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¿Para qué sirve Dios en un mundo perfecto? (Especial Karen Armstrong 1)

Especial Karen Armstrong (1)

24/10/2017 - Autor: Equipo WebIslam - Fuente: WebIslam
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Luz en el mundo

Uno de los aspectos más interesantes de Karen Armstrong (n. 1944) es precisamente su propia vivencia de la espiritualidad. Más allá de otras obras con carácter histórico o teórico, sus obras personales expresan la necesidad de una vivencia arraigada en Dios en un mundo, aparentemente, perfecto.

Estas obras personales son sus biografías, A través de la angosta puerta (Through the Narrow Gate) y La escalera de caracol (The Spiral Staircase), así como su declaración de intenciones ética y práctica: Doce pasos para una vida compasiva (Twelve Steps to a Compassionate Life), y, por último, su libro titulado En defensa de Dios (The case for God). Todas ellas marcan el punto más íntimo de su pensamiento personal. Nos acercan a la percepción de lo sagrado, de lo divino y a su plasmación en la tierra. Y, ante todo, responde a la pregunta: ¿Para qué sirve Dios en un mundo aparentemente perfecto?

Karen Armstrong muy joven, en 1962, decidió hacerse monja católica, sintiendo la llamada de Dios. Eso es lo que empieza a narrar A través de la angosta puerta (1982) —tomando como título el versículo del Evangelio de Mateo donde se dice que la puerta angosta y compleja es a que lleva a la vida, mientras que la puerta ancha y fácil es la que lleva a la destrucción— desde la intimidad y el velo de lo novelesco. Es en esta época en la que descubre las dos caras del corazón envuelto religioso: la dureza provocada por el poder y la compasión fundada en el amor. Armstrong plasma muy bien la crueldad institucional, la aparente renuncia, el malestar por la opresión de los superiores, pero también la necesidad de comprender los porqués de su búsqueda que le son impuestos como dogma en vez en dedicar tiempo para discernir u obtenerlos. La experiencia de cierta idolatría que no deben cegar a la persona en su búsqueda. Tras siete años de vida conventual, las heridas en su vivencia se convierten la puerta angosta que le hacen preguntarse por la vida, siendo la compasión y el perdón las únicas llaves para abrirla.

Este libro, y su experiencia vital, se completa con la lectura de La escalera de caracol: mi ascenso de la oscuridad (2004). Un texto con el que la escritora británica concluye la narración de su universo. Comienza con la pérdida de su espiritualidad siete años después de su entrada en el convento. Aun teniendo presente que el camino de la compasión es el único, Armstrong se enfrenta al desarraigo tras su salida del convento, a su estado de salud y sus estudios de literatura en Oxford. La recomposición de su vida emocional, en el sentido más profundo, y, sobre todo, de su fe se entrelaza con la ubicación en un mundo que le es sumamente extraño. Una dolorosa honestidad, a lo largo de sus páginas, que hace que su aparente hostilidad hacia la religión se relaje y la haga ser esa gran divulgadora de la creencia. El estudio de la religión se convirtió en una forma de vida y sobre todo en una forma de volver a esa misericordia y compasión que ella había advertido en sus tiempos en el convento. Ver al otro, reconocerse en él y reconciliarse. El judaísmo, el islam o el budismo le llevaron a saberse que poco podría hacer sin un Dios, pero no solo ella sino cualquiera en este mundo salvaje y cruel. Según nos dice: «La teología es —o debería ser— esa poesía, que leída rápidamente o en medio alboroto no tiene sentido». Este libro re-define el concepto de teólogo más allá de lo que conocemos, para situarlo en un ser meditativo, silencioso pero posicionado y valiente, pero ante todo compasivo ante una sociedad mejor.

Dos experiencias vitales muy honestas y sinceras que nos preparan ante las otras dos lecturas de gran calado, en las que Armstrong deberá enfrentarse a los “científicos fundamentalistas” y a los “materialistas finitos”. Gente que niega, por sistema y de forma casi inconsciente, lo trascendente y los valores que van añadidos a él. Una reducción de lo humano al murmullo oscilante de la ciencia y de los tiempos contemporáneos donde el vacío de Dios se hace presente. En este sentido En defensa de Dios (2001) y Doce pasos para una vida compasiva (2010).

En este sentido, el primer libro, titulado En defensa de Dios, propone una lectura muy valiente. Es una refutación elegante —haciendo valer su educación en Oxford— de Richard Dawkins, Daniel Dennett o Christopher Hitchens entre otros negacionistas de lo sagrado. Armstrong construye un libro minucioso en el que muestra la necesidad de lo sagrado y su importancia articulado en el paso del Dios desconocido (desde el 30.000 aC hasta el 1500 dC) al Dios moderno (del 1500 a nuestros días). Lo interesante de este libro es que en los últimos cincuenta años construye una coda hacía la vuelta de lo desconocido después de una modernidad triunfante —tras la religión científica con Descartes a la cabeza— a la que sometió a Dios. La vuelta al desconocimiento y, por ende, al vacío existencial hace que vuelva un Dios más allá de las lógicas y las razones, que habían provocado dos guerras mundiales. Por ello, concluye que la trascendencia es aún más fuerte que la de tiempos pasado, Dios es más fuerte, está más presente sólo hay que oírlo en su silencio. Intentar comprender su mensaje y volver a tener confianza a través de su atributo más poderoso: la misericordia. Así cuando Dawkins y compañía vuelven a entonar, una vez más, los cantos de sirena de la muerte de Dios, Armstrong responde que Dios está presente, es más importante y por eso los seres humanos deben esforzarse en comprenderle más allá de ideologías humanas. El sueño de Dawkins de la religión es como dejar desnudo al ser humano, imaginemos un mundo sin religión, pero a la vez imaginemos un mundo débil y sin capaz de ver el infinito. Nuestro mundo es hijo de las creencias, del arraigo en lo divino y de su plasmación en la tierra. Esa plasmación es la que se ha transformado adaptándose y evolucionando no, necesariamente, a un estado mejor sino a una realidad adaptada según nuestras acciones. Por eso, es que la ideología de Dawkins no puede ganar, en el fondo la religión sufre el mayor revival de su historia y sin embargo está necesitada de la palabra clave: compasión.

Y este es tema del segundo libro. En Doce pasos para una vida compasiva se puede apreciar a una Karen Armstrong muchísimo más práctica y pragmática. Este libro surge tras la concesión del premio TED de 2007. A partir de entonces el deseo por un mundo mejor llevó a Armstrong a luchar por conseguirlo no sólo desde el plano teórico sino también desde un plano práctico. Su objetivo era, fundamentalmente, restaurar la compasión como aspecto central de lo moral y lo religioso; volver al principio de ilegitimidad de una interpretación violenta de la doctrina; asegurar el respeto y el aprecio a la diversidad religiosa; y por, último, desarrollar empatía con el sufrimiento de todos los seres humanos. Este objetivo— encarnado en el documento “Charter for Compassion”—  fue compartido y firmado por personalidades de todas culturas y religiones destacando Hamza Yusuf o Abdullah bin Bayyah en el plano islámico. El texto en sí, es inspirador y vuelve a una ética de carácter religioso generalista, son doce principios para una vida compasiva, algo más complejo de lo que parece. Los principios (mirada al mundo, compadecerse de uno y del otro, empatía, preocuparse por el otro, reconocerlo) son comunes a todas las creencias más allá de sus aditamentos culturales. Una herencia compartida que nos hace llegar bien lejos. Algo básico pero olvidado y que se enlaza con el libro anterior, si olvidamos a Dios y olvidamos al otro nos olvidamos a nosotros mismos. Necesitamos de la diversidad, necesitamos de un absoluto y necesitamos de la creencia para ser consciente de nuestra pequeñez con respecto al mundo. El tener una vida compasiva frente a un Dios que lo es con respecto a nosotros es básico. Es algo que nos hace ser humildes ante todo lo que conseguimos en un mundo que se mide, fundamentalmente, por lo que tenemos.

La respuesta ante la pregunta del título es bien clara: Dios sirve para ser humildes, compasivos y no divinizarnos a nosotros mismos. La vida con la creencia es necesaria y más en un mundo en el que el antropocentrismo es tan claro. Nosotros somos libres en tanto actuamos, en tanto estamos con el otro, en tanto necesitamos de una trascendencia. Dios sirve en un mundo perfecto para que no nos deslumbre la perfección. La experiencia biográfica de Armstrong —a través de estos libros de experiencia tan personal— nos lo dice, nos revela que sirve para que no se seque nuestro corazón y para que aprendamos que en el otro estamos nosotros mismos. En un mundo descreído, la creencia en algo superior que se compadezca de nuestra existencia, a veces tan irracional, es el mayor tesoro.


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