica y cultural. Comparado con el siglo que fue necesario para destruir el Imperio Romano, el Imperio Musulmán necesitó cerca de un milenio de lenta decadencia hasta llegar a su desintegración política definitiva, representada por la extinción del Califato Otomano seguida de los signos de disolución social de que somos testigos actualmente.

Todo esto nos lleva a la conclusión de que la fortaleza interna y la solidez social del mundo musulmán fueron superiores a las de cualquier otra organización social conocida hasta ahora por la humanidad. Ni siquiera China que, como civilización, ha mostrado sin duda un poder de resistencia similar a lo largo de los siglos, puede servir de comparación. China está situada al borde de un continente y hasta hace medio siglo, es decir, hasta la aparición del Japón moderno, ha estado siempre fuera del alcance de otros poderes rivales pues las guerras con los Mongoles, en el tiempo de Yanghis Jan y de sus sucesores, afectaron a poco más que la periferia del Imperio Chino. El Imperio Musulmán, sin embargo, se extendía sobre tres continentes y estuvo siempre rodeado de poderes enemigos de considerable fuerza y vitalidad. Desde los albores de la historia, el llamado Oriente Medio y Próximo fue siempre el epicentro de energías raciales y culturales conflictivas, pero la resistencia de la organización social islámica fue, al menos hasta hace poco, inexpugnable. No necesitamos buscar mucho para encontrar la explicación de este extraordinario fenómeno: la enseñanza religiosa del Corán dio unos cimientos sólidos a esa magnifica estructura social y el ejemplo de la vida del Profeta Muhammad forjó una banda de acero a su alrededor. El Imperio Romano carecía de un elemento espiritual similar que lo mantuviera unido y de ahí que se desmoronara tan rápidamente. Existe además otra diferencia entre estos dos imperios antiguos. Mientras que en el Imperio Musulmán no existía una nación privilegiada y el poder estaba subordinado a la propagación de una idea considerada por sus portadores como la verdad religiosa suprema, la idea subyacente al Imperio Romano era la conquista de poder y la explotación de otros pueblos para beneficio exclusivo de la madre patria. Para los romanos ninguna violencia era demasiado severa, ninguna injusticia demasiado baja cuando el propósito era mejorar la existencia de un grupo privilegiado. La famosa "justicia romana" era justicia sólo para los romanos. Resulta claro que tal actitud era sólo posible en base a una concepción totalmente materialista de la vida y de la civilización: un materialismo ciertamente refinado por un buen gusto intelectual y estético, pero en cualquier caso ajeno a todo tipo de valores espirituales. Los romanos en realidad nunca conocieron la religión. Sus dioses tradicionales eran una pálida imitación de la mitología griega, meros fantasmas aceptados calladamente en honor del convencionalismo social. Nunca se permitió que esos dioses interfirieran con la vida "real". Cuando eran consultados, sus oráculos se transmitían a través de los sacerdotes; pero no se esperaba de ellos que dictaran leyes morales a los hombres o que dirigieran sus acciones.

Islam y Cristianismo: su aportación a Europa

Este fue el terreno del que surgió la civilización occidental moderna. Es indudable que en el curso de su desarrollo recibió muchas otras influencias y que naturalmente transformó y modificó en muchos aspectos la herencia cultural de Roma. Pero esto no altera el hecho de que todo cuanto es real en la ética occidental y en su concepción del mundo nos remite directamente a la antigua civilización romana. Así como la atmósfera intelectual y social de la antigua Roma era de hecho, aunque no admitido abiertamente, totalmente utilitaria y anti-religiosa, también lo es así la atmósfera del Occidente moderno. El pensamiento occidental moderno, sin tener pruebas en contra de la religión transcendental y sin ni siquiera admitir la necesidad de tales pruebas, deja por lo general a la ética transcendental fuera de toda consideración práctica, al tiempo que tolera y aún a veces destaca la importancia de la religión como convencionalismo social. En realidad, la civilización occidental no niegatajantemente a Dios, simplemente no tiene espacio ni uso que darle en su sistema intelectual actual. Ha convertido una de las dificultades intelectuales del hombre, su incapacidad de captar la vida como totalidad, en una virtud. Así, el occidental moderno tenderá sólo a atribuir importancia práctica a aquellas ideas que caen dentro de la esfera de las ciencias empíricas o que, por lo menos, se espera que influencien las relaciones sociales humanas en forma tangible. Y como la cuestión de la existencia de Dios no pertenece a primera vistaa ninguna de estas dos categorías, la mente occidental se inclina, por principio, a excluir a Dios de la esfera de las consideraciones prácticas.

La pregunta que surge es: ¿cómo puede ser compatible tal actitud con una forma cristianade pensar? ¿No es acaso el Cristianismo –al que se supone la fuente de la civilización occidental– una fe basada en la ética transcendental? Desde luego que si. Pero al mismo tiempo no puede haber mayor error que el de considerar a la civilización occidental como un producto del Cristianismo. Los verdaderos cimientos intelectuales del Occidente moderno se encuentran, como ya hemos mencionado, en la concepción de la antigua Roma de que la vida es una proposición puramente utilitaria en la que no caben consideraciones transcendentales. Podría expresarse de la siguiente forma: "Como no sabemos nada concreto –es decir, nada que pueda probarse mediante experimentos y cálculos científicos– acerca del origen de la vida humana y de su destino después de la muerte física, es mejor concentrar todas nuestras energías en el desarrollo de nuestras posibilidades materiales e intelectuales sin permitir que nos obstaculicen una ética transcendental y unos postulados morales basados en premisas que no pueden ser probadas científicamente. No cabe duda de que esta actitud, tan característica de la civilización occidental, es inaceptable tanto para el Cristianismo como lo es para Islam o para cualquier otra religión, porque es esencialmente anti-religiosa. Es, por lo tanto, extremadamente ridículo atribuir los logros prácticos de la civilización occidental moderna a la supuesta eficacia de las enseñanzas cristianas. El Cristianismo ha contribuido muy poco al poderoso desarrollo científico y material en el que la actual civilización occidental supera a todas las demás.3 En realidad, tales logros surgieron de la larga lucha intelectual que Europa sostuvo en contrade la Iglesia Cristiana y su concepción de la vida.

Durante largos siglos, el espíritu de Europa se vio oprimido por un sistema religioso que personificaba el desprecio de la naturaleza humana. El tono ascético que impregna los Evangelios de principio a fin, la exigencia de someterse pasivamente a la injusticia infligida y de "ofrecer la otra mejilla", la denigración del sexo como algo basado en la caída de Adán y Eva del Paraíso, el "pecado original" y su expiación mediante la crucifixión de Cristo, todo esto lleva a una interpretación de la vida humana no como una etapa positiva sino casi como un mal necesario, como un obstáculo "instructivo" en el camino del progreso espiritual. Resulta claro que tal creencia no crea condiciones favorables a una búsqueda enérgica de conocimiento mundano y de la mejora en las condiciones de la vida terrenal. De hecho, durante mucho tiempo el intelecto de Europa estuvo dominado por esta tenebrosa concepción de la existencia humana. Durante la Edad Media, cuando la Iglesia era omnipotente, Europa carecía de vitalidad y no desempeñó papel alguno en el dominio de la investigación científica, llegando a perder incluso toda conexión real con los avances filosóficos de Roma y Grecia, de los que había surgido en su momento la cultura europea. El intelecto humano se rebeló en mas de una ocasión; pero una y otra vez fue derrotado por la Iglesia. La historia de la Edad Media está llena de esa encarnizada lucha entre el genio de Europa y el espíritu de la Iglesia.

La liberación de la mente europea de la esclavitud intelectual a la que la había sometido la Iglesia Cristiana tuvo lugar en el tiempo del Renacimiento y fue debida en gran medida a los nuevos impulsos culturales e ideas que los musulmanes habían estado transmitiendo a Occidente durante varios siglos.

Lo mejor que la cultura de la antigua Grecia y el posterior período helenístico habían producido fue resucitado por los musulmanes en su conocimiento y mejorado en los siglos posteriores al establecimiento del naciente Imperio Musulmán. No defiendo que la absorción del pensamiento helenístico fuera de indiscutible provecho para los árabes y los musulmanes en general, porque no lo fue. Pero a pesar de todas las dificultades que esta resucitada cultura helenística causó a los musulmanes al introducir conceptos aristotélicos y neoplatónicos en la teología y jurisprudencia islámicas, sirvió, por medio de los musulmanes, de tremendo estímulo al pensamiento europeo. La Edad Media había destruido las fuerzas productivas de Europa. Las ciencias estaban estancadas, la superstición reinaba por doquier, la vida social era primitiva y cruda hasta extremos difícilmente imaginables hoy. En ese punto la influencia cultural del mundo islámico, primero a través de la aventura de las Cruzadas en el Este y los brillantes logros intelectuales de la España y la Sicilia musulmanas y, más tarde, a través de las crecientes relaciones comerciales establecidas por las repúblicas de Génova y Venecia con el Oriente Próximo, comenzó a dar aldabonazos en las puertas selladas de la civilización europea. Ante los ojos asombrados de los eruditos y pensadores europeos aparecía otra civilización, refinada, progresiva, llena de apasionada vida y en posesión de unos tesoros culturales que Europa había perdido y olvidado mucho tiempo atrás. Lo que los musulmanes habían hecho no era sólo resucitar la antigua ciencia griega, habían creado un mundo científico propio enteramente nuevo, desarrollando vías de investigación y de filosofía hasta entonces desconocidas. Todo esto fue transmitido al mundo occidental por diversos canales; y no es exagerado decir que la era científica moderna en que vivimos actualmente no se inició en las ciudades de la Europa cristiana, sino en los centros de la cultura musulmana de Damasco, Baghdad, Cairo, Córdoba, Nishapur y Samarcanda.

El efecto de estas influencias en Europa fue enorme. Con la llegada de la civilización musulmana apareció una nueva estrella intelectual en los cielos de Occidente que lo llenó de nueva vida y de una sed de progreso. En justa apreciación de su valor los historiadores europeos denominaron Renacimientoa ese periodo de regeneración, porque fue, en realidad, el re-nacimiento de Europa como tal.

Las corrientes rejuvenecedoras que emanaban de la cultura musulmana ayudaron a las mejores mentes de Europa a luchar con fuerza renovada contra la desastrosa supremacía de la Iglesia Cristiana. En sus comienzos, este enfrentamiento adoptó la forma externa de movimientos de reforma que surgieron, casi simultáneamente, en diversos países europeos con el propósito de adaptar la forma de pensar cristiana a las nuevas exigencias de la vida. Estos movimientos fueron saludables a su manera y, si hubieran conseguido un verdadero éxito espiritual, podrían haber producido una reconciliación entre la ciencia y el pensamiento religioso en Europa. Pero, en realidad, el daño causado por la Iglesia de la Edad Media era ya demasiado extenso como para ser remediado con una simple reforma, la cual además degeneró pronto en luchas políticas entre grupos interesados. La Cristiandad, en vez de ser realmente reformada, fue obligada a tomar una posición defensiva y se vio gradualmente forzada a adoptar un tono apologético. La Iglesia –tanto la Católica como la Protestante– no renunció en absoluto a sus acrobacias mentales, a sus incomprensibles dogmas, su desprecio del mundo, su apoyo sin escrúpulos a los poderes del momento a expensas de las masas oprimidas de la humanidad: simplemente trató de encubrir estas graves faltas excusándolas con afirmaciones carentes de substancia. No puede sorprendernos el que, con el paso de las décadas y de los siglos, la autoridad del pensamiento religioso en Europa se fuera haciendo mas y mas débil hasta que en el siglo dieciocho el predominio de la Iglesia fue definitivamente destronado por la Revolución Francesa y por sus consecuencias socio-políticas en otros países.

Rotas las cadenas

Entonces pareció posible de nuevo la aparición en Europa de una nueva civilización regenerada y libre de la mano muerta de la teología escolástica de la Edad Media. De hecho, es al final del siglo dieciocho y principios del diecinueve cuando encontramos varias de las mejores personalidades europeas y las más poderosas espiritualmente en los campos de la filosofía, el arte, la literatura y las ciencias. Sin embargo, esta concepción espiritual y verdaderamente religiosa de la vida, quedó restringida a unos pocos individuos. Las grandes masas europeas, que habían pasado tanto tiempo encarceladas en dogmas religiosos desconectados de los afanes naturales del hombre, no pudieron y no quisieron, una vez rotas las cadenas, encontrar su camino de vuelta a una verdadera orientación religiosa.

Quizás el factor intelectual más importante que impidió la regeneración religiosa de Europa fue el concepto de Jesucristo como " hijo de Dios". Por supuesto, los cristianos de mente filosófica nunca aceptaron esta idea en su sentido literal, sino que entendieron por ella la manifestación de la Misericordia de Dios en forma humana. Desgraciadamente, sin embargo, no todo el mundo tiene inclinaciones filosóficas. Para la abrumadora mayoría de los cristianos, la expresión "hijo" tenía y tiene un significado muy directo, aunque siempre haya tenido un añadido sabor místico. A éstos, la idea de Cristo "hijo de Dios" les llevó naturalmente a una idea antropomórfica de Dios mismo, en la forma de un anciano benevolente con una larga barba blanca; y esta imagen, repetida en innumerables cuadros de gran valor artístico, quedó impresa en la mente subconsciente de Europa. Durante el tiempo en que el dogma de la Iglesia imperó sobre Europa no hubo intentos de cuestionar esta extraña concepción. Pero una vez rotas las cadenas intelectuales de la Edad Media, los pensadores europeos no pudieron aceptar la idea de un Dios-Padre humanizado: por otro lado, esta humanización se había convertido en uno de los factores de apoyo de la concepción popular de Dios. Después de un periodo de ilustración, los pensadores europeos abandonaron instintivamente el concepto de Dios postulado en las enseñanzas de la Iglesia: y como éste era el único concepto al que habían sido acostumbrados, empezaron a rechazar la idea misma de Dios y con ella toda forma de religión.

Junto con esto, el nacimiento de la era industrial con su deslumbrante progreso material comenzó a dirigir a los hombres hacia nuevos intereses y de esta forma contribuyó al posterior vacío religioso de Occidente. En este vacío el desarrollo de la civilización occidental tomó un camino trágico, es decir, trágico para todo aquel que considere a la religión como la realidad más fuerte en la vida humana. Liberada de la antigua esclavitud del Cristianismo Trinitario, la mente occidental moderna se saltó cualquier límite y acabó atrincherándose, gradualmente, en un claro antagonismo a toda forma de demanda espiritual sobre el hombre. Impulsada por un miedo subconsciente a verse otra vez sometida a fuerzas que la obligaran a aceptar una autoridad espiritual, Europa se convirtió, por principios y en sus acciones, en defensora de toda idea anti-religiosa y retornó así a su antiguo legado romano.

No se puede reprochar a nadie el que defienda que no fue la "superioridad" potencial de la fe cristiana sobre los demás credos lo que permitió a Occidente alcanzar sus brillantes logros materiales, ya que tales logros son inconcebibles sin la lucha histórica que las fuerzas intelectuales de Europa libraron en contra de los propios principios de la Iglesia Cristiana. La concepción materialista actual de Europa es su venganza de una "espiritualidad" cristiana que se había apartado de las realidades naturales de la vida.

No está dentro de nuestro ámbito el entrar más a fondo en las relaciones entre el Cristianismo y la civilización moderna de Occidente. He querido mostrar solamente tres de las razones, quizás las más importantes, del por qué esa civilización es tan completamente anti-religiosa en sus concepciones y en sus métodos: una es el legado de la civilización romana y su actitud totalmente materialista con respecto a la vida humana y su valor inherente; otra, la rebelión de la naturaleza humana contra el desprecio del Cristianismo por lo mundanal y la supresión de los impulsos naturales y de los afanes legítimos del hombre (unida a la tradicional alianza de la Iglesia con los detentadores del poder político y económico y su cruel aprobación a cualquier forma de explotación concebida por esos detentadores del poder); y, finalmente, la concepción antropomórfica de Dios. Esta rebelión en contra de la religión fue un éxito total, hasta tal punto que las diversas sectas e iglesias cristianas se vieron obligadas gradualmente a ajustar muchas de sus doctrinas a las nuevas condiciones sociales e intelectuales de Europa. En lugar de influenciar y conformar la vida social de sus partidarios, que es el deber primario de toda religión, el Cristianismo se resignó al papel de convencionalismo tolerado y fachada de iniciativas políticas. Para las masas tiene sólo ahora un significado formalista, como era el caso de los dioses de la antigua Roma, a los cuales no se les permitía, ni se esperaba de ellos, que ejercieran influencia alguna sobre la sociedad. Es indudable que existen aún muchos individuos en Occidente que sienten y piensan de forma verdaderamente religiosa y hacen los esfuerzos mas desesperados por reconciliar sus creencias con el espíritu de su civilización; pero son sólo excepciones. El occidental medio –ya sea un demócrata o fascista, capitalista o comunista, un trabajador manual o un intelectual– solo conoce una "religión" positiva que es la adoración del progreso material: la creencia en que no existe más objetivo en la vida que el hacerla cada vez más fácil o, como dice la expresión de moda, "independiente de la Naturaleza". Los templos de esta "religión" son las gigantescas fábricas, los cines, los laboratorios químicos, las discotecas, las centrales hidroeléctricas y nucleares: y sus sacerdotes son los banqueros, los ingenieros, las estrellas de cine, los directores industriales y los deportistas y atletas famosos. El resultado inevitable de este ansia de poder y de placer es la aparición de grupos hostiles armados hasta los dientes y decididos a destruirse mutuamente tan pronto como sus respectivos intereses entran en conflicto. Y en la escena cultural, el resultado es la aparición de un tipo humano cuya moralidad esta confinada a la cuestión de la utilidad práctica, cuyo criterio más elevado del bien y el mal es el éxito material.

En la profunda transformación que atraviesa la vida social en Occidente en estos momentos, esa nueva moral utilitaria es cada vez más aparente. Aquellas virtudes que tienen un impacto directo sobre el bienestar de la sociedad, por ejemplo, la eficacia técnica, el patriotismo o el sentimiento nacional, son elogiadas y a menudo exageradas, en la valoración de la gente; al tiempo que otras virtudes que hasta hace poco se valoraban desde un punto de vista puramente ético como, por ejemplo, el amor filial o la fidelidad matrimonial, van perdiendo rápidamente su importancia porque no proporcionan un beneficio material tangible a la sociedad. La era en que la fortaleza de los vínculos familiares resultaba esencial para el bienestar del grupo o de la sociedad está dando paso, en el Occidente moderno, a una era de organización colectiva bajo encabezamientos más amplios. Y en una sociedad que es esencialmente tecnológica y que está siendo organizada a un ritmo cada vez mas rápido sobre líneas puramente mecánicas, la conducta de un hijo con su padre no es de gran importancia social si tales individuos se comportan dentro de los límites generales del decoro que la sociedad impone a las relaciones entre sus miembros. En consecuencia, el padre occidental tiene cada vez menos autoridad sobre su hijo y, como es lógico, el hijo pierde el respeto por su padre. Sus relaciones mutuas están siendo lentamente rescindidas y atrofiadas, a todos los efectos prácticos, por los postulados de una sociedad mecanizada que tiende a abolir todo privilegio de un individuo sobre otro y –como producto lógico de esta idea– también aquellos privilegios nacidos de la relación familiar.

La disolución progresiva de la "antigua" moralidad sexual sigue una línea paralela. La fidelidad y la disciplina sexuales están volviéndose rápidamente una cosa del pasado en el Occidente moderno, porque su motivación era fundamentalmente ética y las consideraciones éticas no tienen una influencia tangible e inmediata sobre el bienestar material de la sociedad. Por eso, la disciplina en las relaciones sexuales está perdiendo importancia rápidamente y está siendo suplantada por una "nueva" moralidad que declara la total libertad individual del cuerpo humano. En un futuro próximo, la única restricción sexual será, en el mejor de los casos, la derivada de consideraciones demográficas y de eugenética.

Es interesante observar cómo la evolución anti-religiosa esbozada mas arriba, ha sido llevada a sus últimas consecuencias lógicas en la Unión Soviética, la cual, desde el punto de vista cultural, no representa un proceso esencialmente distinto del resto del mundo occidental. Al contrario, todo parece indicar que el experimento comunista es ni más ni menos que la puesta en práctica y culminación de las tendencias claramente anti-religiosas y, en definitiva, anti-espirituales de la civilización occidental moderna. Hasta sería posible que el agudo enfrentamiento actual entre Comunismo y Capitalismo occidental se deba, en su raíz, únicamente a la diferencia de ritmo a que avanzan esos movimientos esencialmente paralelos hacia su objetivo común. Su similitud interna se irá haciendo cada vez mas acusada en el futuro: aunque ya hoy pueda verse en la tendencia básica, tanto del Capitalismo occidental como del Comunismo, a reducir las necesidades individuales a puros requisitos materiales de una maquinaria colectiva llamada "sociedad", en la cual el individuo es sólo una pieza en el engranaje. 4

La única conclusión posible es que una civilización de este tipo tiene que ser un veneno mortal para cualquier cultura que esté basada en valores religiosos. Nuestra interrogante original, de si era posible adaptar la forma musulmana de pensar y de vivir a las exigencias de la civilización occidental y viceversa, debe ser contestada negativamente. En Islam, el objetivo primordial es el progreso moral del ser humano y, por lo tanto, las consideraciones éticas anulan las puramente utilitarias. En la civilización occidental moderna la posición es exactamente la opuesta. Las consideraciones de utilidad material dominan en todas las manifestaciones de la actividad humana y la ética está siendo relegada a un oscuro segundo plano, condenada a una existencia meramente teórica sin el menor poder para influir en la comunidad. En tales circunstancias, hablar de ética, es simplemente hipocresía y, por esto, puede justificarse subjetivamente a aquellos pensadores occidentales modernos que, siendo intelectualmente honestos, evitan toda alusión a la ética transcendental cuando especulan sobre los destinos sociales de la civilización occidental. En aquellos menos decentes –y en aquellos cuyas actitudes morales están menos definidas– la concepción de la ética transcendental sobrevive como un factor irracional del pensamiento, en forma parecida a cuando el matemático se ve obligado a operar con ciertos números "irracionales" que, en sí mismos, no representan nada tangible, pero que, sin embargo, resultan necesarios para salvar las lagunas de la imaginación debidas a las limitaciones estructurales de la mente humana.

Tal actitud evasiva hacia la ética es desde luego incompatible con una orientación religiosa y, por lo tanto, la base moral de la civilización occidental moderna es incompatible con Islam.

Esto no excluye en absoluto la posibilidad de que los musulmanes reciban de occidente ciertas contribuciones en el dominio de las ciencias exactas y aplicadas; pero las relaciones culturales deberían comenzar y acabar en ese punto, sin ir más allá. Imitar la civilización occidental en espíritu, su modo de vivir y su organización social resulta imposible sin asestar, al mismo tiempo, un golpe mortal a la existencia misma de Islam como proposición ideológica.


Notas
1. Quisiera aclarar que no uso el término teocracia en el sentido utilizado comúnmente en Occidente. Los occidentales, en base a sus propias experiencias históricas, identifican la teocracia con el poder político, organización eclesiástica -en su caso la Iglesia Cristiana medieval- y su jerarquía sacerdotal. Islam, por su parte, no admite la existencia del sacerdocio o clero ni, por tanto, de ninguna institución comparable a la Iglesia Cristiana. Por esto, cuando los musulmanes hablamos de teocracia nos referimos –o debiéramos referirnos– solamente a una estructura sociopolítica en la cual toda legislación está basada en ultima instancia en lo que nosotros consideramos una Ley Divina, esto es, la shariahde Islam. (Cf. a este respecto el capítulo "Terminología y Precedente Histórico" en mi libro Los Principios de Estado y de Gobierno en Islam.)
2. Acerca de esta interpretación del susodicho verso coránico, ver la nota 22 en la p.8 de El Mensaje del Corán, traducido y anotado por Muhammad Asad.
3. Por otro lado, es de justicia mencionar que hasta el final del siglo diecisiete, el Cristianismo (o, mas concretamente, la Iglesia Cristiana) jugó un papel muy importante y positivo en el desarrollo de las artes visuales en Occidente, en la pintura, la escultura y la arquitectura, así como en la música occidental, al haber sido no sólo una fuente de inspiración sino también un importante mecenas de las artes.
4. Nótese que este artículo fue escrito en los años treinta, cuando aún resultaba impensable el rotundo fracaso que el sistema comunista experimentaría sesenta años más tarde. (Nota del editor)


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