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Ibn Hazm y el postmilenarismo

Cuando algunas voces sensatas surgen en el anodino panorama textual, están tan alejadas de la corriente, que corren el riesgo sus autores de ser leidos mil años después y con cuarenta años de retraso

14/04/2014 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Verde Islam 0
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Ibn Hazm

Dice el castellano refrán que nunca es tarde si la dicha es buena, aunque no fuese bueno comenzar invocando los lugares comunes. Sin embargo, en éste caso, viene a cuadrar la sentencia por señalar dos cosas: la primera, la tremenda incongruencia histórica que supone conmemorar un milenario que pretende recuperar un segmento importante de la memoria histórica, no ya sólo de la ciudad de Córdoba sino de buena parte de la cultura occidental, y hacerlo sin tener en cuenta la cronología que animó los días del conmemorado, ni el cómputo que presidió tanto su nacimiento como su muerte.

Si la sociedad islámica contemporánea fuese proclive a la Onomástica en la misma medida en que hoy día lo es la clase político-cultural, es decir, con la urgente necesidad de re-vivir/redefinir la Historia, el milenario del natalicio de nuestro ilustre sabio lo hubiésemos celebrado los musulmanes hace ya cuarenta años, es decir, en la gregoriana década de los cincuenta.

Muchos han olvidado un hecho básico para la comprensión de algunas elementales diferencias entre la sociedad islámica y la sociedad postmoderna. Una cuestión de mero calendario que nos habla de discordancias cronológicas. Como señala García Gómez en su ya clásica introducción a la obra cumbre de Ibn Hazm:

"Nació Abu Muhammad Ali ibn Hazm de Córdoba, la madrugada del miércoles 30 de Ramadán del año 384, correspondiente al 7 de Noviembre del 994 de nuestra era". Y : "...al cabo, a la edad de sesenta y nueve años solares y de setenta y dos lunares, murió el 28 de Shaban 456 (= 15 de Julio 1063)."

Dejando a un lado ésta precisión por otro lado anecdótica, sí que nos interesa señalar algunas cuestiones que, so pretexto del autor y de su onomástica, tienen hoy una innegable vigencia en nuestro panorama ciudadano. Una de ellas, en consonancia con ese encomiable interés que parecen tener hoy en día las nuestras autoridades culturales por recuperar las señas de identidad, es la necesidad de aclarar algunos puntos oscuros que, aunque son bien conocidos de los estudiosos, son niebla, cuando no humareda, para el ciudadano no especializado en estos asuntos.

Uno de éstos puntos negros, consecuencia de una interpretación maniquea de la Historia, es el resultado de no haber explicado suficientementemente al ciudadano, el hecho de que la inmensa mayoría de los musulmanes que habitaron nuestra tierra en los ochocientos años en que el islam fué la forma de vida generalizada, no eran árabes sino pueblos y tribus fruto de un ancestral mestizaje como lo somos hoy. Actualmente, millones de personas en todo el planeta hablan inglés y no por ello son considerados anglosajones. Sin embargo parece que en la consideración que la historia oficialmente aceptada ha dado a los musulmanes españoles, ha prevalecido hasta nuestros días una cuestión que, más que religiosa, es intrinsecamente racial, cuando no veladamente racista. No olvidemos el término "moro", que es de uso común en nuestro tiempo, no sólo en el habla coloquial sino a veces incluso en el discurso literario de los medios de comunicación.

Volviendo al discurso milenarista, so pretexto del manoseado Ibn Hazm, habría que señalar en ese sentido, que en su genealogía –hecho señalado por los especialistas– no había rastro alguno de sangre árabe. Es más, según apunta García Gómez en la mencionada introducción, la pista más verosímil apunta al origen muladí de nuestro escritor, es decir, que sus antepasados inmediatos, en concreto su abuelo Said, era uno de los catorce millones de indígenas peninsulares convertidos al islam que nada tenían que ver con la raza árabe. (Aunque sí probablemente con el antiguo sustrato, anterior a la presencia de árabes y judios en la Península de los Iber –pueblo semita que se nutrió de antiguas migraciones procedentes de la Meseta del Tassili, en la actual Argelia–).

A más de cuarenta años de la milenaria onomástica que Ibn Hazm, siguiendo el calendario lunar, hubiese aceptado en el caso de haber sido un intelectual en el sentido que hoy se atribuye a esa palabra –cosa por lo demás muy, pero que muy improbable–, nos encontramos con otra cuestión de fondo que está en la base de su discurso y en consonacia con su tiempo: la caida del Califato Omeya y el principio de la decadencia cultural e intelectual de la ciudad de Córdoba.

Pues si algo mereciese la pena de ser conmemorado, sería el espíritu cosmopolita y universal del sabio creyente que, como le ocurriera al tambien cordobés Ibn Masarra tratando de conciliar Revelación y Filosofía, consiguió unir amorosamente el contenido de las Suras con la vida cotidiana de los musulmanes andalusíes.

Banderas del librepensamiento, luces del mandato coránico que hace del conocimiento obligación y de la Creación "Signo para los dotados de intelecto", cultivaron ambos el Tawhid o Ciencia de la Unidad.

Cierto es que a este estado unitario sólo acceden algunos santos y sabios eminentes, pero tambien lo es el hecho de la actitud invariablemente hostil que todo poder expresa cuando las ideas y las creencias amenazan el ámbito de su dominio. (Léase la reacción militarista ante los pueblos norteafricanos que, en la actualidad, quieren sacudirse el pasado colonial retomando su más acendrada seña de identidad, léase la triste crónica argelina o el genocidio del pueblo checheno a manos del ejército ruso).

Exaltado mientras sonaba el canto del cisne califal, mientras Al Mansur devolvía por un momento la esperanza de un pasado ya por entonces legendario, fué más tarde Ibn Hazm denigrado y perseguido por los literalistas que no pudieron entender que la experiencia mística es una de las pruebas del creyente realizado, y no expresión herética.

Reconocido su más famoso tratado como el mejor discurso que sobre el Amor se haya escrito en el Occidente Islámico, sus contemporáneos –como hoy mismo hacen los nuestros con quienes destacan o disienten–, no hicieron sino leña de un árbol ya caido. Destino de todo aquel que habla de lo que no se puede hablar es incurrir, antaño en una condena segura, hoy en el ostracismo y la marginalidad.

Salvo en los relativamente cortos intervalos de tiempo en los que poder y justicia han configurado juntos el devenir de la Historia, la figura del intelectual disidente ha sido la norma. Su disidencia sería entonces la prueba de la fidelidad a la creencia y a las ideas. Así, la conmemoración proyectaría nuestra conciencia al presente, a los hechos que vamos conociendo día a día.

Corrientes de opinión que responden a informaciones dirigidas y crean los llamados "estados de opinión pública", hoy con más entidad operativa que las frágiles estructuras de los estados constituidos o constitucionales. Detrás de tales estados de opinión, la sacrosanta realidad de "los intereses económicos", —léanse intereses bancarios de las corporaciones transnacionales—, que en última instancia dictan la conveniencia o no conveniencia de determinados juicios de valor, que levantan a determinados "intelectuales" a los pedestales de la gloria televisiva, pagándoles incluso el maquillaje.

Incongruencias de un pensamiento oficial con tantas fisuras, que hizo que un intelectual de fama tan renombrada como Ortega y Gasset atribuyese a Ibn Hazm hace ya cuarenta años "el arabismo en serio y la españolía informalmente", y no por causa de que el concepto España aún no existía sino por puro alineamiento con la ideología vencedora.

Así que, contradiciendo mi propio comienzo, probablemente hoy, nuestro querido Ibn Hazm, sí hubiese aceptado de buen grado los cuarenta años de retraso en su onomástica milenarista, con Ortega ya muerto y consagrado, como seguramente hubiera suscrito el discurso de un Juan Goytisolo, francotirador como él, en el sentido de que nos venden hoy en el Occidente Cristiano la imagen de un islam intolerante y fanático, conmemorándose al mismo tiempo la época dorada del Califato Omeya como ejemplo de tolerancia e integración, todo en un mismo paquete, quedando en el aire la incógnita sobre la genuina naturaleza del islam: ¿Era islam lo de entonces o es islam lo que hoy nos muestran los medios de comunicación como "respuesta integrista"?. Finalmente nos surge una duda razonable: ¿A qué obedece esa diferente consideración?

Todo musulmán sabe, como lo sabía Ibn Hazm, que el islam es un camino que promueve la paz y la concordia, el respeto confesional, la cultura y la ciencia. Occidente no tiene que temer el hecho de que los pueblos de mayoría musulmana se rijan por las leyes que son propias a su cultura, ni debe imponer su modelo si es cierto que admite el pluralismo y la soberanía de los pueblos. ¿Qué es lo que se teme en realidad?

Cuando algunas voces sensatas surgen en el anodino panorama textual, están tan alejadas de la corriente, que corren el riesgo sus autores de ser leidos mil años después y con cuarenta años de retraso. (Eso sí, con la ventaja de que el Ortega de turno, haya sido sustituido por Goytisolo).

Publicado en Verde Islam 0 el 15 de Febrero de 1995

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