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Sobre juegos malditos

Somos derrotados. El alma ha sido dominada en nombre de la libertad

03/02/2017 - Autor: Kamel Gomez - Fuente: Webislam
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En el ajedrez se busca la batalla decisiva...

El 13 de enero en el diario La Capital, encuentro un interesante artículo del profesor de filosofía Nicolás Martínez Sáez (http://www.lacapitalmdp.com/juegos-malditos/). 

El mismo hace mención al juego en general, desarrollando algunas ideas sobre el ajedrez particularmente. Quisiera, también, dejar unas líneas al respecto.

Es cierto que muchas veces, como bien dice Nicolás en su artículo, ciertos sectores de las tradiciones “monoteístas” han prohibido el ajedrez. Razones varias. Pero desde Maimónides hasta el rey francés San Luis han prohibido el ajedrez. Ahora bien,  no podemos dejar de mencionar que el juego se conoce, desde la India hasta Europa, principalmente por los musulmanes. Si bien en la India el juego tenía un simbolismo metafísico, desde el tablero hasta el rol de las piezas, hoy podemos decir que el juego tiene muchas connotaciones psicológicas, y hasta de estrategia, en especial, militar.

Es interesante la mención que se hace en el artículo a Kissinger y su libro China (2012). Kissinger establece una diferencia en base al juego del ajedrez, desarrollado en Occidente, con el wei qui chino o el go japonés.  La cita que sigue del libro bien vale la pena:

“Mientras la tradición occidental valoraba el choque de fuerzas decisivo que ponía de relieve las gestas heroicas, el ideal chino hacía hincapié en la sutileza, la acción indirecta y la paciente acumulación de ventajas relativas.

En el ajedrez se busca la batalla decisiva y en el wei qui, la batalla prolongada. El ajedrecista tiene como meta la victoria total. El que juega al wei qui pretende conseguir una ventaja relativa.

En el ajedrez, el jugador siempre tiene ante sí las posibilidades del adversario, siempre están desplegadas todas las piezas. El jugador de wei qui no solo tiene que calcular las piezas de la cuadrícula, sino los refuerzos que puede desplegar el adversario.

El ajedrez enseña los conceptos de Clausewitz del “centro de gravedad” y del “punto decisivo”: el juego suele empezar como lucha por el centro del tablero. El wei qui enseña el arte del rodeo estratégico.

Donde el hábil ajedrecista apunta a eliminar las piezas del adversario en una serie de choques frontales, el diestro jugador de wei qui se sitúa en espacios vacíos de la cuadrícula y va debilitando poco a poco el potencial estratégico de las piezas del adversario. El ajedrez crea resolución; el wei qui desarrolla flexibilidad estratégica.”

El desarrollo comercial chino, sus avances diplomáticos, mucho tienen del juego  wei qui.  Hasta las negociaciones de Occidente con el programa nuclear iraní se explican más con Sun Tzu que con Clausewitz. Los tiempos de Oriente son otros. Quizás Trump deba tomar nota.

Volvamos al ajedrez. Decíamos que el juego proviene de la India, y los persas y árabes lo difunden hasta llegar a la España musulmana o Al Andalus, para luego ser conocido en el Occidente medieval. Incluso cuando decimos “Jaque Mate”, estamos hablando en persa y árabe.  Sha en persa es rey y mat en árabe significa muerto: “el rey ha muerto”, es lo que decimos cada vez que hay un ganador. Incluso el Alfil, significa en árabe “el elefante”, pues antes encontrábamos piezas con esas formas en vez de los alfiles actuales.

Titus Buckhardt señala en su librito Símbolos (2009) algunas consideraciones metafísicas. Mencionemos de pasada la importancia que se da en el juego entre la voluntad y el destino, la libertad y el conocimiento. También se explican los símbolos de movimientos de las piezas, por ejemplo, el aspecto intuitivo que tiene el movimiento del caballo, y por supuesto, la transformación del peón en reina.

Pero hay más.  Este autor tiene otro libro: La Civilización Hispano-Árabe (2001), en el cual relata una interesante historia que, siempre siguiendo a Burckhardt, es más o menos como sigue.

En 1078 Alfonso VI se acercaba con un ejército a las puertas de Sevilla, en esos tiempos, musulmana. Ibn Ammar, visir del Mutamid, quien gobernaba Sevilla, había hecho fabricar un tablero de ajedrez de inaudita perfección artística. Fue entonces que Ibn Ammar marchó como emisario, llevándose consigo el juego de ajedrez.
El rey cristiano recibió con honores a Ibn Ammar, pues su fama lo destacaba en aquella España.  Ibn Ammar no perdió el tiempo, y rápidamente hizo llegar rumores a Alfonso de su magnífico juego de ajedrez.

El rey, jugador apasionado, había sido informado por sus cortesanos –algunos ya comprados por Ibn Ammar- y quiso para él ese tablero. Fue entonces cuando la treta salió a la luz: Ibn Ammar propuso al rey una partida. Si él perdía, el tablero y las piezas serían para el rey. Mas si ganaba, debería Alonso acceder a una petición del afamado visir. Las dudas del rey iban desapareciendo de su cabeza gracias a la ayuda de los cortesanos, ya sobornados por Ibn Ammar.

Por supuesto, Ibn Ammar ganó la partida, y no hizo esperar su petición, para mal trago del rey, que ya la suponía. Ibn Ammar exigió la retirada de las tropas, y el rey cumplió su palabra. Tuvo que retirar su ejército de las fronteras del reino sevillano.

Finalmente, y ya hablando del juego en general, Sáez traza algunas líneas sobre la importancia del juego, y el error de prohibirlo, cosa común de las personalidades autoritarias, quienes tienen una “cruzada contra los juegos”. Quizás los Juegos Olímpicos de Hitler, o el mundial de fútbol del ’78 hagan revisar tal premisa. Incluso critica la prohibición del Pokémon Go…   

En mi ayuda traigo al filósofo Byung-Chul Han. En su obra, como por ejemplo en Psicopolítica (2014,) Byung afirma, y nosotros con él, que el homo ludens es explotado por la ludificación del trabajo. Actualmente el juego del me gusta y el contar los seguidores, la ludificación de la comunicación, ha arruinado a esta última. Los juegos digitales animalizan nuestra conciencia.  Nuestro trabajo es un juego. La emoción es lo único que importa. Ya no somos obedientes, sino dependientes.  Jugar hoy, en especial en el ámbito de lo digital es, psicológicamente,  convertirnos en cazadores. Ya no hay labradores. La tecnología nos separa de la Tierra. Jugar hoy, en especial en el ámbito de lo digital es, psicológicamente,  convertirnos en cazadores. Ya no hay labradores. La tecnología nos separa de la Tierra. Para hacernos perder el tiempo. Hoy jugar en el infierno de lo igual es explotación de uno mismo. Somos derrotados. El alma ha sido dominada en nombre de la libertad.

Coomaraswamy (2001) desde el pensamiento de la India, coincide con los griegos, en especial con Platón, en la importancia del juego.  Pero desde una perspectiva no occidental moderna, que supongo, es la que se le escapa a Nicolás. El intelectual indio afirma contundentemente que los juegos no son “meramente” ejercicios físicos, espectáculos o distracciones. Es un error valorar al juego desde un lugar meramente estético y/o higiénico. Es que el juego implica reglas y por lo tanto, orden. Lo que la Sabiduría quiere destacar de todos los juegos es que lo importante es jugar bien, sin importar los resultados.En última instancia, si no tenemos fines particulares que perseguir, ya nuestra vida puede ser “un juego”, que no se distingue del trabajo. Pero ya hablamos de una perspectiva trascendental, y no de ajedrez.

Por último, la causa del  artículo es la “prohibición del Islam” al ajedrez, citando una fatua de Arabia Saudí. Ya nada sorprende de los sauditas.  Las fatuas del reino han permitido que tropas norteamericanas se hayan instalado en su país, para “protegerse” en la primera guerra del Golfo.  Como se ve, dejan a sus religiosos dictaminar lo que la dinastía necesita. Vemos su explicito apoyo al autodenominado “Estado Islámico”, que no es ni una cosa ni la otra. En fin, queremos decir, tomar en serio a los saudíes cuando hablan del islam es como valorar a los  republicanos y demócratas norteamericanos cuando hablan de terrorismo.

Un dato de despedida. Quizás sea bueno mencionar que este año en Irán se organiza el campeonato mundial femenino de ajedrez... ¡jaque mate!


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