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II. La educación que conduce a la sabiduría. La cultura que cultiva el alma humana

Extraído del ensayo Trascendiendo la condición humana

09/12/2016 - Autor: Esteban Díaz - Fuente: www.estebandiaz.es
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¿Qué Cultura debe ser la que establezca la base de una sociedad educada en el refinamiento del alma?

10. El ser humano, y la Humanidad por lo tanto, ha perdido la “conciencia” de ser “libre” y de elegir “qué quiere reflexionar o indagar o meditar” que le devuelva a “su estado natural”, a lo que en verdad el ser humano es. La Humanidad vive de espaldas a su “humanidad”, movida a desarrollar un rol que le es ajeno, no natural, sustituyendo el rol que, por naturaleza, los seres humanos, sin excepción, habrían de desenvolver en su existencia terrestre. Cada ser humano ha sido reconvertido en un engranaje de la maquinaria del “sistema” mercantilista de capitalismo trans-neoliberal, mudado en un entidad “formada” (no educada) para producir y para consumir aquello que produce el “sistema”, sea un objeto material o un hecho cultural (ideas, arte, ciencia, técnica, derechos, deberes…); por lo que la vida que resulte de expresar un rol alejado de su verdadera naturaleza le impedirá vivir desenvolviéndose tal cual es en esencia, como por nacimiento le corresponde. Y es así, porque no ha conocido qué es en verdad un ser humano, hombre o mujer, y por tanto, en qué consiste vivir su “humanidad”, aquello que le permite expresarse como un “verdadero ser humano”.

Sin conocer quién es, ¿en qué ha devenido el ser humano? Conocer quién es y vivir en correspondencia con ese conocimiento es el propósito del nacimiento de todos y de cada uno de los seres humanos. Si el hombre y la mujer no han logrado conocerse, por conocimiento de sí mismos, en experiencia inequívoca, la “información” que han recibido sobre ellos mismos ha sido “falseada”, viviendo una vida que no expresará los valores consustanciales a su verdadera naturaleza. Su vida estará desnaturalizada. “Conócete a ti mismo” (gnóthi seautón) se cuenta que rezaba el aforismo inscrito en el pronaos (¿?) del templo de Apolo, en Delfos. “Conocimiento de sí mismo” que se reclamaba para el ser humano entre los antiguos griegos, y aun con anterioridad, entre los hindúes, quienes utilizaban la expresión “¿Quién soy yo?”, con la que indagaban acerca de la verdadera naturaleza humana.

Si el ser humano no sabe quién es, ¿qué vida puede llevar? ¿Hacia dónde le conduce tamaño desconocimiento? ¿No estará este desconocimiento de sí “condicionándolo” y conduciéndolo a una vida impropia de ser vivida, por el hecho de no conocer su verdadera esencia, su yo genuino, dirigiéndose hacia un destino alejado, sin duda, del que le correspondería, si su vida se desarrollara en perfecta sintonía con su verdadera naturaleza? ¿Qué vida estamos viviendo los seres humanos “condicionados” por el desconocimiento de nuestra legítima realidad, lo que en verdad somos, no lo que nos dice qué somos la cultura que nos deshumaniza y embrutece, sino lo que somos y no conocemos, porque no nos lo ha comunicado el establishment que dirige la cultura educativa, ocultándonos, si bien por ignorancia, dado el embrutecimiento que muestran en su hacer diario sus “eruditos” y “pedagogos”, y, de manera especial, los políticos, entre los que se encuentran los responsables que dirigen la Educación y la cultura.

La Humanidad ha alcanzado un tan alto grado de desconocimiento sobre qué es en verdad el ser humano, que vive alejada de su “humanidad”. Desviada la Humanidad, entonces, de su “humanidad”, entre otras razones por el abandono del conocimiento de sus tradiciones de sabiduría, las de Oriente y las de Occidente, ¿hay alguna forma de recuperar el conocimiento mediante el cual los seres humanos nos reconozcamos qué o quiénes en verdad somos? Sin duda alguna, volviendo a las fuentes de ese conocimiento que las tradiciones de sabiduría han revelado desde que la Humanidad tiene existencia; pues está ahí, al alcance de todos, en nuestra cultura occidental, en la cultura oriental. Pero hay que querer mirar hacia esa vertiente de conocimiento. Hay que anhelar “conocer” quién es en verdad el ser humano. Y esa aspiración no ha sido infundida al colectivo humano por nuestra cultura, hoy global y deshumanizada.

La Humanidad ofrece notables ejemplos que resumen las ennoblecidas cualidades que, conocidas y desarrolladas, expresan la sabiduría y la excelencia de una cultura “verdaderamente humana”, se desarrollara ésta en Oriente o en Occidente. El ejemplo de Sócrates o el de Jesús, de los que todos hemos oído hablar, son paradigmáticos en nuestra cultura occidental, como en la oriental lo pueden ser Rama, Krishna, Confucio, Lao Zi o Buda. Incluso otros nombres de sabios, y otros de personajes preclaros en sus patrias y en sus culturas, o de conocimiento elevado, cuyas ideas nos han permitido avanzar en pensamiento y ciencia, están sin duda en nuestras mentes: en los ámbitos de la filosofía, Confucio, Lao Zi, Parménides, Aristóteles, Séneca, Plotino, Maimónides; en los de la religión y de la espiritualidad: Zoroastro, Apolonio de Tyana, Sankaracharya, Gñanesvara, Ibn Arabí, al_Hallaj, Kabir, Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Paramahansa Ramakrishna, Vivekananda, Aurovindo, Ramana Maharshi, Madre Teresa de Calcuta…; o del activismo político y social por devolver a sus pueblos su “humanidad”, su libertad y dignidad, todas éstas, genuinas cualidades humanas: Simón Bolívar, José Martí, Abraham Lincoln, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela…; o de la ciencia: Tales de Mileto, Al-Batani, Avicena, Averroes, Roger Bacon, Guillermo de Ockham, Nicolás Copérnico, Leonardo da Vinci, Galileo Galilei, Kepler, Francis Bacon, Isaac Newton, Albert Einstein…

Pero el conocimiento que se nos ha exigido de estos prohombres ha sido libresco. Estudiamos los distintos grados académicos para almacenar datos. Pero en la Antigüedad, en Oriente y en Occidente, el conocimiento era práctico, pues se fomentaba la fructificación del mismo, porque debía servir para la vida, no para la escuela, como nos aconsejaba Lucio Anneo Séneca. Es decir, se tenía la cultura de que conocimiento de sí, que debía de mostrase a los educandos en el proceso educativo, y la praxis del mismo, eran par indispensable para lograr la sabiduría, de cuyo aprendizaje resultaría una vida en absoluta correspondencia con la naturaleza humana. El conocimiento, pues ha de ser práctico, con el fin de ser utilizado en cada momento de las vidas de los seres humanos. Un conocimiento teórico es estéril en sí mismo. Si no madura y se traduce en un conocimiento que ayude al ser humano a vivir una vida inteligentemente conducida hacia su  bienestar y el de la vida que le rodea, sin duda que será un conocimiento infecundo.

El conocimiento ha de ser práctico y debe conducir la vida humana de una manera que defina la naturaleza del ser humano, la de cada hombre y la de cada mujer, con el saber y el dominio de sus facultades humanas, por lo que su vida será pacífica, ecuánime, feliz, tolerante, integradora, cooperativa, inclusiva, vivida en armonía con todos nuestros congéneres, en toda su diversidad étnica y variedad cultural, y con el entorno que le rodea, respetándolo y permitiéndole que se desarrolle de acuerdo a singular idiosincrasia natural -pues inteligente es la vida- de auto organizarse y auto conservarse, y cuando tenga el ser humano que utilizar sus recursos, lo haga con la inteligencia con la que lo hace la vida, siguiendo los principios que rigen los ecosistemas que conforman la Naturaleza (Fritjof Capra), de la que somos parte integrante, y no sus propietarios, integrándonos en ellos, a la vez que los integramos en nuestras vidas/actividades, pues necesitamos esos recursos para nuestra supervivencia, sin perder de vista la supervivencia de esos entornos o ecosistemas que nos inscriben y circunscriben, y nos acompañan en nuestro peregrinaje por el suelo terrestre.

Recordamos al lector dos textos de la tradición china que ilustran nuestra reflexión. Lao Zi, en su obra HAU HU CHING. 81 meditaciones taoístas, nos dice:

“Una persona (de conocimiento) superior cuida del bienestar de todas las cosas (…) Cuando mira a un árbol, no ve un fenómeno aislado, sino raíces, tronco, agua, tierra y sol: cada fenómeno relacionado con los demás, y el ‘árbol’ surgiendo de este estado de relación. Mirándose a sí mismo, ve la misma cosa.”

Confucio, en El Centro Invariable, nos recuerda cuáles son esas cualidades que infunden en el ser humano vivir en la excelencia de su ser, se su naturaleza verdadera:

“El hombre verdaderamente perfecto no se limita a su propia perfección: también busca la de las cosas del universo. Tender por sí mismo a la perfección es el efecto de la bondad; hacer que las cosas tiendan hacia ella es el efecto de la sabiduría. Estas son las virtudes naturales, la regla de nuestras relaciones interiores y exteriores. Y según ella es como se dirigen las acciones, según las circunstancias.”

De Sócrates, que en ocasiones fue comparado con un sátiro, por su rostro poco agraciado, ya que era de baja estatura, y tenía los ojos saltones, chata la nariz, gruesos labios y vientre abultado, se cuenta una anécdota, según la cual un adivino sirio, Zopico, le dijo que su rostro evidenciaba a un estúpido y libidinoso, sin saber de quién se trataba. Claro que los que presenciaron la anécdota, que sí conocían a Sócrates, se rieron. Sin embrago, Sócrates dijo que no estaba descaminado, pues era la Educación lo que le había permitido superar tan bajas inclinaciones.

Hemos traído esta anécdota sobre la vida de Sócrates, porque nos sirve para reafirmar lo que venimos exponiendo acerca del conocimiento práctico. La Educación, la paideia griega, tenía como propósito descubrir al educando la naturaleza de su esencia universal, que ha de verse reflejada en la praxis de su “humanidad”. Esta esencia, cuando se conoce y se desenvuelve progresivamente en el proceso educativo, va “madurando” formando un carácter que se desarrolla en el periodo educativo en sintonía con la esencia del educando, o del ser humano en cualquiera de sus etapas vitales, pudiendo expresar, entonces, las cualidades o valores que vienen ya dados con su nacimiento, por lo que dichas cualidades han de entenderse que están en “potencia” en todos y cada uno de los seres humanos. La formación del carácter es la finalidad de la Educación. Y su esencia ha de ser la concentración de la mente, o la disciplina. Es decir, el ser humano nace con unas cualidades, con unos valores “humanos”, que debe conocer y desarrollar en el proceso educativo. Sócrates es bien claro en este aspecto: gracias a la Educación pudo corregir, según él, las bajas inclinaciones que el adivino creía “adivinar” en él.

El sarcasmo y la ironía de Sócrates son evidentes, ya que todos los que lo conocían eran sabedores de la sabiduría del Maestro por excelencia de la Antigüedad griega. En la época romana, el propósito de la Educación también hacía referencia al conocimiento práctico. Y fueron tan explícitos en este respecto que la misma palabra “Educación” proviene del verbo “educare”, compuesto de la preposición “ex” (‘de/desde dentro’) y del verbo “duco” (‘conducir’, ‘sacar’, ‘extraer’). ¿En qué pensaban los pedagogos romanos al definir la acción o proceso de educar a los alumnos, al utilizar el verbo “educare”? “Extraer del estudiante aquellas cualidades que les son inherentes”. Es decir, la Educación no sólo consistía en transmitir a los educandos información sobre la naturaleza del mundo, sobre la historia o Cultura de sus pueblos, sobre el bien hablar, etc., sino que principal y esencialmente era el proceso de conocimiento mediante el cual el educando se conocía a sí mismo; o dicho de otro, se dotaba al estudiante del conocimiento de sus cualidades y valores consustanciales a su naturaleza humana. Estas cualidades o valores son lo que las antiguas culturas o tradiciones de sabiduría llamaban “valores humanos”, siendo éstos inherentes a cada ser humano. Luego se procuraba, con la Educación que había sido instituida para un propósito específico, dotar al educando del conocimiento de su verdadera esencia, el conocimiento de sí mismo. El educando, el estudiante, conduciéndose en un proceso educativo con tal propósito, desarrollaba un carácter acorde con esas cualidades que le son inherentes y que le confieren la facultad de conducirse como un “verdadero hombre”, decía el sabio chino Confucio, en El Centro Invariable, al hablar de la “virtud” como la cualidad que debe seguir el ser humano que conoce su verdadera realidad, asido en todo momento a ella. El Maestro de sabiduría indio Sri Sathya Sai Baba exhorta a los educadores que la Educación, que él llama “Educare”, a que descubran en su interior este conocimiento de sí mismos, pues en la actividad educativa que ellos deben desarrollar, que deriva de la Educación de la que estamos hablando (Educare) “implica comprender profundamente el conocimiento que surge del interior e impartirlo a los estudiantes” (Disc. 20 de Nov. 2001). Educare debe compaginarse con Educación, que dotaría al alumno del conocimiento con el que será útil a la sociedad, convirtiéndolo, además de desenvolverse en la vida diaria como un “verdadero ser humano”, en un experto en cualquiera de las disciplinas científicas o humanísticas o sociales, o desarrollando cualquier otra actividad profesional, siempre en beneficio del bien universal del colectivo humano y de la vida que lo circunscribe.

Las cualidades humanas mencionadas, son inherentes, pues, a todo ser humano. Al ser practicadas, porque se conozcan y se desarrollen en el proceso educativo, permitirán a los jóvenes, cuando adquieran la edad de incorporarse a la comunidad que le ha facultado acceder a tan “esencial” conocimiento, servirla con sabiduría, o discernimiento en sus interacciones sociales. Son estas cualidades las que destacan hoy en las culturas en las que aún pervive la sabiduría de sus ancestrales tradiciones, que quedan resumidas en cinco, como indicamos más arriba: Verdad, Acción correcta, Paz, Amor y No Violencia. Estas culturas, la vedántica hindú y la budista en todas sus vertientes, promueven hoy este propósito educativo: dotar al alumno del conocimiento de su verdadera naturaleza, que una vez obtenido, insistimos, se expresa por medio de un carácter formado en el proceso educativo en el que se adquiere el conocimiento de los valores humanos universales, que han de ser expresados  en la vida diaria de los educandos. La Educación a la que se refería Sócrates no es distinta a la que declaran las tradiciones vedántica y budista, entre las que se encuentra la promovida en nuestros días por el Maestro de sabiduría indio Sri Sathya Sai Baba. Tampoco se diferencia a la promovida y enseñada en la China de la época de Confucio o Lao Zi. Ni la posterior a uno y otro sabio, cuando convergen algunas escuelas confucionistas y taoístas, en  un conocimiento resultante del sincretismo de ambas, que dotaba a la Educación del mismo propósito y fin que venimos exponiendo.

11. ¿Qué le ha sucedido a la Humanidad de nuestros días que ha olvidado tan preciado y esencial conocimiento, pues es el único que nos puede revelar quiénes somos  y cómo hemos de vivir en correspondencia con nuestra verdadera naturaleza? Por supuesto que nunca nos lo dirá “el sistema educativo”, que sigue los programas elaborados en esta edad de barbarie y de violentación, de des-Educación y de pseudo-cultura que nos aleja de la “humanidad” que el ser humano encierra dentro de sí.  Pero estamos a tiempo de corregir el ocaso de la “humanidad”, del ser humano, al que la cultura mercantilista ha conducido a su desnaturalización, deshumanizándolo. Si nos dicen nuestros gobernantes que, para salir de la crisis económica que vivimos y nos ahoga, y nos sacude el cuerpo y el alma, que debemos consumir más productos para que la economía crezca, Sócrates decía, al ver la abundancia que se exhibía en los comercios -que no era, ni por asomo, lo que hoy podemos contemplar los que vivimos en el mundo de la abundancia y del derroche-: “¡Cuánto es lo que no necesito!”. Insistiendo en la necesidad de comprender la importancia que debemos darle a la Educación, haciéndola girar 360º, o quizás aún más, volteándola en espiral varias veces 360º, pata convertirla en el convivio de Educare y Educación, traemos otra cita atribuida a Sócrates: “¿En qué se diferencia de una bestia el hombre sin domino de sí e incontinente?”. La respuesta queda para el lector. Pero en el hombre o en la mujer ecuánimes, y con discernimiento, porque han adquirido el conocimiento de sí mismo, de su verdadera naturaleza, habiendo fructificado en ellos ese conocimiento suyo, propio, interno, sus vidas se convierten en un fiel reflejo de la Educación recibida y del carácter desarrollado acorde con las cualidades logradas gracias a la Educación que conduce a la sabiduría: Educare. Que sin lugar a dudas son  las mismas cualidades que les ha conducido al autodominio y a erradicar las bajas inclinaciones, tal nos revelaba Sócrates. La Educación que conduce a la sabiduría es, pues, la que reclamaba Sócrates en sus conversaciones con sus contertulios, que Platón nos transmite en sus Diálogos. Nos baste para nuestro propósito el ejemplo de Sócrates. Pero la historia de la Humanidad, se desarrollara ésta en Oriente o en Occidente, o en otras culturas de las que no hemos hablado, pero que el lector puede tener presente, está plagada de ejemplos que nos ilustran acerca de la excelencia del ser humano. Desgraciadamente, en el Siglo XXI, con una ciencia y una tecnología altamente desarrolladas, la nobleza de la excelencia humana no es el paisaje que acostumbramos a ver en nuestro recorrido diario. Por el contrario, hartazgo tenemos de ver cada día la barbarie de una civilización que sucumbe a su bizarra ignorancia.

Las palabras de Sócrates, que encontramos en el Banquete y que reproducimos al final de este párrafo, nos aclararán por qué los gobernantes y los pedagogos y filósofos de nuestro mundo global, no sólo no conocen quiénes en verdad son ellos, sino que su ignorancia es tal, que les hace ser brutos, tal animales, por cuyas inclinaciones innobles, a las que sirven y de las que se sirven, no les permiten tiempo para ocuparse de aquellos que dependen de su autoridad, sea política o educativa. Vemos en ellos el liderazgo de lo innoble humano y de las tendencias propias de las personas de muy baja calidad humana, abocadas sus vidas a la ambición, la avaricia, el egoísmo, el resentimiento, los celos, el odio, el insulto, la calumnia, el medrar, la tendencia a la falsedad, la ausencia de bondad o de sentimiento de empatía con los más desfavorecidos socialmente, o de ecuanimidad en sus decisiones por proporcionar a las comunidades o colectivos que de ellos dependen las condiciones más justas para que vivan en la dignidad a la que todo ser humano tiene derecho, sólo por haber nacido ser humano. La ignorancia es el nivel de conocimiento más bajo al que puede caer un ser humano. Y estos gobernantes y expertos en Educación ni quieren la sabiduría, pues no la aman, ni permiten que los ciudadanos que aspiran a obtenerla puedan adquirirla. Dice Sócrates: “Pues la cosa es como sigue: ninguno de los dioses ama la sabiduría ni desea ser sabio, porque ya lo es, como tampoco ama la sabiduría cualquier otro que sea sabio. Por otro lado, los ignorantes ni aman la sabiduría ni desean hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una cosa molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se crea a sí mismo que lo es suficientemente. Así, pues, el que no cree estar necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar”.

12. ¿Cómo lograr poner en jaque la “reprobada” condición humana para que podamos vivir “en esencia” reconociéndonos universales, libres, dignos, felices, sin que ningún “condicionante” nos impida vivir en el ser que realmente somos? ¿Podemos realmente “remover” y expulsar de nosotros todos los obstáculos/condicionantes que nos impiden ser lo que en  verdad somos, seres cognoscentes, no subrogados por el condicionamiento del “ser pensante” al que nos hemos adherido al identificarnos con la mente, como si fuera nuestro doble, abandonados al paso que nos marca y al rumbo al que nos encamina? ¿Somos verdaderamente libres? ¿Somos el Ser Universal que vaga por el mundo, ignorantes -nosotros- de nuestra verdadera realidad, hundidos en la más absoluta oscuridad (Mito de la Caverna, Platón) hasta el momento de lograr conocer nuestra verdadera identidad como Ser Supremo y Absoluto? Las tradiciones de sabiduría de Oriente, y aquellas que hubo antaño en Occidente, que hemos olvidado, nos responden afirmativamente.

¿Qué podemos hacer, entonces, para deshacernos de toda “condición” que nos impida vivir en nuestro yo real, ya que cualquier condicionante nos obliga a aceptar la “idea” de que yo no soy lo que soy, la Realidad Absoluta? Ser Buddha, significó para Siddhartha reconocerse como “El Buddha”, el Iluminado, aquél que ha logrado realizar la Liberación de la rueda del samsara. Ser “Cristo”, significó para Jesús reconocerse Uno con el Padre. Si examinamos bien las Escrituras bíblicas, Jesús pasa por tres etapas, como si nos dejara “señales” que debemos tener en cuenta cada ser humano que toma la determinación de seguir el sendero del Conocimiento del Ser: 1) yo soy el mensajero de Dios; 2) yo soy el Hijo de Dios; 3) Mi Padre y yo somos Uno. Que ambos modelos, que mostraron el camino hacia la “Divinidad del ser humano”, Buddha y Jesús, eran altos iniciados, o profetas, o tal vez Mahatmas (Almas Grandes), tal les llaman los hindúes, no nos cabe la menor duda. Nos dejaron, con el ejemplo de sus vidas, y con la guía de sus palabras, el camino de cómo llegar a tan excelsa meta, el verdadero estado de todos y cada uno de los seres humanos que peregrinamos en la Tierra.

Cuando Nisargadatta Maharaj de Mumbai, regresó a su casa, cansado de peregrinaciones a lugares sagrados y templos, y aun de visitar a gurús que no representaban la esencia del verdadero Conocimiento del Ser, un amigo suyo le invitó a visitar a su Gurú, en Mangaluru, al sur del estado de Karnataka, ciudad próxima al sureño estado de Kerala, una notable ciudad costera que mira hacia al Mar Arábigo. Y aunque él se negó, en un principio, a viajar para conocer al Gurú de su amigo, finalmente aceptó su invitación, trasladándose a Mangaluru. Una vez llegado ante la presencia del que sería desde entonces su Gurú, éste le dijo a Nisargadatta: “No dudes de que eres el Ser Supremo”. Nisargadatta  confió en aquellas palabras. Las guardó para sí. Y meditó en ellas. Tenía treinta y cuatro años cuando conoció a su Gurú. A la edad de treinta y siete había logrado la Realización del Ser, tal como él lo cuenta en los libros de conversaciones que mantuvo con muchos aspirantes a la Realización, entre los que se encontraba, a principios de los años setenta, Maurice Frydman, quien publicó el primer libro de Nisargadatta, Yo soy Eso, que contiene las conversaciones (7 de Mayo de 1970- 219 de Abril de 1972) que mantuvieron él y otros asistentes, que frecuentaban la modesta habitación en la que el Gurú conversaba con ellos. Desde que se editó en Occidente este libro, notables buscadores de la Verdad visitaron a Nisargadatta hasta la fecha de su muerte, en septiembre de 1981. Es uno de los muchos que pueden ponerse como ejemplo, en la India, de “eliminación” de la “condición humana” o disolución de la individualidad, cuyo resultado o logro incontestable de la transformación que se opera en el ser humano, es la Realización del Ser, porque lo que llamamos ser humano, individualidad humana, persona o personalidad humana, es todo lo que el ser humano ha superpuesto (persona/máscara), desde su nacimiento, sobre su esencia Universal, debido a una Educación y una cultura que no han cumplido con el propósito por el que fueron instauradas por los “pocos sabios que en el mundo han sido”.

13.  ¿Qué hacer, entonces? ¿Qué camino seguir para obtener el Conocimiento que nos lleve a conocer qué cosa somos, logrando, entonces, liberarnos de los enojosos e irritantes condicionantes que nos impiden vivir en correspondencia con nuestro ser real, nuestra verdadera naturaleza?

La Cultura, si no es refinamiento, no es Cultura, nos viene a decir el neoplatonismo en toda su larga y fructífera presencia en Occidente. Muchas veces tuvo que moderar su lenguaje y arropar con lenguaje velado sus enseñanzas.

En otro lugar escribimos: “El viejo aforismo “conócete a ti mismo” es en verdad el objetivo más importante que cada ser humano debe lograr al finalizar el ciclo de su vida en este mundo. Sin embargo, precisa de una Cultura y de una Educación acordes con tal propósito que le posibilite el camino mediante el cual logre tan excelsa meta. Una Cultura que cultive el alma humana y una Educación que permita trasladar el modelo cultural de refinamiento del alma a la escuela.

“Así Cultura y Educación deberán siempre ir unidas, siendo ambas indisolubles, determinando los valores que asuma el espíritu creativo del individuo y de la colectividad; expresado y desarrollado ese movimiento creativo en-desde-por la interacción del hombre consigo mismo y con los demás hombres, con sus ideas, sus pensamientos, sus palabras y sus hechos. Siendo la Educación la que genere individualidades conocedoras de su verdadera naturaleza, habiéndoseles formado, en el proceso educativo, un carácter diáfano capaz de afrontar la vida desde el valor y la moral que exige la responsabilidad de conocer qué es el hombre y cómo ha de encauzar su vida en su interacción en el seno de la vida social en donde se desarrolla y vierte su vida. Será la Cultura la receptora de la creatividad del hombre, al tiempo que supervisará y creará las condiciones para que el valor de la vida del hombre sea el que devenga del conocimiento de su esencia y del refinamiento de su alma.

“¿Qué Cultura debe ser la que establezca la base de una sociedad educada en el refinamiento del alma? ¿Qué valores deben cimentar una Educación que forme seres humanos que expresen en su vida diaria tal refinamiento de alma? Las respuestas a estas preguntas … deben ser la expresión clara y fértil de una sociedad compuesta de seres humanos que conocen, desarrollan y expresan su innata naturaleza. Así los hechos culturales, la Cultura, expresión viva y creativa del hombre social, han de estar en sintonía con la natural expresión del ser humano que conoce y manifiesta su verdadera realidad.

“La Cultura de la que hablamos es ese espacio creativo en el que el hombre en actividad desarrolla todo su potencial innato, vislumbrando la meta final de perfección de su destino terrestre humano, individual y colectivo. Cultura y Educación son programas, pero también actuaciones, praxis, actividad creativa que el hombre colectivo diseña y despliega para conducirse y conducir al individuo hacia la aspiración social de una meta de excelencia humana o de refinamiento del alma. La Educación tendrá como meta que el hombre haga realidad la vieja aspiración de conocer su verdadera esencia: “conócete a ti mismo”.  La Cultura ha de crear el espacio, las condiciones y los instrumentos para que sociedad e individuo vivan establecidos en la coherencia y realidad de ser una sociedad constituida por seres verdaderamente humanos…”2

NOTA
2 DÍAZ; Esteban, EDUCARE. Un Universo educativo para descubrir  el hombre su esencial naturaleza, Tiger Moon Productions, Bangalore, India, 2010, pág. 22.
SOBRE LA FELICIDAD. Un camino de auto-conocimiento. Taller Práctico de autoayuda,  AMAZON KDP EBOOK, 1914. (agotada la edición en papel EN: Tiger Moon Productions, España, 1914)

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