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El hombre del saco era musulmán

24/04/2017 - Autor: Abdul Haqq Salaberria - Fuente: La Tribuna del País Vasco
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El hombre del saco

“La amenaza del Islam: El terrorista islamista responsable del atentado en los Campos Elíseos llevaba un fusil, cuchillos y un Corán en su coche.” En portada (La Tribuna del País Vasco).

Supongo que si aceptamos esa lógica aplastante, de haber encontrado un diccionario de la Real Academia Española, Francia nos hubiera declarado la guerra a los españoles.

Es alucinante ver cómo cualquier desequilibrado mental puede hacerse con un fusil como si nada. A cualquiera de nosotros, con todos nuestros recursos y contactos, nos resultaría casi imposible. Pero un animal con la cabeza como un cencerro, recién salido de prisión y vigilado por la policía, parece que se lo pudiera hacer en su casa con una impresora 3D, o que se lo enviaran de Afganistán usando el servicio postal.
También es cuando menos curioso cómo damos crédito sin rechistar a las reivindicaciones de un grupo criminal que decapita, viola, destroza ciudades históricas y masacra poblaciones, pero que al parecer son honrados en sus declaraciones, y si dicen que han sido ellos, que nadie lo ponga en duda.

De ese modo esa organización criminal llamada DAESH consigue lo que espera conseguir de nosotros: desestabilizar nuestra sociedad llevándola a la paranoia persecutoria de los más de veinte millones de musulmanes europeos. Donde no llegarían nunca con sus proclamas o sus armas, al menos llegan con su veneno propagandístico. ¿Es realmente su veneno o esas mentiras se fabrican en oscuros despachos oficiales? ¿Alguien comprueba la autenticidad de las reivindicaciones terroristas? Creo que da lo mismo, a estas alturas lo importante es sacar rédito a lo que de otro modo nos apuntaría como nefastos administradores de la seguridad ciudadana.

También es “pura casualidad” que este acto criminal estúpido y sin sentido aparente se produzca en las vísperas de unas elecciones trascendentales en Francia.

Si Marine Le Pen sale elegida debería pasar una pensión a los familiares del suicida. Ese loco no podía haber sido más oportuno y le ha puesto la presidencia en bandeja.
Como cada vez que un anormal decide suicidarse al grito de “Alahu Akbar”, los periodistas afilan su teclado y calientan el teléfono buscando la condena de la comunidad musulmana. “Hay que hacer algo más que condenar” decía un ilustre teólogo cristiano recientemente. Vale. Dos opciones: nos dan el mando de las fuerzas armadas y perseguimos nosotros a los terroristas. La otra opción es que nos declaremos agnósticos o nos convirtamos al catolicismo. ¿Les parecería eso suficiente?
Pues la historia nos dice que no, que incluso forzados a renegar de sus creencias y a convertirse al cristianismo los moriscos fueron masacrados y expulsados. Da lo mismo lo que hagan o dejen de hacer los musulmanes. Ya han sido condenados. Los que son radicales porque son una amenaza y los moderados porque son lobos con piel de oveja. Los que se integran, en realidad son hipócritas. Los que no se integran están conspirando contra nosotros.

La única forma de sobrevivir que tiene nuestra civilización es negando a alguien, y en este caso está claro a quién vamos a negar, salvo que entre tanto nos invadan los extraterrestres…

Sin embargo esa demagogia barata, carente de un ápice de rigor intelectual, está encubriendo el final de un sistema global político-cultural-económico que ha dominado el mundo en los últimos siglos y que está desintegrándose a marchas forzadas. No es porque haya una amenaza externa. Es fruto de un modo agotado y desfasado de entender la política, la economía y la cultura. La enfermedad está dentro, no fuera. La decadencia es nuestra, y es global porque hemos globalizado nuestra civilización.

Aunque muchos se rasgarán las vestiduras cuando lo lean: el islamismo es fruto de esa globalización, es un hijo bastardo de nuestra propia civilización, una consecuencia del saqueo y posterior “modernización” de los países de mayoría musulmana. El Islam, como civilización, desapareció hace 100 años con la caída del último califato legítimo. A partir de ahí ya no existen dos modelos de sociedad confrontados sino uno: contradictorio, amorfo, artificialmente implantado en algunos lugares, con sus monstruos y abortos, con sus fantasmas, dictadores y brutalidades necesarias, con una ideología materialista basada en la hipocresía política, en falsos mitos, en falsos dioses, y sustentada por el poderío tecnológico y financiero.

Pero si duermen mejor pensando que estamos en el bando vencedor, el que porta la bandera de la libertad y el progreso, les deseo mucha suerte. 

Que Trump les lea uno de sus cuentos antes de acostarse. Seguro que les deja como la seda.


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