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Hermanos por eleccion

El Nury Bey y el Capitán Miguel. Una alegoría de lo posible

24/02/2017 - Autor: Carlos Lucero, Nikos Kazantzakis - Fuente: Webislam
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combatiente

Alegoría de lo posible

Casi todos los paises europeos, cuyas costas están empapadas por el Mediterráneo, conservan palpitantes recuerdos de sus encuentros con bizarrías islámicas. Hayan provenido desde el levante o desde el sur, muchas campañas lograron penetrar sus territorios y quedarse como para tejer holgura de historias. Esta relación sufrió trances profundos y la mayoría de las veces, sumamente violentos. Nos asomamos hoy, gracias a Nicos Kazantzakis, el perdurable griego, que nos hiciera conocer a Alexis Zorba, a uno de tantos episodios, que pudo tener lugar a principios del siglo XX, en la isla de Creta. Su literatura nos ubica en una situacion de resistencia y dominio, en el cual las pasiones de sus personajes brotan, como lava hirviente, sobre el paisaje de la isla. Este fragmento, es suficiente para hacernos sentir el calor de los braseros que arden en la noche de una población que se haya dividida por discordantes temores. El eje se centra en dos hombres de batallas: el Capitán Miguel por un lado y el Nury Bey por el otro. Entre ambos, protagonizan vivencias, en las que prevalece el enfrentamiento sin consesiones. Sin embargo entre ellos, se eleva una relación de largas biografías compartidas. Como buscador peremne de la verdad, Kazantzakis, garantiza pluma idónea para pintar, tanto la crudeza, como la humanidad que confina la situación.

Hermanos de elección

Nury Bey hizo un gesto de contrariedad.

—Por Alá, si hubiese sabido que venías, hubiera hecho traer caviar negro.

Llenó los vaso y elevó el suyo.

— A tu salud Capitán Miguel, me alegro de que hayas aceptado venir a mi casa, para que bebamos juntos unos vasos de raqui. Mira Capitán Miguel, que mi sangre corra como este líquido, si te quiero mal.

Al decirlo, dejó caer un chorro de la bebida en el piso. El Capitan Miguel se tranquilizó y se sentó en el gran sillón que estaba junto a la ventana.

—Yo tampoco te quiero mal Nury Bey,pero tenemos que medir nuestras palabras, sería más conveniente.

Agotó el contenido de su vaso. De nuevo se callaron. Nury Bey sintió calor, se levantó y abrió la ventana. Desde los jardines se alcanzó a escuchar un fluir de agua y gorgogeos de pájaros. Un suave perfume de rosas y de flores de limoneros, se dejó sentir en la habitación. Más allá, desde el gineceo, se alcanzon a escuchar unas voces alegres. Los hombres siguieron callados. Nury Bey buscaba mentalmente un tema que pudiera interesarle a los dos. El Capitán Miguel respiró el aire que venía del jardín. Algo llegó a su memoria que lo puso furioso. Pensó “Aire perfumado, risas de mujeres y licor,…compañía de turcos, …eso es lo que hoy tienes, mi pobre Creta” . Y pegó un golpe en la mesa con el puño. La ventana se estremeció, y se cerró sola.

—Perdona Capitan Miguel, la abrí sin consultarte si tenías calor, dijo Nury Bey y volvió a llenar las copas.

El Capitán Miguel se volvió para mirar al turco. Tanto él, como Nury Bey habían nacido en el mismo barrio. Uno hijo de Bey, dueño de todas las tierras fértiles de la isla de Creta, el otro era hijo del Capitán Sifakas, quien ayudaba al que no le quedaban más que piedras. En aquellos tiempos, a los cristianos se les impedía andar a caballo. Sifakas no tenía más que un burro y cuando se encontraba con Heniali, verdugo de cristianos ypadre del mismo Nury, el viejo tenia que echar pie a tierra para dejar pasar al amo. Pero un día el capitan Sifakas, tría demasiado buen humos y no se bajó de su cabalgadura. Entonces Heniali levantó el látigo y castigó la cabeza del irreverente, que se cubrió de sangre. El viejo no dijo ni una sola palabra, se tragó la rabia y esperó. “Cristo no es albanés, es cristiano ortodoxo y algún día me devolverá mis derechos", pensó. Poco después, estalló la revolucion de 1866 y Kostaros, el hijo mayor de Sifakas sorprendió al sanguinario Heniali en las afueras de la ciudad de Candía y lo degolló como a un cordero sobre una piedra, bajo la bóveda del puente de Pendevi. Y he aquí que el hijo de Haniali había vendido a instalarse en Candía, en la gran casa señorial rodeada de jardines, de surtidores y de rejas y todas las noches, cuando hacía buen tiempo, recorría los barrios griegos, en su caballo, a rienda suelta, sacando chispas del choque con los adoquines. El Capitán Miguel sacó su tabaquera, lió un cigarrillo, se lo puso en la boca y su nariz se llenó de humo. No sabía si lo que experimentaba por aquel turco sentado frente a él, era afecto, odio o asco. Hacía mucho tiempo que venía planteándose esa cuestión y no lo tenía resuelto. Cuando se encontraban caminando en las calles de Candía, o a caballo, fuera de la ciudad, el Capitán Miguel no sabía si matarlo, o echársele sobre su cuerpo y abrazarlo como a un amigo. Cuando niños habían jugado juntos en las granjas, competían en carreras, se peleaban, pero siempre terminaban reconciliados. Un día- ya hechos hombres- se encontraron, a caballo bajo el puente de Pendevi. Caminaron a un mismo tiempo, sin hablar, con los semblantes sombríos y muy mal dispuestos el uno hacia el otro…había habido encuentros mortales entre cistianos y turcos en varias partes de la isla. Los jinetes caminaban cerca de los largos murallones rojos por el sol poniente.

“Es un perro, estoy hastiado de verlo pasear en su caballo, haciéndole chistes a las muchachas griegas de la zona." “Este cristiano me tiene cansado, pensaba Nury Bey. Cada vez que se emborracha produce un espectáculo vergonzonzo para Turquía. Es un brabucón, ¿acaso el año pasado no me agarró del cinturón y me lanzó sobre la pared, la gente se alarmó y tuvieron que acercar una escalera para bajarme,? ¡ Qué vergüenza me hizo pasar ! ”. El rostro de Nury Bey se puso rojo y con furia decidió gritarle al Capitán Miguel:

—Mira Miguel, acá en esta ciudad, no cabemos los dos. Uno tiene que matar al otro. O tú, o yo.

—Lo que tu digas, mi querido Bey. Si quieres me apeo y peleamos.

Nury Bey no le respondió. Miró al griego y sus ojos se llenaron de ese palikaro, de ese hombre fuerte y valiente. Jamás un alarde, jamás una palabra de más. Jamás se le oyó un desprecio hacia un subordinado, tampoco era hombre temerla a la muerte. Resulta un honor tenerlo de enemigo.

—No, Capitán Miguel,ahora no. Retiro lo que dije, yo creo que ni al Profeta ni a tu Cristo le gustaría. Tú eres tan valiente como yo. Ven, vamos a mezclar nuestra sangre,pero de otro modo.

—¿De otro modo? ¿De qué modo?, preguntó Miguel.

—Ven, seamos hermanos de elección.

El Capitán Miguel picó espuelas a su caballo y se adelantó. Su garganta se había oprimido. Durante un largo, demasiado largo momento, estuvo sintiendo el latir de sus arterias en el cuello. La propuesta lo colocaba en un sólido compromiso, tal vez era de alegría, la idea de mezclar su sangre con la de aquel niño mimado, al cabo le impedía matarlo. Era necesario exorcisar la imagen tentadora de tener un cuchillo en la mano cuando se encontraba con Nury Bey.Aunque turco, este hombre era objeto de orgullo para Candía. No se le podía encontrar un defecto. Era recto, justo, de buen talante, se podría decir un hombre perfecto, qué más? Afirmó la rienda de su yegua y se paró. Nury Bey aceleró su cabalgadura y dijo:

—Vamos ahora, dijo mirando hacia adelante.

Entraron al patio de la mansión del Bey donde apareció un criado que se hizo cargo de los animales. El Bey batió palmas y apareció una mujer que se posternó ante él.

—Degüella un gallo, el rojo, el más grande. Saca vino del viejo, prepara dos camas que tenderás con sábanas de seda. Esta noche se queda mi amigo con nosotros. Se quedaron solos y se sentaron a la turca, uno frente al otro bajo el viejo olivo que florecía en el medio del patio. A lo lejos, sobre el horizonte, comenzaban a parpadear las estrellas. Nury Bey se levantó y fue a buscar el cubilete de bronce que yacía en la fuente pública donde venían a beber los peregrinos, bendiciendo el recuerdo del viejo Haniali quien la hizo construir. El bey se sentó.

—En el nombre del Profeta y de Cristo, dijo sacando su cuchillo.

El Capitán Miguel arremangó su brazo derecho, bronceado, firme, musculoso. Nury Bey se inclinó, avanzó la punta del cuchillo y punsó la gruesa vena que latia entre la carne. La sangre saltó negra, caliente. Nury Bey acercó el cubilete y recogió como un dedo. Luego se quitó el turbante y vendó al herido.

—Ahora tú, Capitán Miguel, dijo.

—En nombre de Cristo y del Profeta, comenzó el Capitán Miguel, y sacando su cuchillo hizo una incisión en el brazo fresco y redondo del Bey que envolvió fuertemente con su pañuelo cuando la sangre hubo corrido.

Colocaron entre los dos el recipiente y, lentamente, en silencio, revolvieron la sangre con sus cuchillos. La noche había avanzado. El humo salía de la chimenea del pabellón, los criados comían en el sótano. Los hombres guardaron sus cuchillos, después de haberlos limpiado en el pelo. Luego Nury Bey tomó el cubilete y lo levantó muy alto. Su voz se oyó grave, solemne como una oración.

—Bebo a tu salud, Capitán Miguel, mi hermano de elección. Juro en nombre del Profeta no hacerte jamás el menor daño, en palabras ni en actos, ni en tiempo de guerra ni en tiempo de paz. Para mi venganza hay otros muchos griegos, y para la tuya muchos otros turcos,dijo.

Llevó el recipiente a sus labios y bebió la sangre mezclada, lentamente, en pequeños sorbos. Bebió la mitad, se limpió los labios y dio el cubilete al Capitán Miguel quien lo tomó con sus manos.

—¡Bebo tu salud, Nury Bey, mi hermano de elección. Juro en nombre de Cristo no hacerte ningún daño, ni en palabras ni en obras, ni en la guerra ni en la paz. Para mi venganza hay muchos otros turcos, para la tuya otros tantos griegos.

Luego vació el cubilete de un trago.

(Nikos Katzanzakis)



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