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¿Quién es Dios? (Especial Karen Armstrong 2)

26/10/2017 - Autor: Equipo WebIslam - Fuente: WebIslam
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El abismo

Una de las obras teológicas fundamentales de Karen Armstrong es Una historia de Dios: 4000 años de búsqueda en el judaísmo, el cristianismo y el islam (A History of God: The 4,000-Year Quest of Judaism, Christianity, and Islam). No es una obra fácil —a pesar de su tono ampliamente divulgativo—, ni tampoco corta —con quinientas páginas— aunque ofrece una asequible historia del “concepto” Yahwe/Dios/Allah. Armstrong la diseña para que la leamos meditándola y la asumamos en nuestra experiencia.

Un motivo principal a lo largo de la obra de Armstrong ha sido explicar la trascendencia del Dios en las diferentes religiones. Como decíamos no es un asunto fácil, ya que representa un pilar básico para miles de personas diariamente. A pesar de que en los últimos dos siglos se ha intentado boicotear y dinamitar intelectualmente a Dios, persiste, como decíamos, en lo cotidiano de miles de personas. Hablar de Dios es hablar de lo inefable. Difícilmente se puede hablar con consistencia, aunque se vierten ríos de tinta. Muchas veces la experiencia personal es todo y aquí es donde Armstrong juega a dos bandas. Habla como historiadora de las religiones, pero con la sensibilidad de una teóloga de amplia experiencia vital. Por ello, este libro es un tránsito entre estos dos niveles: lo objetivo y lo subjetivo.

En lo objetivo, Armstrong comienza marcando un ritmo «primigenio», es decir, hablando de lo sagrado y de las religiones antiguas que confluyeron para crear el marco de la religión hebrea. Una transformación desde el politeísmo o desde el henoteísmo hacia el monoteísmo abrahámico y el de sus hijos Ismael e Isaac. Esta es la época de mundos cambiantes, oscuros en los que Dios es un guerrero frente a hordas de ídolos, símbolos de la multiplicidad humana. Algo similar ocurre en la India y el peso del ritual en el mundo védico para acabar «humanizando» al absoluto —a través del amor— como ocurrirá posteriormente con el hinduismo puránico. Y a la vez, una coexistencia temporal con el taoísmo, el confucianismo y el budismo donde los conceptos subsumen lo divino en tanto absoluto.

Dios y dioses que expresan las necesidades de pueblos, esto marca el segundo tiempo. El deseo de llegar al «otro» hace que en el Dios se haga humano como marca el cristianismo con Jesucristo o el hinduismo con Vishnu-Krishna. Dios no es absoluto y todopoderoso mientras está particularizado. Un ser inefable que se convierte en palabra (logos) para ser comprendido por los otros. Es el triunfo del lenguaje, de lo humano humanizado en un mundo que necesita ser oído. Posteriormente, nos dice Armstrong, llegó el tiempo de las teologías complejas y las trinidades inspiradas en la obligatoriedad de unir lógicas con lo divino. Ante esto, el islam es un regreso a la experiencia unitaria, pero uniendo la palabra incorporeizada, que no encarnada, que obtiene Muhammad con el Corán. Ética, metafísica y por último teología en una sociedad que necesitaba transformación. Esa última teología y las reflexiones redivividas por el islam —traduciendo los textos de los antiguos— hacen que los filósofos empiecen a hablar de Dios. Y con los filósofos de las tres religiones, también los místicos que beben del neoplatonismo: Eckhart, Ibn ‘Arabi, Ibn Sina, Gerson o Escoto Eriúgena. Místicos que son comprendidos e incomprendidos pero que, finalmente, vuelven al absoluto más pleno e incognoscible.

El tercer tiempo de libro lo marca la ilustración y sus hijos. Dios es convertido en ciencia, en pensamiento binario y, sobre todo, en algo material. La religión pierde su mística, la ciencia gana la partida. Y poco a poco, en esa ciencia aparecen nuevos absolutos. La modernidad traspasa el antropocentrismo de la edad media y lo convierte en la primacía del yo. Es tiempo de nuevas persecuciones, absolutismos, puritanismos y escapes para adorar a Dios. Unos «otros» se reafirman y se refuerzan. Los otros «otros» matan a Dios. Y es la contemporaneidad donde en todas las religiones Dios revive, y con fuerza como un gran marcador identitario. Porque la ineficacia de la lógica y la ciencia para ser compasivas hacen que la gente vuelva Dios, bien buscándolo en lo institucional o en el sí mismo.

En lo subjetivo, Armstrong se queja entrelíneas de la necesidad de una teología más filosófica que enfatice en lo humano como proveniente de lo divino. Porque para ella —como hemos dicho en artículos anteriores— pesa mucho más la praxis real que las realidades divinas. Esto hace que el libro sea una crítica hacia los que se abstraen de la realidad y vivan en el séptimo cielo incapaces, a la vez, de dar consuelo al «otro». Por eso, su crítica a lo institucional es muy fuerte como responsable de muchos problemas sociales que tienen conexión con lo religioso. No hay duda de que el ser humano es «homo religiosus» pero, en opinión de Armstrong, necesita de la experiencia mística y de la compasión hacia la creación. Esto es lo único que le puede apartar del radicalismo fundado en Dios, de convertir a Dios en un ídolo finito y limitado que excuse cualquier comportamiento en su nombre.


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