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La Ummah de fin de ciclo

Acerca del avance del dualismo en el seno de la comunidad musulmana

16/12/2016 - Autor: Ferrán Iniesta - Fuente: ciclologia.com
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Cada individuo puede recorrer el camino hacia su propio corazón desde cualquier punto del círculo de la realidad.

Siempre tuve gran respeto por el Islam como vía tradicional, incluso cuando en mi fase atea acostumbraba a considerar las religiones -y particularmente las monoteístas- como gigantescos andamiajes destinados a obtener poder social y a mantener embaucadas a las gentes. Tal vez mi simpatía por la comunidad de adeptos al Corán tenía que ver con el antiimperialismo de juventud, reforzado más tarde por mi conocimiento creciente sobre sociedades negroafricanas, muchas de las cuales viven en Islam desde hace siglos. Habiendo pasado años en ciudades de mayoría musulmana, despertando con la llamada del muezzin al salat, desde pequeños minaretes provistos de potentes altavoces, el exoterismo islámico se fue volviendo algo normal y cotidiano en mi errante vida de moderno occidental. Tras regresar a casa, el respeto profano por esa via o din se fue agrandando con el descubrimiento de la obra teórica del sufismo clásico.

Al distanciarme paulatinamente de la percepción profana, dualista, de la realidad, el esoterismo islámico pasó a serme el más próximo, tanto por pertenecer al tronco abrahámico, como por su cercanía física (musulmanes dentro y en torno a Occidente), teniendo a mi juicio la ventaja de no hallarse cargado de reminiscencias personales desagradables: una Iglesia Católica ligada a casi todos los oprobios occidentales, unas escuelas religiosas represivas y custodias de meras apariencias, un catolicismo franquista irrespirable para cualquier individuo de inteligencia despierta y libre, unas familias ateas de facto pero sobrecargadas de convenciones y timorateces esterilizantes. A diferencia del Taoísmo, admirable pero para muchos occidentales muy distante culturalmente, o del Hinduismo -que estrictamente exigiría haber nacido en un sistema de castas- y Judaísmo -inaccesible para un exterior al pueblo hebreo- el Islam posee la doble ventaja de su proximidad físico-histórica y la de ser el gran sector tradicional menos fagocitado por la modernidad.

Si a lo anterior añadimos que el último gran maestro de la Tradición en el Occidente de este siglo, René Guénon, fue iniciado en el sufismo y optó por vivir los últimos años de su vida como discreto musulmán de a pie en un barrio cairota, todo parecía coincidir para que algunos retornados a la visión sagrada de la realidad entrásemos decididamente por el espléndido portal del Islam. Sin embargo, la Tradición vive en culturas, éstas tienen historias particulares y cada individuo tiene su propia vía y su propia djihad interior con la Sabiduría, que está en el eje profundo incluso del peor de nosotros. Aunque son cada vez más numerosos los occidentales que optan por el din musulmán, la mayoría lo hacen simplemente en sus aspectos religiosos y en sus formas rituales exotéricas: buscan la salvación, y en el salat y en los preceptos cotidianos hallan la protección y el consuelo que precisan en una vida inestable y fugaz. Para esa mayoría, ser musulmán es un puerto seguro que el cristianismo ya no ofrece en su capitulación casi total ante la modernidad y sus mitos antropocéntricos.

Pero hay un sector neomusulmán, culturalmente occidental, que habiendo buscado honestamente en el Islam la sacralidad -a veces con un análisis no demasiado profundo de la crisis moderna- ha llevado consigo algunos de los más fuertes rasgos del dualismo occidental: fascinados por el mensaje muhammadiano, los neomusulmanes lo han recargado con la vieja dicotomía entre bien y mal, amigo y enemigo, verdad y error, hasta diabolizar tanto al Occidente del que proceden como a todas las vías tradicionales que aún subsisten. Todos los caminos, todas las opciones son comprensibles, y los neomusulmanes occidentales merecen ese beneficio, como todos quienes buscamos luz en este confuso mundo que ha perdido el más elemental sentido de la orientación. Ni siquiera el más sañudo combate político contra lo occidental es injusto o inaceptable, ya que siempre viviremos las confrontaciones y anhelos de nuestra época y nuestro lugar, sin que ello varíe ni un ápice el grado de sabiduría que cada individuo posea. Con todo, deseo hacer algunas observaciones que puedan servir para una reflexión de quienes lean este corto comentario.

Son numerosos quienes, en plena vorágine moderna, buscan en religiones y sectas de toda índole, y lo hacen con sinceridad indudable, de tal modo que incluso el New Age se está volviendo un fenómeno cotidiano en muchos estratos sociales, mientras otros grupos se acercan al Hinduismo, el Budismo o el Islam. Quienes consideran que las antiguas tradiciones aún vivas deben ponerse al día o bien se refieren a aspectos meramente externos -aggiornamento, decían los católicos del Vaticano II- o bien no suelen darse cuenta de que aquello que es realmente propio de una tradición histórica no puede ponerse al día, porque pierde su sentido fundamental. Una tradición muerta, carente de maestros, no puede ni resucitarse ni "modernizarse", ya que su carga simbólica y su transmisión organizada no son ni variables ni inventables. Por eso Guénon comentó que sólo Masonería y Compagnonnage sobrevivían, de las organizaciones iniciáticas occidentales, junto a una Iglesia Católica que a duras penas preserva su carácter tradicional en su ritual exotérico. En semejante panorama, no debe extrañar la diáspora de buscadores de la Verdad en los tiempos recientes, y así hay que aceptarlo.

Aunque SYMBOLOS lleva ya tiempo insistiendo en que la degradación dualista es mucho más antigua y amplia que la simple modernidad occidental, bueno será recordarlo. Todo el llamado Neolítico, desde hace unos seis mil años, es una compleja combinación de despliegue pragmático de dualismos y de combate teórico de las tradiciones por preservar la memoria de lo substancial, de lo centralmente humano: y pese a ese esfuerzo generalizado, las sociedades han avanzado en su descenso hacia la ceguera y el olvido, en medio de abundancias tecno-instrumentales y de tantálicas victorias sobre el Mal, siempre recuperado. Este es el "signo de los tiempos" del que hablaron los cristianos o el "reino de la cantidad" sobre el que escribió Guénon: aceptar este hecho -nada progresista, por cierto- obliga a un gran rigor intelectual, porque supone una actitud crítica y rebelde frente al planteamiento progresista del antropocentrismo imperante. Puede que, tecno-instrumentalmente hablando, estemos dando pasos de gigante hacia no se sabe qué hipergaláctico paraíso, pero desde un punto de vista de reconocimiento inmediato e intelectualmente intuitivo llevamos miles de años retrocediendo y perdiendo claridad en todo lo esencial para la vida humana. Admitir esto, incluso calladamente, exige un coraje inhabitual.

Como decía hace más de un siglo el jefe amerindio Seattle, nosotros somos parte de la Tierra, y nuestra humanidad se halla en el mismo eje vertebrador de la realidad cósmica en la que somos, densos como la materia y etéreos como la conciencia de ser y la intuición del No Ser. Tratar de ejercer una soberanía zafia y patosa sobre lo que nos envuelve, manipular nuestros propios cuerpos como irresponsables aprendices de brujo y, por encima de todo, operar fríamente y sin amor en alocadas construcciones exteriores expresa el malestar de nuestra presente humanidad. Nuestra cultura moderna no canta la grandeza del despliegue universal, sino el torpe sueño del homo-artifex que desvía planetas y decide cómo escapar del día del Armagedón o elaborar científicamente -como cantó Aragon- "la vacuna milagro, que sanará al hombre de la muerte".

Pero en esta percepción del mundo, en esta enajenación antropocéntrica (humanista), ni una vida individual de mil años terrestres salvaría la vacuidad y el absurdo de la concepción profana que hoy se expande por todas las culturas con una profundidad desconocida en el pasado más próximo. Y en ese creciente malestar de masas desvalidas y "des-centradas", los ecologismos y nuevas eras, las fugas hacia tradiciones históricamente distantes y las opciones por religiones a veces reconstruidas por ignorantes de buena voluntad se han vuelto moneda corriente, e incluso institucionalizada (Iglesias como la de la Cienciología, y tantas otras).

Sin embargo, incluso en ese plano de afanosa búsqueda, las concepciones modernizantes suelen predominar. Si bien es cada vez mayor el número de retornados -en Occidente- al campo tradicional, sea en antiguas organizaciones iniciáticas o en el seno de alguna de las tradiciones abrahámicas, el análisis que suele efectuarse de la situación humana presente se tiñe involuntariamente de matices modernos. Más que fijar la atención en los tiempos fundacionales de su propia tradición, muchos ponen el acento en la -supuesta- constante evolución hacia las cumbres de la perfección de la especie, de la mano de la propia vía tradicional. Para muchos de quienes se incorporan al campo tradicional, las concepciones antiguas fueron toscas, las antiguas simbologías habrían sido una herramienta de poder en manos de minorías manipuladoras (los ilustrados ya lo plantearon así mucho antes que Marx), la Edad Media europea habría sido la del poder feudo-eclesial, y el presente -con todos sus riesgos- superaría las guerras llamadas de religión para ofrecer un conocimiento cabal y global en torno a una sola tradición. El malestar de quienes buscan, febrilmente, una comprensión de la cambiante realidad que nos rodea no sería, en suma, sino la expresión anímica de ese ascenso colectivo hacia la culminación, sea católica, musulmana o New Age (nada tradicional en su concepción): se unirían por fin, a escala de toda nuestra especie, el intelecto a la emoción, el pensamiento dialéctico a la mística más sensorial, en un mundo unificado en la única vía. También para esos sectores neomusulmanes, en Occidente y fuera de él, la Edad de Oro no fue la fundacional del gran califato, sino la que ven despuntar en un futuro próximo: luchando honradamente por desprenderse del dualismo y de su variante moderna, son numerosos quienes asumen los mitos progresistas de la ensalzada Aldea Global.

En este contexto, hay una cierta vivencia del Islam que considera próxima una nueva aurora: ésta llegará para toda la humanidad de la mano del din que profetizó Muhammad hace quince siglos. Los sectores neomusulmanes -en el Dar al Islam y en Occidente- no tienen tanto la referencia de los Califas de Oro de los primeros tiempos ni el movimiento sufí que tocó las cimas entre los siglos XI y XIII, sino la posibilidad presente de obtener una humanidad totalmente islamizada. Se relativizan así las grandes crisis y retrocesos de la 'Umma musulmana (la Comunidad de los Creyentes) y se pone el acento en la progresión numérica de fieles, tal como se acostumbra a hacer en casi todos los ámbitos de la vida moderna. Piensan -integristas y anti-imperialistas musulmanes- que con la caída del Saytán occidental emergerá con toda su fuerza el Dar al Islam en toda la Tierra, y juzgan mera influencia moderna externa todos los comportamientos erráticos de la propia 'Umma hoy. Son corrientes musulmanas, nacidas de la misma vorágine dualista y encrespadas contra todo signo externo occidental: digo bien, contra todo signo externo, porque se supone que el hábito hace al monje y que sólo una clase de indumentaria es mala y sólo una es buena. Desgraciadamente, integristas y anti-imperialistas son, en el seno del Islam contemporáneo, variantes modernas, dualistas extremas, de la misma sociedad desorientada que combaten. Su improbable triunfo -aunque no imposible- sería un paso más en la entronización del mito del progreso.

Cada tradición, desde hace miles de años, ha afirmado su validez en base a unos referentes simbólicos que -en formas múltiples- se han abierto a la misma e invariable realidad del Ser. Cada vía, cada transmisión de lo esencial, cada din o camino vital hacia el Único Uno ha respondido a un tiempo y unas circunstancias, preservando las claves primordiales, lo que algunos llamamos tiempo atrás las claves cósmicas. La mayoría de tradiciones antiguas fueron conscientemente particulares, como el Hinduismo en la India o la Enéada en Egipto, otras insistieron en su validez confinada a un pueblo -judaísmo- o a una tierra -vías africanas- y finalmente llegaron los mensajes directamente universales y de salvación de las últimas tradiciones abrahámicas, Cristianismo e Islam. Pero ninguna de las tradiciones citadas bosquejó un final histórico áureo y de idílica unidad: la Unidad es sólo del Gran Hacedor, y tan sólo retornando a Él acaba la apariencia de multiplicidad, de separación, de dualismo, como señaló Ibn Arabí en su Tratado de la Unidad.

Hoy disponemos de mayor erudición que en el pasado sobre esas vías de Tradición, sobre sus momentos históricos y sus reformas interiores, pero la vivencia de todas ellas está en sus peores momentos, y ni siquiera hubo que esperar al triunfo reciente de la modernidad para que esa degradación se iniciara. Retomemos, pues, la lectura tradicional del proceso humano, hacia su culminación, hacia el fin del ciclo abierto por el gran Babel neolítico: las tradiciones son múltiples, su esencia es única, pero la vivencia colectiva de esas tradiciones no ha cejado ni un instante en proseguir su curso descendente y de degradación, de forma constante e inevitable. Considerar que el Islam está en su mejor momento, que es la cúspide y síntesis de todas las restantes tradiciones, que sus desviaciones cotidianas son simple influjo moderno, es defender involuntariamente la concepción moderna de un progreso incesante, desde los orígenes hasta un cénit terreno. Por ello, esos sectores neomusulmanes coinciden con la visión dualista de la Realidad, al pensar que se puede extirpar la diversidad histórica y escapar al ciclo de la humanidad. La Edad de Oro ya fue, aunque el corazón ensordecido por el ruido moderno puede creer que la Utopía está despuntando: demasiada desesperación en aquellas gentes honestas que, agobiadas por el presente, conciben esplendores futuros que ninguna tradición anunció.

Asumir una personalidad, el propio papel en el gran teatro del mundo es irreprochable. Asumir la propia labor, la propia trinchera y la propia guerra son actos que en nada cuestionan el conocimiento ni la conciencia profunda de la realidad esencial, de la única realidad del Ser. Pero ignorar que el peor adversario es uno con nosotros, es equivalente a olvidar la surat coránica que señala nítidamente que "Él está más cerca de tí que tu misma yugular": el islamista que degüella en el Maghreb está autoexcluido del din, de la misma via que proclama defender. Nadie puede salvar la Tradición, porque Ella es fruto del Espíritu, y -mal pese a aristotélicos y a otros dualistas- el Espíritu fue antes del despliegue creacional, y sin Él no hay tradiciones ni sentido alguno: la Tradición seguirá hasta el fin, y los humanos culminaremos nuestro ciclo.

Sin conocimiento interno, sin ver la luz interior que nos vertebra, todas nuestras acciones son ciegas y estériles: en los últimos siglos, en Occidente, pero también fuera de él, la cerrazón ha ido nublando el horizonte de los seguidores de la tradición y mayorías procedentes de todas las culturas se han precipitado como ciegos hacia salvaciones exteriores, hacia soluciones obtenidas por guerras y artefactos. Se fueron los sabios por doquier, muchas vías quedaron abandonadas y no podrán ser resucitadas, otras están llegando a un vaciado completo de sus contenidos: florecen grupos e instituciones ilegítimos que se arrogan la representación del mensaje tradicional, tanto por el influjo moderno de Occidente como porque todas las vías de conocimiento han sufrido su propia lógica interna en el descenso hacia el dualismo. ¿Cómo puede, entonces, asumirse el Islam contemporáneo como la síntesis única y definitiva de miles de años y de todas las tradiciones? ¿Quién puede considerar un mensaje profético con independencia de cómo lo viven y transmiten sus fieles?

Hay individuos, hay grupos musulmanes -sobre todo en países en los que la 'Umma es antigua y pujante- que viven con el corazón abierto al Corán. Los hay -menos frecuentemente- en el seno de las sociedades occidentales. Pero, desgraciadamente, esos sectores son minoritarios entre los que se reclaman del Islam. La sabiduría abandonó al grueso de las instituciones cristianas, pero también a la mayoría de agrupamientos musulmanes, e incluso todo un sector del sufismo ha adoptado formas meramente externas y adaptadas al gusto del Occidente homogeneizador, del estilo nueva era o todo vale y puede mezclarse. Del resentimiento hacia la mala educación recibida en familias y escuelas superficialmente cristianas, de la revuelta frente a una sociedad occidental hipócrita y farisea en sus instituciones y en todo lo que es público, de la convicción -nada desencaminada, ciertamente- de que ha sido el moderno Occidente quien ha arrasado pueblos y culturas y ha sumergido a la especie en las peores guerras y destrucciones planetarias, de todo ello brota con urgencia la búsqueda de caminos alternativos a tanta vaciedad y a tanta locura legitimada.

El Islam aparece, entonces, para muchos occidentales, como el verdadero martillo de herejes, como el justiciero venido del antiguo campo enemigo: diabolizado por el Occidente oficial como ayer lo fuera el comunismo y anteayer el Turco, único gran reagrupamiento que aún se reclama públicamente de la tradición, el Islam se ve revestido del halo comunitario y del estandarte del anti-imperialismo. Los comportamientos dualistas de tipo islamista en Argelia, Afganistán o Sudán son atribuidos a desviaciones occidentales, causadas por el mismo colonialismo y neocolonialismo de Occidente. Los esfuerzos ecuménicos de algunas minorías musulmanas son criticados por su naturaleza de caballo de Troya introducido en las filas del Islam auténtico. Cualquier otra tradición viva, aunque sólo sea en pequeños núcleos que la preservan en medio de grandes dificultades, es considerada sinceramente por los neomusulmanes infidelidad, atraso e idolatría, porque a su juicio el único din perfecto es el Islam.

Fruto de una situación general altamente crispada, causada en buena medida por el moderno Occidente, estos neomusulmanes pueden establecer acuerdos con gentes de otras tradiciones coyunturalmente, hasta que llegue el momento de una ineluctable victoria del Islam auténtico en todo el orbe. Subyace en este proceder la buena intención de salvar a los individuos de otras vías hasta que comprendan el error en el que viven, ya que toda diferencia -por más sagrada e histórica que sea- es percibida como idolatría que debe desaparecer, tarde o temprano. Sin darse cuenta de lo que significa, esta concepción de la Verdad excluyente no se aleja un ápice de la del cristianismo exterminador de amerindios ni de la democracia extirpadora de cualquier otro régimen político: una sola ruta, una sola fórmula, y un combate extenuador contra la diversidad siempre viva y siempre renaciente, porque no se dieron cuenta de que el dualismo lleva seis mil años tratando de forzar la unidad. en esta Tierra y este tiempo. Para mi tristeza y la de quienes percibimos el sentido de este proceder ofuscado, nada tan occidental ni tan moderno como ese feroz dualismo entre el Bien y el Mal, instalado en el mismo seno de la tradición.

El camino del conocimiento es siempre construcción interior, basada en la comprensión de la sacralidad del mundo y en la integración de la diversidad, incluido el peor enemigo, pero la crispación no es una virtud tradicional. No debe interpretarse lo anterior como una invitación a doblegarse ante la injusticia o a aceptar mansamente el curso frenético de la modernidad, sino como un asumir el propio destino sin amarguras ni escisiones: amar al enemigo implica "com-prenderlo" y, luego, si es preciso, combatirlo enérgicamente, como enseñaba el Baghavad Gita del hinduismo. El esfuerzo ante Dios que es la djihad musulmana puede efectuarse armas en mano, pero mucho antes que ese esfuerzo de valor físico está el coraje de la djihad interior, la paz que asume, comprende y ama. Los hijos de la ira, en cualquier vía de tradición, seguirán erráticos confundiendo y sumiendo en el dolor a propios y extraños. Aunque pueda parecer una paradoja, el integrismo moderno de cualquier signo está ya fortaleciendo el dualismo de la Edad Obscura y es uno de los jinetes implacables de la modernidad triunfante: con esta forma de proceder, por más honesta que pueda ser, se hace un flaco favor a la continuidad de la sabiduría que aún vive en cada tradición. Crispación, intolerancia, resentimiento son atributos crepusculares de este ciclo humano que se acerca a su poniente.

Cabe añadir una contradicción notable de ciertos sectores neomusulmanes -de origen occidental- que sí perciben y denuncian la progresión del dualismo en la 'Umma, pero que señalan a Occidente como único causante de la perversión del mensaje de Muhammad. Hay parte de cierto en ello, aunque no deja de sorprender que sean neófitos musulmanes occidentales quienes precisamente atribuyan toda degeneración islámica a su propia cultura occidental.

Este no es un panorama exaltante para nadie, ni motivo de alegría, salvo para estúpidos y flacos de mente. La Tradición permanecerá hasta el último resuello de la humanidad, pero las tradiciones siguen apagándose en manos de frenéticos: Vicent Ferrer o Al Turtusí, de inquisidores cruzados o enturbantados, magníficos aliados inconscientes de poderes políticos sin escrúpulos. Democratizados o islamizados, los humanos de estos tiempos avanzan y progresan hacia el más completo de los dualismos, hacia la más corta de las visiones de la realidad y hacia la mayor ignorancia del Sí Mismo, del que hablaron Muhammad y todas las sabidurías tradicionales. Se sigue estrictamente la letra, pero no siempre al Espíritu que vivifica: los militantes de la vía tradicional única son una parte entrañable de nosotros mismos, de nuestros desgarros y de nuestras incertidumbres.

Cada individuo puede recorrer el camino hacia su propio corazón desde cualquier punto del círculo de la realidad, cada din o tradición le ofrece una manera particular e histórica de adorar y conocer, y en ello no hay restricciones universales ni reglas generales: el Islam, el Taoísmo, la Masonería o el Budismo pueden convenir más a unos que a otros según las peculiares trayectorias de cada humano. Pero el resentimiento no puede ser el impulso de esa arriesgada opción en la confusa época moderna. Estas corrientes, en todas las vías de conocimiento, expresan el malestar de la época y viven en la irresoluble contradicción del dualismo, pero forman parte del Atman o Espíritu universal y disponen de la comprensión de las gentes de la Tradición; como exclamó un anciano hindú antes de ser atravesado por la bayoneta del soldado colonial: "¡No me engañarás! Tú también eres la Divinidad".

Y tampoco es una base fiable la de considerar la propia opción como la única válida universalmente, tal y como lo creen muchos neomusulmanes. No deja de ser una concepción progresista -y por ello, profana- la de ver en el Islam no sólo la última gran tradición del Kali Yuga -indudable, por otra parte- sino también la culminación y superación de todas las precedentes. Es el dualismo moderno quien ha desplegado la idea progresista de una evolución humana de menos a más, de la ignorancia a la ciencia, del salvajismo a la libertad, de la violencia a la paz, pero ese punto de vista nunca fue el tradicional y un análisis no moderno arrasa con tan endeble mito profano. Aunque, está claro que es tiempo de sordos y ciegos, y pese a matanzas o ecocidios la mayoría cree "ciegamente" en un mañana radiante, repleto de artefactos del homo-deus.

Hay que inquietarse de que, en medio de esta situación planetaria, algunos de los más ponderados neomusulmanes puedan argumentar que los adeptos del Islam siguen una irreprochable marcha ascendente hacia las más excelsas cumbres de la humanidad: no, amigos, Guénon no pasó sus últimos años en el Dar al Islam porque ese fuera el din final, sino por opción personalizada que no le impidió seguir escribiendo sobre las tradiciones en general y sobre cuáles de ellas persistían aún en Occidente (Masonería, Compagnonnage y, con reservas, catolicismo). No habría que olvidar que el pensador francés siempre insistió en la necesidad del esoterismo y en que la iniciación al conocimiento sólo podía hacerse individualmente, y que cada persona debía hallar la vía más adecuada a sus características: veinte años antes de marchar hacia El Cairo, René Guénon ya era sufí, y ni antes ni después dejó de preocuparse por la vitalidad de la Tradición en las tradiciones aún vivas. Sería asombroso, e incluso infantil, concluir que el maestro sufí asumió el Islam porque con él se iría a una nueva era de progreso: todo lo que escribió, lo hizo en sentido exactamente contrario. Pero si la opción musulmana, o cualquier otra, es simplemente la salvación en términos externos y rituales, se comprende que la opción personal se arrope con atributos universales.

Lamentablemente, los tiempos son los que son, y no las edades áureas que nos gustarían. Están bien así, porque son nuestro lugar y nuestra hora: tal vez son aquellos tiempos en que las minúsculas virtudes y las pequeñas djihad bastan para sobrevivir en los flancos de la Tradición. Pero en seis mil años de neolítico o Edad Obscura cada nueva tradición histórica -preservando lo esencial siempre y reactualizándolo- ha supuesto un nuevo descenso en el proceso humano de degradación y pérdida de la consciencia primordial. Si un neomusulmán cree que puede reivindicar el progreso en términos tradicionales es porque la confusión penetra con fuerza en todas las culturas, y porque el dualismo sigue avanzando hacia las profundidades densas de la inconsciencia. La 'Umma, la comunidad de fieles del Islam, ha recibido duros golpes en siglos pasados, como todas las tradiciones conocidas: en su favor, la pujanza del esoterismo, del sufismo vivificador en gran parte de la comunidad, pero los falsos maestros se multiplican y muchos poderes del Dar al Islam pasaron hace tiempo del lado del dualismo. Que nadie se confunda, hermanos musulmanes: estos son tiempos obscuros para todos los hombres y mujeres tradicionales, cualquiera que sea su din, su camino particular de sabiduría.

Que el Clemente, que el Misericordioso nos proteja de nuestra propia ira y de nuestra propia ofuscación, en este siglo de sombra y valor.

Rodonyà, Agosto del 1998


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