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Un salto cualitativo en la conciencia del tejido social

No se puede hablar de la cosmovisión de unidad si no se relaciona con el cambio de conciencia

05/05/2017 - Autor: Esteban Díaz - Fuente: http://www.estebandiaz.es/
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Finalmente emerge la punta del iceberg del cambio de conciencia.

La visión racionalmente lúcida y dialogante, inclusiva, humanamente digna y esperanzadora, de que el progreso humano ha de diseñarse y desarrollarse inscribiendo su acción pluridimensional en el seno de una visión holística, está visualizándose cada día, con mayor fuerza, en el tejido social y productivo del mundo global. No sólo podemos hablar de un cambio de paradigma en ciencia, que fijó la investigación científica en territorios más allá de lo que decretaba la ciencia objetiva cartesiano y newtoniana, en los que se  intercomunicaba materia y conciencia/espíritu, o se identificaban ambos territorios, si bien se diferenciaban los niveles en la menor o mayor densidad de la composición en los que una y otra se manifiestan, muy sutil el de la conciencia frente a la densidad corporeizada de la materia, como quedó claramente demostrado a todo lo largo y ancho del Siglo XX con los descubrimientos en la teoría y en la praxis de la física subatómica y macroatómica, cuyo avance entronizó un nuevo modelo de comprender el mundo y el hombre, que situaba el saber científico en la lanzadera de una nueva visión del mundo que mostraba visiblemente la superación de la vieja cosmovisión de dualidad en la que se apoyaba la ciencia racionalista u objetiva. El cambio de paradigma va unido a la nueva visión de unidad, que expresa la idea de un universo que se comprende como una totalidad en la que todo está en ella íntimamente relacionado.

Tal interconexión universal, no sólo de las cosas, sino también de los sucesos, parece ser un rasgo fundamental de la realidad atómica. David Bohm pensaba que “uno llega a un nuevo concepto de inquebrantable totalidad que niega la idea clásica del mundo en partes existentes por separado e independientes”. La visión de unidad se gestaba en Occidente desde la física, iniciándose el Siglo XX, al tiempo que los científicos miraban hacia el Oriente metafísico, pues ya desde finales del Siglo XIX comienza a fructificar un contacto cultural fértil e integrador, gracias al cual Vivekananda pudo enlazar sus enseñanzas con universidades e intelectuales occidentales, tal le ocurrió a H.P. Blavatsky, que difundió el conocimiento teosófico, de críptica explicación, al aunar todas las doctrinas religiosas en sus vertientes esotéricas en una única tradición de sabiduría, conectando la filosofía perenne con las doctrinas místicas occidentales y orientales. La aportación posterior de Krishnamurti fue enriquecedora en ciencia, influyendo en científicos como David Bohm, Sheldrake, Capra. La diáspora del budismo tibetano, debido al exilio del pueblo de la bondad y de la compasión por la invasión genocida de la China de Mao, terminó por hermanar el conocimiento científico y la espiritualidad, fructificando el contacto cultural en los llamados nuevos paradigmas.

No se puede hablar de la cosmovisión de unidad si no se relaciona con el cambio de conciencia que se venía percibiendo en todos los ámbitos de la actividad humana en su colectiva y plural manifestación, tanto en Oriente (India, especialmente) como en Occidente. El cambio de conciencia llegó como un modo de percepción del mundo radical y trasgresor de los principios que rigen el viejo paradigma mecanicista o Gran Paradigma de Occidente. En varias de sus obras, Ken Wilber nos repite la idea de que “Nuestra sociedad, nuestras universidades, nuestras corporaciones, nuestra economía, nuestra tecnología, nuestra política, están todas ellas estructuradas conforme al viejo paradigma”. Necesitamos el cambio, insiste el pensador estadounidense; como también nos insistieron otros muchos pensadores y científicos, si bien, todos ellos quedaban del otro lado del academicismo, en la heterodoxia que fue calando en el tejido social y universitario en Oriente y en Occidente. Por su parte, Fritjof Capra nos señala que “El universo se ve como un tejido dinámico de acontecimientos interrelacionados. Ninguna de las propiedades de ninguna parte de este tejido es fundamental; todas ellas se deducen de las propiedades de las otras partes, y la consistencia general de sus interrelaciones mutuas determina la estructura de todo el tejido”.

Traemos a estas líneas el apoyo de la ciencia para que nos ayude a expresar con la mayor claridad que, cuando hablamos de una visión holística, pensamos en ideas semejantes a la que acabamos de leer de Capra. En verdad que nada tiene de nuevas las ideas expresadas por la ciencia en el sentido que venimos expresando, ya que las tradiciones china y griega del Siglo V a. d. C., o la hindú aún anterior a éstas, ya la consideraban en sus tratados de filosofía. Por nuestra parte, insistiendo en esta idea, pensamos al colectivo humano en su complejo, variado y plural ecosistema de modos y formas de vida, como un todo integrado y cooperativo, interdependiente y universalizado en su incluyente forma de concebir, vincular y relacionar no sólo a todos los pueblos y culturas que forman la familia humana, sino a sus variadas, diversas y múltiples actividades, interconectándose entre sí, sean éstas de naturaleza educativa, de salud, científica y tecnológica, política, legislativa, económica, productiva, de mercado, artística…, porque, además, es así como funciona en el viejo paradigma, aunque de manera forma desacertadamente en sus modos y formas de concebir dichas interrelaciones, creándose numerosas fallas, desajustes, desequilibrios y falta de interconectividad, manifiestos en la desigualdad social y el partidario reparto de la riqueza, en beneficio siempre de los poderosos; o en la descohesión interna y en las contradicciones que conllevan las comunidades organizativas humanas, como pueden observarse en las relativas a la educación o a la salud; o en el desequilibrio que encontramos en el mundo del mercado, que distancia y comunica lo preciso las partes integrantes del todo que participan en la actividad mercantil, para “sentirlas” separadas, como sucede con los ámbitos de la producción, del consumo y los específicamente de mercado, que vincula a los productores y a los consumidores. No olvidamos que, junto a estos colectivos organizados, se reúnen de forma substancial y determinante las corporaciones de la banca y las de la bolsa, y todo un orbe de producción laboral fronterizo que participa de la plural actividad propiamente mercantil, constituyendo todos esos colectivos, corporaciones y sociedades organizativas que la integran, un todo del que dista mucho de percibirse en el sistema capitalista con una sólida “consistencia general”, porque se considere que todas las parte son fundamentales y ninguna de ellas impere sobre las demás. Esta manera de estructurarse la compleja actividad mercantil-financiera impide organizar el reparto de los beneficios respetando el derecho a la igualdad y al justo reparto de la riqueza, sin que ninguna parte resulte lesiva para el conjunto o se superponga por cualquier tipo de dominio sobre las otras partes. De otro modo se genera una rotura en el equilibrio y en la cadena de conexiones de la que resulta, por una falta de visión holística, el consiguiente desequilibrio entre las partes integradas en el espacio económico que genera la relación producción-mercado-consumo.

Ejemplificar la descohesión y el despropósito que conocemos en el sistema educativo en sus diferentes niveles educativos, nos llevaría a resaltar cómo la comunidad escolar sufre el mayor fracaso que ha conocido la educación desde que se inició el proceso de universalizar la educación, y no precisamente por crear las condiciones para que todos seres humanos accedan a la educación, sino porque lo que se define como educación sólo es la parte de transmisión de información académica que impone el sistema de mercado, ya que el apartado verdaderamente “educativo” se excusa y se impide incluir en los programas y currículos, porque se prefiere un sistema educativo que facilite piezas laborales y profesionales que necesita el mercado del “sistema” y no seres humanos formados en los valores que definen su “humanidad”. Todo un despropósito cuyas consecuencia desastrosas nos alarman e inquietan, pues somos testigos de la “des-educación” de los jóvenes,  a los que les exigimos que se comporten como seres civilizados y educados. Por ello es que la visión holística daría cohesión y contenido “educativo” integral a la educación, cuyo propósito no debe ser otro que el de proporcionar al educando, en cualquiera de sus niveles educativos, el logro de la excelencia humana, es decir, llegar a conocer su verdadera naturaleza “humana”, toda vez que logre descifrar el aforismo antiguo “conócete a ti mismo”, lográndose finalmente  formarse en el carácter genuino de su “humanidad”.

Ahora bien lo que define los nuevos modos y formas que apuntan a la nueva manera de conformar el “sistema” es sencillamente la prioridad que se da a “las personas”, al ser humano en su “humanidad” como cualidad que rija su vida, como individuo y como colectivo, que deberá reflejarse en la voluntad de buscar el bienestar común, de las personas, de las sociedades, de toda la comunidad humana sin fronteras, en estrecho y estable vínculo con el macrosistema de la vida planetaria. Hablamos de bienestar universal y de racionalidad y coherencia interna de un sistema que se autoorganice y se “sostenga a sí mismo” en virtud del principio y valor de lo humano, como venimos exponiendo en nuestros trabajos. Un sistema que se sustente en el equilibrio y la cohesión que genere, de forma autosostenida, la vieja noción filosófica del “bien común”, el de todos los seres humanos en todos los niveles personales y culturales, sociales y económicos, políticos y jurídicos, con “institutos integrales” cubriendo todos los sectores de la sociedad, arropados por una “práctica integral”, abierta a una racionalidad abierta, solidaria, dialogante e incluyente, por expresarlo con palabras de K. Wilber.

De este modo la globalización adquiere un valor “humano” y, por tanto holístico; porque, lo humano ha de ser holístico o integral, si queremos vivir “humanamente dignos, libres y en igualdad de derechos y deberes”, verdad ésta que no se percibe hoy como “bien común” e “identidad de lo humano” en el diversificado mundo de las relaciones interhumanas, hecho por el cual vivimos una crisis in crescendo, temiendo que la mayor locura del hombre no sobrevenga, en cualquier momento, como tragedia de la que sólo podamos esperar lo peor.

Es la falta de visión holística, que requiere una visión del mundo de unidad, como base de toda idea y acción del ser humano,  la verdadera causa de la crisis de valores o de conciencia que ha desnudado y deshumanizado la vida individual y colectiva de una humanidad que vive desolada por el rumbo incierto que ha tomado su existencia.

Piénsese en la arquitectura del sistema global que ha construido el modelo capitalista -llámese con la expresión que se quiera a la última etapa del “sistema” que nos sobrecoge y espanta en este principio de Siglo XXI- con el fin de regentar totalitariamente sobre todos los ámbitos en los que se desarrolla la vida de los seres humanos, levantando su descomunal envergadura sobre los valores del materialismo mercantilista -valores que desnaturalizan, si no la destruyen, la cualidad de lo humano- al tiempo que desposeyó a los seres humanos del único valor con el que puede en verdad identificare: su “humanidad”. Mucho llevamos escrito sobre la globalización como ámbito de encuentro de hombres y de mujeres intercambiando ideas y proyectos con las que construir un nuevo mundo “verdaderamente humano”, alejado de los valores de mercado y de consumo con los que el capitalismo ha logrado mundializar su “sistema” deshumanizador, inoculándonos con el virus del materialismo mercantilista, con cuyos valores, insistimos, nos han despojado de la “humanidad” con la que la vida nos regala al nacer.

La utopía que sí puede ser real. Un apunte esperanzador: “La Carta de Málaga: Una economía al servicio de las personas y del planeta”.

No obstante, y a pesar de tan absurda racionalidad que impera y acampa por los dominios de la mundialización de la economía de mercado y de consumo, que nutre las mentes de los políticos que gobiernan desvergonzada y deshonestamente, y de los que no gobiernan, aunque igualmente carecen de vergüenza y de honestidad, también la de los poderosos que rigen las finanzas y los mercados, y la de los profesionales funcionarios de los medios al servicio de los unos y de los otros anteriormente citados, empero, reiteramos, la esperanza va haciéndose hueco, acomodándose en el tejido social. Pura alquimia, reconvirtiendo lo viejo en lo nuevo, destilándolo en el alambique de la esperanza y de la buena voluntad, de la clara conciencia de que la vida ha de vivirse desde los valores que definen lo humano. Con esfuerzo, haciéndose  camino al andar, creándose canales por donde circular la nueva savia, va tomando cuerpo el alma de esta nueva concepción de la vida, percibiéndose más visible en la superficie del tejido social de la globalidad conforme transcurren los días de espera de un cambio radical (de raíz, sin que quede absolutamente nada de todo lo anterior que se quiere superar).

La prensa ha destacado una noticia que nos llena de alegría y de esperanza, que nunca faltaron: “Málaga es una ciudad muy abierta al cambio”, destacó el alcalde Francisco de la Torre, satisfecho con la vitola de “capital mundial de la nueva economía”. Y es que en Málaga ha tenido lugar este fin de semana “El Foro NESI”, en el que se ha presentado “La Carta de Málaga: Una economía al servicio de las personas y del planeta”. Sin comentarios. Pues ha de reinar un silencio glorioso, al menos durante los instantes en los que cerremos los ojos y nos hagamos con la certeza de la realidad que comienza a sustanciarse: el mundo no sólo puede cambiar, sino que ya lo está haciendo. Que la vida que la humanidad ha soñado por siglos puede ser real, es un hecho que lo tocamos con las yemas de los dedos, y las del alma. Que si pensamos sabiamente -hemos afirmado en numerosas ocasiones-, construiremos sabiamente un mundo en el que la vida se valore por la cualidad de lo humano, nos lo demuestran gestos y acontecimientos como los ocurridos en Málaga este fin de semana. Que construir sabiamente es re-conocer que la vida tiene su sentido en el logro del bienestar universal de todos y de todo es hacer posible la utopía. Cervantes no se equivocaba cuando le hacía decir a Don Quijote: “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia”. Y esto es lo que está sucediendo. Una visión «compartida» por todos, con todos  y para todos es posible.

Hace mucho tiempo que deseaba leer las palabras que les voy a transcribir y que resultan extrañas al ser expresadas por un empresario, el fundador del foro NESI, Diego Isabel La Moneda: “Ver a un empresario abrazar a un activista, ver a personas de diferentes países, razas y edades comprometiendo a co-crear una economía al servicios de las personas y del planeta, es algo que despierta la esperanza”. Son palabras que no sólo me hacen sentirme feliz, sino que agradezco a la vida vivir el cambio de conciencia que estamos experimentando, aunque aún muchos sean los que no lo perciban ni lo experimenten. Pero está ahí. Está aquí, en cada uno de nosotros. En nuestra propia transformación. En nuestra toma de conciencia de que cada uno de los seres humanos somos la humanidad misma. Ya no sólo lo expone la nueva ciencia con conciencia, sino que la vida común, la del día a día, ya comparte que todos somos parte del todo, y que en cada parte está el todo. Todos somos la humanidad, por lo que la humanidad está en cada uno de nosotros. Es imposible mirar ahora hacia otro lado que no sea el lado de lo humano, de la unidad de los seres humanos, más allá de las creencias, del color de la piel, de la posición social… Mirar es ya un mirar hacia el bien común, hacia el bien universal, hacia el progreso de todos con todos en cooperación fraterna y empática, sinérgica e inclusiva.  En el mismo Foro NESI, Daniel Truran, del movimiento global B Corp decía: “La finalidad de la certificación B Corp es precisamente confirmar que hay acciones detrás de la empresas que aspiran a convertirse en fuerzas positivas de cambio”. Y aún: “Nuestro sueño es que un día todas las empresas compitan por ser las mejores del mundo. Las ‘mejores’, eso sí, en un sentido bien amplio: aumentando el bienestar de las personas y de las sociedades y minimizando el impacto en el planeta”.

Lo que ha sucedido este fin de semana en Málaga, sólo tiene una expresión que defina lo ocurrido: al fin la esperanza acude al encuentro de quienes han creído que el nuevo mundo que definieron las utopías puede ser “sabia y realmente construido”. La esperanza es el alma de cualquier logro que mire hacia el bienestar universal. Es la motivadora de nuestra propia transformación. Porque finalmente emerge la punta del iceberg del cambio de conciencia que aflora en el ámbito de los colectivos/ comunidades humanas que han sido más reticentes al cambio de conciencia: el de la innovación tecnológica y el del mundo empresarial. El  primer Foro NESI ha convertido a la capital de la Costa del Sol en un espacio de encuentro internacional de la innovación social y la colaboración empresarial. Y nos ha traído algo más profundo.

Ya hemos expuesto que la prensa nacional ha manifiestan la importancia del evento: “El objetivo y el propósito de la nueva economía será servir a las personas y al planeta”. Con estas palabras arranca la “’Carta de Málaga’, elaborada por más de 600 líderes de opinión de 50 países, a tiempo para la celebración del Foro de la Nueva Economía, Sociedad e Innovación (NESI), hasta el 22 de abril en la capital de la Costa de Sol”. elmundo.es. CARLOS FRESNEDA.

...

CONTINÚA


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